Vivir resucitados

OLYMPUS DIGITAL CAMERAHe tenido la alegría de celebrar el Triduo pascual en un lugar precioso en el monte, Siete Aguas, en la provincia de Valencia, con personas de todas las edades de la familia misionera Verbum Dei. Compartir con ellos la Palabra, la oración, el tiempo y los momentos de distensión me ha dado un nuevo impulso.
Cuando oramos y celebramos en un ambiente de retiro en el que todos los medios y personas nos facilitan el contacto con Dios puede parecer fácil tener emociones positivas que nos animan a vivir y expresar la fe. Pero la alegría que nos da Cristo resucitado ha de ser una nueva forma de vida y sobre todo ha de ser comunicativa.
La alegría de la Resurrección brota de la unión con ese Cristo que murió en la cruz pero cuyo amor imparable nos lo devuelve vivo para siempre en los suyos, en el signo de su amor y entrega que es la Eucaristía mediante la fuerza del Espíritu y el abrazo misericordioso del Padre. “El ángel se dirigió a las mujeres y les dijo: Vosotras no temáis; sé que buscáis a Jesús, el crucificado. No está aquí, ha resucitado. Venid a ver el sitio donde yacía. Id a decir a los discípulos: ´Ha resucitado de entre los muertos y va delante de vosotros a Galilea`, allí lo veréis”. Mt 28, 5-7
Los cristianos vivimos las mismas realidades que todos los seres humanos, nos enfrentamos a dificultades y retos como todos, pero lo hacemos con el apoyo que recibimos de nuestro Dios en Jesús. Vivimos ya resucitados en la medida que unimos esfuerzo y confianza, compartir y agradecimiento. El cristiano aprende junto a Jesús a amar la fragilidad propia y ajena porque en ella puede surgir la fuerza del amor de Dios. Aprende a ver que en medio de las tinieblas se abre paso la luz y sabemos que una pequeña luz es muy visible en la oscuridad.
Creer en la Resurrección no es la demostración de un argumento teórico, es vivir ya resucitados en nuestra vuelta a Galilea, es decir, en nuestra vuelta al trabajo o a la búsqueda del mismo, en nuestra vuelta al hogar, a la comunidad, a las relaciones de familia y de amistad, a las responsabilidades. Vivir resucitados significa vivir abiertos a la presencia de Dios, a sus sorpresas, a los hermanos, a la vida que brota poco a poco y nos envuelve, a nuestra interioridad. “Las mujeres salieron a toda prisa del sepulcro y llenas de alegría corrieron a llevar la noticia a los discípulos. Jesús salió a su encuentro y las saludó. Ellas se echaron a sus pies y lo adoraron. Entonces Jesús les dijo: ´Alegraos, no tengáis miedo, id a decir a mis hermanos que vayan a Galilea, allí me verán`” Mt 28, 8-10
¿No descubrimos que son experiencias de resurrección la superación de una enfermedad, el empezar un proyecto de trabajo, hacer un pequeño parón para reordenar nuestras ideas, una reconciliación, el recuerdo agradecido de alguien que ya se nos fue, el nacimiento de un nuevo miembro en la familia, el acondicionar mejor la casa o el jardín, aprobar los exámenes o cumplir una tarea? Estamos bañados de resurrección y a veces no nos damos cuenta, necesitamos despertar cada día a la luz de Jesús que nos da su paz a través de pequeñas resurrecciones como la capacidad de sonreír y amar, los detalles de servicio que tenemos y tienen con nosotros, o la amabilidad y el respeto en el trato, las ganas y la ilusión que nos ponen en marcha. “Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús y se puso en medio y les dijo: ´Paz a vosotros`. Y, diciendo esto les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: ´Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo`. Y dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: ´Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos`” Jn 20, 19-22
La Resurrección nos pone la luz de Cristo en la mirada y la mente; el amor del Señor y su alegría en el corazón; y el compromiso del testimonio en nuestros pasos para ser testigos de la paz y la bondad allí donde estamos. Podemos pasar por momentos de cuestionamiento o de desánimo como los discípulos de Emaús, pero el Señor resucitado nos sale al encuentro en su Palabra, en la Eucaristía, en la Iglesia, en los hermanos, en la vida real, en los pobres y necesitados que están en nuestro camino. “Dos discípulos iban a una aldea llamada Emaús… Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo… ´los jefes de los sacerdotes y nuestras autoridades entregaron a Jesús para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron…`. Jesús, comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura… Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron… Ellos comentaron: ´¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?`” Lc 24, 13-16. 20. 27. 30-32
¡Feliz vida resucitada a todos!

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