Con los ojos, la mente y el corazón bien abiertos…
Introducción. Uno de los sueños que me acompañan y que me ilusionan a lo largo de mi vida es el de llegar a ser una persona integrada. Amar lo que me ocurre. Desear estar donde estoy. Invertir mi tiempo y mi vida en quien lo invierto y como lo invierto. Ser lo que soy, a gusto, sin complejos, sin comparaciones. Sin pasarme la vida idealizando otra forma de ser, otro físico, otra persona, otra edad. “Amas a todos los seres y no aborreces nada de lo que hiciste; pues, si odiaras algo, no lo habrías creado. ¿Cómo subsistiría algo, si tú no lo quisieras? o ¿Cómo se conservaría, si tú no lo hubieras llamado? Pero tú eres indulgente con todas las cosas, porque son tuyas, Señor, amigo de la vida”. Sab 11,24-26.
Me refiero a la capacidad de acoger la realidad con todos sus diferentes matices y ser capaz de aprovechar todo lo que ocurre. Sin rechazar nada, sin huir de nadie, sin lamentos, sin quejas ni reproches. Acoger las personas, los acontecimientos, aprender, vivir, compartir y sobre todo disfrutar. Cada día es una oportunidad. Algo inédito, desconocido, sorprendente, imprevisible. Las conversaciones que tenemos con las personas que compartimos camino, los mensajes de texto, los correos electrónicos, las alertas del móvil o del ordenador, las canciones que escuchamos. Las imágenes que nos transmite el cine, la televisión. Los libros que leemos, los paisajes, los lugares, los sonidos, los sabores y los olores. Son puertas abiertas, que nuestra vida brinda a la realidad, a Dios, para que nos llame a introducirnos en ella, para que se haga presente en nuestras obras, en nuestros pensamientos, en nuestro corazón y podamos unirnos a esa apasionante aventura que es vivir.
Si no somos conscientes de la innumerable cantidad de regalos y de amor que nos rodea y nos acompaña, los días pasan muy iguales, muy planos, muy rutinarios. “Comportaos así, reconociendo el momento en que vivís, pues ya es hora de despertaros del sueño, porque ahora la salvación está más cerca de nosotros que cuando abrazamos la fe. La noche está avanzada, el día está cerca: dejemos, pues, las obras de las tinieblas y pongámonos las armas de la luz. Andemos como en pleno día, con dignidad.” Rom 13,11-13. Necesitamos atención, estar despiertos, abrir bien la mente, los ojos y sobre todo el corazón, para reconocer que todo es oportunidad y ocasión para que se manifieste nuestra identidad más profunda y más real: que somos amor, hijos de un Dios que es amor.
Lo que Dios nos dice. “Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡Lo somos! El mundo no nos conoce porque no lo conoció a él. Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es. Todo el que tiene esta esperanza en él se purifica a sí mismo, como él es puro”. 1ª Jn 3,1-3. La vida es un proceso en el que cada vez nos vamos conociendo más a nosotros y vamos conociendo más a Dios y reconocemos que nuestra historia está acompañada. Pero ese conocimiento sólo es posible en la medida en que vivimos lo que creemos y sabemos.
La mente como sede del pensamiento, las obras, como impulso que nos lleva a la acción y a recorrer los pasos necesarios, y el corazón, como sede de la afectividad, del amor y de la compasión, están esencialmente unidos, son indivisibles, son el origen de la integración. En la fe no podemos separar lo teórico de lo práctico. Si la palabra que escuchamos, no se hace vida, no se entiende esa palabra. La biblia no es sólo para proclamarla los domingos en misa, leerla, ni contemplarla, es para ser vivida, compartida, expresada, reconocida. “Hágase en mi según tu palabra”. Lc 1, 38. Esa respuesta de María al anuncio del Ángel es la que nos muestra el camino de integración de la fe y de la vida.
Gracias a esa Palabra que escuchamos, sabemos que las cosas no nos suceden sólo por suerte, por azar, por casualidad. Que yo no soy sólo un cúmulo de células y de neuronas. Que no cuento sólo con mis cualidades y mis fuerzas, para que pueda llegar a hacer realidad mis sueños. No somos islas que podamos vivir en la indiferencia de lo que nos rodea. Mil factores y circunstancias acompañan nuestro camino, hasta que llegamos a ser lo que hoy somos. Avanzamos gracias a los pasos que libremente hemos recorrido… Los aciertos y las caídas… Los refuerzos positivos y las decepciones más sangrantes… Todos los pasos, los más seguros y los más vacilantes, nos han traído hasta aquí. A ser lo que somos. A vivir lo que vivimos.
Cómo podemos vivirlo. “Quitadle el talento y dádselo al que tiene diez. Porque al que tiene se le dará y le sobrará, pero al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene. Y a ese siervo inútil echadlo fuera, a las tinieblas; allí será el llanto y el rechinar de dientes”. Mt 25,28-30. Esta cita siempre me ha parecido injusta. Pero cada vez la voy entendiendo más. Si no tengo un corazón acogedor y generoso, me pasaré la vida rechazando oportunidades de amar y de comprometerme. A una persona selectiva, elitista, exigente, que nunca le parecen bien ni las circunstancias, ni las personas, nunca le confiare nada. Porque siempre estará en un estado de insatisfacción, poniendo pegas para todo, sin llegar nunca a cumplir las expectativas. En cambio, una persona integrada, confiada, sencilla, siempre la pondré al frente de las necesidades y de las decisiones. Porque siempre sacara provecho, rentabilizará los recursos y contagiará un espíritu de alegría y de esperanza. Con pasos firmes, y con pensamientos claros, construyamos el Reino de Dios.






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