Audio-homilía: La transfiguración. Tu eres mi hijo amado

La fe nos dice que la presencia de Dios llena la tierra. Dios lo toca todo y lo inunda todo. Y depende de si somos limpios de corazón o no que experimentemos su presencia providente en nuestro día a día. Si no la descubro, el problema no es de Dios que no está, sino de que mi capaticación, mi sensibilidad o mis sentidos espirituales están dormidos. Es como cuando vamos al oftalmólogo. Cuando nos ponen la lenta adecuada vemos con una nitidez tremenda.

A veces, donde tendría que ver hermanos veo enemigos, donde debería estar agradecido me sale la exigencia, cuando tengo que confiar me entran los miedos… Y no veo a Dios y me entra la tristeza.

Al analizar la historia de Abrahán que se nos cuenta hoy, conviene ponerla en contexto. A sus 75 años Abrahán no había tenido hijos con su mujer. Y Dios le da ese hijo anhelado. Y, cuando Abrahán veía su futuro a través de su hijo, Dios le pide el sacrificio de ese único hijo.

Dios se pregunta si Abrahán está feliz por los regalos que le ha hecho o porque es su amigo. Se pregunta si Abrahán se ha apropiado de los dones recibidos. Eso es lo que hacemos muchos de nosotros: en vez de agradecer los regalos, nos los apropiamos. Y eso nos llena de dependencias, de apegos, de relaciones tóxicas que no nos dejan crecer, de envidias…

Abrahán enseña a la humanidad que no podemos apropiarnos de nada (Dios nos lo da y Dios nos lo quita). Isaac era un regalo y lo disfrutó, pero si Dios lo quería sería por algo. Abrahán se fía de Dios y eso supuso una transfiguración para él, porque vio que Dios no le pedía el hijo porque no es cruel. ¡Qué diferente sería si nosotros lo viviéramos todo así!.

En el evangelio, vemos a Jesús a unos días de empezar la parte más dura de su vida. Y Dios le hace saborear su consolación y le da su fuerza en el Monte Tabor. La presencia de la montaña no es casual. ¿Qué nos da la montaña? Perspectiva. Eso es lo que nos falta muchas veces en la vida: lo inmediato no nos permite ver el recorrido de la historia.

Moisés en el Sinaí recibió la alianza, Elías en el Horeb obtuvo la fuerza para caminar 40 días y 40 noches. Jesús en el Tabor experimentó la confirmación de que era el fiel continuador de la obra salvadora de Dios. Es la confirmación de que Jesús es el Mesías, el hijo amado de Dios.

Ojalá todos experimentemos en primera persona que Dios nos dice a cada uno de nosotros “eres mi hijo amado” y que eso nos dé la seguridad de que nuestra vida puede tener sonrisas y lágrimas, momentos buenos y malos, pero que hay un Dios que acompaña toda nuestra historia.

Evangelio según San Marcos

Seis días después, Jesús tomó a Pedro, Santiago y Juan, y los llevó a ellos solos a un monte elevado. Allí se transfiguró en presencia de ellos.
Sus vestiduras se volvieron resplandecientes, tan blancas como nadie en el mundo podría blanquearlas.
Y se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús.
Pedro dijo a Jesús: “Maestro, ¡qué bien estamos aquí! Hagamos tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”.
Pedro no sabía qué decir, porque estaban llenos de temor.
Entonces una nube los cubrió con su sombra, y salió de ella una voz: “Este es mi Hijo muy querido, escuchadlo”.
De pronto miraron a su alrededor y no vieron a nadie, sino a Jesús solo con ellos.
Mientras bajaban del monte, Jesús les prohibió contar lo que habían visto, hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos.
Ellos cumplieron esta orden, pero se preguntaban qué significaría “resucitar de entre los muertos”.

