Audio-homilía: Domingo de Ramos 2015

Escuchar una vez al año el relato de la Pasión nos ilumina de la potencia que tiene esta historia, de lo grande que es lo vivió Jesús, porque pasa por todo lo profundo que la humanidad es capaz de vivir.

Si uno medita la Pasión y pone nombre a actitudes que aparecen en los personajes de la Pasión, reconoce cómo se describe todo lo que es la humanidad. Ve el miedo en unos apóstoles, que se sienten atraídos por el Jesús triunfador del Domingo de Ramos pero que, según van viendo la peligrosidad de la situación, van alejándose. Reconoce cómo aparecen la negación y la cobardía en un Pedro que es capaz de negar por tres veces al Maestro. Se contemplan la ambición, la ambigüedad, la crueldad, la hipocresía de los fariseos…

Pero, sobre todo, el relato de la Pasión es una invitación a que fijemos la mirada en Jesús: ese hombre que, en medio de un escenario de miseria humana, es capaz de pasar por medio del valle de los huesos, los corazones y la humanidad secos y ser como el agua que brota sanando a esa humanidad. La Pasión es el reflejo de cómo la gracia, el amor, la esperanza y la misericordia de Dios son capaces de transformar el desierto en un vergel.

La Pasión tiene mucho que ver con la situación actual que vive hoy nuestro mundo. Este relato no es una escena de una obra teatral. Lo que pasa en el evangelio sucede en la humanidad en la actualidad: hay juicios, hay inocentes que mueren víctimas del sinsentido… Estos días estamos consternados al descubrir que las vidas de 150 personas pueden depender de la salud mental de una persona. Pero, no es sólo eso: también en mi día a día, si yo estoy mal, más de 150 personas sufren mi malestar.

La Pasión del Señor nos invita a decidir qué personaje queremos ser y cuánto de lejos o de cerca del Señor queremos ir.

Jesús no fue una persona que estaba en el lugar y en el momento adecuado, sino que representa la conciencia de que Él vino para esto… y eso se refleja en Getsemaní. Allí, Jesús demuestra humanidad (reflejada en sus temores y dudas), pero también claridad y luminosidad (reconociendo que en la muerte hay vida, siendo consciente de que su vida ha estado siempre en manos de un Dios que ni siquiera en ese momento le va a abandonar).

Todos hemos vivido situaciones humanas de cruz: muertes, abandonos, traiciones, miedo, soledad. Pero Jesús nos dice que el amor es más fuerte que la muerte, nos pide que no frenemos nuestros sueños, que aceleremos en el amor y que experimentemos la resurrección.

Dediquemos un tiempo diario en esta Semana Santa para conectar con ese Jesús que nos invita a no tener miedo, a reconocer que en Getsemaní el Padre expulsa el temor de Jesús: el amor expulsa el temor. Y el Jesús que va hasta el extremo es el que vive libre: ya no hay barro, sólo hay tesoro. El Dios que devuelve a la vida a Jesús se la devuelve a toda la humanidad.

