Hasta que la vida nos junte

Introducción. Noviembre es un mes necesario en nuestra vida. Es verdad que es frío, otoñal, oscuro, un poco gótico, nostálgico, romántico… Gris como el granito de los cementerios, negro como los cuervos que revolotean en mis sueños… Difuntos, calaveras, halloween, telas de araña, zombis, que nos sitúan ante nuestra fragilidad y caducidad. Nos recuerda que somos pasajeros, peregrinos, que venimos a este mundo en un momento dado y que después de un tiempo nos iremos de él. Pero vuelvo a repetir que es necesario, porque nos ayuda a relativizar muchas de nuestras preocupaciones y de nuestras urgencias y nos invita a pensar en lo escatológico, en lo definitivo, en el fin último al que nos van llevando nuestros pasos. Es necesario de vez en cuando frenar los acelerados ritmos de nuestros días: las decisiones, las altas velocidades de nuestros horarios, las bandas anchas por las que se nos cuelan las informaciones y las prisas… Y situarnos como buscadores de conciencia y de luz. Encontrar respuestas al ¿para qué vivir?, ¿quién soy?, a los ¿cómos?, a los ¿con quién?, al ¿hacia dónde?
La fe lo ilumina todo con una nueva luz, y, si es cierto que no nos ahorra ningún sufrimiento ni nos evita derramar lágrimas, sí que nos ofrece la posibilidad de entender y de experimentar la compañía y el amor salvador de quien asume nuestras vidas y toda la existencia humana.
Comenzamos el mes con el día de Todos los Santos, recordando la llamada universal a la santidad: que la bienaventuranza, la dicha, la felicidad son el estado al que Dios nos ha destinado. Aceptando la particularidad y la individualidad de cada uno, nuestros talentos y virtudes, nuestros defectos y límites, se nos invita a desplegarlos y a ponerlos al servicio de los demás. Ser santos no es formar parte de una élite de privilegiados, que han llegado a no sé qué meta, a un olimpo reservado a unos pocos, sino hombres y mujeres de todas las edades, de todos los estados, de todas las razas, de todas las naciones y clases sociales, que han vivido y han amado como han sabido, en medio de sus circunstancias y de su época histórica, haciendo la voluntad de Dios… Y siendo lo más felices que han podido.
El dos de Noviembre celebramos el día de Todos los fieles difuntos, el afrontar con sinceridad y valentía uno de los misterios más profundos de la vida humana: nuestra muerte y la de los seres a los que queremos. Aprender a reconocer nuestra fecha de caducidad, nuestra impotencia para mantener el fino y delicado hilo que nos conecta a la vida. La muerte nos humilla a los humanos, porque ¡mira que inventamos, que descubrimos, que avanzamos por los mágicos caminos de la ciencia y de la tecnología! Pero nos enfrentamos a algo que no sabemos ni vencer ni erradicar: la enfermedad, los accidentes, lo imprevisto, lo sorprendente. Ahí es donde recibimos la invitación humilde de parte de Dios a confiar en él. A saber que lo que es imposible para nosotros, es posible para él.

Lo que Dios nos dice. «El Señor todopoderoso preparará en este monte para todos los pueblos un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera, manjares exquisitos, vinos refinados. Y en este monte destruirá la mortaja que cubre todos los pueblos, el sudario que tapa a todas las naciones. Destruirá la muerte para siempre, secará las lágrimas de todos los rostros, y borrará de la tierra el oprobio de su pueblo -Lo ha dicho el Señor-. Aquel día dirán: Este es nuestro Dios, de quien esperábamos la salvación, éste es el Señor en quien confiábamos; alegrémonos y hagamos fiesta pues él nos ha salvado. Se ha posado en este monte la mano del Señor». Is 25,6-10. Hay una promesa firme que Dios hace a la humanidad. Quien nos ha dado la vida pide nuestra respuesta confiada para llevarnos a la plenitud de esa Vida en nosotros. La muerte no es un error o un fallo en el proyecto de Dios. Como no es un error que la semilla tenga que germinar y romperse para convertirse en un gran árbol o que el gusano se convierta en mariposa después de un tiempo oculto en la crisálida. Es parte del ciclo de la vida. Y la muerte es la oportunidad que nos lleva al nuevo y definitivo nacimiento.
El que nos conoce, el que nos ha formado, nos ofrece su mano, su cuidado y todo lo que necesitamos para reconocerle y para amarle.«¡Da gritos de alegría, Sión, exulta de júbilo, Israel, alégrate de todo corazón, Jerusalén! El Señor ha anulado la sentencia que pesaba sobre ti, ha barrido a tus enemigos; el Señor es rey de Israel en medio de ti, no tendrás que temer ya ningún mal. Aquel día dirán a Jerusalén: No tengas miedo, Sión, que tus brazos no flaqueen; el Señor tu Dios en medio de ti, es un salvador poderoso. Dará saltos de alegría por ti, su amor te renovará, por tu causa danzará y se regocijará, como en los días de fiesta. Yo he apartado de ti el día que te trajo el oprobio; y esto es lo que voy a hacer con todos tus opresores: aquel día salvaré a las ovejas cojas y reuniré a las dispersas. Yo te daré honor y fama en todos los países». Sof 3,14-19. Se alegra por nosotros quien se ha comprometido con amor eterno, quien nos va asociando a otras personas a lo largo de la vida y quien nos enseña a descubrirle en el rostro de los demás. Hasta que la vida junte a los bebes y a sus ilusionados papás que le esperan durante largos nueve meses. Nos junta a la vida a los amigos que vamos necesitando en las diferentes épocas de nuestra vida. Nos junta a las familias que tenemos, escuela donde se aprende a convivir, a confiar, a perdonar. La vida nos une a las personas que dejan una huella imborrable en nuestra memoria y en nuestro corazón.

Cómo podemos vivirlo. La muerte puede ser la gran enemiga, que cubre con su sombra toda nuestra vida, o puede convertirse en la hermana, en la compañera que nos recuerda continuamente el regalo que es la vida y el tesoro que supone estar unidos y caminar juntos hacia la casa definitiva del Padre.

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    1. Escuelilla de oración: Noviembre, mes gris y nostálgico, nos invita a pensar en el fin último de nuestros pasos http://t.co/8YaYv1NP