Audio-homilía: Muchacho, a tí te lo digo, ¡levántate!

Este evangelio nos invita a cuestionarnos cómo nos enfrentamos al sufrimiento imprevisto de los demás.

Jesús va con sus discípulos en un ambiente festivo y, de repente, se encuentran con un cortejo fúnebre. Estaban muy contentos y la vida les provoca un tremendo impacto y un enorme contraste: se pasa del gozo a la tristeza en un segundo.

Nosotros normalmente, ante estas situaciones, tendemos a evadirnoss, porque no tenemos recursos para sembrar esperanza y nos bloqueamos, mirando para otro lado. El dolor del otro puede más que nuestras razones para la esperanza.

Jesús no rechaza ese ambiente tan triste, sino que se acerca con una autoridad que es de Dios (no suya) y le dice a la viuda de forma imperativa «No llores».

Nos invita a todos a que en la balanza entre sufrimientos y esperanzas, seamos mucho más creyentes en que el amor, la vida y la resurección vencen a la muerte. No se trata de poner paños calientes a la dureza de la vida. Es la fortaleza de Dios que es capaz de cambiar el hilo pesimista de una multitud de gente que sigue a los muertos.

El evangelio nos presenta una escena muy gráfica: hay un enfrentamiento entre una multitud que sigue a la muerte y otra que sigue a la vida, a Jesús. El que es la Resurrección le dice al niño muerto: «Levántate». Y esto no es una anécdota, sino una lección fundamental: la vida ordena a la muerte, el amor es más fuerte que todas las muertes. Si eso lo creemos, lo asimilamos y lo integramos en nuestras vidas, ¡cuántas malas noticias que llegan a nuestra vida serían la penúltima noticia, no serían el final! La esperanza siempre permanecería, la vida ganaría siempre…

Es muy práctico, para responder ante las desgracias de nuestra vida cotidiana, preguntarnos a quién seguimos, en quién depositamos nuestra confianza: ¿en la muerte, en el pesimismo, en la crítica…?. Jesús se reinvindica y nos invita a seguirle a Él, que es el Camino, la Verdad y la Vida.

Señor, te queremos seguir a ti como testigos de la transformación de los huesos secos. Ojalá que no entendamos el sufrimiento como castigo, sino como algo que forma parte de nuestra limitada naturaleza. Somos frágiles y nos duele nuestra condición humana. Dios no es el origen del sufrimiento, pero lo acoge y lo transforma en ocasión de amor. El sufrimiento nos ayuda a sacar lo mejor de nosotros: amor, comprensión… Todo final abre las puertas a algo nuevo.

La historia es dinámica y la lleva el Señor. Ojalá que el sufrimiento no nos paralice, sino que nos abra la puerta a la esperanza y nos informe de que, detrás de cada muerte, viene la Resurrección y la Vida.

Audio-homilía: Muchacho, a tí te lo digo: ¡Levántate!

Evangelio según San Lucas

Jesús se dirigió poco después a un pueblo llamado Naín, y con él iban sus discípulos y un buen número de personas.
Cuando llegó a la puerta del pueblo, sacaban a enterrar a un muerto: era el hijo único de su madre, que era viuda, y mucha gente del pueblo la acompañaba.
Al verla, el Señor se compadeció de ella y le dijo: «No llores.»
Después se acercó y tocó el féretro. Los que lo llevaban se detuvieron. Dijo Jesús entonces: «Joven, yo te lo mando, levántate.»
Se incorporó el muerto inmediatamente y se puso a hablar. Y Jesús se lo entregó a su madre.
Un santo temor se apoderó de todos y alababan a Dios, diciendo: «Es un gran profeta el que nos ha llegado. Dios ha visitado a su pueblo.»
Lo mismo se rumoreaba de él en todo el país judío y en sus alrededores.

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