Fue tu llamada

Introducción. Hay un misterio de misericordia y de amor entrañable en el hecho de que Dios pida nuestra colaboración para llevar a cabo su historia de salvación. San Agustín lo explicaba así: «El que te creó sin ti, no te salvará sin ti». El que no nos ha pedido permiso para darnos la vida, sí que lo hace para que nosotros elijamos libremente cómo queremos vivirla, entregarla y desplegarla.
Que Dios se acerque a la humanidad y la considere tan valiosa, tan imprescindible, para que se lleve a cabo su plan de salvación me impresiona. Porque esa misma humanidad, que en muchos casos es la causa de nuestros sufrimientos, de nuestras tristezas, de nuestras decepciones, es la misma que el Señor considera válida para encarnar y acoger la salvación y la alegría del Evangelio. Y me provoca una respuesta de gratitud, de agradecimiento, de entusiasmo ver cómo Dios no se cansa de nuestros límites, de nuestras torpezas y cómo nos brinda continuamente nuevas oportunidades para responder a su llamada. Como la respuesta de San Pablo: «Doy gracias a Cristo Jesús, Señor nuestro, que me hizo capaz, se fió de mí y me confió este ministerio, a mí, que antes era un blasfemo, un perseguidor y un insolente. Pero Dios tuvo compasión de mí porque no sabía lo que hacía, pues estaba lejos de la fe; sin embargo, la gracia de nuestro Señor sobreabundó en mí junto con la fe y el amor que tienen su fundamento en Cristo Jesús. Es palabra digna de crédito y merecedora de total aceptación que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, y yo soy el primero; pero por esto precisamente se compadeció de mí: para que yo fuese el primero en el que Cristo Jesús mostrase toda su paciencia y para que me convirtiera en un modelo de los que han de creer en él y tener vida eterna. Al Rey de los siglos, inmortal, invisible, único Dios, honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén.». 1ª Tim 1,12-17.
No hay otra razón u otra explicación a la llamada de Dios más que la amorosa iniciativa suya de hacernos desplegar al máximo los talentos y las capacidades que él mismo nos ha dado.

Lo que Dios nos dice. «Porque tú eres un pueblo santo para el Señor, tu Dios; te eligió para que seas, entre todos los pueblos de la tierra, el pueblo de su propiedad. Si el Señor se enamoró de vosotros y os eligió, no fue por ser vosotros más numerosos que los demás, pues sois el pueblo más pequeño, sino que, por puro amor a vosotros y por mantener el juramento que había hecho a vuestros padres, os sacó el Señor de Egipto con mano fuerte y os rescató de la casa de la esclavitud, del poder del faraón, rey de Egipto». Dt 7,6-8.
Por puro amor, por pura confianza, por la certeza de que nuestra vida si se rodea de las buenas condiciones está destinada a dar mucho fruto, Jesús se acerca y nos ofrece todo lo que él es: todo su amor, toda su experiencia, toda su sabiduría.
Cada persona que viene a este mundo viene a aportar algo. Venimos a enriquecer, a mejorar, a hacer crecer el tesoro y la herencia que recibimos. Porque venimos directamente del corazón de Dios, que nos regala la existencia por puro amor y por el mismo amor, nos la mantiene y nos la cuida. Nadie es inútil o sobra. No hay humanidad de desecho. Nadie se puede sentir ni rechazado, ni excluido, y quien rechaza o excluye no lo puede hacer desde la voz de Dios, porque estaría mintiendo. Esas crueles distinciones entre gente buena o gente mala, entre VIPs y gente del montón, los excelentes o exclusivos y los que sobran, están realizadas desde un prisma comercial excluyente: permanentemente jueces inmisericordes de la vida de los demás, elevados o condenados por criterios llenos de interés y de crueldad.
«Pedro tomó la palabra y dijo: Ahora comprendo con toda verdad que Dios no hace acepción de personas, sino que acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea. Envió su palabra a los hijos de Israel, anunciando la Buena Nueva de la paz que traería Jesucristo, el Señor de todos». Hch 10,34-36.
La llamada de Jesús es universal, para todos y especialmente para quien menos digno se siente: sorpresa ante la llamada, inesperada, inmerecida. Junto al lago, mientras trabajo, mientras arreglo las redes o mientras no hago nada, al pie de una higuera… Mientras estoy de viaje camino de Damasco, con el corazón lleno de odio, de ira, de rencor, con deseos de venganza… Dios se aparece a los dos caminantes de Emaús sumergidos en el dolor, en la queja, en la decepción… Todo momento es adecuado para encontrarse de frente a aquel que pronuncia tu nombre con amor. Como a María Magdalena, junto al sepulcro, desesperada, llorosa, vacía. Y Jesús la llama, la conoce y le confía una misión.
«Estaba María fuera, junto al sepulcro, llorando. Mientras lloraba, se asomó al sepulcro y vio dos ángeles vestidos de blanco, sentados, uno a la cabecera y otro a los pies, donde había estado el cuerpo de Jesús. Ellos le preguntan: Mujer, ¿por qué lloras? Ella les contesta: Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto. Dicho esto, se vuelve y ve a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús. Jesús le dice: Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas?. Ella tomándolo por el hortelano, le contesta: Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré. Jesús le dice: ¡María!. Ella se vuelve y le dice: ¡Rabboni!, que significa : ¡Maestro!. Jesús le dice: No me retengas, que todavía no he subido al Padre. Pero, anda, ve a mis hermanos y diles: Subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro. María la Magdalena fue y anunció a los discípulos: He visto al Señor y ha dicho esto». Jn 20, 11-18.

Cómo podemos vivirlo. Con la alegría de que cualquier momento es bueno para responder: cualquier edad, cualquier estado… Aquí estoy Señor, tú me has llamado.

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