Audio-homilía: Trigo y cizaña

Este evangelio nos da luz para poder entender porqué el ser humano vive sufrimientos, cruces, dolores y cuál es el origen del mal en nuestro mundo. Si Dios es todo amor y bondad, por qué nuestras vidas se ven tantas veces golpeadas por sufrimientos que nos desbordan (guerras, atentados, ataques, derechos pisoteados, enfermedades…). ¿Por qué hay cizaña y sufrimiento en nuestro mundo, si de las manos de Dios lo que surge son obras maravillosas?.

La respuesta de Jesús es que en el plan de Dios no está el mal. El planteamiento de Dios es el paraíso, pero nuestra desobediencia nos aleja de él.

Pero lo más bonito de esta parábola no es sólo que nos explique el origen del mal en el mundo, sino que también nos indica cómo afrontarlo. Los agricultores de la historia preguntan si arrancan toda la cizaña y Jesús les dice que, al hacerlo, pueden llevarse también por delante el trigo. Esa es una actitud muy humana: las soluciones drásticas. En los planes de Dios el sufrimiento forma parte de nuestra existencia y nos ayudan a crecer. Las situaciones difíciles sacan lo mejor de nosotros. Por eso, muchas veces la vida nos regala cizaña, porque gracias a ella que el trigo se hace más fuerte y resistente.

Ojalá Dios nos dé confianza y paciencia, porque a la larga veremos que todo ha estado bien. Que nos nos fiemos de Él, para que nuestra vida dé fruto para la vida eterna. A pesar de las dificultades, nunca podemos dudar del Dios bueno que hace de nuestra trayectoria una historia de salvación.

https://www.youtube.com/watch?feature=player_embedded&v=KScrbt5uYpA

Evangelio según San Mateo

Jesús propuso a la gente otra parábola: “El Reino de los Cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero mientras todos dormían vino su enemigo, sembró cizaña en medio del trigo y se fue. Cuando creció el trigo y aparecieron las espigas, también apareció la cizaña.
Los peones fueron a ver entonces al propietario y le dijeron: ‘Señor, ¿no habías sembrado buena semilla en tu campo? ¿Cómo es que ahora hay cizaña en él?’. El les respondió: ‘Esto lo ha hecho algún enemigo’. Los peones replicaron: ‘¿Quieres que vayamos a arrancarla?’. ‘No, les dijo el dueño, porque al arrancar la cizaña, se corre el peligro de arrancar también el trigo. Dejad que crezcan juntos hasta la cosecha, y entonces diré a los cosechadores: Arrancad primero la cizaña y atadla en manojos para quemarla, y luego recoged el trigo en mi granero’”. También les propuso otra parábola: “El Reino de los Cielos se parece a un grano de mostaza que un hombre sembró en su campo. En realidad, esta es la más pequeña de las semillas, pero cuando crece es la más grande de las hortalizas y se convierte en un arbusto, de tal manera que los pájaros del cielo van a cobijarse en sus ramas”. Después les dijo esta otra parábola: “El Reino de los Cielos se parece a un poco de levadura que una mujer mezcla con gran cantidad de harina, hasta que fermenta toda la masa”. Todo esto lo decía Jesús a la muchedumbre por medio de parábolas, y no les hablaba sin parábolas, para que se cumpliera lo anunciado por el Profeta: Hablaré en parábolas, anunciaré cosas que estaban ocultas desde la creación del mundo. Entonces, dejando a la multitud, Jesús regresó a la casa; sus discípulos se acercaron y le dijeron: “Explícanos la parábola de la cizaña en el campo”. El les respondió: “El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los que pertenecen al Reino; la cizaña son los que pertenecen al Maligno, y el enemigo que la siembra es el demonio; la cosecha es el fin del mundo y los cosechadores son los ángeles. Así como se arranca la cizaña y se la quema en el fuego, de la misma manera sucederá al fin del mundo. El Hijo del hombre enviará a sus ángeles, y estos quitarán de su Reino todos los escándalos y a los que hicieron el mal, y los arrojarán en el horno ardiente: allí habrá llanto y rechinar de dientes. Entonces los justos resplandecerán como el sol en el Reino de su Padre. ¡El que tenga oídos, que oiga!”

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Audio-homilía: Parábola del sembrador

En esta parábola del sembrador lo primero que llama la atención es la generosidad del sembrador. El Señor da a todas las tierras la oportunidad de germinar. Es un Dios esplendoroso, sin miedo, que no calcula en el amor, porque está convencido de que en los parajes más inhóspitos puede brotar vida. Y es que la vida puede nacer venciendo las circunstancias más difíciles cuando se le pone dedicación.

