Danos hoy el “te quiero” de cada día

Ayer acudí a la llamada del Apóstol Santiago (siento una conexión especial con el patrón de España y con el inspirador de una de las peregrinaciones y de los regalos más bonitos que nuestro querido Padre nos hace a sus hijitos amados –y hay millones de ellos-). Sentí, como en tantas otras ocasiones, la necesidad de visitarlo en su casa de Madrid (la Real Parroquia de Santiago y San Juan Bautista).

Al llegar encontré una boda, pero sentí que no era una boda más… La disposición del altar, de los novios y de los bancos de los invitados era abierta (todos al mismo nivel, todos en comunión, como no había visto jamás). Se casaban una chica española y un chico estadounidense y la misa alternaba el español y el inglés con maravillosa sintonía. La forma en que todos y cada uno de los invitados vivía lo que allí se estaba produciendo (la santificación del amor de Dios en dos personas) era apabullante, tanto que sentí la necesidad de refugiarme en uno de los poquísimos lugares recónditos que quedaban libres en la Iglesia, para no perturbar ese ambiente y, al mismo tiempo, poder saborear el momento y dejar fluir mis emociones.

Mi objetivo inicial era visitar a Santiago y participar de la eucaristía de las 19,30. Las circunstancias variaron el programa (como tantas veces nos pasa en la vida). La boda concluyó y la sentí tan dentro que estuve a punto de acercarme a los novios para transmitirles mi agradecimiento y desearles una vida eterna de amor entregado y recibido.

Pero la misa se había retrasado bastante y el “cambio de turno” se hizo con enorme respeto y rapidez. No éramos muchos los que habíamos desafiado nuestras rutinas, así que fue una eucaristía bastante íntima. Yo me senté frente a mi santo, para no perderle nunca de vista.

Se celebraba ya la Solemnidad del Corpus Christi (uno de esos jueves que brillaban más que el sol y que, por cuestiones prácticas, se celebra el domingo siguiente –es decir, hoy-). Y el sacerdote, durante una breve, sencilla pero penetrante homilía, dijo unas palabras que me resonaron profundamente.

Nos comentó que el cuerpo y la sangre de Cristo, que se entregaron por todos hace ya más de 2000 años, se entregan cada día en cada eucaristía. Que esa entrega es un “te quiero” que Jesús nos dice cada día. Todos sabemos lo que necesitamos sabernos queridos y que nos lo digan. Y, Jesús, que murió por nosotros (“nadie tiene más amor que el que entrega la vida por sus amigos” Jn 15, 13), no conforme con eso, se nos da en cada eucaristía, independientemente de nuestros méritos, de si le correspondemos o no, de si le queremos o no, de si lo sentimos o no… ¡No puede haber mayor amor, ni mayor generosidad!

Y nos da su amor para que lo recibamos, para que sea nuestra fuerza y nuestra gasolina y para que lo demos (“dad gratis lo que recibís gratis”). De una forma más teológica lo dice San Pablo (“sois el cuerpo de Cristo, y cada uno de vosotros, sois los miembros de ese cuerpo” 1 Co 12,17). Así que, cuando al comulgar, se nos dice “el cuerpo de Cristo” y respondemos “amén”, afirmamos y aceptamos ser miembros del cuerpo de Cristo. Debemos, por tanto, actuar en consecuencia para que ese amén sea verdadero. También dice San Pablo (“porque el pan es uno, nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo” 1 Co 10,17). Y, eso, como señalaba San Agustín, nos obliga (simplemente por pura coherencia) a ser cuerpo de Cristo en la tierra, a permanecer en él y a obrar en consecuencia: amando como Él amó y sintiéndonos uno con nuestros hermanos.

Si el pan es el símbolo del cuerpo entregado de Jesús, cada vez que decimos en el padrenuestro “danos hoy nuestro pan de cada día”, le estamos pidiendo el “te quiero” diario: ése que se dan (o que deberían darse con pleno conocimiento de causa) los enamorados, ése que deberíamos dar a nuestros padres, a nuestros hijos, a nuestros amigos, a todos…

Señor, no dejes de darnos nuestro “te quiero” de cada día y danos la capacidad de percibir y valorar en su medida ese inmenso regalo.

Porque a veces somos niñ@s malcriados: queremos lo que nosotros creemos que necesitamos. Y, si no se nos da eso en tiempo y forma (cuando y como queremos), somos capaces de destruir los magníficos regalos que con amor y dedicación nuestro Padre prepara y elabora con sus propias manos para nosotros a cada instante. Pero, claro, el niño quiere la Play y no un mundo repleto de sorpresas y de regalos. Y llora por esa Play que no tiene y ciega sus ojos a las maravillas diarias.

Una vez más, Señor, te pido que no dejes de darnos nuestro “te quiero” de cada día y que seamos capaces de acogerte (de hacernos uno contigo) y actuar en consecuencia en nuestro mundo. ¡Buena falta hace!

Comparte este post

    Etiquetas: , , , , , , , , , , , , ,

    votar