San José. III Domingo de Adviento

San José

San José

Hoy, la liturgia de la Palabra nos invita a considerar y admirar la figura de San José, un hombre verdaderamente bueno, “justo” dice el texto original del Evangelio, con una palabra griega que sólo se usa para nombrar la misma justicia de Dios. Ya desde aquí vemos como San José no era sólo un hombre bueno, sino que era bueno y justo con la bondad y la justicia de Dios.

Todos debemos a Dios Padre Creador nuestra identidad individual como personas hechas a su imagen y semejanza, ES DECIR, QUE TODO LO BUENO QUE TENEMOS RESALTA NUESTRO PARECIDO CON DIOS, PORQUE SON DONES Y VIRTUDES QUE DIOS COPIÓ DE SÍ MISMO A LA HORA DE CREARNOS A CADA UNO.

Dios nos entrega los medios y herramientas para que podamos secundar su obra en nosotros y a través de nosotros y, de nuestra respuesta a su Voluntad, depende que la semejanza que tenemos con Dios se acreciente –eso es la santidad- o se frustre.

EL USO QUE HAGAMOS DE CUANTO SOMOS Y TENEMOS PUEDE HACERNOS VIVIR UNA VIDA EN LA QUE SE TRANSPARENTEN LOS RASGOS DE DIOS o puede, por el contrario, hacer fracasar el sueño de Dios sobre nosotros. Esa es la enorme responsabilidad del cristiano.

No dudemos de que José, con su trabajo y con su modo de vivir, con su forma de ser fiel a sus compromiso en su entorno familiar y social, se ganó el “Corazón” del Creador, considerándolo como hombre de confianza en su colaboración con la Redención humana.

La obra de la Redención, que tomó a José como cómplice y colaborador, sería realizada por el Hijo de Dios hecho hombre como nosotros, Jesús, al que todos tomaban como hijo de José por voluntad de Dios para así proteger el buen nombre y la vida de la Virgen María que, sin José a su lado como padre de su Hijo divino, habría sido acusada de adulterio y consecuentemente lapidada.

En eso es también San José una referencia de necesaria consideración para cada uno de nosotros: hemos de ser, como él lo fue, colaboradores de Dios dignos de la confianza que el Señor ha puesto en nosotros.

San José es patrón e intercesor de todos los padres y educadores porque es un maestro de vida para todos los que quieren escuchar a Dios antes que a nadie, a la hora de tomar las pequeñas o grandes decisiones con las que se forja nuestra vida diaria.

Todo lo que construye la vida de una persona que es responsable de otra influye en ésta última… todo, lo bueno y lo malo, aunque no parezca tener una relación directa con esa persona.

Si mi vida en un apoyo para alguien, si mi trabajo o mi ejemplo es una referencia para otro, de mi felicidad y de la paz interior que proporcionan la vida en comunión con Dios depende mucho el crecimiento de aquél o aquélla que me mira con respeto, cariño y admiración y que aprende de mí también cuando no soy consciente de que me mira.

Como María y José fueron maestros de humanidad para el Divino Maestro en los inicios de su vida humana, así nosotros, padres, abuelos, padrinos, profesores, catequistas,…, hemos de ser para nuestros niños y jóvenes unas referencias luminosas y señeras de lo que significa ser humano, ser persona, ser cristiano.

Todos los que reciben y toman de nosotros para ir formando su propia personalidad, encuentran apoyo o tropiezo en todas esas pequeñas o grandes decisiones que tanta influencia pueden llegar a tener en la vida de aquellos que están aprendiendo a crecer y desarrollarse con nuestra presencia y enseñanza a su lado.

De nosotros depende que, mientras que aprenden a descubrirse a sí mismos, descubran los misterios de la vida humana y de la muerte, el misterio de la felicidad y del amor, con el misterio de la vida de Dios íntimamente introducido dentro de cada uno de nosotros.

¡San José BENDITO!: protege a nuestras familias Y comunidades, protege a todos los educadores cristianos; protege a todos aquellos que oyen la llamada a la vocación consagrada o sacerdotal… y que haya muchos…  pues el mundo de hoy mucho los necesita.

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