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Audio-homilía: Se dejaba tentar por Satanás y los ángeles le servían

La cita que hoy tenemos con el Señor es en el desierto. El desierto es el lugar donde afloran con más claridad las aspiraciones más profundas de nuestro corazón: nuestros deseos, nuestros anhelos, nuestras frustraciones. El desierto es dejar voluntariamente un espacio al corazón. Nuestras vidas y nuestras cabezas están tan ocupadas en cosas que resolver que generalmente dedicamos poco espacio a escucharnos y a escuchar.

La Cuaresma es dentro del año litúrgico reservar 40 días (una cifra con mucho significado en la historia de la salvación) para encontrar lo que hay en nuestro corazón.

El evangelio nos dice que el espíritu fue el que llevó a Jesús al desierto. Es el mismo espíritu de Pentecostés. Jesús también vive un Pentecostés. Ir al desierto no significa que te quiten nada, sino que florezca la verdad: encontrar lo más profundo que hay en nosotros que a veces está muy tapado.

Si no vivimos las cosas con novedad, podemos acabar atrapados en rutinas que nos hacen terminar dejándolo todo. O encontramos en el desierto razones profundas que nos dejen claro que lo que deseamos es lo que vivo o nuestras vidas tendrán fracturas interiores difíciles de reconciliar.

La Cuaresma es momento de conversión, pero ¿de qué?. Se trata de convertirnos y lograr que nuestra vida cotidiana nos convenza. Ayunemos de la crítica, de la queja, de la envidia, de los juicios, de los comentarios que matan la ilusión, de la maldad con la que muchas veces convivimos.

Jesús va al desierto y allí había alimañas y ángeles. Eso es exactamente lo que se refleja en nuestra vida: una convivencia constante entre ángeles y alimañas.

Sufrimos las tentaciones porque Dios nos ha regalado el gran don de la libertad. Y, como somos libres, puedo dialogar con ángeles o con alimañas. Si queremos que nuestra vida suene a evangelio, compartámosla con los ángeles. Si queremos ser personas encerradas en nosotras mismas, seres que machacan a los demás, vivamos con las alimañas.

No se vence la tentación a base de esfuerzo, sino a base de dialogar con los ángeles y reírte de lo que te propone el maligno. La Cuaresma es tiempo de descubrir la presencia de Dios en nuestra vida. Se vencen las tentaciones riéndose de ellas, descubriendo lo absurdas que son. Si experimentamos la presencia de Dios a diario, en cada momento, las tentaciones se ven como meros sucedáneos. Cuando estás colmado, no quieres más. Así se vence la tentación. Cuanto más llenos estemos de Dios, menos nos atraerán las ofertas que nos haga el maligno. Si reconocemos en nuestra vida, los regalos permanentes de Dios, no nos tentará nada que venga disfrazado de novedad, de pan para hoy y hambre para mañana.

La tentación no se vence teniendo miedo al demonio, sino estando muy lleno de Dios.

Ojalá que vivamos la Cuaresma descubriendo que tenemos a Dios muy cerca en nuestra vida cotidiana. Ojalá que no hagamos de Él un Dios lejano, sino que lo descubramos vivo y resucitado en lo profundo de nuestros corazones.

Evangelio según San Marcos

En seguida el Espíritu lo llevó al desierto, donde estuvo cuarenta días y fue tentado por Satanás. Vivía entre las fieras, y los ángeles lo servían.
Después que Juan fue arrestado, Jesús se dirigió a Galilea. Allí proclamaba la Buena Noticia de Dios, diciendo: “El tiempo se ha cumplido: el Reino de Dios está cerca. Convertíos y creed en la Buena Noticia”.

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Audio-homilía: Miércoles de ceniza 2015. Comienza la cuaresma

Camino de la cruzSiempre que hay que una actividad programada, que genera mucha ilusión, y se produce un gran desastre los dirigentes llaman a la autocrítica: ¿qué ha pasado?, ¿por qué ha sucedido esto así?. La humanidad no suele hacer autocrítica cuando todo nos va bien. En esos momentos, sólo hay aclamaciones, aplausos, felicitaciones.

