Audio-homilía: 3er domingo de Adviento 2014. En medio de vosotros hay uno que no conocéis

Pablo VI ya anhelaba que la Iglesia despertara interrogantes irresistibles para la sociedad y para los hombres de cada época. Que los cristianos, con nuestras obras, motiváramos que nos pregunten porqué vivimos y amamos de la manera que lo hacemos.

El evangelio de hoy, en el que los levitas interrogan a Juan Bautista preguntándole sobre su identidad, explica qué es la evangelización. Y es ejemplo de vida.

¿Qué hay en nuestra vida que a los ojos de los demás se convierte en algo atractivo?. ¿Mi vida despierta algún interrogante irresistible?. ¿Recomendaría mi vida a los demás como camino para ser feliz o pienso que mi vida es un cúmulo de errores y no se la desearía ni a mi peor enemigo?. ¿Me siento portador de una luz necesaria para el mundo o me siento repetidor de inercias, de estar apagado y de sentir el peso de la rutina como todo el mundo?.

Ya estamos en la tercera semana de Adviento y la Navidad está cerca. Si no hemos preparado interiormente el camino al Señor, nos va a engullir la agenda.

¿La Navidad es una engullidora de emociones o es algo más profundo?.

Juan Bautista sabe cuál es su identidad, pero para llegar a ese estado de conciencia ha tenido que hacer un trabajo real: huir del ruido que entontece. Cuando hay mucho ruido, no escuchamos a nuestro corazón.

Muchas veces no somos conscientes de cómo se nos van los días y los años, de nuestra vida, de nuestros anhelos, de las personas que llenan nuestro corazón…

El problema de nuestro mundo es que falta gente contemplativa que sea capaz de ver el Dios que nace cada día. Charles de Foucauld decía “Navidad es cada eucaristía”. Cada vez que el Señor viene en el pan y en el vino, deja su gloria y se viene a vivir con la humanidad. Cada domingo vivimos la eucaristía y hay muy poca transformación en nuestras vidas. No hay mirada nueva, cuando las personas nos pesan. Y las personas no hay que llevarlas a la espalda, sino en el corazón.

Navidad es renovación profunda desde dentro. Pensemos en el portal de Belén, un lugar periférico y nada interesante del que Dios hizo su morada, entre los menos dignos, revalorizando lo que no valía nada. Eso es una imagen de lo que hace Dios con nuestras vidas. Dios valora lo anónimo y lo pequeño. Ese Dios nos enseña a no adorar los langostinos, los champanes, las mesas lujosas, lo exquisito, sino a valorar lo sencillo.

La Navidad es la fiesta de la solidaridad, de las puertas abiertas para que entre todo el mundo. Mientras en nuestro corazón excluyamos, mientras en nuestras bocas juzguemos, mientras en nuestras vidas apartemos, no hay Navidad.

Ojalá entendamos que el Adviento no es maquillaje de cuatro velas. Es tomarnos en serio el ser contemplativos. Si nuestras vidas no despiertan interrogantes irresistibles, no somos de Jesús. Podemos tener maquillaje de cristianos, pero es nuestra vida la que tiene que hablar, no nuestras palabras.

Fijémonos en Juan Bautista que, sin escuchar nunca una predicación de Jesús ni entender a Jesús, vivió más el evangelio que todos nosotros. Lo nuevo nace de dentro. Ojalá que hagamos silencio en el corazón, que busquemos espacios para encontrarnos a nosotros mismos. No es tiempo de ser pasivos. Es tiempo de alegría en todo momento, en toda situación humana.

Evangelio según San Juan

Apareció un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan.
Vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él.
El no era la luz, sino el testigo de la luz.
Este es el testimonio que dio Juan, cuando los judíos enviaron sacerdotes y levitas desde Jerusalén, para preguntarle: “¿Quién eres tú?”.
El confesó y no lo ocultó, sino que dijo claramente: “Yo no soy el Mesías”.
“¿Quién eres, entonces?”, le preguntaron: “¿Eres Elías?”. Juan dijo: “No”. “¿Eres el Profeta?”. “Tampoco”, respondió.
Ellos insistieron: “¿Quién eres, para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado? ¿Qué dices de ti mismo?”.
Y él les dijo: “Yo soy una voz que grita en el desierto: Allanen el camino del Señor, como dijo el profeta Isaías”.
Algunos de los enviados eran fariseos, y volvieron a preguntarle: “¿Por qué bautizas, entonces, si tu no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta?”.
Juan respondió: “Yo bautizo con agua, pero en medio de ustedes hay alguien al que ustedes no conocen:
él viene después de mí, y yo no soy digno de desatar la correa de su sandalia”.
Todo esto sucedió en Betania, al otro lado del Jordán, donde Juan bautizaba.