Evangelio según San Marcos

Faltaban dos días para la fiesta de la Pascua y de los panes ácimos. Los sumos sacerdotes y los escribas buscaban la manera de arrestar a Jesús con astucia, para darle muerte. Porque decían: “No lo hagamos durante la fiesta, para que no se produzca un tumulto en el pueblo”.
Mientras Jesús estaba en Betania, comiendo en casa de Simón el leproso, llegó una mujer con un frasco lleno de un valioso perfume de nardo puro, y rompiendo el frasco, derramó el perfume sobre la cabeza de Jesús.
Entonces algunos de los que estaban allí se indignaron y comentaban entre sí: “¿Para qué este derroche de perfume? Se hubiera podido vender por más de trescientos denarios para repartir el dinero entre los pobres”. Y la criticaban.
Pero Jesús dijo: “Dejadla, ¿por qué la molestáis? Ha hecho una buena obra conmigo. A los pobres los tendréis siempre con ustedes y podéis hacerles bien cuando quieran, pero a mí no me tendréis siempre.
Ella hizo lo que podía; ungió mi cuerpo anticipadamente para la sepultura. Os aseguro que allí donde se proclame la Buena Noticia, en todo el mundo, se contará también en su memoria lo que ella ha hecho”.
Judas Iscariote, uno de los Doce, fue a ver a los sumos sacerdotes para entregarles a Jesús. Al oírlo, ellos se alegraron y prometieron darle dinero. Y Judas buscaba una ocasión propicia para entregarlo.
El primer día de la fiesta de los panes ácimos, cuando se inmolaba la víctima pascual, los discípulos dijeron a Jesús: “¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la comida pascual?”.
El envió a dos de sus discípulos, diciéndoles: “Id a la ciudad; allí os encontraréis con un hombre que lleva un cántaro de agua. Seguidlo y decidle al dueño de la casa donde entre: El Maestro dice: ‘¿Dónde está mi sala, en la que voy a comer el cordero pascual con mis discípulos?’. El os mostrará en el piso alto una pieza grande, arreglada con almohadones y ya dispuesta; preparad allí lo necesario”.
Los discípulos partieron y, al llegar a la ciudad, encontraron todo como Jesús les había dicho y prepararon la Pascua.
Al atardecer, Jesús llegó con los Doce.
Y mientras estaban comiendo, dijo: “Os aseguro que uno de vosotros me entregará, uno que come conmigo”.
Ellos se entristecieron y comenzaron a preguntarle, uno tras otro: “¿Seré yo?”.
El les respondió: “Es uno de los Doce, uno que se sirve de la misma fuente que yo. El Hijo del hombre se va, como está escrito de él, pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre será entregado: más le valdría no haber nacido!”.
Mientras comían, Jesús tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: “Tomad, esto es mi Cuerpo”. Después tomó una copa, dio gracias y se la entregó, y todos bebieron de ella. Y les dijo: “Esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos.
Os aseguro que no beberé más del fruto de la vid hasta el día en que beba el vino nuevo en el Reino de Dios”.
Después del canto de los Salmos, salieron hacia el monte de los Olivos. Y Jesús les dijo: “Todos vosotros os vais a escandalizar, porque dice la Escritura: Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas.
Pero después que yo resucite, iré antes que vosotros a Galilea”.
Pedro le dijo: “Aunque todos se escandalicen, yo no me escandalizaré”.
Jesús le respondió: “Te aseguro que hoy, esta misma noche, antes que cante el gallo por segunda vez, me habrás negado tres veces”.
Pero él insistía: “Aunque tenga que morir contigo, jamás te negaré”. Y todos decían lo mismo.
Llegaron a una propiedad llamada Getsemaní, y Jesús dijo a sus discípulos: “Quedaos aquí, mientras yo voy a orar”.
Después llevó con él a Pedro, Santiago y Juan, y comenzó a sentir temor y a angustiarse.
Entonces les dijo: “Mi alma siente una tristeza de muerte. Quedaos aquí velando”.
Y adelantándose un poco, se postró en tierra y rogaba que, de ser posible, no tuviera que pasar por esa hora.
Y decía: “Abba -Padre- todo te es posible: aleja de mí este cáliz, pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya”.
Después volvió y encontró a sus discípulos dormidos. Y Jesús dijo a Pedro: “Simón, ¿duermes? ¿No has podido quedarte despierto ni siquiera una hora? Permaneced despiertos y orad para no caer en la tentación, porque el espíritu está dispuesto, pero la carne es débil”.
Luego se alejó nuevamente y oró, repitiendo las mismas palabras.
Al regresar, los encontró otra vez dormidos, porque sus ojos se cerraban de sueño, y no sabían qué responderle.
Volvió por tercera vez y les dijo: “Ahora podéis dormir y descansar. Esto se acabó. Ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levantaos! ¡Vamos! Ya se acerca el que me va a entregar”.
Jesús estaba hablando todavía, cuando se presentó Judas, uno de los Doce, acompañado de un grupo con espadas y palos, enviado por los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos.
El traidor les había dado esta señal: “Es aquel a quien voy a besar. Detenedle y llevadle bien custodiado”.
Apenas llegó, se le acercó y le dijo: “Maestro”, y lo besó.
Los otros se abalanzaron sobre él y lo arrestaron. Uno de los que estaban allí sacó la espada e hirió al servidor del Sumo Sacerdote, cortándole la oreja.