Pues bien, la Iglesia nos regala todos los años esa posibilidad de hacer autocrítica, porque reconoce que muchas veces echamos balones fuera. Y es que tendemos a culpar a los demás de gran parte de los males de nuestra vida. Incluso hay veces en las que hasta culpamos a Dios. Y mucho de lo que nos pasa no tiene culpables, sino que es consecuencia de la propia fragilidad de nuestra existencia.

Cuaresma no es tiempo de autoculparnos, ni de creer que Dios nos chantajea, sino de reconocer que nuestras mediocridades no nos satisfacen profundamente.

Dios no busca la limpieza del cuerpo, sino que nuestros corazones entren en la paz estable de saber que de sus manos nadie nos va a poder apartar, que sintamos que estamos permanente en su corazón.

Experimentemos profundamente que los cambios que Dios nos pide son para nuestro bien, no para el suyo. Cada rato de oración y de charla con Dios no le hace falta a Dios, sino a nosotros, para mantener nuestro diálogo con él.

Y lo mismo pasa con la limosna. Tenemos un ansia de acumulación que nos hace profundamente esclavos. Queremos asegurarnos y, con eso, demostramos una profunda falta de fe, al no poner nuestra confianza en Dios. Dar limosna es liberarse. Compartamos como forma de vida.

Por último, el ayuno no tiene sólo que ver con lo que le metemos al cuerpo. También tiene que ver con lo que le metemos a nuestra mente. No se trata de comer tal o cual cual alimento, sino de ayunar de todo eso que nos envenena, de lo que nos cambia el carácter.

Conversión es poner en la vida cosas que nos ayuden a sacar los talentos que Dios nos ha regalado. Vivamos la Cuaresma, como dice el Papa Francisco, fortaleciendo el corazón y no cerrándonos a nuestra propia vida.

Evangelio según San Mateo

Jesús dijo a sus discípulos: Tened cuidado de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos: de lo contrario, no recibiréis ninguna recompensa del Padre que está en el cielo. Por lo tanto, cuando des limosna, no lo vayas pregonando delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para ser honrados por los hombres. Os aseguro que ellos ya tienen su recompensa. Cuando tú des limosna, que tu mano izquierda ignore lo que hace la derecha, para que tu limosna quede en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.
Cuando ores, no hagas como los hipócritas: a ellos les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos. Os aseguro que ellos ya tienen su recompensa. Tú, en cambio, cuando ores, retírate a tu habitación, cierra la puerta y ora a tu Padre que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.
Cuando ayunéis, no pongáis cara triste, como hacen los hipócritas, que desfiguran su rostro para que se note que ayunan. Os aseguro que con eso, ya han recibido su recompensa. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lava tu rostro, para que tu ayuno no sea conocido por los hombres, sino por tu Padre que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.

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Audio-homilía: La lepra se le quitó y quedó limpio

Con los ecos del Día de San Valentín, podemos pensar en el significado de la palabra “enamoramiento”. Un corazón enamorado es un corazón envuelto completamente en amor, de igual forma que un yogur azucarado es un yogur envuelto en azúcar.

Ya lo dice San Pablo en la segunda lectura: cualquier actividad humana, tocada por el amor, nos convierte en personas enamoradas. Y esa es la fiesta que celebramos todos los días (no sólo el 14 de febrero), después de conocer a Cristo. Él es la humanidad enamorada por excelencia. Un corazón enamorado es aquel que desarrolla todas las actividades de su vida en clave de amor. Unos ojos enamorados son capaces de ver lo valioso que rodea la vida, incluso las cosas que aparentemente no son amables.

Solemos amar lo agradable, lo bello, lo bueno. Pero, ¿qué nos pasa con lo que no nos gusta: el error, la vejez, la enfermedad, lo feo, lo desagradable?. Ante todo lo negativo hacemos lo que se refleja en la primera lectura con respecto a los leprosos: lo rechazamos, lo evitamos, nos quejamos.

Un corazón enamorado es Jesús que, al ver al leproso, le sale de lo profundo del corazón tocarle, en contra de lo que decía la ley, la medicina y el sentido común. Pero es que el amor, cuando viene de Dios, es una fuerza imparable que sale del corazón, porque Dios te lo regala, y hace que salgas de ti mismo, poniendo la importancia de tu vida en el otro.

