Audio-homilía: Festividad de Jesucristo, Rey del Universo

Cuando escuchamos este evangelio, lo primero que podemos hacer es culparnos: “es que es verdad, es que no comparto, es que no ayudo, siempre pienso en mí mismo y me olvido de los demás”… Y, si lo interpretamos así, nos entra el miedo y la tristeza, porque somos conscientes de que no damos la talla y que nos falta mucho. Pero eso el Señor lo sabe.

Ojalá que escuchar cómo va a ser el juicio final sea para nosotros un estímulo y una ilusión y que pensemos en la gran cantidad de cosas que ya hacemos por los demás. Tenemos derecho a reconocer en lo profundo del corazón que con esos detalles diarios construimos el Reino.

Esta fiesta de Cristo, Rey del Universo, nos hace mucha falta. En nuestra vida hay muchas malas noticias. Uno se las promete muy felices y, de repente, como en la película “Lo imposible”, vemos auténticos muros de aguas turbias de 8 o 9 metros que vienen hacia nosotros. Muchos de nuestros días nos sentimos como en medio de un tsunami.

¿En ese contexto, qué significa Cristo, Rey del Universo? El Señor nos dice que, después de tanto terremoto, de tanto movimiento, de tanto sufrimiento, el final de la sangrienta historia de la humanidad va a ser un banquete de bodas en el que celebraremos la victoria de Dios.

Día a día vivimos en esa tensión entre las evidencias que tenemos ante nuestros ojos o vivir creyendo lo que Dios nos ha prometido. Ser hombres de fe es creer con certeza que Dios tiene la última palabra, aunque la vida nos vaya dando revolcones.

Parece que el mal y el sufrimiento nos estén ganando por goleada como un tsunami que nos arrolla. Pero, esperemos a la segunda mitad del partido, que el Rey del Universo vendrá. Seamos conscientes de que, con nuestra colaboración y nuestra sensibilidad, empieza a haber reino de Dios en la tierra. No hay ni una sola persona que no aporte algo al reino de Dios. La diferencia está en ser conscientes de ello o no: terminar el día dichosos por lo que hemos hecho o terminar en la queja y la frustración.

En el juicio final aprobarán los aporten nombres en su corazón, no aquellos que presenten una vida en primera persona del singular.

Ojalá disfrutemos de los signos del reino del Dios que ya hay en nuestra tierra. Ojalá que, cuando las olas del tsunami nos invadan, podamos levantar la cabeza seguros de que el Señor está con nosotros.

Evangelio según San Mateo

Jesús dijo a sus discípulos: “Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria rodeado de todos los ángeles, se sentará en su trono glorioso. Todas las naciones serán reunidas en su presencia, y él separará a unos de otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos, y pondrá a aquellas a su derecha y a estos a su izquierda.
Entonces el Rey dirá a los que tenga a su derecha: ‘Venid, benditos de mi Padre, y recibid en herencia el Reino que os fue preparado desde el comienzo del mundo, porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; estaba de paso, y me alojasteis; desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; preso, y me vinisteis a ver’.
Los justos le responderán: ‘Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer; sediento, y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos de paso, y te alojamos; desnudo, y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o preso, y fuimos a verte?’.
Y el Rey les responderá: ‘Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con el más pequeño de mis hermanos, lo hicisteis conmigo’.
Luego dirá a los de su izquierda: ‘Alejaos de mí, malditos; id al fuego eterno que fue preparado para el demonio y sus ángeles, porque tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber; estaba de paso, y no me alojasteis; desnudo, y no me vestisteis; enfermo y preso, y no me visitasteis’.
Estos, a su vez, le preguntarán: ‘Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento, de paso o desnudo, enfermo o preso, y no te hemos socorrido?’.
Y él les responderá: ‘Os aseguro que cada vez que no lo hicisteis con el más pequeño de mis hermanos, tampoco lo hicisteis conmigo’.
Estos irán al castigo eterno, y los justos a la Vida eterna”.

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Cuando nos superan las dificultades

Introducción. Sentirse pequeño delante de los retos y de las dificultades que la vida nos presenta es muy normal. Nos enfrentamos a diario a problemas, a confusiones, a situaciones nuevas que por ignorancia o por inexperiencia no sabemos resolver. Y nos vemos envueltos en preguntas que no sabemos contestar o conflictos que no sabemos resolver. Ahí hay dos tipos de respuestas. La temerosa y timorata, en la que nos desconcertamos, nos paralizamos, nos ahogamos y nos desesperamos, haciendo del lamento y del victimismo los compañeros de viaje, preguntándonos continuamente “¿Por qué me pasan a mi todas estas cosas? ¿Qué he hecho yo para merecerme esto?”… Y otra mucho más positiva e iluminadora que es la de preguntar con humildad, la de pedir ayuda, la de buscar luz y caminar paso a paso para intentar salir del atolladero. Nadie ha dicho que vivir sea fácil o cómodo. Pero desde la humildad y desde el dejarse ayudar todo se vuelve más fácil.
Es cierto que hay personas que por carácter y por personalidad, son entusiastas y decididas. Otros, por el mismo carácter, son más parados y dubitativos. Pero tanto en un caso como en el otro levantar la mirada y saber que no estamos solos frente a cualquier adversidad es fuente de alegría y de paz. Es imposible que sepamos resolver todos los problemas y dificultades que la vida nos presenta, por eso la actitud de pedir, de dejarnos ayudar, de mostrarnos humildes, es fuente de sabiduría y de crecimiento personal y comunitario. No hay nada más dañino que la arrogancia y la autosuficiencia. Claro que podemos caer, equivocarnos, perdernos y confundirnos. Lo que no podemos es negarlo y no corregir los fallos y los errores que hayamos cometido. Y negar nuestros fallos aleja de nosotros a todas las personas que estaban dispuestas a querernos y a colaborar con nosotros.

