AMOR con mayúsculas o amores con recortes

Está claro que estamos en época de bodas… En las últimas dos semanas, he ido varias veces a orar a esas iglesias que, por distintas circunstancias, son emblemáticas para mi… Y he podido ser testigo accidental de varias bodas a las que no estaba invitada. Ayer volvió a suceder…

Desde la parte de atrás de la iglesia, con mis vaqueros, mi camiseta, mis sandalias de andar y mi mochila, pude sentir la emoción, la ilusión y la alegría compartida de la celebración del amor, del inicio de la vida entregada…

Escuché con enorme interés la homilía del sacerdote. Hablaba de que los novios allí presentes (Víctor y Asun) habían decidido casarse y que eso no era ni más ni menos que tratar de imitar la entrega de Dios a su Iglesia. Las escrituras hablan en multitud de ocasiones de la Iglesia como la esposa elegida y adorada por Dios. Una esposa que se engalana para unirse a su amor y que los dos sean uno en plenitud. Y animaba a los contrayentes a recordar esto cuando atraviesen aguas turbulentas en su relación.

Continuó el sacerdote haciendo referencia a Jesús, que nos amó a todos hasta dar su vida por nosotros. Expresó su deseo de que Víctor y Asun no tuvieran que verse en la tesitura de derramar su sangre por su compañer@, pero añadió que lo que sí están llamados a hacer es entregar la vida por el otro, derramarse día a día y compartir el camino (independientemente de si pintan oros, copas, bastos o espadas).

Para terminar recordó el himno del amor que magistralmente plasmó el apóstol San Pablo y que reproduzco porque, aunque lo hayamos leído y escuchado en infinidad de ocasiones, es un auténtica joya a la que no nos deberíamos acostumbrar y que deberíamos tener como programa de vida.

“Aunque yo hablara todas las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo amor, soy como una campana que resuena o un platillo que retiñe. Aunque tuviera el don de la profecía y conociera todos los misterios y toda la ciencia, aunque tuviera toda la fe, una fe capaz de trasladar montañas, si no tengo amor, no soy nada. Aunque repartiera todos mis bienes para alimentar a los pobres y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo amor, no me sirve para nada.
El amor es paciente, es servicial; el amor no es envidioso, no hace alarde, no se envanece, no procede con bajeza, no busca su propio interés, no se irrita, no tienen en cuenta el mal recibido, no se alegra de la injusticia, sino que se regocija con la verdad.
El amor todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.
El amor no pasará jamás. Las profecías acabarán, el don de lenguas terminará, la ciencia desaparecerá; porque nuestra ciencia es imperfecta y nuestras profecías, limitadas.
Cuando llegue lo que es perfecto, cesará lo que es imperfecto.
Cuando yo era niño, hablaba como un niño, sentía como un niño, razonaba como un niño, pero cuando me hice hombre, dejé a un lado las cosas de niño. Ahora vemos como en un espejo, confusamente; después veremos cara a cara. Ahora conozco todo imperfectamente; después conoceré como Dios me conoce a mí.
En una palabra, ahora existen tres cosas: la fe, la esperanza y el amor, pero la más grande todas es el amor”. Corintios 13, 1-13

San Pablo nos habla de paciencia, servicio y humildad. De un amor que huye del propio interés, del enfado, del rencor y de la envidia. De un amor que disculpa, cree, espera y soporta sin límites… No estaría de más que revisáramos cómo vamos en esto de amar. Es un test bastante sencillo de realizar: se trata de comparar con honestidad estas premisas con nuestros amores. Así comprobaremos si son AMORES (sí, con mayúsculas, con todo su significado, con toda su profundidad) o si son sentimientos pequeños, incompletos, miopes… amores con recortes…

Pidámosle a Dios que nos ayude a desarrollar la capacidad de AMAR a lo grande…

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