Este evangelio nos habla de la corresponsabilidad entre la gracia de Dios y la tarea humana. Dios es pura gracia, Dios es pura generosidad y ha puesto todo para que seamos felices. Dios nos ha regalado un planeta espectacular.

Ante este espectáculo que es la vida, es injusto que no tengamos los ojos abiertos a la sorpresa, que vivamos instalados en el aburrimiento, que convirtamos el paraíso en un lugar de guerra y conflicto, que nosotros seamos los que juzgamos y establecemos diferencias.

Señor, haz que todos nosotros con nuestra vida mostremos una disposición clara de querer amar y que sintamos el sufrimiento de nuestros hermanos del mundo, sabiendo que todos estamos conectamos. Que seamos conscientes de que, mientras en el mundo haya sufrimientos, no podemos sentirnos cómodos y felices.

Pidamos que el Señor nos regale un corazón generoso y paciencia. Y tengamos la seguridad de que las promesas de Dios siempre se cumplen. Si permanecemos en Él, daremos con seguridad fruto abundante.

Audio-homilía: Parábola del sembrador

Evangelio según San Mateo

Aquel día, Jesús salió de la casa y se sentó a orillas del mar.
Una gran multitud se reunió junto a él, de manera que debió subir a una barca y sentarse en ella, mientras la multitud permanecía en la costa.
Entonces él les habló extensamente por medio de parábolas. Les decía: “El sembrador salió a sembrar. Al esparcir las semillas, algunas cayeron al borde del camino y los pájaros las comieron.
Otras cayeron en terreno pedregoso, donde no había mucha tierra, y brotaron en seguida, porque la tierra era poco profunda;
pero cuando salió el sol, se quemaron y, por falta de raíz, se secaron. Otras cayeron entre espinas, y estas, al crecer, las ahogaron. Otras cayeron en tierra buena y dieron fruto: unas cien, otras sesenta, otras treinta. ¡El que tenga oídos, que oiga!”.
Los discípulos se acercaron y le dijeron: “¿Por qué les hablas por medio de parábolas?”. El les respondió: “A vosotros se os ha concedido conocer los misterios del Reino de los Cielos, pero a ellos no. Porque a quien tiene, se le dará más todavía y tendrá en abundancia, pero al que no tiene, se le quitará aun lo que tiene. Por eso les hablo por medio de parábolas: porque miran y no ven, oyen y no escuchan ni entienden. Y así se cumple en ellos la profecía de Isaías, que dice: Por más que oigan, no comprenderán, por más que vean, no conocerán, Porque el corazón de este pueblo se ha endurecido, tienen tapados sus oídos y han cerrado sus ojos, para que sus ojos no vean, y sus oídos no oigan, y su corazón no comprenda, y no se conviertan, y yo no los cure. Felices, en cambio, vuestros ojos, porque ven; felices vuestros oídos, porque oyen. Os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que vosotros veis y no lo vieron; oír lo que vosotros oís, y no lo oyeron. Escuchad, entonces, lo que significa la parábola del sembrador. Cuando alguien oye la Palabra del Reino y no la comprende, viene el Maligno y arrebata lo que había sido sembrado en su corazón: este es el que recibió la semilla al borde del camino. El que la recibe en terreno pedregoso es el hombre que, al escuchar la Palabra, la acepta en seguida con alegría, pero no la deja echar raíces, porque es inconstante: en cuanto sobreviene una tribulación o una persecución a causa de la Palabra, inmediatamente sucumbe.
El que recibe la semilla entre espinas es el hombre que escucha la Palabra, pero las preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas la ahogan, y no puede dar fruto. Y el que la recibe en tierra fértil es el hombre que escucha la Palabra y la comprende. Este produce fruto, ya sea cien, ya sesenta, ya treinta por uno”.

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Audio-homilía: Solemnidad de la Santísima Trinidad

A nuestra mente espacio-temporal se le escapan un montón de cosas. Y una de ellas es el misterio de la Santísima Trinidad. Pero no se trata de acercarse a este dogma como una realidad estática, sino reconociendo lo que es capaz de crear el amor cuando une a varias personas.

Es muy fácil entender la Santísima Trinidad pensando en las familias. Cualquier esposo o esposa con 16 o 17 años no tenían idea de la realidad que viven actualmente. Por aquel entonces, puede que hubiera sueños, pero no había nada de sus proyectos de vida actuales… La vida nos anima a salir de nosotros mismos. En la pareja, dos realidades independientes, por amor, logran vivir cambiando su objetivo de vida, de modo que ya no son un yo y un tú, sino un nosotros.

