Divina misericordia, humana compasión

Introducción. Todos los encuentros de Jesús resucitado con los apóstoles nos hablan de alegría, de paz, de amor y de misericordia, de parte de Jesús. Totalmente desproporcionado con las respuestas de esos mismos discípulos, y con la falta de meritos adquiridos para ser amados así, porque siempre muestran frente al Señor pánico, miedo, lágrimas, quejas y ganas de huir.
Sorprende la gratuidad en el amor que Dios nos tiene. Sobre todo cuando evidenciamos que la respuesta humana a tanto derroche de amor es la cobardía, la huída, el cerrar las puertas, y el buscar salvar la vida por encima de todo.
«Cuanto dista el cielo de la tierra, así distan mis caminos de los vuestros, y mis planes de vuestros planes». Is 55,9.
«Él perdona todas tus culpas y cura todas tus enfermedades; él rescata tu vida de la fosa, y te colma de gracia y de ternura; él sacia de bienes tus días, y como un águila se renueva tu juventud. El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia. No está siempre acusando ni guarda rencor perpetuo; no nos trata como merecen nuestros pecados ni nos paga según nuestras culpas». Sal 103,3-10.
Hay una calidad de amor de parte de Dios que se nos escapa a las personas. Cuánta gente me ha dicho que no entiende la parábola del Hijo pródigo, o la de los trabajadores de la viña que cobran todos la misma cantidad de dinero, aunque no todos han trabajado igual. Y es que en el fondo nuestra capacidad de amar está muy condicionada por el amor que hemos recibido. Nadie te puede aconsejar más allá de lo que ha vivido. Y si todo lo hemos vivido en pequeño, en dosis individuales, no sabemos vivir y amar a lo grande.
La resurrección nos desvela el amor que siempre nos ha tenido Jesús pero de una manera más nítida. Revela un amor tan grande que asombra y que asusta. Nosotros estamos acostumbrados a nuestro amor calculado y a cuenta gotas, que se convierte en moneda de cambio para conseguir siempre beneficios. Te amo, si me amas. Te doy si luego tú me devuelves. Hago este trabajo en casa si tu luego me dejas ir donde yo quiero. Te doy si me das. Y te dejo de dar, si veo que tu ya no me das como antes. Ahí es donde llega nuestra amor humano. Es calculador, es frágil y miedoso, permanentemente temiendo que en vez de con amor, se nos trate con castigo. El resucitado viene a sanar los corazones afligidos, miedosos, a base de amor, de cariño y de confianza. Y a recordarnos que su amor no acaba nunca.

Lo que Dios nos dice. «Queridos hermanos, si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros. A Dios nadie lo ha visto nunca. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud. En esto conocemos que permanecemos en él, y él en nosotros: en que nos ha dado su Espíritu. Y nosotros hemos visto y damos testimonio de que el Padre envió a su Hijo para ser Salvador del mundo. Quien confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él, y él en Dios. Y nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en el. Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él. En esto ha llegado el amor a su plenitud con nosotros: en que tengamos confianza en el día del juicio, pues como él es, así somos nosotros en este mundo. No hay temor en el amor, sino que el amor perfecto expulsa el temor, porque el temor tiene que ver con el castigo; quien teme no ha llegado a la plenitud en el amor. Nosotros amemos porque él nos amó primero». 1ªJn 4,11-19.
El tiempo de Pascua es la invitación a vivir resucitados inaugurando un amor nuevo que no procede de nosotros, de nuestros gustos, criterios o intereses, sino que nace como don y regalo de Dios, que por pura misericordia nos regala la posibilidad de amar como Él. Es amar no a quien se lo gana o merece, sino porque sabemos que es lo que todos necesitamos. Amor que se vuelve cercanía, como cada distancia que Jesús resucitado recorría hasta dar con los asustados discípulos. No es amar a quien me gusta o me interesa, es devolver la mirada misericordiosa que Dios tiene conmigo, al resto de personas que forman mi mundo, y que son amadas así por Él.
Solo puede amar así quien se siente anclado y permanece en el amor de Dios. Sólo el que vive resucitado, en la abundancia, en la continua fuente inagotable de bondad y de misericordia que nace del corazón de Dios, puede dar sin medida y sin cálculo. El que todavía vive atrapado por los miedos y por los cálculos ni entiende ni puede amar así. Siente que la invitación del Señor a amar como El es una amenaza. Tiene miedo a perder, a sufrir, a quedarse sin nada, a que se aprovechen de él. Y lo más cierto es que se pierde inaugurar una vida que es grande, eterna, plena, que no termina, acompañada en todo momento por el autor y el dador de vida.

Cómo podemos vivirlo. Es un proceso de aprender a vivir sin miedos. Es un proceso de sentirse amados con el amor de Dios. Es un proceso de mirar con misericordia y compasión a una humanidad que demasiadas veces nos defrauda y nos daña. Pero es en la falta de méritos, cuando más necesario se vuelve que alguien ame, sane, y cure. Jesús resucitado se vuelve perseguidor incansable de unos apóstoles que, si no llegan a encontrarse con Jesús posiblemente, se habrían hundido por la culpa y el remordimiento. Estamos llamados a compartir la misericordia y el amor de Dios que por puro amor se nos ha dado, y que necesitan tantos que lo desconocen y lo ignoran.

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