Mis predilectos

Introducción. Cuando entre muchas opciones se nos pregunta sobre nuestras preferencias, hacía dónde se dirigen los deseos de nuestro corazón, nos damos cuenta de que nuestras predilecciones se diferencian mucho de las de Dios. «Porque mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos -oráculo del Señor-. Cuanto dista el cielo de la tierra, así distan mis caminos de los vuestros, y mis planes de vuestros planes». Is 55, 8,9.
A mí por lo menos me pasa que cuando miro en una tienda productos (ropa, zapatillas, libros, Cd´s…) me suelen gustar los más caros. Cuando miro coches me suelen llamar la atención las gamas altas, los flamantes y enormes todo-terreno, los neumáticos más anchos y las carrocerías de más diseño. Y con las personas también me fijo en las apariencias que deslumbran por la belleza, por la inteligencia o por el interés. Las personas que me ofrecen humor, gracia, amabilidad, acaparan mi atención y mis deseos de quedar. Los sosos, los calmados, los de conversación intrascendente pasan de largo en mi memoria y en mi corazón. Y me suelen pasar desapercibidas y casi invisibles las situaciones sencillas, humildes, discretas y cotidianas. Por eso no solemos descubrir lo cerca que está Dios de nuestras vidas, porque lo seguimos buscando en el cielo, en los dorados tronos, en el éxito, en el poder y en el placer, rodeado de multitud de ángeles y de cortes celestiales, mientras que Dios hace siglos que ha decidido despojarse de esa estética divina y ha decidido ser el Dios con nosotros. El Dios que ama lo pequeño, a los niños, a los pobres. Y más específicamente el Dios de los últimos, el Dios de los marginados, de los criticados, de los rechazados. Y ese Dios revoluciona continuamente todo lo que podemos pensar sobre él. Ya le pasó a Elías que se imaginaba el encuentro con Dios en lo grande y en lo espectacular… y Dios lo esperaba en la suave brisa.
«Le dijo: Sal y permanece de pie en el monte ante el Señor. Entonces pasó el Señor y hubo un huracán tan violento que hendía las montañas y quebraba las rocas ante el Señor, aunque en el huracán no estaba el Señor. Después del huracán, un terremoto, pero en el terremoto no estaba el Señor. Después del terremoto fuego, pero en el fuego tampoco estaba el Señor. Después del fuego el susurro de una brisa suave. Al oírlo Elías, cubrió su rostro con el manto, salió y se mantuvo en pie a la entrada de la cueva. Le llegó una voz que le dijo: ¿Qué haces aquí Elías?». 1ª Rey 19,11-13.
Y una prueba de esa predilección de Dios por lo humano la tenemos en el bautismo de Jesús en el río Jordán. A Juan el bautista la pasa como a nosotros, que le sorprende, hasta le escandaliza, que el mesías, el ungido de Dios, el elegido, recorra caminos de sencillez, de humildad. Que no le suponga ningún esfuerzo ponerse a la cola de una humanidad pecadora, llena de límites, de heridas, de sufrimientos, pero con el deseo sincero de que las cosas cambien, mejoren, se transformen.

Lo que Dios nos dice. «Al pasar vio Jesús a un hombre llamado Mateo sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: Sígueme. Él se levantó y lo siguió. Y estando en la casa, sentado a la mesa, muchos publicanos y pecadores, que habían acudido, se sentaban con Jesús y sus discípulos. Los fariseos, al verlo, preguntaron a los discípulos: ¿Cómo es que vuestro maestro come con publicanos y pecadores? Jesús lo oyó y dijo: No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Andad, aprended lo que significa «Misericordia quiero y no sacrificios»: que no he venido a llamar a justos sino a pecadores». Mt 9,9-13.
¡Cómo impresiona un Dios que ama lo no amable, que dedica su tiempo a buscar lo que está perdido, que no se protege frente a la amenaza del contagio! ¡Que mezcla su saliva con los ojos del ciego, que abraza al leproso, que se deja abrazar por la mujer impura con hemorragias de sangre! ¡Que llena su corazón de nombres impropios como María Magdalena, como Saulo de Tarso, Agustín de Hipona, Francisco de Asís, Carlos de Foucault, Zaqueo, Bartimeo y tantos y tantas de dudosa integridad, que seguimos sin ser dignos de que entre en nuestra historia personal! Pero que por su infinita misericordia nos vemos desbordados de gratitud y de ganas de amar. Sólo el amor transforma. Sólo el amor devuelve la confianza en que las cosas pueden cambiar, y nosotros también.
«Y dijo al que lo había invitado: Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos; porque corresponderán invitándote, y quedarás pagado. Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; y serás bienaventurado, porque no pueden pagarte; te pagarán en la resurrección de los justos». Lc 14,12-14.

Cómo podemos vivirlo. La gratuidad es una de las características esenciales del amor. El dejar espacio al ser amado para que sea él mismo, no el que nosotros queremos que sea. Sin obligar, sin exigir, sin manipular. Dios no es posesivo con la humanidad. No nos regala la vida para que seamos sus muñequitos, sus pasatiempos preferidos. Nos da la libertad para que sólo desde el amor nos acerquemos a él. Y no nos valora por méritos u objetivos cumplidos. No nos está evaluando continuamente, examinando si somos dignos de su amor. Nos lo da y para siempre. Nos toca a nosotros acogerlo, disfrutarlo, reconocerlo y compartirlo. ¡Qué maravilla poder escuchar las mismas palabras que Jesús escuchó en el río Jordán: «Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco». Mc 1,11. Que podamos ser la complacencia de Dios porque miramos a los demás como Él les mira, sin fijarnos en las apariencias, sino contemplando en lo profundo del corazón!

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