El amor trinitario tiene mucho que ver con ese salir de uno mismo, con ese poner el amor al servicio de los demás. El Padre (creador, padre, puro amor y misericordia) manda a lo que más ama (su Hijo Jesús) a la Tierra a mostrar al hombre que tiene un lugar en la fiesta del Cielo, en el banquete de la eternidad. Ninguno de los dos se paran a mirarse con complacencia y amor el uno al otro. Y el Espíritu Santo es el que posibilita el milagro de que nosotros, que somos todo fragilidad, tengamos la misma identidad de nuestro padre Dios.

Un matrimonio no es un uno más uno que da lugar a dos, sino un uno y un otro que crean algo nuevo: la familia. Y los hijos, pese a provenir de sus padres, no son sus posesiones.

El dogma de la Trinidad nos invita a la acción dinámica de crear la comunión. Y eso pide escuchar mucho y huir de la soberbia. La Trinidad es un nosotros cada vez más grande y un tú y un yo cada vez más pequeños.

Para entender la Trinidad no hay que ir al cielo, hay que descubrir lo que logra ambientes de amor cerca de ti. Todo lo que crea comunión es Trinidad.

Audio-homilía: Solemnidad de la Santísima Trinidad

Evangelio según San Juan

Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna.
Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.
El que cree en él, no es condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.

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Ven y renueva la faz de la tierra

Introducción. El gran don del Espíritu Santo lo derrama Dios siempre que lo humano llega a su límite y cuando ya no sabemos ni podemos hacer nada. Dios, que es grande en su misericordia y en su compasión, se dispone a abrir puertas y ventanas, caminos que nadie conocía. Todo al servicio de la salvación de los hombres, para que se manifieste de una manera clara a nuestros propios ojos y a los ojos de los demás que la humanidad recibe la vida de Dios, que no somos ni autosuficientes ni autónomos. “Nadie puede decir: Jesús es Señor, sino por el Espíritu Santo”. 1ºCor 12, 3.
El pueblo judío quería salir de Egipto, la tierra de la esclavitud. El clamor de los oprimidos llego a los oídos de Yahveh. Moisés saca al pueblo de noche. Van raudos, ligeros de equipaje, pero sus sueños se ven truncados porque el mar aparece delante de ellos como un obstáculo infranqueable. Sube la tensión. Por un lado, el faraón y sus ejércitos de muy mal humor, por el otro, el mar y, cuando se mascaba la tragedia y Moisés se sentía incapaz de cumplir su misión, el Espíritu se acerca a la situación, separa las aguas y abre caminos nuevos de salvación.
Es imagen de cómo a lo largo de la historia podemos activar nuestra confianza y nuestra seguridad en que para Dios nada es imposible y en que, apoyados en Él, somos capaces de todo. Por eso Pentecostés es la fiesta de los pobres, de la humanidad humilde que se ve desbordada, que se ve superada por los acontecimientos. La comunidad rota, desanimada, miedosa, se reúne junto a la única que mantiene viva la esperanza en que las promesas de Dios nunca fallan: María, nuestra madre. Y el fuego de Dios se posa en las mentes y en los corazones de los apóstoles: luz en el entendimiento y fuerza en la voluntad. Y comienza una nueva era, un tiempo nuevo. La misión de la Iglesia se pone en marcha y, desde aquel origen dubitativo y temeroso, llegamos hasta la actualidad con XXI siglos de fidelidad al servicio de una palabra que sana, que cura, que libera.

Lo que Dios nos dice. Al Espíritu no se le define, ni se le atrapa intelectualmente. Las imágenes que le describen tienen algo en común: dinamismo, movilidad, llamas de fuego, aliento de Dios, viento, suave brisa, paloma que levanta el vuelo, insinuación, sueño, impulso, intuición. Al Espíritu no se le entiende, se le experimenta, se le escucha, se le obedece. Es el gran desconocido de la Trinidad, pero es el que más cerca está de cada uno de nosotros. Como el corazón en el cuerpo (que no lo vemos pero que es imprescindible y sin él no podríamos vivir), del mismo modo el Espíritu se mantiene discreto, fuera de los focos, con una presencia cercana y desapercibida, pero que posibilita que seamos y vivamos como hijos de Dios.
“Y oí una gran voz desde el trono que decía: He aquí la morada de Dios entre los hombres, y morará entre ellos, y ellos serán su pueblo, y el “Dios con ellos” será su Dios. Y enjugará toda lágrima de sus ojos, y ya no habrá muerte, ni duelo, ni llanto ni dolor, porque lo primero ha desaparecido. Y dijo el que está sentado en el trono: Mira hago nuevas todas las cosas. Y dijo: Escribe: estas palabras son fieles y verdaderas. Y me dijo: Hecho está. Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin. Al que tenga sed yo le daré de la fuente del agua de la vida gratuitamente”. Ap 21,3-6
La gracia de Dios nos da su aliento de vida. Es el beso de Dios capaz de animar el barro inerte. Es el viento de Dios que provoca estruendos en la historia de la humanidad, cambios imprevisibles, sorpresas que nos desbordan, pero que es capaz de transformar un valle lleno de huesos secos en un ejército de personas vivas.
“Más aún, nos gloriamos incluso en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia, la paciencia, virtud probada, la virtud probada, esperanza, y la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado. En efecto, cuando nosotros estábamos aún sin fuerza, en el tiempo señalado, Cristo murió por los impíos; ciertamente, apenas habrá quien muera por un justo; por una persona buena tal vez se atrevería alguien a morir; pues bien: Dios nos demostró su amor en que, siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros”. Rom 5,3-8.
Tiempo del Espíritu que nos llena de alegría, de fortaleza, de sus frutos, que nos convierte en profetas y en amigos de Dios. La fiesta de los pobres que abren sus manos y suplican, la fiesta del los desorientados, de los perdidos, de los ciegos, de los presos, de los miedosos, la fiesta de la Iglesia envejecida que vive en la seguridad de que Dios no la va a dejar huérfana. No es tiempo de llorar, es tiempo de luchar y de amar la libertad.

