Los bichos bola

Introducción. Uno de los recuerdos más nítidos que tengo de mi época de formación en aquellos lejanos años 90 son unos bichitos que nos acompañaban cada mañana en la capilla de Siete Aguas. Eran unos bichos lentos, con muchas patas, con un caparazón laminado, amigos de humedades, de rincones y de zonas oscuras, cuya característica más señalada era que, cuando sentían una amenaza externa, se replegaban sobre sí mismos y se quedaban hechos una bola. Se paralizaban, se escondían y dejaban de caminar, pensando que con dejar de ver se diluía la amenaza. ¡Cuántas veces mi oración estaba inspirada en ellos! Su nombre siempre quedará en mi memoria como los bichos bola, los de la vida miedosa. Había épocas en mi vida donde mi forma de vivir se parecía a la de esos animalitos. Miedoso, inseguro, sintiendo la amenaza continuamente, pensando que todo lo que me rodeaba era hostil, enemigo, peligroso. El origen de los miedos está en lo frágiles y pequeños que nos vemos frente a la cantidad de exigencias y de retos que la vida nos presenta. En todas las opciones de la vida: desde la vida familiar, de esposos, de padres…. En la llamada a la vida religiosa, al sacerdocio, en el ámbito profesional o simplemente en los círculos de amigos, estar a la altura de lo que se pide de nosotros es muy difícil. No tengo muy claro si la exigencia viene de fuera, o viene de nosotros mismos, pero es muy cansino despertarse cada mañana y que la mirada sobre el día se parezca a una dura carrera de obstáculos: pruebas a superar, peligros a esquivar… Cuando ese mismo despertar podía ser alegre, novedoso, esperanzador, ilusionado por todo lo que nos puede ocurrir, por el amor que voy a recibir, por la cantidad de gente buena con la que me voy a encontrar. Desde que intento vivir la fe, la mirada sobre la realidad va cambiando. Hay un esfuerzo de parte de Dios para que deje de vivir en el temor y sea capaz de desplegar las alas y los talentos que él me ha regalado.

Lo que Dios nos dice. «Los que se dejan guiar por el Espíritu de Dios, ésos son hijos de Dios. Pues bien, vosotros no habéis recibido un Espíritu que os haga esclavos, de nuevo bajo el temor, sino que habéis recibido un Espíritu que os hace hijos adoptivos y os permite clamar: Abba, es decir Padre. Ese mismo Espíritu se une al nuestro para dar testimonio de que somos hijos de Dios. Y si somos hijos, también somos herederos: herederos de Dios y coherederos con Cristo, toda vez que, si ahora padecemos con él, seremos también glorificados con él». Rom 8,14-17. Muchos de nuestros miedos tienen que ver con el fracaso. Nos da pánico hacer el ridículo, no llegar a las metas que nos proponemos. La frustración, sentirnos perdedores, tiene mucho que ver con las expectativas y los ideales que nos marcamos. ¡Cuánta exigencia por querer llegar a ser los mejores, los primeros, los que aciertan! Cuando en la práctica todos caminamos en la duda, construimos a base de intentos y de arriesgarnos… No hay proyecto de vida que no cueste, que no se realice entre luces y oscuridades. No existe la persona que no se equivoque o que no se arrepienta de algo. El camino de dejar de ser un bicho bola y de construirnos como personas libres, maduras, humildes, pasa por lo amados que nos sintamos… Por la agilidad y la humildad con la que nos volvemos a poner de pie las veces que haga falta, a pesar de las muchas caídas y de los muchos errores.
«Nuestro amor alcanza la plenitud cuando esperamos confiados el día del juicio, porque también nosotros compartimos en este mundo su condición. En el amor no hay lugar para el temor. Al contrario, el amor perfecto echa fuera el temor, porque el temor supone castigo y el que teme no ha logrado la perfección en el amor. Nosotros debemos amarnos, porque él nos amó primero». 1ªJn 4,17-19. A confiar se va aprendiendo a lo largo de la vida. Es verdad que sentimos el dolor y el desgarro de que jueguen con nosotros, de que nos utilicen, de que nos traicionen. Pero encontrar en el camino de la vida personas que se comprometen con nosotros y que nos asumen en lo bueno y en lo malo, nos hace más comprensible y cercana la fidelidad de Dios con nuestras vidas. «Escuchadme, linaje de Jacob; los que quedáis del linaje de Israel, con quienes cargué desde el seno materno, a quienes llevé desde el vientre de su madre. Seguiré siendo el mismo hasta vuestra vejez, os seguiré sosteniendo hasta vuestra ancianidad. Así he actuado, y así seguiré actuando, os sostendré y os liberaré». Is 46,3-4. El bicho bola se siente arrojado a la existencia con la misión de subsistir, de ser un superviviente, de conquistarse un minuto más de vida. Nosotros somos Hijos de un Padre que nos ha preparado todo para que vivamos de forma abundante. Con amor, con una alegría que nadie nos puede quitar, con la compañía adecuada, con ayuda para nuestros pasos… Y, si es cierto que la vida nos regala momentos de oscuridad, de falta de luz, siempre se nos brindan nuevas oportunidades.
«Os pido, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, que os ofrezcáis como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios. Este ha de ser vuestro auténtico culto. No os acomodéis a los criterios de este mundo; al contrario, transformaos, renovad vuestro interior, para que podáis descubrir cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto». Rom 12,1-2. Lo que está diciendo Pablo que no asuste a nadie. Ofrecernos como sacrificio no es poner el cuello para que nos peguen un tajo. Nos dice que no nos escondamos, que no enterremos nuestros talentos, nuestras capacidades, nuestras virtudes… No seamos bichos bola asustados que no saben, que no opinan, que no expresan, que queriendo guardar las formas de lo correcto, de lo que Dios manda, se pierden mil oportunidades de vivir. No en lo teórico, ni en la cabeza racional, que tanta vida desaprovecha.

Cómo podemos vivirlo. Desplegar las alas que siempre hemos llevado es no tener miedo a equivocarse. No tener miedo a empezar de nuevo. Es olvidar lo que dejamos atrás y lanzarnos a lo que nos espera por delante. Sólo por hoy. Mañana ya veremos.

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    1. Escuelilla de oración: Se nos invita a no ser como bichos bola que por miedo al fracaso pierden oportunidades de vivir http://t.co/RPMRiMMU