Si se cree y se trabaja, se puede

Introducción. Con esta breve declaración respondía Cholo Simeone al periodista que le preguntó sobre cuáles eran sus sentimientos de alegría y de euforia ante la consecución del título de liga del Atlético de Madrid. Y siento que es cierto y bien necesario que la fe se convierta en la actitud y el modo con el que acoger las circunstancias que la vida nos ofrece. Si no es desde la fe y desde la confianza, la vida se nos presenta como una amenaza, como un peligro y vivir como una constante carrera de obstáculos en la que cada día tenemos que superar las continuas pruebas, que se nos van presentando.
Me encanta la luz que arroja una frase tan breve, porque recoge las dos dimensiones de nuestra vida: la fe y las obras, el don y la tarea, la gracia y el esfuerzo. Ni todo depende de Dios, lo cual nos dejaría a nosotros como meros espectadores de su obra, piezas de un ajedrez que no tienen voz ni voto. Ni todo depende de nosotros, que ya hemos experimentado suficientes veces nuestra impotencia y nuestra incapacidad para resolver los conflictos de nuestra vida, la indignidad, lo frágiles que son nuestras fuerzas y lo rápidamente que se escapan las motivaciones.
Si falta alguno de esos dos componentes nuestra vida se estanca y se frustra. No podemos quedarnos en el mundo de los deseos y de las intenciones. Del me gustaría, de los ideales, de las metas, olvidando que se llega a un objetivo, no de manera inmediata, sino a través del paso a paso, del ir poniendo los medios que nos van llevando al fin. No basta decir que algo me encantaría, pero al final no hacer nada. De buenas intenciones está lleno el infierno. Hay que unir el deseo y la decisión de guiar nuestros pasos, nuestros esfuerzos y nuestras energías, hacía los caminos, los lugares y las personas que de verdad nos aportan y nos ayudan a vivir mejor.

Lo que Dios nos dice. «¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe, si no tiene obras? ¿Podrá acaso salvarlo esa fe? Si un hermano o una hermana andan desnudos y faltos del alimento diario y uno de vosotros les dice: Id en paz, abrigaos y saciaos, pero no les da lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve? Así es también la fe: si no tiene obras, está muerta por dentro. Pero alguno dirá: Tú tienes fe y yo tengo obras, muéstrame esa fe tuya sin las obras, y yo te con mis obras te mostraré la fe. Tú crees que hay un solo Dios. Haces bien. Hasta los demonios lo creen y tiemblan. ¿Quieres enterarte, insensato, de que la fe sin las obras es inútil?». Stgo 2,14-20.
La Pascua es el tiempo de acercar la fe a la realidad que vivimos. Los encuentros que Jesús provoca ocurren en la realidad, de las lágrimas, del miedo, de las penas, de la decepción, del fracaso. Y es que la fe sirve para pasar de la tristeza del ser hombre, a la libertad gloriosa, esperanzada, de ser hijos de Dios. Pero la victoria de Cristo tiene que iluminar las situaciones humanas a través de los testigos del resucitado: su Iglesia. Somos anunciadores no de slogans aprendidos, ni de teorías repetidas. Si no que compartimos experiencia, vida, realidad, cambios palpables, reales, visibles, tocables. Pasamos diariamente de las muertes a la vida cuando amamos la realidad que vivimos. Y cuando nos pilla la vida, es con el tiempo ocupado, con las manos embarradas de amar, de compartir, de ayudar, con el corazón ocupado por muchos nombres con los que proyectar, realizar, convivir.
«Nosotros amemos a Dios, porque él nos amó primero. Si alguno dice: Amo a Dios, y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve. Y hemos recibido de él este mandamiento: quien ama a Dios, ame también a su hermano». 1ª Jn 4,19-21.
Y es verdad que nuestra vida ni es lineal, ni estática, ni estamos siempre igual. Somos puro dinamismo, puro cambio, pura dinamicidad. Lo que ayer me servía hoy a lo mejor no. Lo que entendía y tenía claro, ahora se me enturbia y se difumina. Pero sí que hay rocas firmes que no cambian, los cimientos en los que edificar nuestras existencias, las personas, los lugares, las actividades, que una y otra vez nos vuelven a situar en la paz y en la alegría.
«Además, el fin de todas las cosas está cercano. Así pues, sed sensatos y sobrios para la oración. Ante todo, mantened un amor intenso entre vosotros, porque el amor tapa multitud de pecados. Sed hospitalarios unos con otros sin protestar. Como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios, poned al servicio de los demás el carisma que cada uno ha recibido. Si uno habla, que sean sus palabras como palabras de Dios; si uno presta servicio, que lo haga con la fuerza que Dios le concede, para que Dios sea glorificado en todo, por medio de Jesucristo.» 1ª Ped 4,7-11.

Cómo podemos vivirlo. Estamos acercándonos al final de curso. Se van concluyendo largos procesos. Los estudiantes preparan los exámenes finales. Los niños se preparan para recibir la comunión después de varios años de preparación. Se van concluyendo actividades, grupos, procesos. Y lo que más valoro no es llegar a ninguna meta, sino haber sido consciente y haber disfrutado del camino, de cada día. Los resultados finales son muy difíciles de evaluar. Pero la alegría de haber dado lo mejor de cada uno, día a día, momento a momento, nos va haciendo generosos, solidarios, compasivos. Pareciéndonos cada vez más a nuestro maestro.

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