La santidad está en amar a Cristo como Él quiere ser amado

Placa de recuerdo de la peregrinación de San Juan Pablo II a la Tumba del Apóstol Santiago en la Catedral de Santiago de Compostela

Placa de recuerdo de la peregrinación de San Juan Pablo II a la Tumba del Apóstol Santiago en la Catedral de Santiago de Compostela

Con motivo de la canonización de Juan XXIII, el Papa Bueno, y de Juan Pablo II, el Grande, me llama la atención que se den las dos a la vez y en una fecha señalada como es el domingo de la Divina Misericordia. En el evangelio de este domingo de Pascua vemos cómo Jesús, con su gran misericordia y su amistad, le da a Tomás una segunda oportunidad para creer en su Resurrección. Conmueve la cercanía de Jesús que se deja tocar en sus heridas si con eso le da fuerza a su amigo y discípulo. Así era el maestro durante su vida y también después de la Resurrección. “Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos con las puertas bien cerradas, por miedo a los judíos. Llegó Jesús, se colocó en medio y les dice: ‘Paz con vosotros’. Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron al ver al Señor. Jesús repitió: ‘Paz con vosotros. Como el Padre me envió, así yo os envío a vosotros’. Dicho esto, sopló sobre ellos y añadió: ‘Recibid el Espíritu Santo. A quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados; a quienes se los mantengáis les quedan mantenidos’. Tomás, que significa Mellizo, uno de los Doce, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le decían: ‘Hemos visto al Señor’. Él replicó: ‘Si no veo en sus manos la marca de los clavos y no meto el dedo por el agujero, si no meto la mano por su costado, no creeré’. A los ocho días estaban de nuevo dentro los discípulos y Tomás con ellos. Vino Jesús a puertas cerradas, se colocó en medio y les dijo: ‘Paz con vosotros’. Después dice a Tomás: ‘Mete aquí el dedo y mira mis manos; trae la mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo, antes cree’. Le contestó Tomás: ‘Señor mío y Dios mío’” Jn 20, 19-28
No creo que la celebración de estas canonizaciones en el domingo en el que Jesús resucitado nos quiere enviar como misioneros de misericordia, de esperanza y de amor sea casual pues estos dos Papas fueron verdaderos apóstoles, cercanos al Señor y las personas afirmando su dignidad como hijos de un Dios Padre de todos.
Juan XXIII fue el Papa que convocó el Concilio Vaticano II con el que la Iglesia se abría al mundo entero para anunciar la fe, la esperanza, la caridad, el amor de Dios y a los hermanos y así ayudar a alcanzar la paz del Señor, por la gloria de Dios y de los hombres de buena voluntad.
Unida a la canonización de Juan XXIII, que fue Papa entre los años 1958 y 1963 y que destacó por su corazón bondadoso y pacífico; la de Juan Pablo II, el Papa que vino de un país lejano y quiso abrazar a todos los países y continentes en sus viajes anunciando a Jesucristo como el Señor de la historia. En su largo pontificado, desde 1978 al 2005, llamaba a todos, y muy especialmente a los jóvenes, al compromiso con el bien de la humanidad que necesita encontrar a Dios para encontrar su verdad y su plenitud.
A Juan XXIII y a Juan Pablo II el Señor les llamó a una misión de cercanía a Él para guiar a la Iglesia como portadora de la Buena Noticia del amor de Dios. Imagino que con cada uno de ellos Jesús tuvo un diálogo parecido a aquel que tuvo con Pedro: “Cuando terminaron de comer, dice Jesús a Simón Pedro: ‘Simón, hijo de Juan, ¿me quieres más que éstos?’. Le responde: ‘Sí, Señor, tú sabes que te quiero’. Jesús le dice: ‘Apacienta mis corderos’. Le pregunta por segunda vez: ‘Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?’. Le responde: ‘Sí, Señor, tú sabes que te quiero’. Jesús le dice: ‘Apacienta mis ovejas’. Por tercera vez le pregunta: ‘Simón hijo de Juan, ¿me quieres?’. Pedro se entristeció de que le preguntara por tercera vez si lo quería y le dijo: ‘Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero’. Jesús le dice: ‘Apacienta mis ovejas’”. Jn 21, 15-17. Ellos dieron su respuesta y nos han mostrado que la santidad está en amar a Cristo como Él quiere ser amado: amarlo en cada ser humano acogiéndolo como a un hermano o a una hermana, con respeto, misericordia y compasión. Porque “si quieres amar a Cristo… extiende tu amor a todo el mundo”. San Agustín
Gracias a la Iglesia que nos da a estos dos grandes Papas, Juan XXIII y Juan Pablo II, como santos inspiradores e intercesores a favor nuestro.

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