Combatir las miserias

Introducción. En el mensaje que el papa Francisco nos ha dirigido a la Iglesia en esta cuaresma del 2014 la primera cita que da título a su mensaje es: “Se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza”. 2ª Cor 8,9. Y tenemos que entender esos caminos que elige Dios voluntariamente y intencionadamente para salvar al mundo. En toda época y en todo lugar, Dios sigue salvando a los hombres y salvando al mundo mediante la pobreza de Cristo, el cual se hace pobre en los sacramentos, en la palabra y en su Iglesia, que es un pueblo de pobres. La riqueza de Dios no puede pasar a través de nuestra riqueza, sino siempre y solamente a través de nuestra pobreza, personal y comunitaria, animada por el Espíritu de Cristo. A imitación de nuestro maestro, los cristianos estamos llamados a mirar las miserias de los hermanos, a tocarlas. A hacernos cargo de ellas y a realizar obras concretas a fin de aliviarlas. La miseria no coincide con la pobreza; la miseria es la pobreza sin confianza, sin solidaridad, sin esperanza.
Hay unas pobrezas que se detectan enseguida y a las que tenemos que ayudarnos a hacer frente. La miseria material, la miseria moral y la miseria espiritual. La miseria material es ver a nuestros hermanos privados de sus derechos fundamentales. Es tarea de toda la Iglesia ofrecer el servicio de caridad, de ayudar real, dentro de las posibilidades de cada uno. Eso es la limosna, el ser capaces de compartir, de dar, de entregar, ejercitando a nuestro corazón que habitualmente se apega, se guarda, ahorra. Y no sólo dinero, sino afectos, palabras, energía, alegría. En los pobres y en los últimos vemos el rostro de Cristo. Amando y ayudando a los pobres amamos y servimos a Cristo. Cuando el poder, el lujo y el dinero se convierten en ídolos, se anteponen a la exigencia de una distribución justa de las riquezas. La miseria moral consiste en convertirse en esclavos del vicio y del pecado. Las adicciones que arruinan la vida propia y afectan siempre al entorno. La esclavitud de la droga, del alcohol, del juego, de la pornografía, de la prostitución. ¡Cuántas personas han perdido el sentido de la vida, sin perspectivas para el futuro, perdida toda esperanza! La miseria espiritual nos golpea cuando nos alejamos de Dios y rechazamos su amor. Si consideramos que no necesitamos a Dios y que nos apañamos con nuestras propias fuerzas, dejando en el olvido nuestra dimensión espiritual.
Frente al análisis de lo que daña y esclaviza al hombre, aparece la respuesta del Evangelio que nos ofrece los caminos concretos para sanar, para liberar, para curar el corazón dañado, raquítico de vida y de amor. Incapaz de afrontar con madurez y responsabilidad los retos y las tareas que se nos confían.

Lo que Dios nos dice. La iglesia tiene que anunciar al mundo que es portadora de un mensaje de reconciliación. “Si uno es cristiano, es criatura nueva. Lo antiguo pasó, ha llegado lo nuevo. Y todo es obra de Dios, que nos reconcilió consigo por medio del Mesías y nos encomendó el ministerio de la reconciliación. Es decir, reconciliando el mundo consigo, no apuntándole los delitos, y nos confío el mensaje de la reconciliación. Somos embajadores del Mesías y es como si Dios hablase por nosotros. Por el Mesías os suplicamos: Dejaos reconciliar con Dios. Al que no supo de pecado, por nosotros lo trató como a pecador, para que nosotros, por su medio, fuéramos inocentes ante Dios.” 2ª Cor 5,17-21.
Dios es más grande que nuestro pecado y nos ama gratuitamente, siempre, y nos recuerda que estamos hechos para la comunión y para la vida eterna. Es hermoso experimentar la alegría de extender esta buena nueva, de compartir el tesoro que se nos ha confiado, para consolar los corazones afligidos y dar esperanza a tantos hermanos y hermanas sumidos en el vacío.
La cuaresma es un tiempo adecuado para despojarse, para empobrecerse, para volver a lo esencial y dejar de lado la cantidad de necesidades que en ocasiones nos creamos y que nos dejan como resultado una vida llena de pesadez y de acumulación. Para eso ayudan los medios del ayuno, de la oración, de la limosna.
El afán por las riquezas, ocasiona a nuestro alrededor la miseria material. Unos se enriquecen porque hay otros a los que se les expropia. La limosna tiene ese claro objetivo. Reconocer que somos administradores de toda la realidad material. Se nos ofrece como un regalo para que la utilicemos, la disfrutemos y la compartamos. Pero no somos propietarios de nada.
“Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo volveré a el, Dios me lo dio, Dios me lo quito. Bendito sea el Nombre del Señor”. Job 1,21.
Nadie se lleva nada de lo que ha acumulado. Para quién será pregunta el Señor: “Las tierras de un hombre dieron gran cosecha. El se dijo: ¿qué haré, que no tengo dónde guardar toda la cosecha? Y dijo: Haré lo siguiente: derribaré los graneros y construiré otros mayores en los cuales meteré mi trigo y mis bienes. Después me diré: Querido, tienes acumulados muchos bienes para muchos años; descansa, como, bebe y disfruta. Pero Dios le dijo: ¡Necio, esta noche te reclamarán la vida! Lo que has acumulado, ¿Para quién será? Así le pasa al que acumula tesoros para sí y no es rico a los ojos de Dios”. Lc 12,16-21.
Con el ayuno también se busca ejercitarnos en la libertad respecto a nosotros mismos. Vivimos muy acostumbrados a darle a nuestra vida todos los placeres y todos los caprichos que nos apetecen. Y es cierto que el placer no es malo, es un regalo que nos ha dado Dios asociado a la generosidad, al amor, destinado a hacer nuestra vida más feliz y dichosa. El problema está cuando hacemos del placer el sentido último y absoluto de nuestra existencia. Acabamos cosificando a las personas y haciéndolas esclavas de nuestro placer. Y los casos de vidas destrozadas por los excesos son larguísimos. Ayunar es ser capaces de renunciar a nosotros mismos, a nuestros deseos, a nuestras apetencias y optar por el amor. Para dedicar nuestros sentidos, nuestras vida a los demás. No es amar los sufrimientos, eso es masoquismo.

Cómo podemos vivirlo. Ayunar es cambiar el objetivo de nuestras elecciones. Dejar de ser nosotros el centro de todo y ampliar la mirada a las necesidades de los demás. “Mi alimento es hacer la voluntad del Padre y llevar a cabo su obra”. Jn 4,34. Otro ejercicio que nos ayuda a crecer interiormente es la oración. Intensificar en este tiempo de cuaresma la oración es colaborar con todo nuestro ser en la transformación y en la renovación de nuestra mente y de toda nuestra vida.
“Yo soy la vid, vosotros los sarmientos: quien permanece en mí y yo en él dará mucho fruto; pues sin mí no podéis hacer nada”. Jn 15,5.

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