San Francisco de Asís, antes de su conversión, tuvo contacto con un leproso y, asqueado, lo echó violentamente. Diez años después, una vez que había conocido y se había dejado tocar por Jesús, se repitió la escena: se cruzó con un leproso y se arrojó a sus pies, le cogió la mano y lo besó. Francisco había descubierto el poder del amor.

Estar enamorado no es usar esposas, vendar los ojos o fustigarse con un látigo. Eso es estar majara. Estar enamorado es amar lo doliente de la humanidad, entregar la vida y poner en práctica toda nuestra creatividad para que quien no ha sentido nunca el amor lo descubra.

Jesús es el gran enamorado y, si nos acercamos a él, nos contagiamos de ese amor. Ojalá que no nos tenga que dar nadie lecciones de amor, porque mirando a Jesús de frente poco nos pueden enseñar de amar hasta el extremo, de entregar la vida, de lavar los pies, de sanar enfermedades o de acompañar a quien lo necesita.

Feliz día de la renovación en el amor. Ojalá sepamos amar profundamente las circunstancias que tenemos y la realidad que Dios nos regala a cada uno.

Evangelio según San Marcos

Se acercó a Jesús un leproso para pedirle ayuda y, cayendo de rodillas, le dijo: “Si quieres, puedes purificarme”.
Jesús, conmovido, extendió la mano y lo tocó, diciendo: “Lo quiero, queda purificado”.
En seguida la lepra desapareció y quedó purificado.
Jesús lo despidió, advirtiéndole severamente: “No le digas nada a nadie, pero ve a presentarte al sacerdote y entrega por tu purificación la ofrenda que ordenó Moisés, para que les sirva de testimonio”.
Sin embargo, apenas se fue, empezó a proclamarlo a todo el mundo, divulgando lo sucedido, de tal manera que Jesús ya no podía entrar públicamente en ninguna ciudad, sino que debía quedarse afuera, en lugares desiertos. Y acudían a él de todas partes.

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Obsesionados por la seguridad

Introducción. Una amiga mía me contaba el mal rato que pasó en el aeropuerto, cuando dispuesta a facturar su equipaje para volar a su lugar de trabajo se vio como el blanco de todas las miradas, como si fuese una sospechosa. Tuvo que vaciar el contenido de su maleta, descalzarse, extender los brazos, ser cacheada y en broma me decía: “es como si esperasen encontrar dos kilos de cocaína o una bomba”. Y la verdad es que todos nos estamos volviendo sospechosos para todo el mundo. Los niveles de paranoia, de obsesión por la seguridad, el buscar resguardar nuestra comodidad, nuestro bienestar, nuestros privilegios nos hace vivir en el permanente temor. Como ese Rey Herodes que entra en pánico cuando los Reyes de Oriente le preguntan por el nuevo rey que va a nacer. De repente, toda su seguridad, todo su poder, toda su vida de logros, lujos y placeres se ve amenazada por una pregunta, por un rumor.
“Al enterarse el rey Herodes, se sobresaltó y todo Jerusalén con él; convocó a los sumos sacerdotes y a los escribas del país y les preguntó dónde tenía que nacer el Mesías. Ellos le contestaron en Belén de Judea, porque así lo ha escrito el profeta… Al verse burlado por los magos, Herodes montó en cólera y mandó matar a todos los niños de dos años para abajo, en Belén y sus alrededores, calculando el tiempo por lo que había averiguado de los magos. Entonces se cumplió lo dicho por medio del profeta Jeremías”. Mt 2, 3-17.
Todos somos sospechosos en un aeropuerto, en un centro comercial, parece que todo el mundo roba, todo el mundo engaña, todo el mundo miente. Y esas generalizaciones van minando la alegría de vivir, la alegría de sentirnos hermanos. Las miradas favorecen los encuentros entre las personas o los dificultan y los alejan. ¡Qué desagradable es no poder acercarte con espontaneidad a jugar con un niño por miedo a que alguien piense que eres un pederasta! ¡O no poder hablar, reír, expresar cariño a una mujer o a un hombre por miedo a que se mal interprete! Al final, si somos esclavos del miedo al juicio de los demás, a sus críticas y a sus opiniones, nos encerraremos en casa y nos volveremos asociales, para que nadie nos juzgue. Y esa es la reacción menos humana y menos divina.