Jesús les dijo: “Como si fuera un bandido, habéis salido a arrestarme con espadas y palos. Todos los días estaba entre vosotros enseñando en el Templo y no me arrestaron. Pero esto sucede para que se cumplan las Escrituras”.
Entonces todos lo abandonaron y huyeron.
Lo seguía un joven, envuelto solamente con una sábana, y lo sujetaron; pero él, dejando la sábana, se escapó desnudo.
Llevaron a Jesús ante el Sumo Sacerdote, y allí se reunieron todos los sumos sacerdotes, los ancianos y los escribas.
Pedro lo había seguido de lejos hasta el interior del palacio del Sumo Sacerdote y estaba sentado con los servidores, calentándose junto al fuego.
Los sumos sacerdotes y todo el Sanedrín buscaban un testimonio contra Jesús, para poder condenarlo a muerte, pero no lo encontraban.
Porque se presentaron muchos con falsas acusaciones contra él, pero sus testimonios no concordaban.
Algunos declaraban falsamente contra Jesús:
“Nosotros lo hemos oído decir: ‘Yo destruiré este Templo hecho por la mano del hombre, y en tres días volveré a construir otro que no será hecho por la mano del hombre'”.
Pero tampoco en esto concordaban sus declaraciones.
El Sumo Sacerdote, poniéndose de pie ante la asamblea, interrogó a Jesús: “¿No respondes nada a lo que estos atestiguan contra ti?”.
El permanecía en silencio y no respondía nada. El Sumo Sacerdote lo interrogó nuevamente: “¿Eres el Mesías, el Hijo de Dios bendito?”.
Jesús respondió: “Sí, yo lo soy: y veréis al Hijo del hombre sentarse a la derecha del Todopoderoso y venir entre las nubes del cielo”.
Entonces el Sumo Sacerdote rasgó sus vestiduras y exclamó: “¿Qué necesidad tenemos ya de testigos?
Acabáis de oír la blasfemia. ¿Qué les parece?”. Y todos sentenciaron que merecía la muerte.
Después algunos comenzaron a escupirlo y, tapándole el rostro, lo golpeaban, mientras le decían: “¡Profetiza!”. Y también los servidores le daban bofetadas.
Mientras Pedro estaba abajo, en el patio, llegó una de las sirvientas del Sumo Sacerdote
y, al ver a Pedro junto al fuego, lo miró fijamente y le dijo: “Tú también estabas con Jesús, el Nazareno”.
El lo negó, diciendo: “No sé nada; no entiendo de qué estás hablando”. Luego salió al vestíbulo.
La sirvienta, al verlo, volvió a decir a los presentes: “Este es uno de ellos”.
Pero él lo negó nuevamente. Un poco más tarde, los que estaban allí dijeron a Pedro: “Seguro que eres uno de ellos, porque tú también eres galileo”.
Entonces él se puso a maldecir y a jurar que no conocía a ese hombre del que estaban hablando.
En seguida cantó el gallo por segunda vez. Pedro recordó las palabras que Jesús le había dicho: “Antes que cante el gallo por segunda vez, tú me habrás negado tres veces”. Y se puso a llorar.
En cuanto amaneció, los sumos sacerdotes se reunieron en Consejo con los ancianos, los escribas y todo el Sanedrín. Y después de atar a Jesús, lo llevaron y lo entregaron a Pilato.
Este lo interrogó: “¿Tú eres el rey de los judíos?”. Jesús le respondió: “Tú lo dices”.
Los sumos sacerdotes multiplicaban las acusaciones contra él.
Pilato lo interrogó nuevamente: “¿No respondes nada? ¡Mira de todo lo que te acusan!”.
Pero Jesús ya no respondió a nada más, y esto dejó muy admirado a Pilato.
En cada Fiesta, Pilato ponía en libertad a un preso, a elección del pueblo. Había en la cárcel uno llamado Barrabás, arrestado con otros revoltosos que habían cometido un homicidio durante la sedición. La multitud subió y comenzó a pedir el indulto acostumbrado.
Pilato les dijo: “¿Quieren que os ponga en libertad al rey de los judíos?”.
El sabía, en efecto, que los sumos sacerdotes lo habían entregado por envidia.
Pero los sumos sacerdotes incitaron a la multitud a pedir la libertad de Barrabás.
Pilato continuó diciendo: “¿Qué debo hacer, entonces, con el que llamáis rey de los judíos?”.
Ellos gritaron de nuevo: “¡Crucifícalo!”.
Pilato les dijo: “¿Qué mal ha hecho?”. Pero ellos gritaban cada vez más fuerte: “¡Crucifícalo!”.
Pilato, para contentar a la multitud, les puso en libertad a Barrabás; y a Jesús, después de haberlo hecho azotar, lo entregó para que fuera crucificado.
Los soldados lo llevaron dentro del palacio, al pretorio, y convocaron a toda la guardia.
Lo vistieron con un manto de púrpura, hicieron una corona de espinas y se la colocaron.
Y comenzaron a saludarlo: “¡Salud, rey de los judíos!”.
Y le golpeaban la cabeza con una caña, le escupían y, doblando la rodilla, le rendían homenaje.
Después de haberse burlado de él, le quitaron el manto de púrpura y le pusieron de nuevo sus vestiduras. Luego lo hicieron salir para crucificarlo.
Como pasaba por allí Simón de Cirene, padre de Alejandro y de Rufo, que regresaba del campo, lo obligaron a llevar la cruz de Jesús.
Y condujeron a Jesús a un lugar llamado Gólgota, que significa: “lugar del Cráneo”.
Le ofrecieron vino mezclado con mirra, pero él no lo tomó. Después lo crucificaron. Los soldados se repartieron sus vestiduras, sorteándolas para ver qué le tocaba a cada uno. Ya mediaba la mañana cuando lo crucificaron. La inscripción que indicaba la causa de su condena decía: “El rey de los judíos”. Con él crucificaron a dos ladrones, uno a su derecha y el otro a su izquierda.

