Francisco de Asís y la mujer y madre María Virgen

La Virgen María, mujer y madre

La Virgen María, mujer y madre

Francisco de Asís vivió en una época –el feudalismo dentro del tiempo de la Edad Media- en que Dios era concebido como el Señor feudal por excelencia. Esto imprimía en la vida de piedad de los fieles un fuerte temor de Dios y una consideración de la autoridad de Dios que dejaba poco espacio a la ternura y la misericordia que Dios Padre nos manifestó en Jesucristo.

El pueblo sencillo, triturado por la miseria y las enfermedades, no podía cargar con una fe tan pesada, una fe que liberaba poco y que lastraba aun más una vida de por sí tan dura como lo es siempre la vida de los pobres.

El pueblo y los servidores de este pueblo de Dios que el Señor suscitó elaboraron una nueva espiritualidad, una nueva forma de sentir y vivir la fe desde la devoción a Jesucristo crucificado, manifestación máxima de la máxima cercanía de Dios hacia todos los hombres.

Desde el siglo XI y en el contexto de esta espiritualidad, que acentúa la devoción por la humanidad doliente de Cristo, la figura de la madre, los rasgos maternos y un lenguaje más cercano a las categorías femeninas resultaron más apropiados para traducir los rasgos de bondad y cercanía que de Dios deben reflejar quienes en su nombre predican o ejercen la autoridad.

La devoción a la humanidad amable y amada de Jesús arrastró tras de sí la devoción a María, a la Madre de Dios, resurgiendo así con todo lo femenino el valor de lo maternal. Así resulta que San Francisco es, junto con San Bernardo, el mayor exponente de amor y devoción a María de estos siglos.

San Francisco siempre percibe y menciona a María muy próxima a Jesús, asociada a Él en la misión de intercesión y en la práctica de la pobreza que, para el Pobrecillo de Asís, subrayaba la humildad de esa madre y su solicitud hacia su divino Hijo.

Hablar de María y hablar de la Eucaristía era casi una sola cosa para San Francisco, ya que para él el cristiano lleva a Cristo no sólo en su corazón sino también en su cuerpo. Con esta intuición, con su ejemplo y su exortación constante, Francisco nos trata de hacer pensar en la Madre de Dios como modelo de persona eucarística –como la llamaba Juan Pablo II-, ya que para el Santo la Eucaristía y la relación con Cristo tenían en la Virgen Inmaculada una connotación  particularmente física, maternal, que se plasmaba en la fecundidad de la obediencia a la voluntad de Dios. En todo esto y en lo demás, María es modelo de cristianos.

En este tiempo la mujer era apartada en la sociedad y encerrada en una consideración que hacía de ella poco más que una cosa, un objeto al que rondar, sepultando a la mujer bajo loas y parabienes que la obligaban a enmudecer bajo el cortejo del caballero de turno.

Sin embargo, un hombre de este tiempo medieval, Francisco de Asís, fue educado por Dios en la consideración de la mujer en sí misma, con su opinión y su voluntad, como un igual a quien escuchar y considerar. Francisco no improvisó esta mirada pura y fraterna sobre la mujer, sino que la hubo de modelar a través de la experiencia como hijo natural de Madonna Pica e hijo de María Inmaculada primero, y como compañero de tantas mujeres –Santa Clara, fray Jacoba, etc- que fueron siempre para él hermanas, consejeras y apoyo firme.

A María le tributaba una gratitud sin fin porque ella había hecho nuestro hermano al Hijo del Altísimo, nuestro Señor Jesucristo, como también revestía esa gratitud de sentimientos de compasión y de ternura por todas las penurias que la Madre de Dios hubo de soportar para criar a su Hijo primero y para seguirle después hasta la muerte en la Cruz.

La Virgen María es para San Francisco la embajadora de la mano de la cual nos ha sido dado todo, porque Cristo es ese todo que ella nos entregó por su obediencia y disponibilidad a la voluntad de un Padre Dios que en María nos muestra lo más femenino y maternal de la entraña fecunda y creadora de la Santísima Trinidad.

Sin María no hay Jesús”, decía la beata Madre Teresa de Calcuta y “A Cristo por María”, como dice el sentir popular. Esta es la experiencia de San Francisco de Asís y de ahí su profunda devoción a María Madre de Dios a la que supo siempre recurrir como al apoyo y a la abogada defensora que Dios mismo nos quiso dar para que sintiésemos como el Amor de un Dios que es Padre no deja de tener lo más hermoso y entrañable del amor de la mejor de las madres.

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