Lo que Dios nos dice. “Pues no habéis recibido un espíritu de esclavitud, para recaer en el temor, sino que habéis recibido un Espíritu de hijos de adopción en el que clamamos: ¡Abba, Padre! Ese mismo Espíritu da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios; y, si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo; de modo que, si sufrimos con él, seremos también glorificados con él”. Rom 8,15-17.
Es cierto que a esta situación de conspiranofobia hemos llegado a base de malas experiencias. Tanta muerte, tanto dolor, tanto terror van endureciendo nuestra capacidad de confiar. Se daña y se destruye lo más sagrado que tenemos las personas que es nuestra capacidad de confiar y de amar, entregándonos del todo al otro. Si se nos extingue la posibilidad de confiar, de creer, de abandonarnos en los brazos de alguien, dejamos de ser humanos y nos volvemos potentes escáner que filtran y analizan la realidad detectando virus, amenazas y posibles peligros. Todo serían advertencias, cuidados, warnings, alarmas y alertas.
Estoy un poco hasta el gorro de que la forma de gobernar un país sea poniendo leyes, normas, multas y castigos por todo. Estamos en las cotas más altas de intervencionismo por parte del estado. Todo regulado, todo estipulado, todo bajo control, menos el corazón de las personas que se escapa a toda lógica y a toda racionalidad.
Es también injusto que la realidad tan llena de buenas personas, de gentes generosas, de buenos profesionales, la manchemos por la evidencia de unos cuantos. “Pagan justos por pecadores”, “no hay que generalizar”, “una manzana podrida contamina todo el cesto de fruta”, “yo no soy racista, soy ordenado”. ¡Cuánta hipocresía que lo que busca es envolver y justificar nuestros miedos a perder los privilegios! El miedo a perder es lo que nos bloquea, cuando lo más real es que no tenemos nada.
“A ver, ¿quién te hace importante? ¿Tienes algo que no hayas recibido? Y, si lo has recibido, ¿a qué tanto orgullo, como si nadie te lo hubiera dado? Ya tenéis todo lo que ansiabais, ya sois ricos, habéis conseguido un reino sin nosotros. ¿Qué más quisiera yo? Así reinaríamos juntos. Por lo que veo, a nosotros, los apóstoles, Dios nos coloca los últimos, como condenados a muerte, dados en espectáculo público para ángeles y hombres. Nosotros unos locos por Cristo, vosotros sensatos en Cristo; nosotros débiles, vosotros fuertes; vosotros célebres, nosotros despreciados; hasta ahora pasamos hambre y sed y falta de ropa; recibimos bofetadas, no tenemos domicilio; nos agotamos trabajando con nuestras propias manos; nos insultan y les deseamos bendiciones; nos persiguen y aguantamos; nos calumnian y respondemos con buenos modos; nos tratan como a la basura del mundo, el desecho de la humanidad; y así hasta el día de hoy”. 1ª Cor 4, 7-13.

Cómo podemos vivirlo. Necesitamos volver a sentirnos peregrinos, en camino, sin echar demasiadas raíces en nada de lo que hacemos. No porque no las consideremos valiosas, todo lo contrario. Si amas algo, déjalo libre. Si permanece a tu lado es tuyo. Si no, es que nunca lo fue. Soltar, dejar de preocuparse por todo, por todos… La vida, el mundo, las personas y Dios llevan siglos ocupándose de todo. Nosotros la hemos recibido en un momento dado, y nos toca dejarla un poco mejor de lo que la hemos encontrado. Pero somos muy pequeños como para cargar con todo el peso de la marcha del mundo.

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