Crear la comunión

Desierto de Judea

Desierto de Judea

Introducción. Estamos viviendo la semana de oración por la unidad de los cristianos, porque la Iglesia es consciente de que, para hacer creíble el mensaje de Jesús, se tiene que hacer real, visible, experimentable, y palpable. Las promesas se quedan en pura utopía y en pura ingenuidad si no hay lugares, personas y momentos concretos donde se expresan y se realizan. Por eso anunciar al mundo entero que creemos en un Dios que es trinitario, unidad en la diversidad, comunión de vida y de amor, pide que nuestra forma de relacionarnos sea acogedora, respetuosa, humilde, abierta a la escucha y con continua actitud de aprendizaje. Predicar a los cuatro vientos que creemos en Jesús y que el núcleo de su mensaje es el deseo de “que lleguemos a ser todos uno” Jn 17,11 exige y demanda que los que creemos en él vivamos como vivió él. Y que hagamos del esfuerzo por lograr la unidad nuestra mejor inversión de alegría, de energías y de creatividades. ¿Cómo pretendemos que la gente crea si nos ve divididos, enemistados, competidores?… descalificándonos, faltándonos al respeto. Incapaces de reconocer lo valioso, bueno y rico que es para los demás el aporte y los talentos que todos desde nuestra especificidad tenemos para dar.
Somos tan pobres que para defender lo poco que entendemos rechazamos lo que otros defienden y creen. Nuestras seguridades a veces son tan frágiles que nos cerramos y negamos todo lo que sea distinto a lo que creemos. Despreciamos lo diferente, otras formas de pensar, de vivir, de creer… Pensamos que nos amenazan con quitarnos nuestras certezas, si prestamos oídos a otras formas de existir. «A nadie le debáis nada, más que el amor mutuo; porque el que ama ha cumplido el resto de la ley. De hecho, el no cometerás adulterio, no matarás, no robarás, no codiciarás, y cualquiera de los otros mandamientos, se resume en esto: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. El amor no hace mal a su prójimo por eso la plenitud de la ley es el amor”. Rom 13,8-10. El amor no pasa jamás, esa es la única certeza que nos enseña Jesús.

Lo que Dios nos dice.”Estad siempre alegres. Sed constantes en orar. Dad gracias en toda ocasión: esta es la voluntad de Dios en Cristo Jesús respecto de vosotros. No apaguéis el espíritu, no despreciéis las profecías. Examinadlo todo; quedaos con lo bueno. Guardaos de toda clase de mal. Que el mismo Dios de la paz os santifique totalmente y que todo vuestro espíritu, alma y cuerpo se mantengan sin reproche hasta la venida de nuestro Señor Jesucristo. El que os llama es fiel y él lo realizará”. 1 Tes 5,16-24.
“¿De dónde proceden los conflictos y las luchas que se dan entre vosotros? ¿No es precisamente de esos deseos de placer que pugnan dentro de vosotros? Ambicionáis y no tenéis, asesináis y envidiáis y no podéis conseguir nada, lucháis y os hacéis la guerra, y no obtenéis porque no pedís. Pedís y no recibís, porque pedís mal, con la intención de satisfacer vuestras pasiones”. Stgo 4,1-3.
La realidad que se nos presenta delante de nuestros ojos es que el deseo de unidad crece, al lado de la evidencia de la confrontación, del conflicto, de la división, de la rivalidad. Tanto a nivel personal, como colectivo, partimos de una realidad rota y fragmentada. Sentimos la división dentro de nosotros mismos entre lo que nos gustaría vivir y lo que vivimos. La división entre la obligación, los compromisos, las exigencias y nuestros deseos de libertad, de autonomía, de espontaneidad. Lo real que nos pasa y que nos rodea y lo que fantaseamos e imaginamos. Y esa desintegración la proyectamos hacia fuera. Nos relacionamos con los demás, compartiendo y contagiando el nivel de satisfacción o insatisfacción, de alegría o de queja que almacenan nuestras almas. Por eso la construcción de la unidad comienza por la reconciliación con nuestra propia vida y con nuestra historia. “Por tanto, si alguno está en Cristo es una criatura nueva. Lo viejo ha pasado, ha comenzado lo nuevo. Todo procede de Dios, que nos reconcilió consigo por medio de Cristo y que nos encargó el ministerio de la reconciliación. Porque Dios mismo está en Cristo reconciliado al mundo consigo, sin pedirles cuenta de sus pecados, y ha puesto en nosotros el mensaje de la reconciliación. Por eso nosotros actuamos como enviados de Cristo y es como si Dios mismo exhortara por medio de nosotros. En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios”. 2ª Cor, 5. 17-20.
La fuente de la unidad, de la comunión, del valorar al otro tiene mucho que ver con lo valioso y amado que yo me siento. Si vivo con carencias, con necesidades, me acercaré a los demás necesitado y mendigando. Exigente, demandante. Si vivo consciente de lo regalado, cuidado, perdonado, acompañado que soy, así trataré a los demás con esa carga de positividad y de valoración. Como soy tratado, así trataré a los demás.

Cómo podemos vivirlo. La unidad se va logrando si sentimos que es el escenario ideal para nuestro crecimiento y nuestra felicidad. No estamos llamados a vivir en tensión, en rivalidad, en reproche, en sospecha y en desconfianza. Cuando se nos describe el ambiente del Paraíso se presenta como el lugar de la paz, de la desnudez, de la confianza y la intimidad, de la claridad, del descanso, de la compañía permanente de Dios. El pecado alejó lo humano de ese ambiente divino. La unidad se volvió división, incomprensión e indiferencia. El jardín del Edén se volvió locura en la torre de Babel. Adán y Eva se volvieron rivales. Caín asesinó a Abel. Y la muerte, el horror, las lágrimas inundaron la historia de la humanidad. Jesús ha venido para que tengamos vida y vida en abundancia. “Y hay diversidad de carismas, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de actuaciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos. Pero a cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para el bien común”. 1ªCor 12,4-7.

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