¿Qué le pido al nuevo año? Obreros para la mies.

Introducción. Sería muy extraño que un mecánico en su taller de reparación de coches se enfadara porque le llevan un motor roto o una carrocería destrozada. También sería muy extraño que, en la sala de urgencias de un hospital, los médicos y los enfermeros estuvieran indignados porque una ambulancia les llevara pacientes enfermos, con síntomas graves, que necesitaran una rápida intervención, para salvarles la vida. Desde fuera lo que les diríamos es que su trabajo es justo ese. Los médicos están para atender a los enfermos. Y los mecánicos para arreglar los coches. No entenderíamos sus protestas y sus quejas porque para eso están. Lo mismo nos pasa a los creyentes y a los amigos de Jesús. Estamos para ser instrumentos de paz, de amor, de vida. No podemos maldecir las tinieblas. Estamos llamados a encender nuestra luz.

Pues en estos primeros día del nuevo año siento que todos los que formamos esta amplia comunidad de personas sensibles a los demás, que buscamos de forma humilde que la vida se convierta en una aventura, en una fiesta gozosa, en un sorprendernos día a día del milagro que supone estar vivo, poder amar, sonreír, cantar, saltar, bailar, agradecer, me parece que tenemos una responsabilidad que es aprender a integrar lo negativo en nuestra vida y tener la capacidad de transformarlo y acogerlo como escuela de amor. Ojalá que en el nuevo año que estamos estrenando, la queja, la protesta, la crítica, el enfado y la impaciencia no tengan espacio en nuestras vidas, en nuestras palabras y en nuestro corazón. Ya está bien de personas de fe encrespadas, enervadas, violentas, con expresiones de rencor, de ira, de rechazo, que, en vez de mostrarnos de forma atractiva el rostro de Dios, nos provocan rechazo y ganas de apostatar y de alejarnos de todo lo que suene a religioso. No podemos estar quejándonos de las circunstancias que vivimos, de la gente que nos rodea, de la época que nos ha tocado vivir o de la crisis. El Señor nos invita a sentirnos enviados a poner paz, amor, alegría, a los ambientes que nos rodean, de tristeza, de frialdad, de silencio. Somos los enviados del que vive. Del resucitado. Del recién nacido, el niño del pesebre, que indefenso, saca de nosotros la sonrisa que ya nunca se debía borrar. No podemos olvidar quien es nuestro amigo, el que nos ha llamado a la vida desde antes de nacer y nos ha confiado esta misión.

Lo que Dios nos dice. “Antes de formarte en el vientre, te elegí; antes de que salieras del seno materno, te consagré, te constituí profeta de las naciones. Yo repuse: -¡Ay Señor, Dios mío! Mira que no sé hablar, que sólo soy un niño. El Señor me contestó:- No digas que eres un niño, pues irás adonde yo te envíe y dirás lo que yo te ordene. No les tengas miedo, que yo estoy contigo para librarte. El Señor extendió la mano, tocó mi boca y me dijo: -Voy a poner mis palabras en tu boca.” Jr 1,5-9. Claro que todo sería más fácil si no tuviéramos a nuestro alrededor nada que nos molestase, que nos hiciera sufrir. Sería una maravilla que nuestro mundo no tuviera muerte, enfermedad, vejez, Alzheimer y cáncer. Personas orgullosas y prepotentes. Que no existiera la injusticia y la desigualdad. Claro que deseamos profundamente el cielo en la tierra. El paraíso y la plenitud aquí y ahora. Sería súper cómodo levantarnos cada mañana sin nada más que hacer que gozar, reír y compartir lo que Dios nos da. Y justo eso es lo que tenemos que hacer, a lo que estamos llamados.

Pero partiendo del realismo de que somos pecadores, de que el mundo en el que vivimos, fruto de la ignorancia y de la maldad de los hombres, ha transformado el paraíso en un infierno, nos afecta de una manera muy real y muy dolorosa. Nocivas son muchas de las relaciones humanas. Contaminadas de egoísmo, la gran pandemia del siglo XXI, son muchas de las palabras que nos decimos y de los deseos que tenemos. Por eso vino la Encarnación. Por eso Dios nos envió a su propio Hijo. “Tanto amó Dios al mundo que nos ha entregado a su hijo único. Para que todo el que crea en él, no perezca, sino que tenga vida eterna”. Jn 3,16. Jesús es la expresión del amor de Dios. Es lo que Dios ha deseado que sus hijos vivamos. Es la imagen del Dios invisible y por eso su vida se vuelve nuestro camino, verdad y vida. Nuestro manual de instrucciones. Nuestra etiqueta, en la que encontramos respuesta a todas nuestras preguntas.

“Al pasar vio Jesús a un hombre llamado Mateo sentado al mostrador de los impuestos y le dijo: Sígueme. Él se levantó y lo siguió. Y estando en la casa, sentado a la mesa, muchos publicanos y pecadores, que habían acudido, se sentaban con Jesús y sus discípulos: ¿Cómo es que vuestro maestro come con publicanos y pecadores? Jesús lo oyó y dijo: No tienen necesidad de medico los sanos, sino los enfermos. Andad, aprended lo que significa: Misericordia quiero y no sacrificios: que no he venido a llamar a justos sino a pecadores”. Mt 9,9-13.

Cómo podemos vivirlo. Jesús no juzga a nadie y menos a los pecadores. Sabe que se comportan de esa manera porque no conocen otra forma de vivir y de actuar. Y Jesús les invita a que prueben una experiencia nueva. La de sentirse acogidos, amados, rescatados. Eso mismo es nuestra misión. No tenemos que mirar a los demás con los criterios de un casting o de una entrevista de trabajo. Todos somos igualmente valiosos a los ojos de nuestro Padre. Lo que nos toca es invitar a la gente más alejada a que participe del banquete del Reino, de la familia reunida, de la acogida sincera de cómo somos cada uno. Banquete de tolerancia, de respeto a las diferencias, de casa grande donde todos cabemos. Le pido al nuevo año que cada uno de nosotros nos sintamos invitados a construir la familia de los hijos de Dios, aunque suponga mucho esfuerzo al ver a tantos hermanos tan alejados y tan distantes.

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