Nuevos senderos: cabeza fría, corazón caliente… y Dios

Estoy en un momento de replanteamiento de muchas cosas… Poniendo en entredicho cuestiones que antes eran inamovibles en mi vida y cambiando bastantes esquemas mentales…

Es una época de parar y templar, pero al mismo tiempo de preguntarme si la forma en que he venido haciendo las cosas hasta ahora era la mejor, si soy consecuente conmigo misma…

Nuevos métodos, nuevos comportamientos, nuevos puntos de vista, nuevas perspectivas, nuevos sentimientos, nuevas experiencias…

Vivo esta etapa con la incertidumbre que provoca transitar por caminos que no estoy acostumbrada a recorrer e, incluso, con el vértigo que da no saber a dónde me llevará el sendero, pero, al mismo tiempo, con curiosidad, interés y confianza… consciente de que afortunadamente las cosas cambian y siempre para bien (aunque a priori no lo parezca)…

No siempre es sencillo salirse de la llamada “zona de confort”: ese terreno que parecemos conocer a la perfección… A veces, el nuevo trayecto se vuelve agreste; en ocasiones nos sentimos perdidos; en otros momentos, hay que desandar los pasos dados, e, incluso, tropezamos o nos hacemos daño…

Ayer, viendo una serie en televisión, a uno de los personajes (que, curiosamente, parecía tener siempre la palabra más adecuada para todo el mundo; que aparentemente gozaba de una vida tranquila y de una serenidad digna de admiración) le preguntaba una chica que padecía el síndrome de Asperger si tenía la vida que quería. Él contestaba que sí y, unos minutos después, en una escena en la que aparecía en un bar tomando una copa con una chica estupenda y besándola, se tornaba pensativo y acababa reconociéndose a sí mismo y a la chica que su vida supuestamente plácida no le llenaba… Una situación que nos sonará mucho, por haberla vivido en nosotros mismos y en los demás…

En los últimos meses, a través de experiencias propias y ajenas, estoy siendo consciente de cómo Dios a veces nos conduce hacia precipicios, hacia callejones sin salida… Nos aparecen encrucijadas y se nos plantean elecciones que no son sencillas (aunque a primera vista lo parezcan): a menudo nos faltan datos, las primeras impresiones no siempre son acertadas, a veces nuestro ego se convierte en el peor consejero…

Parece como si la decisión a la que nos enfrentamos fuera algo de vida o muerte… Y el hecho es que nada es inamovible, que muchas veces lo que parecía negro se torna blanco; donde no parecía haber salida surgen varias opciones; la puerta estrecha abre un camino que, poco a poco, se allana, y lo que ayer era un “no” mañana es un “quizá” y pasado mañana puede ser un “” y al revés…

Pero, a menudo, somos nosotros mismos los que nos cerramos alternativas, por querer que todo suceda en tiempo y forma tal y como lo hemos diseñado y previsto en nuestra mente.

Nos debatimos entre tempestades y mares en calma, entre picos y valles, entre días tormentosos y soleados, dependiendo de cómo nos veamos en cada momento (o, lo que es peor, de cómo nos vean los demás).

Cuando nos encontramos en la cresta de la ola, nos creemos omnipotentes y despreciamos a Dios y a los demás, porque nos sentimos muy auto-suficientes (nos encanta creernos independientes) («Y la serpiente era más astuta que cualquiera de los animales del campo que el Señor Dios había hecho. Y dijo a la mujer: ‘¿Conque Dios os ha dicho: No comeréis de ningún árbol del huerto?’. Y la mujer respondió a la serpiente: ‘Del fruto de los árboles del huerto podemos comer; pero del fruto del árbol que está en medio del huerto ha dicho Dios: ‘No comeréis de él, ni lo tocaréis, para que no muráis’. Y la serpiente dijo a la mujer: ‘Ciertamente no moriréis. Pues Dios sabe que el día que de él comáis, serán abiertos vuestros ojos y seréis como Dios, conociendo el bien y el mal’. Cuando la mujer vio que el árbol era bueno para comer y que era agradable a los ojos y que el árbol era deseable para alcanzar sabiduría, tomó de su fruto y comió; y dio también a su marido que estaba con ella y él comió. Entonces fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos; y cosieron hojas de higuera y se hicieron delantales. Y oyeron al Señor Dios que se paseaba en el huerto al fresco del día; y el hombre y su mujer se escondieron de la presencia del Señor Dios entre los árboles del huerto. Y el Señor Dios llamó al hombre, y le dijo: ‘¿Dónde estás?’. Y él respondió: ‘Te oí en el huerto, y tuve miedo porque estaba desnudo, y me escondí’. Y Dios le dijo: ‘¿Quién te ha hecho saber que estabas desnudo? ¿Has comido del árbol del cual te mandé que no comieras?’. Y el hombre respondió: ‘La mujer que tú me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí’. Entonces el Señor Dios dijo a la mujer: ‘¿Qué es esto que has hecho?’. Y la mujer respondió: ‘La serpiente me engañó, y yo comí’. Y el Señor Dios dijo a la serpiente: ‘Por cuanto has hecho esto, maldita serás más que todos los animales, y más que todas las bestias del campo; sobre tu vientre andarás, y polvo comerás todos los días de tu vida. Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y su simiente; él te herirá en la cabeza, y tú lo herirás en el calcañar’. A la mujer dijo: ‘En gran manera multiplicaré tu dolor en el parto, con dolor darás a luz los hijos; y con todo, tu deseo será para tu marido, y él tendrá dominio sobre ti'». Génesis 3, 1-16).

