Sobre el sentido cristiano del matrimonio

Un anciano profesor se encontró frente a un grupo de chicos de no más de 16 años que estaban en contra del matrimonio.

Los muchachos decían que el romanticismo y la pasión eran el sentido del matrimonio. Que es preferible acabar con la relación cuando eso se apaga en lugar de entrar en la triste monotonía de un matrimonio para toda la vida. El profesor les dijo que esa opinión era respetable pero que escucharan la historia de su vida:

“Mis padres vivieron 55 años casados. Una mañana mi madre bajaba las escaleras para prepararle a mi padre el desayuno y sufrió un infarto. Cayó por las escaleras.

Mi padre la alcanzó, la levantó como pudo y, casi a rastras, la subió a nuestra vieja furgoneta. A toda velocidad condujo hasta el hospital. Cuando llegamos, su esposa, mi madre, ya había muerto. Durante el entierro mi padre no habló, su mirada estaba perdida. Casi no lloró.

Esa noche sus hijos nos reunimos con él y, en un ambiente de dolor y cariño, hablamos de ella, de su vida y de su muerte, de nosotros y de mi padre, pero sobre todo hablamos de lo que había sido su matrimonio.

Él pidió a mi hermano sacerdote que le dijera dónde estaría mamá en ese momento. Mi hermano comenzó a hablar de la vida después de la muerte, del amor de Dios que es la fuente de todo nuestro amor, de cómo ese amor no se acaba nunca y que, mientras nos enseña a amar, nos espera hasta que se nos acaba el tiempo de esta vida.

Mi padre escuchaba con gran atención, como asintiendo. De pronto pidió:

-Llevadme al cementerio.

-Papá -respondimos -¡Son las 11 de la noche! No podemos ir al cementerio ahora.

Alzó la voz y con una mirada vidriosa y la voz firme dijo:

-No discutáis con el hombre que acaba de perder a la que fue su esposa por 55 años.

No discutimos más. Fuimos al cementerio, pedimos permiso y con una linterna llegamos a la tumba de mi madre. Mi padre acarició la lápida con el mismo mimo con el que siempre le habíamos visto acariciar a nuestra madre, oró y nos dijo a sus hijos que veíamos la escena encogidos de llanto contenido:

-Fueron cincuenta y cinco buenos años… ¿sabéis? Cincuenta y cinco años que, si no hubieran sido más que diez, habrían llenado mi vida igual. Nadie puede hablar del amor verdadero si no tiene idea de lo que es compartir la vida con una persona así.

Hizo una pausa y se limpió la cara arrasada por las lágrimas.

-¡Ella y yo superamos juntos en aquella dura crisis! Ella me sostuvo cuando perdí el empleo. Hicimos el equipaje, vendimos la casa y nos mudamos de ciudad.

Ella fue mi fuerza. Compartimos la alegría de ver a nuestros hijos terminar sus carreras, lloramos uno al lado del otro la muerte de seres queridos y siempre nos perdonamos los errores…

Todos asentíamos en silencio porque habíamos sido testigos de primera fila de que su matrimonio había sido realmente así.

-Cuando nos hicimos novios todo nos unía. Parecía que estábamos hechos el uno para el otro, bueno, una cosa nos separaba un poco, al principio.

Ella era religiosa y yo no, y cuando se iba a misa o a esto o a aquello en la iglesia yo no lo entendía y le reprochaba que me dejara por ese “no sé qué” de Dios. Yo era creyente, pero de bautismo, misa y poco más.

-Nunca supimos eso, papá –dije yo-. Parecía que también en la iglesia y en el grupo de oración erais el uno para el otro, que los dos sentíais igual la fe y la necesidad de tener a Dios en vuestras vidas.

Mi padre, bajó la cabeza y calló un instante, con el puño cerrado en la boca, como concentrándose en lo que iba de decir y como si “eso” le resultara doloroso. Tras unos intensos segundos continuó.

-El caso, hijos, es que cuando ella volvía estaba alegre y cariñosa; siempre lo fue, pero era como si en esos momentos, después de dedicarse a lo que yo no entendía, ella me amara más que nunca.

Era tan hermoso… Fue precisamente eso lo que me hizo empezar a acompañarla de vez en cuando.

A través de ella descubrí a Dios, al de verdad y no al que yo creía conocer y que decía que no me interesaba (¡QUÉ DISPARATE! AHORA LO SE).

A través de ella y de su amor descubrí otro amor más grande, el que a ella le servía de fuente para estar siempre a mi lado.

A partir de entonces nos servimos el uno al otro para amar a Dios cada día más. Fue así como nuestro matrimonio se fortaleció y se hizo tan maravilloso como para durar cincuenta y cinco años, siendo cada día mejor.

Mi hermano, el sacerdote, tosió como pidiendo permiso para hablar.

-Pero papá, ahora mamá no está… ¿qué vas a hacer? Debes afrontar tu vida y luchar por no vivir sólo de recuerdos.

Mi padre le dirigió una mirada entre sorprendida y severa.

-¿Y tú que eres sacerdote me dices eso? Tú, que nos has visto vivir, que nos has visto alimentar tu vocación cuando sentiste la llamada de Dios, ¿precisamente tú me preguntas qué voy a hacer ahora?

Ahora ella se ha ido y yo, en medio de mi pena, estoy contento, ¿sabéis por qué?, porque se fue antes que yo, no tuvo que vivir la agonía y el dolor de enterrarme. La quiero tanto que no me hubiera gustado que sufriera…

Y yo ahora viviré lo mismo que vivía cuando la tenía a mi lado: viviré de fe y de amor a Dios, como ella me enseñó.

Me dolerá su ausencia, la echaré tanto de menos, lloraré sobre nuestra almohada cada noche pero, en el fondo, la sabré a mi lado, y ella me seguirá preparando para el cielo, sí, así como hicimos el uno con el otro mientras compartimos ese santo matrimonio que me hizo comprender que sólo éramos el uno para el otro para aprender ambos a ser de Dios, para siempre.

Cuando mi padre terminó de hablar, mis hermanos y yo teníamos el rostro empapado de lágrimas. Lo abrazamos y él nos consoló:

-Todo está bien hijos, podemos irnos a casa; ha sido un buen final para un día tan duro.

Esa noche –prosiguió el anciano profesor- entendí lo que es el verdadero amor de un matrimonio cristiano.

No es el dulce y pasajero romanticismo; no tiene que ver demasiado con la simple pasión y mucho menos con mirarse a los ojos con cariño como si no hubiera más mundo.

El amor cristiano de mis padres, del que mis hermanos y yo habíamos sido testigos y del que éramos fruto, más bien consistía en haber aprendido a mirar los dos en la misma dirección, en la dirección en la que Dios se había hecho para ellos ejemplo y fuente de unidad; camino y caminante que les enseñó los misterios más hermosos sobre la vida y la muerte, sobre el verdadero amor, sobre ese Dios al que -si se le conoce de verdad- no se le puede sino tratar de corresponder aprendiendo a amar como Él ama.

Cuando el anciano maestro terminó de contar la historia de sus padres, los jóvenes que le escuchaban no pudieron rebatirle, no quisieron intentarlo: ese tipo de amor era algo que no conocían pero que, desde ese preciso momento, trataron de conocer y vivir con todas sus fuerzas.

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    2 Comentarios Dejar comentario

    1. luisa #

      pobre anciano jajajajaja….

      • luisa #

        ven a esta boba