Los que pasaban lo insultaban, movían la cabeza y decían: “¡Eh, tú, que destruyes el Templo y en tres días lo vuelves a edificar, sálvate a ti mismo y baja de la cruz!”.
De la misma manera, los sumos sacerdotes y los escribas se burlaban y decían entre sí: “¡Ha salvado a otros y no puede salvarse a sí mismo! Es el Mesías, el rey de Israel, ¡que baje ahora de la cruz, para que veamos y creamos!”. También lo insultaban los que habían sido crucificados con él.
Al mediodía, se oscureció toda la tierra hasta las tres de la tarde;
y a esa hora, Jesús exclamó en alta voz: “Eloi, Eloi, lamá sabactani”, que significa: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”.
Algunos de los que se encontraban allí, al oírlo, dijeron: “Está llamando a Elías”.
Uno corrió a mojar una esponja en vinagre y, poniéndola en la punta de una caña le dio de beber, diciendo: “Vamos a ver si Elías viene a bajarlo”.
Entonces Jesús, dando un gran grito, expiró.
El velo del Templo se rasgó en dos, de arriba abajo.
Al verlo expirar así, el centurión que estaba frente a él, exclamó: “¡Verdaderamente, este hombre era Hijo de Dios!”.
Había también allí algunas mujeres que miraban de lejos. Entre ellas estaban María Magdalena, María, la madre de Santiago el menor y de José, y Salomé, que seguían a Jesús y lo habían servido cuando estaba en Galilea; y muchas otras que habían subido con él a Jerusalén.
Era día de Preparación, es decir, víspera de sábado. Por eso, al atardecer, José de Arimatea -miembro notable del Sanedrín, que también esperaba el Reino de Dios- tuvo la audacia de presentarse ante Pilato para pedirle el cuerpo de Jesús.
Pilato se asombró de que ya hubiera muerto; hizo llamar al centurión y le preguntó si hacía mucho que había muerto. Informado por el centurión, entregó el cadáver a José.
Este compró una sábana, bajó el cuerpo de Jesús, lo envolvió en ella y lo depositó en un sepulcro cavado en la roca. Después, hizo rodar una piedra a la entrada del sepulcro.
María Magdalena y María, la madre de José, miraban dónde lo habían puesto.

