Olvidar el cargador

Introducción. Me imaginaba un teléfono móvil al que no le gustara nada que le conectaran al cargador. Que viviera ese hecho como una prisión, como un cortarle la posibilidad de comunicarse con el mundo. Que huyera de esas horas necesarias para alimentar la batería descargada después de tanto uso. Habría que hacerle entender que cargarse no es una pérdida de tiempo, que es esencial, que es imprescindible. Que si no hay batería no puede funcionar ni ser útil. Que si no pasa algún momento enchufado a la red no sirve para nada. Pues así me veo yo en épocas de mi vida donde la alegría me viene de lo que hago, de la actividad, de las eficacias, de los resultados, olvidando que mi valor no reside en lo que hago, sino en lo que soy. Sé que no tendría que ser así. Sé que tendría que equilibrar la actividad con la oración, con el alimento del corazón, pero lo cierto es que pasan los días y las semanas envueltos en mil quehaceres que a veces desgastan las fuerzas, y erosionan las alegrías. Menos mal que cada cierto tiempo me espera el Señor y me regala un parón, un salirme de mis caminos y me vuelve a indicar por dónde está el camino. Jesús es muy claro en ese punto: «Sin embargo, no os alegréis de que los espíritus se os sometan; alegraos más bien de que vuestros nombres estén escritos en el cielo». Lc 10,20.
Tristemente aún soy muy deudor de una mirada eficacista de mi propia vida y de la de los demás. Todavía tengo una visión de Dios exigente, que me ama si logro hacer méritos para ello. Como si el amor que me tiene me lo tuviera que ganar. Todavía, después de tantos años, me cuesta vivir en la gratuidad y en la alegría de un amor que desborda toda lógica y toda explicación. Y siempre hay situaciones que me recuerdan la necesidad de volver a empezar, de volver a conectarme al cargador, porque sin él no puedo hacer nada. «Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que permanece unido a mí, como yo estoy unido a él, produce mucho fruto; porque sin mí no podéis hacer nada. El que no permanece unido a mí, es arrojado fuera, como los sarmientos que se secan y son amontonados y arrojados al fuego para ser quemados». Jn 15,5-6.
Es propio de este tiempo el resfriarse, el congestionarse, el tener malestar general y yo he pasado una semana flojillo, espeso, debilitado. Y me ha servido mucho para entender que mi vida no puede apoyarse en mis fuerzas, en mis capacidades, en mis estados de ánimo. La fragilidad es un elemento que nos constituye. Por eso no podemos apoyarnos en lo que nos sentimos capaces de hacer, sino en el que nos ama conociendo nuestra fragilidad. «Con amor eterno te amo». Jr 31,3.

Lo que Dios nos dice. «Pero este tesoro lo llevamos en vasijas de barro, para que todos vean que una fuerza tan extraordinaria procede de Dios y no de nosotros. Nos acosan por todas partes, pero no estamos abatidos; nos encontramos en apuros, pero no desesperados; somos perseguidos, pero no quedamos a merced del peligro; nos derriban, pero no llegan a rematarnos». 2ªCor 4,7-9. Hay momentos de la vida que nos sentimos abatidos, en apuros, derribados, pero que forman parte de nuestro camino de aprender. La invitación que he recibido del Señor en este tiempo ha sido la de disfrutar de todo lo que vivo, la de sorprenderme de todo lo que ocurre. No estar esperando planes ideales o experiencias novedosas. Encontrar en la sencillez de lo conocido razones suficientes para la alegría y la gratitud. Sustituir la palabra exigencia y obligación por oportunidad y ocasión. Cuando nos falla la salud, empezamos a apreciar lo bueno que es lo normal. En la ausencia de lucidez, de agilidad mental, lo que queda es la gratitud de sentirme muy acompañado y muy amado en mi debilidad. Nosotros seguimos empeñados en hacer muchas cosas para que se vea lo muy buenos que somos. La sorpresa es que el amor de Dios se percibe en su mayor nitidez cuando no lo merezco, cuando no me lo he ganado.
«Los fariseos y sus maestros de la ley murmuraban contra los discípulos de Jesús y decían: -¿Por qué coméis y bebéis con publicanos y pecadores? Jesús les contestó:-No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores, para que se conviertan». Lc 5,30-32.
Cada vez asocio más la alegría a con quién vivo las cosas que a las cosas que hago. Reconozco que nuestras ganas de amar, de actuar, de ser eficaces, a veces esconden otra necesidad más subliminal que es la búsqueda de valoración, de utilidad, de sentido. Nuestras agendas apretadas, nuestras vidas exigidas pueden deberse a la cantidad de gente que nos necesita, a la demanda que hay de obreros para una mies tan abundante… Pero muchas veces también suponen la necesidad que tenemos de valoraciones, de aprecios. Cuanto más hago, más siento que valgo… Con la actividad apago las voces que me preguntan por mí, por quién soy, por mi sentido.

Cómo podemos vivirlo. Jesús en el evangelio aparece en muchas ocasiones buscando la soledad. El marcharse a un lugar solitario, aparte del bullicio. Necesitaba apartarse y hacer distancia de su propia obra, de sus éxitos y de sus fracasos. Necesitaba escuchar de nuevo a aquel que le había confiado la misión.«Los apóstoles volvieron a reunirse con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado. Él les dijo:-Venid vosotros solos a un lugar solitario, para descansar un poco. Porque eran tantos los que iban y venían, que no tenían ni tiempo para comer». Mc 6,30-31. No podemos olvidarnos el cargador porque quedarnos sin móvil nos aísla. Pero más importante todavía es no olvidarnos de orar, de mirar la realidad con la mirada de Dios. Para vivir con la sorpresa de un amor que nos acompaña siempre, lo merezcamos o no.

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