Sana el corazón enfermo

Introducción. Del norte al sur, del este al oeste, por todo el mundo se ha escuchado el mismo grito, la misma voz: ¡»Ven Espíritu Santo» «Ven padre de los pobres, Ven renueva la faz de esta tierra»!, que estaba diseñada para que fuera ese Paraíso por el que caminar juntos Dios y los hombres, a la hora de la brisa, como amigos que disfrutan de estar juntos, que preparan y disfrutan de un banquete de bodas, y que tristemente se ha convertido en un valle lleno de huesos secos.
Una faz de la tierra ensuciada por la violencia, que maltrata a tus hijos, que los destroza, que los convierte en simples trozos de carne, en cada bomba, en cada explosión, en cada disparo, en cada en cada violación, en cada homicidio, en cada esclavitud… En cada decisión política en la que lo que se defiende es un sistema económico y no al ser humano. Una tierra que de las manos del creador se mostraba preciosa, sana, equilibrada, sostenible… y que en manos de los hombres se ha convertido en un desierto, en un sequedal inhabitable, con la balanza tremendamente desequilibrada. Donde el Norte acapara, derrocha, asegura, almacena, ahorra y guarda, y el Sur busca, rebusca entre montones de miseria, hambriento, famélico, invisible a los ojos de la mayoría.
Pedir al Señor que envíe su Espíritu no tiene nada que ver con lo poético, o con lo estético, sino con la urgencia, con la desesperación, con el sentimiento de impotencia de millones de personas que con gemidos inefables están pidiendo al autor de la Vida que se manifieste. Que explique visiblemente si nos ha destinado a un valle de lágrimas, si nos ha dado la vida para que suframos, para que lloremos, para que nos rompamos. O por el contrario es el más implicado y el más ocupado en transformar, en renovar, en acabar con una forma de vida que arruina el proyecto de Dios y la vida de sus hijos.

Lo que Dios nos dice. «Ven, Espíritu Divino manda tu luz desde el cielo. Padre amoroso del pobre; don, en tus dones espléndido; luz que penetra las almas; fuente del mayor consuelo. Ven, dulce huésped del alma, descanso de nuestro esfuerzo, tregua en el duro trabajo, brisa en las horas de fuego, gozo que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos. Entra hasta el fondo del alma, divina luz y enriquécenos. Mira el vacío del hombre, si tú le faltas por dentro; mira el poder del pecado, cuando no envías tu aliento. Riega la tierra en sequía, sana el corazón enfermo, lava las manchas, infunde calor de vida en el hielo, doma el espíritu indómito, guía al que tuerce el sendero. Reparte tus siete dones, según la fe de tus siervos; por tu bondad y tu gracia, dale al esfuerzo su mérito; salva al que busca salvarse y danos tu gozo eterno.Amén».
La venida del Espíritu Santo es la respuesta de Dios a la incapacidad que tenemos las personas de vivir, de amar, de llevar las riendas de nuestra vida y del mundo. Evidenciamos una y otra vez a lo largo de la historia de la humanidad que separados de Dios los frutos que dejamos son de muerte, de destrucción, de exterminio. Dios en su infinita bondad puso en nuestras manos el don y el regalo más valioso que existe que es la libertad. Pero nosotros la utilizamos para buscar nuestro bien y olvidamos el de los demás. Centrados en nosotros mismos somos incapaces de prestar nuestra atención a algo que vaya más allá de nosotros mismos, o de aquello que nos produce algún beneficio.
Donde abunda el pecado sobreabunda la Gracia, y Dios que no se cansa de amar nos vuelve a regalar lo que necesitamos para vivir su voluntad. «Pues yo os digo a vosotros: Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque todo el que pide recibe, y el que busca halla, y al que llama se le abre. ¿Qué padre entre vosotros, si su hijo le pide un pez, le dará una serpiente en lugar del pez? ¿O si le pide un huevo, la dará un escorpión? Si vosotros, pues, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo piden?». Lc 11, 9-13. Cuando acogemos el regalo del Espíritu en nuestra vida todo se renueva y se transforma. Comenzamos a cambiar nosotros y a través nuestro cambian los ambientes que creamos. «En cambio, el fruto del Espíritu es: amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, lealtad, modestia, dominio de sí. Contra estas cosas no hay ley. Y los que son de Cristo Jesús han crucificado la carne con sus pasiones y los deseos. Si vivimos por el Espíritu, marcharemos tras el Espíritu». Gal 5,22-25. «Cuantos se dejan llevar por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios. Pues no habéis recibido un espíritu de esclavitud, para recaer en el temor, sino que habéis recibido un Espíritu de hijos de adopción, en el que clamamos: Abba, Padre. Ese mismo Espíritu da testimonio a nuestro Espíritu de que somos hijos de Dios; y, si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo de modo que, si sufrimos con él, seremos también glorificados con él». Rom 8,14-17.

Cómo podemos vivirlo. Hay una forma de afrontar la vida que es contando sólo con nuestras fuerzas, que tiene mucho de soledad y de esclavitud, porque estamos siempre dependientes de las valoraciones que los demás tienen de nosotros. Nos hacemos esclavos del valor que los demás nos dan. En cambio la vida que nace del Espíritu nos recuerda constantemente que el valor de nuestra vida está en la identidad nueva que Dios nos da. Valemos por lo que somos. No por lo que hacemos, por lo que tenemos, por nuestras habilidades, resultados o capacidades de producir. Somos criaturas nuevas con capacidad de que revivan todos los huesos secos que nos encontramos en nuestra vida. Y asociados de forma inseparable a esa gran cantidad de testigos que nos hacen ser uno a pesar de la pluralidad. Somos uno en la diversidad de dones y carismas.

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