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Ganas en constante aumento

Introducción. Estuve el otro día en un concierto, y el vocalista y compositor de la banda explicaba que había recibido críticas sobre los temas que componía, que eran todos muy nostálgicos, que hablaban siempre del pasado. Y lo justificaba diciendo: “tengo 47 años, ¿de qué queréis que componga? de mi historia, de mi pasado. Cuando tenía 17 componía de mis ilusiones, de futuro, porque el pasado era la guardería”.
Y me hizo pensar en las palabras y los verbos que aparecen más en mi boca y en mi vocabulario. Tiempos presentes, futuros o pasados. Y es que sentirse mayor y cansado o joven y vigoroso no depende sólo del DNI, sino de la ilusión con que vivimos las cosas, las circunstancias y las personas con las que estamos compartiendo nuestra vida. Y agradecido reconozco que en mi vida lo que más hay es presente, es el día de hoy, el “sólo por hoy” que decía Juan XXIII. Dedico todo mi esfuerzo, mis capacidades y mis energías a hacer lo que me toca con la mayor creatividad, con el mayor cariño y con la mejor dedicación que soy capaz. Y eso alegra profundamente mi corazón, porque me informa de que vivir merece la pena.
Me asusta más, mucho más, pensar en el momento en que la gente me dé igual, en el que lo que vivan mis hermanos me sea indiferente. Me da pánico que llegue el día en el que me despida interiormente de la alegría de vivir. Es verdad que es cansado vivir, es verdad que sobran los motivos para la depresión, para la ruina de las ilusiones, para la decepción, para acabar hasta el gorro de las personas. Pero lo cierto es que las semillas de la esperanza, de la fe y del amor permanecen intactas, para el que apoya su vida y su existencia en el que es capaz de renovar todas las cosas.

Lo que Dios nos dice. “Envías tu espíritu, y los creas, y renuevas la faz de la tierra”. Sal 104,30.
Lo repito muchas veces: lo bello de la vida está en cómo la miramos. La misma realidad a una persona le parece anodina, intrascendente, aburrida y a otra persona, las mismas circunstancias la están llenando de emoción. Recuerdo el día en que llevé a mi sobrino a una misa solemne en la ermita de mi pueblo dedicada a la Magdalena. La capilla estaba repleta, llena de clavarios y de fieles, yo llevaba a mi sobrino a hombros para que pudiera ver algo del altar y de forma espontanea gritó: “Tito, vámonos que esto es un rollo”. Me quería morir de vergüenza y claro que nos fuimos. Pero la mirada de mi sobrino, no coincidía con la vivencia de los clavarios. Lo mismo pasa con casi todas las cosas. Yo disfruto de la música con una intensidad tremenda. Y hay amigas mías que se tapan los oídos cuando escuchan las mismas canciones que a mí me ponen la piel de gallina.
“Y Cristo murió por todos, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para el que murió y resucitó por ellos. De modo que nosotros desde ahora no conocemos a nadie según la carne; si alguna vez conocimos a Cristo según la carne, ahora ya no lo conocemos así. Por tanto, si alguno está en Cristo es una criatura nueva. Lo viejo ha pasado, ha comenzado lo nuevo. Todo procede de Dios, que nos reconcilió consigo por medio de Cristo y que nos encargó el ministerio de la reconciliación. Porque Dios mismo estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo, sin pedirle cuenta de sus pecados, y ha puesto en nosotros el mensaje de la reconciliación”. 2ª Cor 5,15-19.
Conocer la realidad “según la carne”, es conocer la vida pensando en nosotros mismos, evaluando lo que nos rodea desde el puro interés, lo que puede servirnos a cada uno, a mis gustos, a mis intereses. Conocer a las personas “según la carne” es acercarnos a ellas desde la atracción o desde el rechazo, desde el juicio sobre si nos aportan algo o no, si nos divierten, si nos son útiles, sobre lo que de valioso o de interesante podemos rescatar.
Ser criaturas nuevas es acercarnos a la realidad con la admiración y el respeto de quien se reconoce caminado sobre un tesoro, sobre terreno sagrado. La mirada nueva que nace de la sorpresa. Es pasar de la exigencia, del consumir, del acaparar, del dominio, de la explotación, a la realidad de ser invitados por puro amor al don de la existencia. Vivimos porque otro nos ha permitido vivir. Somos porque alguien nos ha regalado el poder ser. Sentimos, escuchamos, vemos, olemos y respiramos, no mecánicamente como un robot, sino con la magia y la maravilla de un Dios que nos ha querido regalar todas las posibilidades y todos los talentos.
“¿Por qué andas diciendo, Jacob, y por qué murmuras, Israel: Al Señor no le importa mi destino, mi Dios pasa por alto mis derechos? ¿Acaso no lo sabes, es que no lo has oído? El Señor es un Dios eterno que ha creado los confines de la tierra. No se cansa, no se fatiga, es insondable su inteligencia. Fortalece a quien está cansado, acrecienta el vigor del exhausto. Se cansan los muchachos, se fatigan, los jóvenes tropiezan y vacila; pero los que esperan en el Señor renuevan sus fuerzas, echan alas como águilas, corren y no se fatigan, caminan y no se cansan”. Is 40,27-31.

