Semana Santa que nos salva y nos santifica

Desde el Domingo de Ramos hasta el Domingo de Resurrección transcurre la Semana Santa. Es natural que la llamemos así porque en ella conmemoramos y actualizamos la entrega, pasión muerte y resurrección de Jesús.
Sin embargo, decir que estamos en Semana Santa debe querer decir algo más. En estos días en los que con intensidad nos unimos a Jesús, porque él nos invita a participar en la mesa de su pan, de su Palabra y de su ejemplo, podemos y debemos santificar nuestra realidad. Significará hacer propias las actitudes de Jesús como el perdón, la reconciliación, la verdad, la misericordia, la acogida, el sacrificio personal en bien de los otros.
Jueves, Viernes y Sábado Santo nos indican las actitudes que podemos aprender como última y más importante lección de nuestro maestro Jesús.

Amar cada día más y mejor
Para lograrlo debo profundizar en mi relación con Jesús dejándome lavar por él, dejándole entrar en mis objetivos y metas, en mis acciones, en mis pensamientos e intenciones. (“Jesús le dijo a Pedro: -Lo que yo hago no lo entiendes ahora, más tarde lo entenderás. Replicó Pedro: -No me lavarás los pies jamás. Jesús le dijo: -Si no te lavo, no tienes nada que ver conmigo. Le dijo Simón Pedro: -Señor, si es así, no sólo los pies, sino las manos y la cabeza”. Jn 13, 7-9)
Porque Jesús quiere tener con nosotros una relación auténtica que pide de nuestra parte obediencia a sus palabras y al mandato del amor. También nosotros hemos de lavarnos los pies unos a otros, perdonarnos y amarnos con el mismo amor que él nos da. Será un amor que se llena de gestos y actos concretos de cuidado y atención y se traduce en el logro de una convivencia más humana en la justicia y más fraterna en la unidad y la paz. (“Vosotros me llamáis maestro y señor, y decís bien. Pues si yo, que soy maestro y señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros mutuamente los pies. Os he dado ejemplo para que hagáis lo mismo que yo he hecho”. Jn 13, 13-15)

Confiar en Dios a pesar de todo
Unidos a Jesús, somos llevados por la vía dolorosa. Acompañar al Señor en el Viernes Santo es estremecedor y nos da otra de las claves para santificar la vida: la total confianza puesta en Dios más allá de las circunstancias de dolor y sufrimiento que nos toque atravesar.
En la cruz de Jesús descubrimos que somos comprendidos en nuestras cruces y dificultades, que no estamos solos. Junto a nosotros está también María, la madre del Señor, están también las personas que nos quieren, nos apoyan y comprenden. Dios, Jesucristo y su madre santa se compadecen de nosotros y no nos abandonan; por oscuros que sean los tiempos o los acontecimientos podemos confiar y apoyarnos en ellos. (“Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María de Cleofás y María Magdalena. Jesús, viendo a su madre y al lado al discípulo predilecto, dice a su madre: -Mujer, ahí tienes a tu hijo. Después dice al discípulo: -Ahí tienes a tu madre. Y desde aquel momento el discípulo se la llevó a su casa”. Jn 19, 25-27)
Desde la cruz Jesús nos mira y grita que tiene sed; también nosotros estamos sedientos de compasión, de un trato más humano y bondadoso. Bajo la mirada de Jesús estamos llamados a ser compasivos, misericordiosos y solidarios con los que están junto a nosotros. (“Después, sabiendo que todo había terminado, para que se cumpliese la Escritura, Jesús dijo: -Tengo sed. Había allí un jarro lleno de vinagre. Empaparon una esponja en vinagre, la sujetaron a un hisopo y se la acercaron a la boca. Jesús tomó el vinagre y dijo: -Todo se ha cumplido. Dobló la cabeza y entregó el espíritu”. Jn 19, 28-30)

Esperar sin límites
El Sábado Santo es un día de silencio, penumbra y soledad. Solemos ponernos al lado de María, que supo esperar el nacimiento de su Hijo, para sostenernos en ella, mirar su rostro y con María orar por todos los que se desesperan y se sienten solos.
La Virgen esperaba en el Sábado Santo a que le naciéramos nosotros, sus otros hijos, y cuando el sol del Domingo de Pascua comience a clarear y el Hijo resucitado se nos haga de nuevo cercano y encontradizo, María verá en cada uno de nosotros a Jesús.
El tiempo entre la muerte y la resurrección de Jesús no fue un tiempo perdido, Jesús se solidarizó totalmente con la humanidad y entró en la muerte hasta los infiernos donde no llega ni un rayo del amor de Dios, allí donde no hay palabras de consuelo.
Nosotros hoy vivimos una situación parecida al Sábado Santo de Jesús: muchas personas no ven a Dios, Él no está en sus corazones; otras no encuentran el sentido de su vida. Ante esta realidad, como cristianos, podemos mostrar la esperanza cuando no nos dejamos llevar de las malas noticias y de la negatividad; cuando, como las mujeres discípulas, que cuidaron a Jesús vivo y también después de muerto, seguimos cuidando con amor y dedicación a los heridos y muertos por la pena o la soledad; o cuando, al igual que los discípulos de Emaús, sabemos acompañar y ser acompañados por los que aparecen en nuestro camino. Así, en la noche que queremos acortar, ponemos una luz de esperanza en Jesucristo resucitado. (“El primer día de la semana, de madrugada, fueron al sepulcro llevando los perfumes preparados. Encontraron corrida la piedra del sepulcro, entraron, pero no encontraron el cadáver del Señor Jesús. Estaban desconcertadas por el hecho, cuando se les presentaron dos hombres con vestidos brillantes. Y, como quedaron espantadas, mirando al suelo, ellos les dijeron: -¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado”. Lc 24, 1-6)

¡Feliz llegada a la Pascua a todos!

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