Fe, esperanza y amor… el triunfo de la vida sobre la muerte

La lectura que el evangelio nos proponía el pasado domingo nos presentaba una imagen muy gráfica: un cortejo de muerte se encuentra con Jesús. Y Él transforma la muerte en vida con enorme compasión y, al mismo tiempo, con autoridad.

Al margen de la metáfora, este pasaje (como casi todo en el evangelio) tiene una enorme actualidad.

¡Cuántos de nosotros vivimos muertos en vida! ¡Cuántas veces perdemos la fe en nosotros mismos, en los demás, en la vida! ¡Cuántas veces nos pueden la desesperanza, la tristeza, el enfado, el odio! ¡Cuántas veces deambulamos por el mundo como un cortejo fúnebre!

Jesús nos dice claramente: «No llores». Nos recuerda que «Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos» y nos exhorta a «vivir en abundancia».

Nuestra miopía, nuestra estrechez de miras nos lleva a interpretar todo desde un esquema cortoplacista. No sobrellevamos bien las cuaresmas y las muertes y perdemos a menudo la perspectiva.

Como cristianos deberíamos tener meridianamente claro que toda muerte lleva aparejada una resurrección (así como la necesidad de permitir la muerte del hombre viejo, para dar paso al hombre nuevo). Es la esperanza a la que nos llaman Jesús y nuestro Padre.

En el evangelio de la viuda de Naín se nos muestran con nitidez cuáles son las armas de Jesús (y las nuestras) para hacer frente a la muerte y a la desesperanza: compasión, amor y una fe y una esperanza imperturbables.

Pidamos a Dios que refuerce nuestra fe, que nos ayude a alimentar la esperanza y que nos ablande los corazones, para que podamos amar como Él nos ama.

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