Cómo podemos vivirlo. Pasar de la queja a la gratitud, del aburrimiento a la valoración de lo sencillo y lo cotidiano saboreándolo. O vivir anclados en la inquietud, en la protesta… Depende muchísimo de cómo me vea a mí mismo. Puedo ser una persona llena de reivindicaciones, capaz de ver todo lo que no funciona, crítica contra el régimen, contra la sociedad en general, contra todos. O ser una persona conciliadora, feliz, capaz de ver lo bueno de todo lo que le toca vivir. Eso depende de cada uno.
Puedo mirarme a mí como uno entre muchos. Ni el mejor, ni el más importante. Formamos parte de algo mucho más grande que nosotros, nuestros intereses y problemas. Salir del ensimismamiento, levantar la mirada. Sentir y saber que sólo soy un miembro más de una familia enorme que se llama humanidad, que se llama Iglesia y que se merece lo mejor de mí.

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Tiempo de esperanza

Introducción. De nuevo se nos presenta el regalo y la oportunidad de vivir un tiempo de esperanza. De despertar el corazón para que pueda volver a creer, que vuelva a latir al ritmo de Dios. Es tiempo de renovar la vocación. De volver al encuentro con aquel que nos llama por nuestro nombre, y nos regala por puro amor, por pura gracia, la posibilidad de mirar de frente la realidad que vivimos y no llenarnos de pesimismo ni de tristeza, sino estar alentados con la fe y la fuerza que nos da seguir al que ha salido victorioso de la muerte, y del pecado.
“Por esta razón te recuerdo que reavives el Don de Dios que hay en ti por la imposición de mis manos, pues Dios no nos ha dado un espíritu de cobardía, sino de fortaleza, de amor y de templanza. Así pues, no te avergüences del testimonio de nuestro Señor ni de mí, su prisionero; antes bien, toma parte en los padecimientos por el Evangelio, según la fuerza de Dios. Él nos salvó y nos llamó con una vocación santa, no por nuestras obras, sino según su designio y según la gracia que nos dio en Cristo Jesús desde antes de los siglos, la cual se ha manifestado ahora por la aparición de nuestro Salvador, Cristo Jesús, que destruyó la muerte e hizo brillar la vida y la inmortalidad por medio del Evangelio”. 2ª Tim 1,6-10.
Frente a la desesperanza, frente al temor por todos los acontecimientos, frente a un futuro oscuro, frente a nuestra fragilidad que palpamos a diario, frente a las impotencias con las que miramos con ojos llorosos el sufrimiento de los demás, ahí donde nuestros pasos nos llevan al rincón y al abandono… Ahí viene a buscarnos el que sana, el que cura, el que devuelve la vida a base de amor, de paciencia, de misericordia. Seguimos al que no tiene nada imposible. Caminamos tras las huellas de quien ungido por el Espíritu de Dios ha venido a devolver la vista a los ciegos, a sacar de las prisiones a los prisioneros, a hacer andar al cojo, reír al triste y amar al que tenía el corazón herido a cuchilladas de amor.
Por eso el tiempo de Adviento es tiempo de despertar, de desperezarnos, de poner nuestra mejor actitud, y de afrontar lo que la vida nos trae con ilusión y sorpresa.

