Audio-homilía: Fiesta de Jesucristo, Rey del Universo, 2013

Esta festividad es una invitación tremenda a la confianza y a que reconozcamos que nuestra vida y nuestro proyecto personal tendrán finales felices.

Nuestros conceptos humanos de reinado tienen mucho que ver con el poder y los privilegios. Pero el poder es muy tentador y corrompe y así es fácil pasar de vivir para servir y cuidar a los demás a vivir para que me sirvan y me cuiden. Eso ha pasado toda la vida con las monarquías terrenales.

Sin embargo, Jesús, nuestro rey, gobierna no con un cetro, sino lavando los pies a sus discípulos. No tiene un trono desde el que juzga, sino una cruz desde la que se inmola para el perdón de nuestros pecados. No tiene una corona de zafiros y perlas preciosas, sino una corona de espinas tejida de amor y fidelidad. No tiene un reinado geográfico, sino que reina desde el corazón y desde el perdón.

Jesús, desde la cruz, al borde de la muerte, es capaz de sobreponerse a su sufrimiento y pensar en el perdón, en el ladrón con el que le han crucificado al que anuncia que estará con él en el Reino de Dios y en María y en su discípulo.

Ante esto, nuestra misión como cristianos es crear ambientes de Reino de Dios: testimoniar al mundo que podemos vivir de otra manera, como hermanos, sin distinciones.

La iglesia tiene que ofrecer al mundo una comunidad de personas que trabajan por el bien de los demás, no dar sensación de poder o de ser los mejores. No somos una élite de nada. Dios no llama a los grandes, llama a los pequeños. Lo pequeño en manos de Dios se convierte en fuerza cuando pone su confianza y su corazón en manos del Señor.

Como decía San Pablo, «el que comenzó en vosotros la buena obra con el bautismo la va a llevar a término».

Audio-homilía: Fiesta de Jesucristo, Rey del Universo, 2013

Evangelio según San Lucas

El pueblo permanecía allí y miraba. Sus jefes, burlándose, decían: «Ha salvado a otros: ¡que se salve a sí mismo, si es el Mesías de Dios, el Elegido!».
También los soldados se burlaban de él y, acercándose para ofrecerle vinagre, le decían: «Si eres el rey de los judíos, ¡sálvate a ti mismo!».
Sobre su cabeza había una inscripción: «Este es el rey de los judíos».
Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros».
Pero el otro lo increpaba, diciéndole: «¿No tienes temor de Dios, tú que sufres la misma pena que él? Nosotros la sufrimos justamente, porque pagamos nuestras culpas, pero él no ha hecho nada malo».
Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas a establecer tu Reino».
El le respondió: «Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso».

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