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Audio-homilía: Solemnidad de San José 2015

En San José podemos ver a una de las revelaciones del santoral católico. Es la reivindicación de los santos que en lo cotidiano, en lo pequeño, en lo diario, sacan a flote la divinidad de Dios que los inunda.

No queda nada histórico de San José, sólo el amor que él puso. Su gran obra, su gran fundación no fue externa, sino que fue el trabajo que tuvo que hacer para vencer las resistencias frente al Dios de los imposibles. La gran lucha de San José no fue con dragones, ni con herejes, sino con él mismo.

La fiesta de San José nos reconcilia con la humanidad de nuestros padres. Y es que, en medio del trabajo y de lo cotidiano, se puede filtrar un amor que es de Dios. ¡Cuánto le debemos nosotros a nuestros padres! y ¡cuánto le debe Jesús a San José!.

Está claro que Jesús vio y vivió la cultura del esfuerzo, de la sinceridad, de ser observador, de la austeridad… en su propia casa.

Tenemos que ser conscientes de que no podemos querer que nuestros hijos tengan unos valores que nosotros no ponemos en práctica. Somos el espejo en el cual los niños entienden la vida. Por eso, no les hacemos ningún favor siendo tan protectores y siendo sólo consoladores. Actualmente, hay mucha obsesión con los niños. Ellos se convierten en el centro de la vida familiar.

Es bonito ver el trabajo interior de San José: cómo algo que le duele profundamente por dentro lo convierte en un motivo de amor, cómo lucha intentando que su mente humana se abra a lo que es un misterio de Dios.

A veces nosotros también queremos entender los porqués de todo y sólo se comprende lo que Dios nos explica y nos hace entender.

San José abrió la puerta a que podía ser verdad lo que decía María y, por esa rendija, entró para él el consuelo. Del rechazo, de la duda, de la negación pasó a la comprensión de que recibía una llamada de Dios. Y lo que pensaba que era el final se convirtió en el principio.

¡Cuántas veces nosotros vivimos lo mismo! No nos cerremos a nuestros cálculos, a lo que entendemos, a lo que nos va bien… Caminemos por los terrenos por lo que nos lleva Dios.

Ojalá que agradezcamos la vida de nuestros padres para que podamos ser, como ellos, formadores de hijos de Dios para el futuro.

Evangelio según San Mateo

Jacob fue padre de José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, que es llamado Cristo.
Este fue el origen de Jesucristo: María, su madre, estaba comprometida con José y, cuando todavía no habían vivido juntos, concibió un hijo por obra del Espíritu Santo.
José, su esposo, que era un hombre justo y no quería denunciarla públicamente, resolvió abandonarla en secreto.
Mientras pensaba en esto, el Angel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: “José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que ha sido engendrado en ella proviene del Espíritu Santo.
Ella dará a luz un hijo, a quien pondrás el nombre de Jesús, porque él salvará a su Pueblo de todos sus pecados”. Al despertar, José hizo lo que el Angel del Señor le había ordenado.

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Audio-homilía: Si el grano de trigo cae en tierra y muere da mucho fruto

Conforme nos acercamos a la Semana Santa (el próximo domingo es Domingo de Ramos), todo el contenido de las lecturas nos va hablando de ese momento intenso en la historia de Jesús que es su muerte y su entrega en la cruz.