Lo que Dios nos dice. “Comportaos así, reconociendo el momento en que vivís, pues ya es hora de despertaros del sueño, porque ahora la salvación está más cerca de nosotros que cuando abrazamos la fe. La noche está avanzada, el día está cerca: dejemos, pues, las obras de las tinieblas y pongámonos las armas de la luz. Andemos como en pleno día, con dignidad.” Rom 13,11-13.
Se nos invita a vivir, no a soñar. Se nos llama a actuar, no a desear. A saltar al ruedo del protagonismo evangélico, no a ser espectadores o vagones siguiendo a la locomotora. La salvación no es un eslogan o un reclamo publicitario. Si nos nace un Salvador tiene que servir para algo. Tiene que lograr vidas salvadas. Hombres y mujeres que viven anchos, felices, sonrientes, acogedores, ágiles para servir, para ayudar, para responder con presteza a las necesidades que aparecen en el camino.
Jesús no tenía agenda en la que organizaba su semana y dejaba para los lunes a los endemoniados, los martes resucitar a la hija de Jairo y los viernes por la tarde curar a la suegra de Pedro. Todos los relatos que encontramos en el Evangelio son inesperados. Jesús vivía sus días llenos de imprevistos y de improvisaciones. Pero cada persona que le solicitaba su atención se convertía en lo prioritario. Es tiempo de aprender de Él. De no vivir presos de la agenda, esclavos de la rutina, sino con la actitud de quien siente que prepara el camino del Señor. Del que invierte sus mejores esfuerzos y capacidades en ayudar, en compartir, en aliviar. Eso es tener una vida salvada. No quien se instala en un paraíso artificial, sino quien está despierto ayudando y entregado lo mejor de él a los demás. Es el tiempo de descubrir la cantidad de talentos y de capacidades que se nos han dado. Y es fuente de alegría reconocer que nuestra vida se va desgastando al servicio del Reino, desde la vocación concreta a la que cada uno hemos respondido.
“En lo referente al tiempo y a las circunstancias no necesitáis que os escriba, pues vosotros sabéis perfectamente que el Día del Señor llegará como un ladrón en la noche. Cuando estén diciendo: Paz y seguridad, entonces, de improvisto, les sobrevendrá la ruina, como los dolores de parto a la que está encinta, y no podrá escapar. Pero vosotros, hermanos, no vivís en tinieblas, de forma que ese día os sorprenda como un ladrón; porque todos sois hijos de la luz e hijos del día; no somos de la noche ni de las tinieblas. Así, pues, no nos entreguemos al sueño como los demás, sino estemos en vela y vivamos sobriamente. los que duermen, de noche duermen”. 1ª Tes 5,1-6.

Cómo podemos vivirlo. Tenemos sobradamente experimentado que la vida es sorprendente y lo que parecía placidez y seguridad, en dos segundos, se convierte en tragedia o catástrofe. O que la gran noticia que nos alegra, que nos devuelve la confianza y la positividad, también ocurre de manera sorprendente. Por eso se nos pide vigilancia y estar despiertos. Adviento es tiempo de compartir proyectos, ilusiones, trabajos al servicio de los demás. El Señor está con nosotros y esa es la principal razón de nuestra alegría. no se desentiende de los hombres, no nos abandona ni nos deja tirados. Su promesa es firme. Por eso llevamos inscrito en el corazón y en el rostro la certeza de que el amor es más fuerte que todas las muertes con las que nos cruzamos.

