Personas con mucha bodega

Introducción. Pues ya han pasado las fiestas de Navidad, y el tiempo vuelve a mostrarse implacable, vuelve a enseñarnos lo efímeras y pasajeras que son a veces nuestras alegrías e ilusiones. Como Pamplona al día siguiente de que finalice San Fermín cantando el «Pobre de mí», como Valencia cuando amanece sin las fallas con montoncitos de cenizas como único recuerdo de las fiestas, así vuelve la normalidad a nuestras vidas: los ritmos diarios, la cotidianeidad, entre la nostalgia de los buenos momentos vividos, la pena de que se vayan personas a las que queremos y la necesidad de volver a los ritmos en los que nos sentimos útiles y seguros. Guardamos el árbol de Navidad, los Belenes los colocamos cuidadosamente en cajas. Pero la Buena Noticia que Dios nos ha traído no la podemos almacenar; ni los buenos propósitos; ni los sentimientos de bondad, de solidaridad, de ayuda… No podemos olvidar lo que es un mensaje nuclear y fundamental en el Credo de nuestra fe: que Dios se ha hecho hombre y que lo divino y lo humano se ha fusionado de tal manera que ya, todo lo que nos pasa a los hombres, lo sufre y le afecta a Dios.
Es necesario pararnos a ver qué huella nos han dejado estos días de estar muy acompañados de familia, con todo lo de bueno y de triste que tienen esas reuniones, en las que evidenciamos que el tiempo pasa, que nos hacemos mayores, que van faltando personas; donde se perciben con claridad las tensiones, las ausencias, los ambientes alegres que crean los niños, el deterioro que apreciamos en los mayores… Para ello necesitamos ser como María, nuestra madre, que lo meditaba todo y lo guardaba en el corazón. No quedarnos en la superficie de la realidad, en la piel, en la apariencia, sino tener valentía y coraje para adentrarnos en lo más profundo y descubrir que, tanto en lo bello como en lo enfermo, hay una invitación a amar, a acoger, a abrazar. Ese sería el resumen de lo que el tiempo de Navidad enseña y ofrece a nuestras vidas: hay un amor capaz de abrazar y de asumir a la humanidad. No sólo en lo amable y agradable, sino también en la fealdad de lo roto y de lo enfermo.

Lo que Dios nos dice. «Así pues, habiendo sido justificados en virtud de la fe, estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo, por el cual hemos obtenido además por la fe el acceso a esta gracia, en la cual nos encontramos; y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios. Más aún, nos gloriamos incluso en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia, la paciencia, virtud probada, la virtud probada, esperanza, y la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado. En efecto, cuando nosotros estábamos aún sin fuerza, en el tiempo señalado, Cristo murió por lo impíos; ciertamente, apenas habrá quien muera por un justo; por una persona buena tal vez se atrevería alguien a morir; pues bien: Dios nos demostró su amor en que, siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros. ¡Con cuanta más razón, pues, justificados ahora por su sangre, seremos por él salvados del castigo! Si cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, ¡con cuánta más razón, estando ya reconciliados, seremos salvados por su vida!». Rom 5,1-10. Nos ha situado la fe en una experiencia de salvación, de sabernos asumidos en todas las situaciones que la vida nos ofrezca, en la que nunca estaremos solos o abandonados. La divinidad ha abrazado con tanta fuerza nuestra humanidad que nos ha dado todo su calor, toda su vida, su misma naturaleza. Ha embellecido y fortalecido la fragilidad y la fealdad humana y nos invita a seguir su camino de redención. «Cuando acabó de lavarles los pies, tomó el manto, se lo puso otra vez y les dijo: ¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis el Maestro y el Señor, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros: os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis. En verdad, en verdad os digo: el criado no es más que su amo, ni el enviado es más que el que lo envía. Puesto que sabéis esto, dichosos vosotros si lo ponéis en práctica». Jn 13,12-17. La Navidad nos deja como fruto la firme decisión de construir la fraternidad. El buscar con toda nuestra capacidad la comunión, lo que nos une. El sumar las pocas fuerzas con que contamos los pequeños, para afrontar los grandes problemas con los que nos enfrentamos. La decisión de parte de Dios está tomada y es irrevocable, se ha decidido a amarnos, a salvarnos, a darnos vida y vida en abundancia. Y nada ni nadie nos va a separar de ese amor. «En mi lecho, por la noche, buscaba al amor de mi alma; lo buscaba, y no lo encontraba. Me levantaré y rondaré por la ciudad, por las calles y las plazas, buscaré al amor de mi alma. Lo busqué y no lo encontré. Me encontraron los centinelas que hacen la ronda por la ciudad. – ¿Habéis visto al amor de mi alma? En cuanto los hube pasado, encontré al amor de mi alma. Lo abracé y no lo soltaré, hasta meterlo en mi casa materna, en la alcoba de la que me concibió». Cant 3,1-4. Estas palabras del Cantar de los Cantares siempre las había escuchado como pronunciadas por mí, por la humanidad, buscando a nuestro Dios. Pero en estas semanas he escuchado esta cita pronunciada por la voz de Dios. Él es quien nos busca y al encontrarnos ya nunca nada ni nadie nos podrá separar de sus manos.

Cómo podemos vivirlo. Todo vuelve a la normalidad: las agendas, los ritmos, las prisas.. pero es necesario que aprendamos a vivir las cosas más desde dentro. Porque lo que nos va transformando es gustar internamente de lo mucho que somos amados. De la cantidad de buena gente que Dios va poniendo en nuestro camino. De la cantidad de encuentros, de palabras, de gestos que son verdaderos regalos de su amor. Para eso hace falta que seamos personas de mucha bodega.

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