El hecho histórico es que le juzgaron, le condenaron y le mataron. La interpretación de ese hecho es lo que marca la diferencia entre ver a Jesús como una pobre víctima del sistema o verle como el Hijo de Dios consciente de todo lo que iba a ocurrir.

Jesús no es una pobre víctima, sino que es alguien que vino al mundo para eso: para que el amor no se quede en buenas intenciones, sino que se concrete.

Este evangelio nos habla de unos griegos que van a la Pascua, movidos por los interrogantes irresistibles que despierta la comunidad cristiana… Todo el evangelio, cuando se vive, produce cortocircuitos. Y es que Jesús no responde a las expectativas de nuestros cálculos humanos. Este detalle nos dice que a Jesús se le debe ver en nosotros, en la comunidad cristiana que se reúne en su nombre.

A los griegos, Jesús les dice que lo único que pueden reconocer en Él y lo único que es digno de credibilidad es la vida que se entrega y se ama. Jesús no es un milagrero, es alguien convencido de un proyecto de vida, que es capaz de llevar al final.

Al escuchar este evangelio, podemos pensar en todas esas personas que pasan por la vida sin ver resultados, pero que desde el cielo sí son capaces de verlos. Muchas veces el fruto de nuestras vidas no lo vamos a reconocer en tiempo real. Dar fruto no es ver los resultados inmediatos de lo que hacemos, sino sembrar nuestra vida al servicio de los demás.

Ojalá que nunca demos nuestro tiempo por perdido. Todo lo que se hace desde la sinceridad del amor dura para siempre, es eterno, porque el amor no pasa jamás. Ojalá que este tiempo ya cercano a la Pascua nos anime a entregarnos como el grano de trigo.

Evangelio según San Juan

Entre los que habían subido para adorar durante la fiesta, había unos griegos que se acercaron a Felipe, el de Betsaida de Galilea, y le dijeron: “Señor, queremos ver a Jesús”. Felipe fue a decírselo a Andrés, y ambos se lo dijeron a Jesús.
El les respondió: “Ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser glorificado. Os aseguro que si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto. El que tiene apego a su vida la perderá; y el que no está apegado a su vida en este mundo, la conservará para la Vida eterna. El que quiera servirme que me siga, y donde yo esté, estará también mi servidor. El que quiera servirme, será honrado por mi Padre. Mi alma ahora está turbada, ¿Y qué diré: ‘Padre, líbrame de esta hora’? ¡Si para eso he llegado a esta hora! ¡Padre, glorifica tu Nombre!”.
Entonces se oyó una voz del cielo: “Ya lo he glorificado y lo volveré a glorificar”.
La multitud que estaba presente y oyó estas palabras, pensaba que era un trueno. Otros decían: “Le ha hablado un ángel”.
Jesús respondió: “Esta voz no se oyó por mí, sino por vosotros. Ahora ha llegado el juicio de este mundo, ahora el Príncipe de este mundo será arrojado afuera; y cuando yo sea levantado en alto sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí”. Jesús decía esto para indicar cómo iba a morir.

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La mota en el ojo

Introducción. Mi conversión no la tengo que decidir yo, los pasos necesarios que mi vida tiene que dar para asemejarse cada vez más a la de Jesús, me los tienen que ayudar a descubrir los demás. Nosotros no somos conscientes del todo de los propios defectos. Y, si por un momento los descubrimos, con una facilidad asombrosa los justificamos y minimizamos su gravedad. En cambio somos severos jueces e implacables justicieros con los fallos y los defectos de los demás. Ya lo decía Jesús.