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La chispa de la vida

Introducción. Hay conversaciones que dan mucha luz. Otras son intrascendentes y las olvidamos casi inmediatamente. Tuve una hace poco con un gran amigo, en la que reconocíamos lo anodinas que son muchas de las personas con las que nos encontramos, lo grises que son muchos rostros, lo aburridas que son muchas biografías… O lo cretinos que podemos llegar a ser cuando lo único que sale de nuestra boca son autocomplacencias, éxitos, lo fantásticos que somos y que es todo lo que nos rodea. Creyendo que, porque repitamos lo mismo muchas veces, al final nos convenceremos de que es cierto y que somos maravillosos y felices. Como si en la vida importase más lo que aparentamos y lo que los demás piensan de nosotros que lo que de verdad somos. Cuidar el ser, más que aparentar, vivir, más que exhibirme, no tan preocupados en mostrarlo, publicitarlo, gritarlo todo a través de todas las redes sociales. Y dejamos para los muy íntimos las confesiones más sinceras, de sentirnos vacíos, necesitados, o solos. La vida no puede ser solo acumular años, ir pasando etapas, como sujetos pasivos y resignados, incapaces de soñar, de cambiar las inercias que nos enmohecen y nos avejentan.
Me contaron la historia de una pareja de jóvenes profesionales, instalada en el éxito y en ver cumplidas todas las expectativas que podían imaginarse. Trabajando los dos en una poderosa entidad bancaria, con casa, amigos… Pero con el corazón tremendamente inquieto e insatisfecho. Se propusieron escribir cada uno de la pareja lo que les gustaría que fuera su vida a partir de ese momento. Hablaban de climas cálidos, de ir todo el día en chanclas. Pusieron el piso en alquiler, aprovecharon que uno de los dos perdió su trabajo y se fueron a un país del Caribe. Uno montó una lavandería, la otra una guardería. Y ahora son sinceramente felices.
¿Nos atrevemos a escribir en nuestro papel lo que profundamente deseamos? ¿Somos capaces de poner toda nuestra vida en nuestras manos y decidirnos a vivir como realmente queremos? Seguro que hay mil razones y mil motivos llenos de sentido común, de realismo, que justifiquen el quedarnos como estamos y el mantener nuestra forma de vida. Pero entonces no nos quejemos de nada. El que no pone todo su esfuerzo en que las cosas cambien no tiene ningún derecho a quejarse o a protestar. Las cosas y las personas no cambian por arte de magia, sino por el esfuerzo y el compromiso diario de querer mejorar, y de querer crecer y avanzar. Nuestra indiferencia y falta de compromiso nos hace cómplices de las situaciones de mediocridad en las que nos vemos envueltos.

Lo que Dios nos dice. “Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia. Al ver a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor. Entonces dice a sus discípulos: La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies”. Mt 9,35-38.
Necesitamos un análisis lúcido de lo que nos está pasando. Y Jesús es un buen observador, que no se queda en las apariencias, sino que descubre las cosas desde el corazón. Los síntomas de una sociedad que se desmorona, en la que van cayendo progresivamente todas las instituciones en las que se tenía puesta la confianza. Desde los jefes de estado, los políticos, los banqueros, la jerarquía eclesiástica, los medios de comunicación totalmente parciales, que no se encargan de informar de lo que ocurre, sino que son totalmente tendenciosos y panfletarios al servicio de la mano que les financia. Jesús sabe a calle, es pastor que huele a oveja, porque nos carga sobre sus hombros cada vez que nos perdemos. Y sabe que, frente al sentimiento de desamparo, de precariedad, de soledad, sólo hay dos actitudes.
Una es replegarnos en nosotros mismos, construyendo cálidas trincheras en las que refugiarnos del mundo y de sus peligros. Apartarnos del exceso de humanidad, de realidad. Subirnos al Arca de Noé: que venga el diluvio pero que a mí no me pille. Sordos, ciegos, mudos en medio de paraísos artificiales que hacen olvidar los gritos de nuestros hermanos.
La otra posibilidad es cansarnos de nuestra propia postración, que se nos vuelvan insoportables nuestra mediocridad, nuestros miedos, nuestra oscuridad, y gritar como Bartimeo llenos del deseo de volver a tener claridad, de volver a ver:
“Y llegan a Jericó. Y al salir él con sus discípulos y bastante gente, un mendigo ciego, Bartimeo (el hijo de Timeo), estaba sentado al borde del camino pidiendo limosna. Al oír que era Jesús Nazareno, empezó a gritar: Hijo de David, ten compasión de mí. Jesús se detuvo y dijo: Llamadlo. Llamaron al ciego, diciéndole: Ánimo, levántate, que te llama. Soltó el manto, dio un salto y se acercó a Jesús. Jesús le dijo: ¿Qué quieres que te haga? El ciego le contestó: Rabbuni, que vea. Jesús le dijo: Anda, tu fe te ha salvado. Y al momento recobró la vista y lo seguía por el camino”. Mc 10,46-52.

