Agradecidos por la llamada y glorificados en el seguimiento

Aunque este blog se ha tomado unos días de descanso, para retomar la actividad en septiembre con energías renovadas, es justo y necesario que hagamos un alto en nuestras vacaciones para hacernos eco de dos aniversarios gozosos y muy relevantes para Echadlared.

La semana pasada dos de los autores de este blog, Pili y Vicente, cumplían años en su consagración a la vida religiosa: el día 13 de agosto Vicente celebraba los 18 años de su ordenación como sacerdote y el 15 de agosto Pili hacía sus bodas de plata (25 años) como religiosa.

Desde el agradecimiento a Dios por la llamada y a Pili y Vicente por su «SÍ», su compromiso y su ejemplo de vida, compartimos un texto de Pili que se hace extensivo a Vicente y a toda la familia de Echadlared.

FELICIDADES A LOS DOS Y GRACIAS A DIOS POR LLAMAROS Y A VOSOTROS POR SEGUIRLE Y SER TRANSMISORES DE LA BUENA NOTICIA.

Proclama mi alma la grandeza del Señor: Gracias por estar conmigo en estos 25 años.

Se cumplen 25 años de mi consagración a Dios en la vida religiosa y algo más de 50 desde mi bautismo. En estos últimos días estoy recibiendo tarjetas de felicitación por este motivo y hasta una preciosa rosa roja. Se trata de un aniversario marcado de una forma especial, las bodas de plata.

Yo me he preguntado qué es lo que celebro realmente; y lo que surge en mí es celebrar el amor y la fidelidad de Dios conmigo. “Qué bueno es alabarte, Señor, y cantar, Dios Altísimo, a tu Nombre; proclamar tu amor misericordioso por la mañana y tu fidelidad cada noche,… Tú me alegras, Señor, con tus acciones, y mi júbilo son las obras de tus manos. ¡Qué magníficas son tus obras, Señor, qué profundos tus designios!” (Sal 92,2-3.5-6)

Recuerdo que, cuando era una religiosa novata, algunas personas me “vaticinaban” que no podría durar en este estilo de vida. Reconozco que permanecer no es tarea fácil; porque la vida religiosa necesita renovarse si quiere ser hoy en día una propuesta de vida creyente capaz de ilusionar a las jóvenes en el encuentro a fondo con el Señor y en el servicio al bien de las personas que la historia y las circunstancias nos van trayendo. La respuesta a aquellas interpelaciones la encontraba reflejada en la Palabra de Dios, pero además la sentía viva en mí: “Escuchadme, islas y atended, pueblos lejanos. El Señor me llamó desde el seno materno, desde las entrañas de mi madre mencionó mi nombre. Ha hecho mi boca como espada afilada… Y ahora dice el Señor (el que me formó desde el seno materno para ser su siervo; mi Dios, que ha sido mi fortaleza): Poca cosa es que tú seas mi siervo, para levantar las tribus de Jacob y para restaurar a Israel; te haré luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta los confines de la tierra. Así dice el Señor: En tiempo propicio te he respondido, en día de salvación te he ayudado… Grita de júbilo, cielo, y regocíjate, tierra… porque el Señor ha consolado a su pueblo y de sus afligidos tiene compasión…
Pero Sión decía: El Señor se ha olvidado de mí. ¿Puede una mujer olvidar a su niño de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues, aunque ellas se olvidaran, yo no te olvidaré.
He aquí, en las palmas de mis manos, te he grabado…” (cf. Is 49, 1-16)

Desde mi entrada en la Comunidad hay en mí un deseo de “humanizar” la vida religiosa que durante tiempo ha arrastrado el peso de la normas. Los religiosos somos ante todo personas que queremos vivir en plenitud. No podemos cerrarnos a formas del pasado que nos dificulten o impidan la cercanía con la gente que tiene necesidad de oración, de apoyo, de escucha, de cuidado. Las instituciones religiosas están viviendo una enorme crisis de carencia de vocaciones unida a la elevada media de edad de sus miembros, que en su gran mayoría puede llegar a ser de entre 70 o 75 años; todo ello dificulta la necesaria renovación.

Es cierto que aquellas comunidades de estilo contemplativo que han actualizado sus formas de expresión de la fe (aunque manteniendo los rasgos esenciales del misterio que envuelve a los monasterios), aquellas que se han afianzado en una profunda espiritualidad, han conseguido por medio de personas carismáticas atraer a nuevos miembros en gran número. Han saltado a las páginas de la prensa escrita y digital algunos casos como los de la nueva congregación de Iesu communio con sor Verónica como iniciadora.

Otra historia bien distinta es la de las congregaciones religiosas femeninas de vida apostólica, como a la que yo pertenezco. La ausencia de vocaciones es un gran interrogante: por un lado, vemos que hemos de cambiar para fortalecer la esencia de nuestra consagración a Dios por medio de nuestro servicio sencillo a los hermanos; por otra parte, sentimos que nuestra vida parece no decir nada a la sociedad actual; porque sigue habiendo jóvenes creyentes con ideales de ayuda a los débiles, que sin embargo no ven atractiva esta forma de vida como modo posible de experimentar y compartir su fe. En definitiva, para que la vida religiosa siga cumpliendo su misión en este cambio de época, necesitamos la acción directa de Dios en nosotras y en todas las jóvenes que están atentas a la voz de Dios en sus vidas.

El carisma o don de la vida religiosa viene de Jesucristo, del Espíritu Santo y de Dios Padre. La fuerza del amor creativo de Dios se da a hombres y mujeres, que impulsados por el Espíritu, quieren vivir, a través de los votos de castidad, pobreza y obediencia, la misma vida de Jesús, sus mismos sentimientos y acciones, su misma oración, su misma entrega, pasión, muerte y resurrección. Esta es la esencia.

Fijándome en estos 25 años de mi consagración, debo reconocer que el objetivo sigue siendo demasiado alto para mí, pero la misericordia infinita de Dios y la amistad cercana con el Señor hacen posible que personas como yo podamos celebrar la fidelidad. Gracias, Señor, hago mías las palabras de la Virgen María: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la pequeñez de su esclava.”(Lc 1, 47-48a)

Gracias, Señor, porque me has rescatado en los precipicios, porque me has sacado del dolor; gracias porque cuidas de mi y de todos. Gracias porque escuchas mis oraciones, porque atiendes siempre mi voz y ninguna sola de mis lágrimas, sonrisas, esperanzas o inquietudes se te escapa. “Desde ahora me felicitarán todas la generaciones porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación. Él hace proezas con su brazo: dispersa a los de corazón soberbio,… y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos. Auxilia a… su pueblo, acordándose de la misericordia… como lo había prometido a nuestros antepasados para siempre.” (Lc 1, 48b-55)

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