Tiempo para todo: vivir, morir, sufrir, gozar… ACOGER

Hace unos días os comentaba que últimamente me han venido al encuentro varias bodas de las que he sido testigo accidental…

En cambio esta semana ha comenzado mucho más luctuosa. El lunes fui al tanatorio a acompañar a una amiga que despedía a su madre. Y ayer martes fui a la iglesia y coincidí con un funeral (tampoco es la primera vez en las últimas semanas que me topo con una misa de difunto).

No es tan extraño. Nuestra vida es un permanente equilibrio y una constante alternancia entre alegrías y penas, entre vida y muerte, entre amor y desamor, entre calor y frío, entre tesoros y barro…

Y, ante esta realidad, Jesús nos marca bien claro el camino. El Hijo de Dios, que vino a la tierra a entregar su vida por todos, que fue tentado, que sufrió la agonía en el monte de los olivos y pidió al Padre que «si es posible, pase de mí este cáliz; mas no se haga mi voluntad sino la tuya» Mateo 26, 39, nos invita a acoger los momentos en los que el sendero se endurece y la climatología es adversa.

ACOGER. Estupendo verbo que expresa muy bien cuál debe ser nuestra actitud. Según la RAE, una de sus acepciones es admitir, aceptar… Aceptación y acogida, no resignación, ni protesta, ni queja…

Se trata de convivir y gozar con lo que nos gusta y también de sacar el máximo partido a lo que nos cuesta más.

Los estudiantes ahora comienzan a disfrutar de unas merecidas vacaciones, tras un año duro de estudios y esfuerzos. Si les preguntamos, seguro que prefieren este tiempo de viajes, fiestas, piscinas y playas a los meses de codos que han dejado atrás. Pero eso no significa que el estudio o el trabajo no sean buenos. Cuestan y requieren dedicación, pero enriquecen de forma extraordinaria. Es como la subida al Cebreiro en el Camino de Santiago: un esfuerzo que compensa con creces.

No hablo de flagelaciones, de sufrimientos vanos o de torturas absurdas… Como tampoco de hedonismos simplones o de placeres vacíos… Me refiero a acoger, abrazar y sacar provecho de todas y cada una de las situaciones que la vida nos pone delante: las más livianas y las más duras.

Ayer leía en mi timeline de Facebook una frase que decía «A veces dejar ir es un acto de mucho más poder que defenderse o aferrarse». Va muy en línea con lo que trato de expresar.

Hay momentos para todo en la vida: para trabajar, para descansar, para sembrar, para recoger, para reír, para llorar, para amar y para dejarse querer… Y a veces hay situaciones, contra las que a menudo nos rebelamos, que tienen su sentido y su porqué: que nos vaciemos para volver a llenarnos, que aprendamos a dominar el ego, que valoremos lo que de verdad importa, que disfrutemos del esfuerzo realizado, que descubramos una nueva dimensión de la palabra amor, que iniciemos nuevas etapas en la vida…

Morir para vivir. Llorar para gozar. («En verdad, en verdad os digo que lloraréis y os lamentaréis, y el mundo se alegrará. Estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en gozo. La mujer, cuando va a dar a luz, está triste, porque le ha llegado su hora; pero cuando ha dado a luz al niño, ya no se acuerda del aprieto por el gozo de que ha nacido un hombre en el mundo» Juan 16, 20-21)

(«Hay un tiempo señalado para todo, y hay un tiempo para cada suceso bajo el cielo: tiempo de nacer y tiempo de morir; tiempo de plantar, y tiempo de arrancar lo plantado; tiempo de matar y tiempo de curar; tiempo de derribar y tiempo de edificar; tiempo de llorar y tiempo de reír; tiempo de lamentarse y tiempo de bailar; tiempo de lanzar piedras y tiempo de recoger piedras; tiempo de abrazar y tiempo de rechazar el abrazo; tiempo de buscar y tiempo de dar por perdido; tiempo de guardar y tiempo de desechar; tiempo de rasgar y tiempo de coser; tiempo de callar y tiempo de hablar; tiempo de amar y tiempo de odiar; tiempo de guerra y tiempo de paz» Eclesiastés 3, 1-8)

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