Cómo podemos vivirlo. Las grandes crisis siempre traen consigo nuevos principios. El final de algo significa el inicio de lo nuevo. Estamos en la mejor época de nuestra vida para recuperar la chispa de la vida, la ilusión, las ganas de desplegar las alas que se nos han dado. De volver a crear, de volver a confiar, de volvernos a enganchar a este manantial imparable de regalos, de bondades, de bellezas que cuando tenemos una mirada limpia somos capaces de reconocer, pero cuando se nos pegan a los ojos las legañas del egoísmo y de la tristeza, nos quedamos como ciegos incapaces de ver. Es el tiempo de gritar que queremos volver a reír.

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Audio-homilía: Festividad de Jesucristo, Rey del Universo

Cuando escuchamos este evangelio, lo primero que podemos hacer es culparnos: “es que es verdad, es que no comparto, es que no ayudo, siempre pienso en mí mismo y me olvido de los demás”… Y, si lo interpretamos así, nos entra el miedo y la tristeza, porque somos conscientes de que no damos la talla y que nos falta mucho. Pero eso el Señor lo sabe.

Ojalá que escuchar cómo va a ser el juicio final sea para nosotros un estímulo y una ilusión y que pensemos en la gran cantidad de cosas que ya hacemos por los demás. Tenemos derecho a reconocer en lo profundo del corazón que con esos detalles diarios construimos el Reino.

Esta fiesta de Cristo, Rey del Universo, nos hace mucha falta. En nuestra vida hay muchas malas noticias. Uno se las promete muy felices y, de repente, como en la película “Lo imposible”, vemos auténticos muros de aguas turbias de 8 o 9 metros que vienen hacia nosotros. Muchos de nuestros días nos sentimos como en medio de un tsunami.

¿En ese contexto, qué significa Cristo, Rey del Universo? El Señor nos dice que, después de tanto terremoto, de tanto movimiento, de tanto sufrimiento, el final de la sangrienta historia de la humanidad va a ser un banquete de bodas en el que celebraremos la victoria de Dios.

Día a día vivimos en esa tensión entre las evidencias que tenemos ante nuestros ojos o vivir creyendo lo que Dios nos ha prometido. Ser hombres de fe es creer con certeza que Dios tiene la última palabra, aunque la vida nos vaya dando revolcones.

Parece que el mal y el sufrimiento nos estén ganando por goleada como un tsunami que nos arrolla. Pero, esperemos a la segunda mitad del partido, que el Rey del Universo vendrá. Seamos conscientes de que, con nuestra colaboración y nuestra sensibilidad, empieza a haber reino de Dios en la tierra. No hay ni una sola persona que no aporte algo al reino de Dios. La diferencia está en ser conscientes de ello o no: terminar el día dichosos por lo que hemos hecho o terminar en la queja y la frustración.

En el juicio final aprobarán los aporten nombres en su corazón, no aquellos que presenten una vida en primera persona del singular.

Ojalá disfrutemos de los signos del reino del Dios que ya hay en nuestra tierra. Ojalá que, cuando las olas del tsunami nos invadan, podamos levantar la cabeza seguros de que el Señor está con nosotros.

Evangelio según San Mateo

Jesús dijo a sus discípulos: “Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria rodeado de todos los ángeles, se sentará en su trono glorioso. Todas las naciones serán reunidas en su presencia, y él separará a unos de otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos, y pondrá a aquellas a su derecha y a estos a su izquierda.
Entonces el Rey dirá a los que tenga a su derecha: ‘Venid, benditos de mi Padre, y recibid en herencia el Reino que os fue preparado desde el comienzo del mundo, porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; estaba de paso, y me alojasteis; desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; preso, y me vinisteis a ver’.
Los justos le responderán: ‘Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer; sediento, y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos de paso, y te alojamos; desnudo, y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o preso, y fuimos a verte?’.
Y el Rey les responderá: ‘Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con el más pequeño de mis hermanos, lo hicisteis conmigo’.
Luego dirá a los de su izquierda: ‘Alejaos de mí, malditos; id al fuego eterno que fue preparado para el demonio y sus ángeles, porque tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber; estaba de paso, y no me alojasteis; desnudo, y no me vestisteis; enfermo y preso, y no me visitasteis’.
Estos, a su vez, le preguntarán: ‘Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento, de paso o desnudo, enfermo o preso, y no te hemos socorrido?’.
Y él les responderá: ‘Os aseguro que cada vez que no lo hicisteis con el más pequeño de mis hermanos, tampoco lo hicisteis conmigo’.
Estos irán al castigo eterno, y los justos a la Vida eterna”.

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