Lo que Dios nos dice. “Les dijo también una parábola: ¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo? No está el discípulo sobre su maestro, si bien, cuando termine su aprendizaje, será como su maestro. ¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: Hermano, déjame que te saque la mota del ojo, sin fijarte en la viga que llevas en el tuyo? ¡Hipócrita! Sácate primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la mota del ojo de tu hermano. Pues no hay árbol bueno que dé fruto malo, ni árbol malo que dé fruto bueno; por ello, cada árbol se conoce por su fruto; porque no se recogen higos en las zarzas, ni se vendimian racimos de los espinos”. Lc 6,39-44.
Es cierto que tenemos una capacidad grande de ver los fallos en los demás. Pero eso no es malo, si lo sabemos convertir en una ocasión para amar al otro. La corrección fraterna tiene mucho de amor. Yo soy incapaz de mirarme a mí mismo sin caer en una sospechosa subjetividad. A veces la subjetividad es portadora de complejo de inferioridad, de culpabilidad, de volvernos nuestros peores jueces, inmisericordes con nuestra fragilidad y nuestra humanidad. ¡Cuántas veces, como si tuviéramos el mando a distancia del DVD, volvemos una y otra vez a momentos de nuestra historia donde hemos metido la pata, donde hemos evidenciado lo cretinos que somos y hemos perdido los papeles! Y, como si nos encantara sufrir una y otra vez el mismo dolor, volvemos una y otra vez a ver y sentir la misma situación. Como la moviola de nuestros fallos. Una actitud muy sana es dejar atrás los errores y las desdichas y agarrarnos con gran motivación al presente apasionante que se nos presenta por delante.
“Hermanos, yo no pienso haber conseguido el premio. Solo busco una cosa: olvidándome de lo que queda atrás y lanzándome hacia lo que está por delante, corro hacia la meta, hacia el premio, al cual me llama Dios desde arriba en Cristo Jesús”. Fil 3,13-14.
En otros casos, la subjetividad nos hace venirnos arriba, volvernos soberbios, arrogantes, seguros de nosotros mismos y mirar a los demás por encima del hombro. La diferencia entre arrogancia y soberbia y agradecimiento y satisfacción está, no en que nos sintamos felices, satisfechos, realizados y logrando nuestros sueños. Eso es buenísimo y necesario. El problema está en ser conscientes de que todo lo que tenemos es un don, un regalo, una prueba diaria del amor providente de nuestro Dios, que cuida de los pájaros del cielo y de los lirios del campo, y con mucho más cariño cuida de nosotros, sus hijos.
“No os engañéis, mis queridos hermanos. Todo buen regalo y todo don perfecto viene de arriba, procede del Padre de las luces, en el cual no hay ni alteración ni sombra de mutación. Por propia iniciativa nos engendró con la palabra de la verdad, para que seamos como primicia de sus criaturas” Stgo 1,16-18.
O, por el contrario, aparece ese misterioso camino de la apropiación. Del excluir a Dios de nuestras vidas y atribuirnos a nosotros los logros y los pasos que vamos dando en nuestra vida. Es una permanente preocupación de Dios el enseñarnos a ser agradecidos, a reconocer de donde nos viene la vida y agradecer los regalos que por puro amor recibimos huyendo de las apropiaciones y las falsas seguridades que nos construimos.
“Cuando el Señor, tu Dios, te introduzca en la tierra que había de darte, según juró a tus padres, Abrahán, Isaac y Jacob, con ciudades grandes y ricas que tú no has construido, casas rebosantes de riquezas que tú no has llenado, pozos ya excavados que tú no has excavado, viñas y olivares que tú no has plantado, y comas hasta saciarte, guárdate de olvidar al Señor que te sacó de Egipto, de la casa de la esclavitud. Al Señor, tu Dios, temerás, a él servirás y en su nombre jurarás. No iréis en pos de otros dioses, de los dioses de los pueblos que os rodean. Porque el Señor, tu Dios, que está en medio de ti, es un Dios celoso”. Dt 6,10-15.
¡Qué fácil es quedarnos con los regalos olvidando las manos y el corazón que nos los regala! Tanto mis miedos y mis inseguridades, como mis logros y éxitos, envuelven mi vida de una apariencia que no es del todo cierta. No soy ni lo peor del mundo, ni lo mejor. No puedo dejar mi vida al ritmo de los aplausos o de los insultos que reciba. Soy más que todo eso. Soy el valor que Dios le da a mi vida. La identidad nueva, el nombre nuevo que él me pone. Como a Pedro, como a Pablo, como a cada uno de nosotros. Ahí la ayuda de la comunidad se vuelve imprescindible.

