El alma viaja más lentamente que el cuerpo
Introducción. En este proceso en el que estamos todos metidos de hacer de nuestros años, de nuestros días, una historia de amor, de alegría y de sentido, nos damos cuenta que entender algo, comprenderlo, acogerlo, no significa que lo vivamos de forma inmediata. A veces nos desespera lo lentos que somos para avanzar y para madurar. Nos duele cometer los mismos fallos, ver que tropezamos una y otra vez en la misma piedra… Que el corazón se vuelve a confundir, a ilusionar con personas y con proyectos que no merecen la pena… Que el genio vuelve a aparecer de forma descontrolada, que hiere, que daña, que rompe… Que es imposible tener la boca cerrada y, que después de proponernos callar, hablamos más de la cuenta aumentando la tensión… Que pasan los años y la experiencia, en vez de convertirse en un grado, se convierte en un lastre, en una piedra pesada que nos hace vivir desconfiados y tristes. Desear hacer el bien está a nuestro alcance, pero realizarlo, no.
Que nos recuerden caminos de reconciliación, recetas terapéuticas para sanar las heridas, nos ilumina y nos sirve. Libros de autoayuda nos explican el porqué de muchas cosas que vivimos, grupos de terapia, directores espirituales, confesores, grupos de revisión de vida, todo son medios útiles para avanzar por el camino de la interioridad y de la espiritualidad. Pero quien de verdad va dando pasos de crecimiento, de madurez, de libertad y de cada vez mayor entrega y generosidad somos cada unos de nosotros. La semilla que Dios ha puesto en cada uno de nuestros corazones, que se nos muestra como inquietud, como búsqueda, como insatisfacción, crece sin que nosotros sepamos muy bien cómo. La fe nos invita a tener una confianza muy arraigada en que a todos nos va llevando la vida a sentir que aportamos lo mejor de nosotros. Que vamos encontrando nuestro lugar en el mundo, n uestro espejo en el cielo.
La invitación es a disfrutar siendo conscientes de cómo esa semilla crece, se hace grande y se convierte en un gran árbol capaz de acoger la vida, las circunstancias y a las personas para que aniden en él.
Lo que Dios nos dice. “El Reino de Dios se parece a un hombre que echa semilla en la tierra. El duerme de noche y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. La tierra va produciendo fruto sola: primero tallos, luego la espiga, después el grano”. Mc 4,26-28. Me alegra saber que mi vida va creciendo de forma imparable, tanto si soy consciente como si no. Físicamente está claro. Vamos cambiando de forma lenta pero continua. No somos conscientes del crecer de los dientes, ni del pelo, ni del cambio de voz. Por dentro también crecemos y muchas veces también sin ser muy conscientes. Pero la gran noticia es que podemos colaborar de forma privilegiada en la forma que quiero dar a nuestra vida. Lo que no podemos hacer con el cuerpo lo podemos hacer con el alma.
“Por eso os digo: no estéis agobiados por vuestra vida pensando qué vais a comer, ni por vuestro cuerpo pensando con qué vais a vestir. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? Mirad los pájaros del cielo: no siembran ni siegan, ni almacenan y, sin embargo, vuestro Padre celestial los alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellos? ¿Quién de vosotros, a fuerza de agobiarse, podrá añadir una hora al tiempo de su vida? ¿Por qué os agobiáis con el vestido?” Mt 6,25-28. Nuestra capacidad de elegir y de optar nos va mostrando el camino a seguir. Lo que priorizamos, lo que dejamos que nos afecte o no. Las palabras que retenemos y que escuchamos, las que dejamos correr como intrascendentes. Ese aprendizaje a la hora de discernir y de elegir pide un corazón calmado que deje espacios para que el Espíritu nos ayude.
Jesús dedicaba largos ratos, a solas, a hablar con Dios y a reordenar lo que vivía. Las emociones, las preocupaciones, los éxitos y los fracasos, las personas, los acontecimientos… Jesús dedicaba tiempo a recordar, volviendo a pasar por el corazón lo vivido. A ser consciente del regalo que supone todo lo que ocurre y nos rodea. Y ofrecía esos ratos a los discípulos. “Los apóstoles volvieron a reunirse con Jesús, y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado. El les dijo: Venid vosotros a solas a un lugar desierto a descansar un poco. Porque eran tantos los que iban y venían, que no encontraban tiempo ni para comer. Se fueron en barca a solas a un lugar desierto”. Mc 6,31-32. Necesitamos momentos de calma, tan ajetreados y frenéticos son nuestros días que no sabemos lo que nos pasa y eso es lo que nos pasa. Ratos donde el protagonismo no se lo lleva lo externo, la agenda, la organización de la empresa, del hogar, de la familia, de la parroquia, de lo que hacemos, lo que decimos, a donde vamos, sino nosotros, nuestra interioridad. ¿Cómo estoy, cómo me encuentro, cómo sufro, cómo me alegro, cómo amo?
Cómo podemos vivirlo. El alma es una gran desconocida para nosotros. Al cuerpo le prestamos muchas atenciones, muchos cuidados, rapidísimos en nuestras reacciones frente al primer síntoma de preocupación. Pero lo dejada y abandonada que tenemos nuestra vida por dentro asusta. Desconocemos los paisajes internos que todos llevamos por dentro. Nos parece que en el actuar es donde se sitúa lo importante de nuestra vida. Y más importante son las motivaciones por las que actuamos. “Si hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, pero no tengo amor, no sería más que un metal que resuena o un címbalo que aturde. Si tuviera el don de profecía y conociera todos los secretos y todo el saber; y si tuviera fe como trasladar montañas, pero no tengo amor, no sería nada. Y si repartiera todos mis bienes entre los necesitados; Y si entregara mi cuerpo a las llamas, pero no tengo amor, de nada me sirve”. 1ªCor 13,1-3.






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