Peregrinaciones, etapas, metas… y, sobre todo, amor

Últimamente reflexiono bastante sobre estos conceptos. He hecho varios tramos del Camino de Santiago y siempre he sido consciente de que esta peregrinación es una gran metáfora de la vida. Es la única peregrinación que he hecho, pero supongo que en todas se deben de dar ese cúmulo de circunstancias que hacen remover la vida de quienes transitan por sus senderos.

Por un lado, la búsqueda. Quien se pone en camino siempre busca algo. No tiene porqué ser algo consciente o trascendental. Pero, cuando uno se expone a abandonar sus certezas y comodidades y a adentrarse en los senderos, abre su mente y su cuerpo a lo que pueda suceder (desde el sufrimiento físico hasta las catarsis). Y la magia de la Vida hace el resto.

Por otra parte, el espíritu de comunión y la energía del amor. En esta ocasión, como en ninguna otra, he sido consciente de la profundidad de las sensaciones y los sentimientos que se generan allí. Yo creo mucho en la energía que todos atesoramos y en que transmitimos aquello que está en nuestro corazón: amor, resentimiento, tolerancia, violencia, inseguridad, ternura, abandono… Esas sendas están cargadas de energía, de los anhelos de millones de almas que durante siglos las han recorrido y las siguen transitando. Y esa energía y esa luz se sienten profundamente, deslumbran, penetran hasta dentro y hacen que desbloqueemos nuestras barreras, liberando a su vez el caudal de fuerza y amor que solemos tener embalsado, controlado y a veces malolientemente estancado. Los sentimientos salen a la intemperie y descubres conexiones sorprendentes y emocionantes con personas a las que apenas conoces desde hace horas.

Todos diferentes, todos iguales, todos únicos… En el Camino no hay status: todos vamos con nuestras mochilas (las externas y las internas), nuestro calzado, nuestras capas… No nos revestimos de adornos… No somos un cargo, no somos un coche, no somos un barrio, no somos una ideología… Pero eso no significa que seamos una masa uniforme y uniformada. Nada más lejos de la realidad. Somos, nada más y nada menos, que PERSONAS (con su tesoro y su barro). Sin maquillajes ni apariencias, sin colorantes ni conservantes es como mejor se descubre lo diferente que es cada compañero, su grandeza, su carácter único e irrepetible…

Y, ante esa magnífica diversidad, la respuesta que surge es un amor profundo por tod@s y por Dios, que nos brinda un camino más rico de lo que nuestros adormecidos sentidos nos suelen permitir percibir. Y es que, como dice la canción, Love Is All Around. Y hay tantos amores como personas. Descubres que quieres a todos y cada uno de diferente forma, porque personas únicas merecen un amor único. Así que, si te amo para “colocarte en mi estantería”, no santifico tu vida como mereces. Si te quiero pero, no me preocupo y me ocupo de ti, quizá es que sólo me he deslumbrado con tu luz, pero no estás en mi alma. Si afirmo tener unos sentimientos profundos hacia ti, pero tu felicidad no me llena el corazón y el pecho, conviene que revise esos sentimientos.

Y, si una peregrinación es una metáfora de la vida, un soplo de vida concentrado en un corto espacio de tiempo, los conceptos de etapa y de meta también adquieren un significado profundamente espiritual y, al mismo tiempo, un tanto contradictorio.

Siempre se dice que en el Camino lo importante no es obsesionarse con el objetivo: llegar a Santiago, sino ir disfrutando de cada instante y de las sorpresas que el trayecto nos depara. Tenemos una meta, pero es importante dar tiempo al tiempo y saborear cada paso, cada conversación, cada paisaje, cada sonido, cada escena: gozar con las etapas, sin perder de vista la meta.

Eso en el Camino se hace muy evidente. Este año he sentido por primera vez la importancia de las etapas. Era la primera vez que mi peregrinación no tenía como destino a corto plazo la ciudad de Santiago (no podía disponer de más días y quería empezar en Saint Jean Pied de Port). El saber que no iba a acabar en Santiago me hizo centrarme más en el trayecto, vivir intensamente cada instante… y los sentimientos y las sensaciones fueron más profundos que nunca.

Dicho esto, también nos sucede a veces, en la vida como en el Camino, que nos distraemos en exceso en las etapas, en las pequeñas o grandes metas volantes, hasta llegar a perder de vista el objetivo, la meta final. Pensamos que la etapa es el fin y le damos demasiado peso.

Si yo tengo claro que voy a Santiago de Compostela, puedo dar un rodeo para visitar algo, puedo parar porque tengo una lesión, tomarme las etapas con la calma que necesite, modificar los trayectos conforme me lo pidan Dios y el cuerpo, pero el destino está claro y siempre volveré a él. De igual manera, si en la vida tengo claro mi objetivo, por muchos avatares que sucedan, por mucho que dé mil rodeos, por muchas distracciones que aparezcan, me tome el tiempo que me tome, siempre tendré en mente hacia dónde me dirijo: hacia una vida presidida por el amor, hacia la consecución de un sueño, hacia el éxito profesional o económico… Cada uno sabemos qué nos mueve.

Se trata de no perder de vista el sentido de nuestra peregrinación, el fin último de nuestra vida, y de disfrutar de las etapas, saboreándolas al máximo, pero siendo conscientes de que son temporales, no definitivas, y, por tanto, manteniendo nuestro rumbo vital, sin prisas, sin urgencias, pero sin pausas ni aferramientos excesivos.

Parece un contrasentido: saborear las etapas al máximo, pero sin quedarnos anclados en ellas y sin perder de vista la meta final, pero creo que no lo es. Sin sentirnos atados por la necesidad de cubrir un trayecto determinado en un tiempo concreto, sino dejando fluir nuestras sensaciones y conectando con ese espíritu santo que todos llevamos dentro…

Y el destino final, ese que nos lleva a vivir (y vivir en abundancia) es Dios, o lo que es lo mismo, el Amor. Descubrir el infinito valor que el Creador nos ha dado a tod@s y cada uno, apreciarlo y actuar en consecuencia. Tratarnos a nosotros mismos y a los demás como los templos de Dios que somos.

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