Cómo podemos vivirlo. Cuando vivimos rodeados de personas que nos quieren, que nos cuidan y nos valoran, sus opiniones sobre nosotros son importantes. Yo no veo cosas de mí, que, desde la perspectiva justa que da la distancia, sí ven los demás. Mis pequeños temores, mis miedos, mis zonas de agradable confort, ahí donde me hago fuerte, allí donde me siento inseguro… Y quizá sea en la escucha de los demás donde más puedo avanzar en el camino de la cuaresma. No reafirmando mis posiciones donde estoy cómodo, sino arriesgándome a salir de mi zona de confort y bogar mar adentro confiado en la voz de Dios que es el que me llama y me guía.

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Audio-homilía: Tanto amó Dios al mundo que envió a su hijo para que se salve por El

Las tres lecturas de hoy nos hablan de cómo podemos aprender a tener una lectura creyente de la realidad. La fe lo ilumina todo (nuestros dolores, sufrimientos, errores, alegrías…) con una nueva luz. Y es que todo lo que le pasa a la humanidad es importante para Dios y por eso Él lo asume.

Si interpretamos los hechos de nuestra vida nosotros solos, pensamos que es un cúmulo de errores y sentimos que no sabemos hacia dónde vamos. La palabra bíblica para definir eso es “tiniebla”. Sin embargo, cuando se enciende el interruptor de la fe, los mismos hechos los comprendo, los entiendo y les veo sentido. Es como ver un puzzle armado o desarmado: las piezas encajan o no.

Dios quiere arrojar el foco de su luz sobre esas oscuridades y sobre esas tinieblas en las que a veces nos metemos. Ese es ejemplo de la primera lectura del segundo libro de las Crónicas. Los judíos ven cómo pierden todo aquello en lo que se apoyaban, cómo les han arrancan su identidad y piensan que Dios les ha abandonado. El profeta les recuerda que Dios nunca ha dejado a su pueblo y les pone frente a sus incongruencias y sus infidelidades.

Esta situación es perfectamente trasladable a nuestra vida diaria. El cambio de mirada de la fe es reconocer con humildad que a lo mejor yo tengo algo que ver cuando las cosas no salen como esperaba, en lugar de culpar a Dios (o a los otros) de que todo me vaya mal. ¡Qué fácil es echar la culpa a todo mi entorno de lo que me ocurre!

En la carta de San Pablo a los Efesios, vemos cómo Pablo llena de fortaleza a una comunidad frágil de apenas 25 personas, dejándoles claro que no nos salvamos por nuestros medios, sino que es Dios el que nos libera.

Y en el evangelio San Juan se nos habla de un gran fracaso. Objetivamente, en Jesús vemos a alguien que se ha llevado un gran castigo por, según los judíos, ir en contra de la ley, alguien a quien hasta sus discípulos han abandonado, alguien de quien los soldados se burlan… Y Juan nos dice que eso que consideramos fracaso o pérdida es el mayor regalo que Dios ha hecho a la humanidad. Eso es una lectura creyente de la realidad: tanto amó Dios al mundo en ese fracasado que devuelve la identidad a nuestras vidas.

Ojalá tengamos fe para acoger y reconocer que ahí hay mucho amor y ojalá interpretemos nuestra realidad desde la fe y no desde la soledad o el pesimismo.

Evangelio según San Juan

Dijo Jesús:
De la misma manera que Moisés levantó en alto la serpiente en el desierto, también es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto, para que todos los que creen en él tengan Vida eterna. Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él, no es condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios. En esto consiste el juicio: la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas. Todo el que obra mal odia la luz y no se acerca a ella, por temor de que sus obras sean descubiertas. En cambio, el que obra conforme a la verdad se acerca a la luz, para que se ponga de manifiesto que sus obras han sido hechas en Dios.

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