Oración a Dios por los que sufren con nuestro amigo y patrón, el apóstol Santiago

El día de Santiago de este año 2013 ha sido muy triste debido al grave accidente del tren que se dirigía a Ferrol. Todos nos hemos sentido conmovidos por lo que han pasado y están pasando las personas afectadas por esta tragedia.

Un acontecimiento así nos hace pensar en lo verdaderamente importante, en el valor de la vida de cada ser humano.

Hoy quiero elevar una oración de súplica por todos los fallecidos, por los heridos, por sus familiares, por sus amigos y por todos nosotros. Pido a Dios que haya acogido a los difuntos; personas que iban al encuentro de sus seres queridos y que se han encontrado, de golpe, en los brazos de Dios. Pido por los heridos para que puedan recuperarse de sus dolencias y salgan adelante como con una vida nueva; pido por los familiares de los muertos y de los heridos para que se sientan unidos y acompañados. Pido por los amigos que han perdido a sus amigos para que sepan agradecer a Dios la amistad de esas personas que han dejado en ellos una huella de amor. Y pido por todos nosotros para que la compasión, la humanidad y la solidaridad que nos enseñan estas dolorosísimas pérdidas no sean flor de un día.

Reconforta palpar la condolencia y empatía de tanta gente ante las catástrofes. La benevolencia y la amistad son valores necesarios no sólo en los momentos duros, sino para caminar en la vida diaria.

Necesitamos que los que nos rodean y conviven con nosotros nos reconozcan como personas, seres en relación de amor con los otros, frágiles y fuertes a la vez. Nuestra humanidad nos une a todos y nos une también a Cristo, que la ha compartido con nosotros hasta sus últimas consecuencias. Él nos enseñó con su propia entrega que «no hay amor más grande que dar la vida por los amigos» (cf. Jn 15, 13). En la amistad se multiplican las alegrías y se descargan las penas y dolores. La cercanía y la confianza de los amigos es un regalo maravilloso que se nos ofrece, es un cariño que nos hace experimentar la bondad de la vida.

Hace unos meses coincidí en una excursión para visitar un monasterio cisterciense con una trabajadora gallega que ahora vive en mi ciudad. Pasamos un día estupendo, lleno de paz, compartiendo los alimentos, la charla, la fe. En la conversación nos surgió una constatación de algo que podríamos señalar como característica distintiva del pueblo de Galicia y que estos días he visto reflejado en su reacción ante la desgracia de esos viajeros: me refiero al sentido de la amistad y al valor de la acogida. Espero que nuestra amistad hacia todos los que ahora sufren sea sincera y constante, que ayudemos en la medida de nuestras posibilidades.

Es impresionante leer el texto de la segunda lectura del día de la fiesta de Santiago después de haber vivido este durísimo accidente. “Este tesoro lo llevamos en vasijas de barro, para que se vea que su fuerza superior procede de Dios y no de nosotros. Por todas partes nos aprietan, pero no nos ahogan; estamos apurados, pero no desesperados; somos perseguidos, pero no desamparados; derribados, pero no aniquilados; siempre llevamos en el cuerpo la muerte de Jesús, para que se manifieste en nuestro cuerpo la vida de Jesús. Continuamente nosotros, los que vivimos, estamos expuestos a la muerte por causa de Jesús, de modo que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal. Así la muerte actúa en nosotros, la vida en vosotros. Pero como poseemos el mismo espíritu de fe conforme está escrito: creí y por eso hablé, también nosotros creemos y por eso hablamos, convencidos de que quien resucitó al Señor Jesús, nos resucitará a nosotros con Jesús y nos llevará con vosotros a su presencia. Todo es por vosotros, de modo que, al multiplicarse la gracia entre muchos, abunde la acción de gracias a gloria de Dios” (2 Cor 4, 7-15)

Impresiona porque nos muestra que la amistad con Cristo y entre nosotros nos puede ayudar a vivir toda situación, por desesperada que ésta sea, con fuerza, consuelo y esperanza. No podemos devolverles la vida a los que ya se han ido de nuestro lado, pero podemos vivir de modo que sus esperanzas y deseos se vean cumplidos y continuados por nosotros.

Que el apóstol Santiago, gran amigo del Señor y nuestro, nos muestre el camino del encuentro y la amistad entre nosotros y con Jesús, para ayudarnos desde el amor, la solidaridad y la humanidad.

Amén.

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