Felizmente endeudados

Hace años que la oración del Padre nuestro tiene un traducción común para todos os que la rezamos en español. En esa traducción decimos “perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Esta expresión sustituye a la fórmula anterior, “perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores”. Evidentemente las dos formas nos hablan del perdón de Dios y del nuestro.

Me he parado a reflexionar sobre ello porque yo me siento en deuda. No hablo de las deudas con los bancos, esas que llenan de dificultades el camino de salida de la crisis hacia el crecimiento económico. Me refiero a las deudas de amor que tengo contraídas con Dios y con tantas personas presentes en mi vida, desde mi familia, mis profesores y formadores, mis amistades; hasta aquellos que, en alguna ocasión, no me han acogido bien («No tengáis deudas con nadie, si no es la del amor mutuo. Pues el que ama al prójimo tiene cumplida la ley. De hecho cualquier precepto, se resume en éste: Amarás al prójimo como a ti mismo. Quien ama no hace mal al prójimo, por eso el amor es el cumplimiento cabal de la ley. Reconoced el momento en que vivís, que ya es hora de despertar del sueño: ahora la salvación está más cerca que cuando abrazamos la fe. Revestíos del Señor Jesucristo» Rom 13, 8-14).

Al hacer balance de un curso más, descubro que tengo deudas de gratitud con los que convivo y con aquellos que desde lejos me acompañan. Además están las deudas de mis momentos de déficit de amor, cuando me dejo llevar por el egoísmo, la comodidad o la rabia. Se me ocurre que, en este tiempo de vacaciones, puedo detenerme a revisar mi alma y mi vida.

El verano es una oportunidad y un espacio para comprender, acoger, agradecer y celebrar lo mucho positivo, aunque sea sencillo, que hay en nuestra vida. En mi caso he podido superar un curso más entregándome con mi trabajo a muchos alumnos, he colaborado con otros profesores, con catequistas y padres, he podido acompañar desde la oración a mis seres queridos, he vivido mi compromiso dentro de mi comunidad mediante el servicio cotidiano, he orado y visitado alguna vez a personas que se sienten solas. No he sido yo sola sino la fuerza de Dios conmigo.

Pero también es tiempo de reconocer los propios fallos para reorientarnos, para pedir humildemente perdón: “perdónanos nuestras deudas”: Perdón por mi falta de paciencia con los niños y las personas mayores, perdón por no cuidar bastante mi salud, perdón por mis críticas no constructivas y por mi miopía ante las evidencias del amor de Dios.

Por eso, mi deseo de cara a este tiempo de idas y venidas, de cambio de nuestra rutina es que todos podamos vivirlo con paz, necesitamos reconciliarnos con nosotros mismos, con Dios y con los demás. Me gustaría vivir mis vacaciones poniéndome en las manos de Dios, estar con mis padres y mis hermanos, vivir el momento presente con intensidad y asombro, con gratitud y amor.

Los cristianos somos siempre enviados, desde la confianza y la ternura de nuestro Dios, con una misión de reconciliación, de paz y esperanza. Incluso en el descanso, el Espíritu Santo actúa con nosotros y nos conduce por los caminos de la vida en comunión y amistad con Jesús y los hermanos («El Espíritu socorre nuestra debilidad,… intercede por nosotros con gemidos inarticulados. Sabemos que todo concurre al bien de los que aman a Dios, de los llamados según su amor. A los que escogió de antemano para reproducir la imagen de su Hijo, de modo que Jesucristo fuera el primogénito de muchos hermanos» Rom 8, 26-29)

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