Arraigados y cimentados en la fe

Arraigados en la fe

Arraigados en la fe

Introducción. Estamos viviendo tiempos inciertos. Este puente, que para muchos era un oasis soñado de descanso en medio del desierto de la vida laboral, parece que ha estado maldito. Huelga de controladores, caos en los aeropuertos, días de frio, de nieve, de viento, España en estado de alarma. La gripe que nos invade y nos destroza todas las energías. Yo llevo tres días con fiebre, sudando, con escalofríos, sin ganas de na. Y la verdad es que uno puede mirar con pesimismo la realidad, sumergido en una tiniebla que, en vez de diluirse, se va espesando haciendo invivible la realidad que nos rodea.

Hay tantas evidencias que ensombrecen el futuro. Los mercados solo predicen crisis y más crisis. Las medidas económicas que toman los gobiernos son de recortes, de frenar los servicios sociales, las pensiones… Los más desfavorecidos estarán peor . Quedarse en el paro con 40 años, que son los que recientemente estoy estrenando, significa que ya no se puede aspirar a ninguna oferta laboral por ser demasiado mayor. Se buscan jóvenes emprendedores y a la vez inexpertos, a los que se les pueda poner condiciones sin que protesten ni reivindiquen nada. Y si miramos más cerca, esperando recibir buenas noticias que nos alegren la vida, las razones para el ánimo en medio de nuestras familias o de nuestras comunidades de fe tampoco son muy halagüeñas. Tristeza en muchos hogares donde lo festivo de estos días deja paso a la preocupación o a la incapacidad de afrontar la crisis. Tristeza e inercia envejecedora en muchas comunidades cristianas donde la llegada del salvador se espera, porque lo dice el calendario, no porque realmente se conciba algún cambio o alguna mejora, alguna renovación en las formas, en el leguaje, en la expresión de la fe.

Lo que Dios nos dice. En medio de esa incerteza se nos invita a permanecer firmes en la fe. Como decía San Ignacio de Loyola, “En tiempo de desolación no hay que hacer mudanza”. Y se nos ofrece la posibilidad de vivir este tiempo complicado no con temor o miedo, con tristeza o nostalgia de tiempos pasados…  sino con la seguridad, la alegría y la esperanza que da la fe. Con la confianza depositada en aquel que nos conoce, que nos ha cuidado hasta el día de hoy y que nos garantiza un futuro rodeado de todo su amor y de toda su gracia. “Fortaleced las manos débiles, afianzad las rodillas vacilantes, decid a los cobardes: Animo, no temáis; mirad a vuestro Dios: trae la venganza y el desquite; viene en persona a salvaros. Se despegarán los ojos de los ciegos, los oídos de los sordos se abrirán, brincará el cojo como un ciervo, la lengua del mudo cantará. Brotarán aguas en el desierto y arroyos en la estepa; el páramo se convertirá en estanque, la tierra sedienta en manantial”. Is 35,3-7. Intentar afrontar solo con nuestras fuerzas todos los retos y todas las dificultades que la vida nos presenta es verdaderamente una tarea difícil y agotadora. Pero tenemos la posibilidad de compartir todos esos pesos y todas esas exigencias con quien ha salido vencedor de todas las muertes, soledades, sufrimientos y desgracias… Es la forma de experimentar la gloriosa salvación. “Así pues, ya que habéis acogido a Cristo Jesús, el Señor, vivid como cristianos. Enraizados y cimentados en él, manteneos firmes en la fe, como se os ha enseñado, y vivid en permanente acción de gracias”. Col 2,6-7. Los tiempos de crisis, de carencias, de confusiones, son ocasiones privilegiadas para personalizar y asimilar de forma real la fe. Ya no creemos por herencia, por sociología o por inercia. Como todo el mundo cree, pues yo también.

Es la mejor situación para el planteamiento sereno de las propias convicciones. Y salimos reforzados pues la luz se muestra con toda su claridad en los momentos de más oscuridad y confusión. Después de la crucifixión de Cristo, los apóstoles vivieron el pánico de su propia condena. El miedo a los judíos les hizo esconderse a cal y canto. Después huyeron a sus pueblos. Y precisamente en el temor y la parálisis del miedo, captaron con nitidez radiante que Jesús seguía vivo, presente, resucitado en medio de ellos.  Cuando las fuerzas humanas llegan a sus límites y se ven incapaces de dar un paso más, aparece la bondad de Dios regalando a la pequeñez humana, las grandes obras y las grandes posibilidades que nos parecían imposibles e inalcanzables. Para creer que las cosas pueden cambiar, no podemos poner nuestra confianza y nuestras ilusiones en las mismas fuerzas que nos has llevado a la situación que vivimos actualmente.  Quien de verdad es garantía de cambios, de curaciones, de transformaciones es el corazón enamorado de nuestro Buen Dios que no quiere que sus hijos malvivan y se arrastren. “Para que tengáis vida y vida en abundancia”. Jn 10,10.Para eso nos ha destinado, para eso nos ha creado.

Cómo podemos vivirlo. Hay dos tipos de discípulos. Los que edifican su vida sobre roca o los que edifican su vida y sus proyectos sobre arena. Arena es lo que se mueve, lo inconsistente, lo epidérmico y superficial. Mi vida y mis proyectos no se pueden regir por los estados de ánimo, por las apetencias, por los caprichos. Me puede apetecer una cerveza o una coca-cola. Y elijo libremente. Pero no me pregunto si me apetece ir a trabajar o no. Voy porque es algo demasiado serio. Pues a veces somos así de niños caprichosos y muchas de las decisiones de nuestra vida las tomamos dependiendo del estado de ánimo o de los  sentimientos. Y claro que son importantes y los debemos de escuchar. Pero por encima de lo que diga mi corazón hay una palabra a la que yo le doy más crédito y que me inspira mucha más confianza que yo mismo. Y es la palabra de nuestro Dios. Quien mira mi vida y la de la humanidad arrojando nueva luz. Arraigarse en la fe  es mirar la realidad con la compasión y con misericordia con la que Dios la mira. Supone llenarse de alegría de esperanza y de seguridad en que el amor es más fuerte que todas las muertes.  Y en que la salvación está cerca.

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