Cuando llega la tempestad, nos asustamos, perdemos la confianza en nosotros y en Dios y nos hundimos («Jesús mandó a los discípulos que subieran a la barca y que se adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. Y, después de despedirla, subió al monte a orar a solas. Cuando se hizo de noche seguía él solo allí. Mientras tanto, la barca ya se había alejado de tierra, sacudida por las olas, porque el viento le era contrario. En la cuarta vigilia de la noche vino hacia ellos caminando sobre el mar. Cuando le vieron los discípulos andando sobre el mar, se asustaron y dijeron: ‘¡Es un fantasma!’ Y llenos de miedo empezaron a gritar. Pero al instante Jesús les habló: ‘Tened confianza, soy yo, no tengáis miedo’. Entonces Pedro le respondió: ‘Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las aguas’. ‘Ven’ le dijo él. Y Pedro se bajó de la barca y comenzó a andar sobre las aguas en dirección a Jesús. Pero al ver que el viento era muy fuerte se atemorizó y, al empezar a hundirse, se puso a gritar: ‘¡Señor, sálvame!’. Al instante Jesús alargó la mano, lo sujetó y le dijo: ‘Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?’. Y cuando subieron a la barca se calmó el viento». Mt 14, 22-32)

Y todo es mucho más sencillo… («Por eso os digo: No andéis preocupados por vuestra vida, qué comeréis, ni por vuestro cuerpo, con qué os vestiréis. ¿No vale más la vida que el alimento y el cuerpo más que el vestido? Mirad las aves del cielo: no siembran, ni cosechan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellas?. Por lo demás, ¿quién de vosotros puede, por más que se preocupe, añadir un solo codo a la medida de su vida? Y del vestido, ¿por qué preocuparos? Observad los lirios del campo, cómo crecen; no se fatigan, ni hilan. Pero yo os digo que ni Salomón, en toda su gloria, se vistió como uno de ellos. Pues si a la hierba del campo, que hoy es y mañana se echa al horno, Dios así la viste, ¿no lo hará mucho más con vosotros, hombres de poca fe?. No andéis, pues, preocupados diciendo: ¿Qué vamos a comer?, ¿qué vamos a beber?, ¿con qué vamos a vestirnos?. Que por todas esas cosas se afanan los gentiles; pues ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso. Buscad primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura. Así que no os preocupéis del mañana: el mañana se preocupará de sí mismo» Mt 6, 25-34).

La vida (y nosotr@s) somos una continua alternancia entre risa y llanto, lluvia y sol, cumbres y valles, tesoro y barro… Y Dios siempre está ahí… y sabemos (o deberíamos saber) que nunca nos adentra por caminos para los que no nos capacite…

Debemos tener la cabeza bien fría (para no vanagloriarnos en exceso ni caer en picado) y el corazón incendiado de amor y confianza… Jesús mismo pasó de la aclamación a su entrada en Jerusalem al escarnio, la humillación, el desprecio, la tortura y la muerte en apenas unos días… Y no se vino arriba cuando lo vitoreaban ni se hundió cuando lo escupían o lo pegaban.

Pidamos a nuestro Padre que nos ayude a discernir los senderos, a adentrarnos por nuevos caminos y peregrinar sin prisa pero sin pausa y a confiar en que su cayado nos sostiene…

Aprovechemos estos días de cambio de rutinas para aventurarnos a salir de esas zonas de confort, a replantearnos que hay otras formas de hacer las cosas y a ampliar nuestra tolerancia al error y a la discrepancia… Recordemos que la mejor forma de aprendizaje que tenemos es el ensayo / error. Si los bebés temieran caerse, jamás llegarían a caminar…

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