Espejos vivos

Introducción. Cuando reconocemos por la fe, la confianza tan grande con la que Dios trata a la humanidad y las posibilidades extraordinarias que nos ha dado para poder ser imagen y semejanza suya, reflejos de su amor en el mundo y en la historia, siento que no valoramos suficientemente el valor de cada una de nuestras vidas. Estoy profundamente agradecido a Dios por sr el más firme entusiasta y el más fiel amante de la humanidad. Está convencido de nuestra capacidad de amar, de crear, de sentir, de acoger, de proteger y de perdonar.
Somos nosotros los que a base de chascos y de decepciones hemos dejado de creer en lo que somos capaces de sentir, de vivir, de crear… En general cuando nos referimos a nuestros prójimos, por las expresiones que utilizamos y el tono que empleamos, se nos cuela mucho cansancio, mucho escepticismo, mucho pesimismo antropológico. ¡Cuánta crítica y cuánta descalificación se lanza gratuitamente, generalizando los juicios y las denuncias! ¡Cuánta desconfianza e indiferencia ante las instituciones tanto de carácter político, religioso, sindical o deportivo! Lo colectivo está en desuso. Ya no esperamos nada de casi nadie. En demasiados casos hemos puesto nuestra confianza en promesas que nos han hecho, en proyectos que pedían nuestro compromiso y nuestra fidelidad, y el resultado no ha sido el esperado. Y poco a poco nos alejamos de todo lo que signifique fiarnos, comprometernos, ponernos en la manos de otros.
Nuestra elección como compañeros de vida es hacia nosotros mismos. Nos volvemos autosuficientes, individualistas, egocéntricos. Tomamos en cuenta a los demás en la medida que podemos sacar algo de beneficio y de provecho, pero el sueño del amor, del ser uno, del para siempre, se hace añicos cuando la evidencia nos habla continuamente de rupturas y fracasos. Y nos cuesta mucho volver a confiar, volver a creer.
Por eso, descubrir con novedad la mirada misericordiosa que tiene el Señor sobre nosotros, que renueva, que regenera, que transforma, y la ilusión con la que acompaña toda la historia de la humanidad y de nuestra vida personal nos devuelve el deseo de creer, de soñar.

Lo que Dios nos dice. «Y vi un cielo nuevo y una tierra nueva, pues el primer cielo y la primera tierra desaparecieron, y el mar ya no existe. Y vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén que descendía del cielo, de parte de Dios, preparada como una esposa que se ha adornado para su esposo. Y oí una gran voz desde el trono que decía: He aquí la morada de Dios entre los hombres, y morará entre ellos, y ellos serán su pueblo, y el Dios con ellos será su Dios. Y enjugará toda lágrima de sus ojos, y ya no habrá muerte, ni duelo, ni llanto ni dolor, porque lo primero ha desaparecido. Y dijo el que está sentado en el trono: Mira, hago nuevas todas las cosas». Ap 21,1-5.
Es verdad que todo puede ser nuevo si la mirada con la que observamos la realidad que tenemos delante se renueva. No es de ingenuos o de ilusos descubrir la cantidad de cosas valiosísimas que diariamente ocurren delante de nosotros. Si estamos esperando lo extraordinario, lo espectacular, lo exclusivo, puede que no pase nada. Pero si estrenamos la vida cada día, si olvidamos lo que pasó ayer, y hoy, con olor a recién hecho, nos abrimos a las personas, a las circunstancias con novedad, descubriremos cuánto de Dios se refleja en cada una de ellas.
«El que os recibe a vosotros, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado; el que recibe a un profeta porque es profeta, tendrá recompensa de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo, tendrá recompensa de justo. El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños, solo porque es mi discípulo, en verdad os digo que no perderá su recompensa». Mt 10,40-42.
Está hablando Jesús de algo sencillo, de algo posible, de dar un vaso de agua, de escuchar, de sonreír, de abrazar… Nos molesta la gente cuando llenamos de expectativas las relaciones y no se cumplen y nos decepcionan. Pero cuando no esperamos nada, cuando la gratuidad sustituye al interés, cuando vemos que es sorpresa y milagro el encuentro con el otro, entonces tenemos la suficiente perspectiva para descubrir que los demás son un espejo vivo en el que podemos encontrar a Dios. Las personas traducimos a los demás los rasgos del corazón de Dios: en los momentos positivos cuando dejamos fluir la escucha, la comprensión y la acogida, y en los negativos, cuando tratamos con misericordia y compasión la falta de Dios en los corazones, y la dolorosa corrupción que se vive en las vidas de las personas, sustituyendo el amor por el egoísmo, la soledad y la soberbia.
«Entonces, Moisés exclamó: Muéstrame tu gloria. Y él le respondió: Yo haré pasar ante ti toda mi bondad y pronunciaré ante ti el nombre del Señor, pues yo me compadezco de quien quiero y concedo mi favor a quien quiero. Pero mi rostro no lo puedes ver, porque no puede verlo nadie y quedar con vida. Luego dijo el Señor: Aquí hay un sitio junto a mí; ponte sobre la roca. Cuando pase mi gloria, te meteré en una hendidura de la roca y te cubriré con mi mano hasta que haya pasado. Después, cuando retire la mano, podrás ver mi espalda, pero mi rostro no lo verás». Ex 33,18-23.

Cómo podemos vivirlo. Nuestras vidas van traduciendo a los demás el Dios con el que nosotros vivimos. Somos las cartas vivas que se pueden ir leyendo con claridad. Mensajes claros y sencillos en los que vamos narrando nuestra experiencia de sentirnos acompañados, seguros de la bondad de la vida y de los regalos que Dios nos hace. A veces hay conflictos, cansancios, sufrimientos, pero de todo ello aprendemos a ser pacientes, compasivos y comprensivos como Dios mismo lo es.

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