Transformando nuestro agua en vino, con la ayuda de Jesús

Hemos comenzado un año para vivirlo con esperanza, y llevamos recorrido ya un buen trecho de enero. Algunos creadores de modas y tendencias dicen que el color de este año es el verde esmeralda. Para nosotros los cristianos, el verde simboliza la esperanza y es además el color del tiempo litúrgico ordinario; aquel en el que vamos aprendiendo a ser seguidores de Jesús en lo concreto de nuestras vidas, como aprendieron sus discípulos caminando junto a él por los pueblos y ciudades de Palestina.

A pesar del año recién estrenado y del inmenso regalo de tener entre nosotros a Jesús, el día a día a veces se nos hace cuesta arriba y penoso, porque no vemos rápidamente los resultados de nuestros esfuerzos, porque seguimos experimentando nuestra debilidad o porque aún hay insolidaridad, egoísmo e injusticia en los quehaceres y las relaciones humanas.

“Al tercer día se celebró una boda en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí. También habían sido invitados a la boda Jesús y sus discípulos. Cuando el vino se acabó, la madre de Jesús le dijo: -Ya no tienen vino. Su madre dijo a los sirvientes: —Haced lo que él os diga. Había allí seis tinajas de piedra, de las que usan los judíos en sus ceremonias de purificación Jesús dijo a los sirvientes: —Llenad de agua las tinajas. Y los sirvientes las llenaron. —Ahora sacad un poco y llevadlo al encargado del banquete —les dijo Jesús. Así lo hicieron. El encargado del banquete probó el agua convertida en vino sin saber de dónde había salido” Juan 2, 1-5.

Personalmente, en la misión que me toca realizar, dedico mucho tiempo de la semana a la catequesis, tanto de Primera Comunión como de Confirmación: comparto con las catequistas, con los niños y con los jóvenes. En todos los grupos compruebo que, aunque mi papel es guiar a las personas a mirar a Jesucristo para que puedan conocerle de cerca, a su vez ellos me ayudan a reafirmar mi fe y mi unión con Cristo.

El otro día en el grupo de Confirmación nos tomábamos el pulso: algunos están desanimados y dejan de participar, otros se distancian por pequeños desencuentros con un amigo o amiga y el grupo se resiente. Una chica sugería que, para obligarles a ser más formales y asistir sin falta, deberíamos amenazarles con echarles del grupo hasta que fuesen excluidos de recibir la Confirmación. Yo me preguntaba cuál sería la reacción de Jesús y su trato con estos discípulos suyos algo desorientados o lentos para entender y sentir la fuerza de su amor.

Sin duda que nuestras crisis de todo tipo tienen un trasfondo de desconfianza que nos frena y quita los ánimos. La primera reacción es intentar huir, defendernos a nosotros mismos mirando por los propios intereses. Sin embargo, lo que necesitamos es perseverar junto a Jesús y aprender de Él el camino del amor, la entrega, la solidaridad, la compasión y el esfuerzo por la justicia en el trato con los demás y en los acontecimientos de cada día. Sucederán entonces pequeños milagros, signos de algo nuevo que va creciendo y transformándonos.

“Decía Jesús: ¿A qué compararemos el reino de Dios, o con qué parábola lo describiremos? Es como un grano de mostaza, el cual, cuando se siembra en la tierra, aunque es más pequeño que todas las semillas que hay en la tierra, sin embargo, cuando es sembrado, crece y llega a ser más grande que todas las hortalizas y echa grandes ramas, tanto que las aves del cielo pueden anidar bajo su sombra”. Marcos 4,30-32

Mantengamos los ojos fijos en Jesús: él se ha hecho uno con nosotros para que, si lo deseamos, su Espíritu nos acompañe. Toda posible reacción y la respuesta para superar nuestras crisis, como personas creyentes, brotan del encuentro con Él.

Jesús después de otro de sus signos, el de la multiplicación de los panes, vuelve a explicar la relación a la que nos llama como seguidores suyos, una relación intensa y profunda de adhesión a Él, una relación que nos transforma y renueva en Él. “—Os aseguro —afirmó Jesús— que si no coméis mi carne y no bebéis mi sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el día final. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él. Al escucharlo, muchos de sus discípulos exclamaron: «Esta enseñanza es muy difícil; ¿quién puede aceptarla?» Jesús, dándose cuenta de que sus discípulos murmuraban, les dijo: — ¿Esto os escandaliza? Las palabras que os he dicho son espíritu y son vida. Desde entonces muchos de sus discípulos le volvieron la espalda y ya no andaban con él. Así que Jesús les preguntó a los doce: — ¿También vosotros queréis marcharos? —Señor —contestó Pedro—, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. Nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios.” Juan 6,53-57. 60-63. 66-69

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