Cómo podemos vivirlo. Cuando menos podemos, cuando más exhaustos nos sentimos, la respuesta de Dios se nos presenta sorprendente y liberadora. No es la exigencia, sino la generosidad. Derrama su amor, lo desborda, no lo da calculando o en cuentagotas, sino que actúa de forma abundante y generosa. Donde abunda el pecado sobreabundan la gracia y el amor. De aquel pequeño cenáculo que reunía las pocas fuerzas y las pocas certezas de unos discípulos asustados, llegamos a la pluralidad, a la universalidad, a la creatividad, a la cantidad de hombres y mujeres que han dado lo mejor de sí mismos, hasta construir el templo vivo de la Iglesia.
“Acercándoos a él, piedra viva rechazada por los hombres, pero elegida y preciosa para Dios, también vosotros, como piedras vivas, entráis en la construcción de una casa espiritual para un sacerdocio santo, a fin de ofrecer sacrificios espirituales agradables a Dios por medio de Jesucristo”. 1ª Ped 2,4-5.

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Audio-homilía: Solemnidad de Pentecostés 2014

Con la Solemnidad de Pentecostés concluye el tiempo de Pascua, cincuenta días en los que hemos acompañado al Jesús resucitado en el proceso de devolver la confianza a esos apóstoles miedosos, a esa comunidad rota y fragmentada y a esas personas que habían experimentado la decepción en el corazón. Tras la crucifixión, cada uno experimentó la necesidad de salvar su propio pellejo, de desperdigarse y la Virgen María, de forma callada y constante, los fue reuniendo.

La Pascua finaliza con la reconstrucción de esa comunidad. En Pentecostés, Jesús les hace a los suyos un “update”, una actualización: empiezan a entender todo y adquieren “luz en el entendimiento y fuerza en la voluntad”, como decía San Ignacio de Loyola.

El Espíritu Santo es dador de luz, de fuerza y de sus sagrados siete dones (don de ciencia, don de piedad, don de temor de Dios, don de fortaleza, don de sabiduría, don de inteligencia, don de consejo).

El Espíritu Santo es el transportista de la Trinidad, es el que nos acerca a Dios a nuestra cotidianeidad. Es la fuerza de Dios que aterriza en la humanidad, transformando el caos en cosmos.

El Espíritu Santo hace revivir las situaciones secas de ruptura, de conflicto, de falta de amor, de poca conciliación. El Espíritu Santo es el constructor de la comunión.

Cuando nos centramos en nosotros y no cedemos a la comunión no nos entendemos. Pentecostés es la respuesta de Dios a Babel (cada uno mirando por sí mismo). Pentecostés es el milagro de que, cuando todos estamos habitados por el Espíritu, somos capaces de hablar en el lenguaje universal que entiende todo el mundo: el lenguaje del amor. No nos entendemos con el egoísmo y la imposición, sino con el amor, la comunión y el servicio.

Espíritu Santo es la firmeza de las apuestas que Dios hace por cada una de nuestras vidas.

Ojalá que nos sintamos así con un Señor que nos libra de la sequedad, que es capaz de devolver la vida a las situaciones muertas y que pone en el caos todo el cosmos y el orden de su amor.

Audio-homilía: Solemnidad de Pentecostés 2014

Evangelio según San Juan

Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: “¡La paz esté con vosotros!”.
Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor.
Jesús les dijo de nuevo: “¡La paz esté con vosotros! Como el Padre me envió a mí, yo también os envío a vosotros”.
Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: “Recibid el Espíritu Santo. A los que les perdonéis los pecados les quedan perdonados y a los que se los retengáis les quedan retenidos”.

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