Lo que Dios nos dice. “Pues yo os digo a vosotros: Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque todo el que pide recibe, y el que busca halla, y al que llama se le abre. ¿Qué padre entre vosotros, si su hijo le pide un pez, le dará una serpiente en lugar de pez? ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión? Si vosotros, pues, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo piden?” Lc 11,9-13.
Es verdad que es más cómodo y más fácil caminar por situaciones que controlamos y terrenos llanos y sin riesgos aparentes. Es cierto que nuestra tendencia natural es domesticar el entorno. No nos gusta lo desconocido, los espacios en los que no nos sentimos seguros, en los que no controlamos. Pero lo real es que la vida es mucho más dinámica y cambiable de lo que a nosotros nos gustaría. Desde los cambios climáticos, el carácter inestable, los subidones, los bajones, lo desconcertante que es un bebé llorando o no acabar de conocer nunca a las personas con las que convivimos. Todo esto nos prepara para la atención, para la novedad, para ser cuidadosos y para tener capacidad de sorprendernos.
Y si es así, es porque es la única forma de crecer, de mejorar, de aprender. Por mucho que nosotros planifiquemos el futuro ya se encarga la vida de desbaratar nuestros planes y abrirnos a una forma nueva de vivir, que es confiando en que nuestras fuerzas, se apoyan y se sostienen en las de Dios.
“Si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles; si el Señor no guarda a ciudad, en vano vigilan los centinelas. Es inútil que madruguéis, que veléis hasta muy tarde, que comáis el pan de vuestros sudores: ¡Dios lo da a sus amigos mientras duermen!”. Sal 127,1-2.
Las buenas intenciones y los buenos deseos sí que los tenemos a nuestro alcance. Su realización no. Por eso es tan importante aprender a ser humildes, a escuchar más que a hablar, a acoger más que a calcular y diseñar.
“Entonces le dijo uno de la gente: Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia. Él le dijo: Hombre, ¿Quién me ha constituido juez o árbitro entre vosotros? Y le dijo: Mirad: guardaos de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes. Y les propuso una parábola: las tierras de un hombre rico produjeron una gran cosecha. Y empezó a echar cálculos, diciéndose: ¿Qué haré? No tengo donde almacenar la cosecha. Y se dijo: Haré lo siguiente: derribaré los graneros y construiré otros más grandes, y almacenaré allí todo el trigo y mis bienes. Y entonces me diré a mí mismo: Alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe, banquetea alegremente. Pero Dios le dijo: Necio, esta noche te van a reclamar el alma, y ¿de quién será lo que has preparado? Así es el que atesora para sí y no es rico ante Dios”. Lc 12,13-21.

Cómo podemos vivirlo. La gran tristeza del hombre de la parábola es que estaba profundamente solo. “Era tan pobre que no tenía más que dinero”. Lo cantaba Sabina a propósito de Cristina Onassis, pero también es lo que aparece en el evangelio. Las riquezas acaban por materializarnos y metalizarnos el corazón. Ya no vemos personas, vemos clientes. Ya no vemos amistad, solo negocios. Ya no compartimos, sino que cerramos acuerdos. Y el corazón se ahoga de soledad. ¡Qué regalo sentir que nuestros pies no tocan el fondo, porque nos recuerda que tenemos que pedir, que reconocer que las personas que nos rodean son los regalos que Dios nos da para sentir y percibir su amor!

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Renovar las respuestas

Introducción. Cada vez entiendo mejor la pregunta que le hace Jesús a sus discípulos sobre qué es lo que piensa la gente en general de él y qué es lo que ellos, más cercanos y más íntimos, piensan de él. Porque a veces hay mucha distancia entre lo que uno siente de sí mismo y lo que los demás piensan y perciben desde fuera. Nosotros nos movemos en terrenos de sentimientos, de intenciones, de deseos, de frustraciones, de necesidades. Pero, como esos sentimientos se concretan en decisiones, en gestos, en palabras, es un misterio lleno de ambigüedad y de confusión. ¡Cuántos malos entendidos, cuántas malas lecturas de los comportamientos de los demás han provocado enfados y discusiones! Por eso es tan importante poder hacer buenas preguntas que iluminen respuestas claras y sinceras.
“Nada hay más falso y enfermo que el corazón: ¿quién lo conoce? Yo, el Señor, examino el corazón, sondeo el corazón de los hombres para pagar a cada cual su conducta según el fruto de sus acciones”. Jr 17,9-10.
Jesús se acerca a Pedro y le pregunta con sinceridad si le ama. ¿Cómo puede ser tan insistente y hacer con una pregunta tan evidente? Pues a veces es necesario preguntarnos y cuestionarnos todo. No podemos vivir de las decisiones o de las opciones del pasado. No podemos vivir a golpe de inercia, de las opciones del ayer. Todo tiene que volver a convertirse en hoy. No sirve ni la fe de ayer, ni la oración de ayer, ni el amor de ayer. El pan que pedimos al Señor en el Padre Nuestro es el de hoy. El de ayer ya nos lo comimos y nos dio su energía. Nos hace falta el de hoy. Hay que renovar las respuestas a las nuevas preguntas que la vida nos brinda.

Lo que Dios nos dice. “Después de comer, dice Jesús a Simón Pedro: Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos? Él le contestó: Sí, Señor, tú sabes que te quiero. Jesús le dice: Apacienta mis corderos. Por segunda vez le pregunta: Simón, hijo de Juan, ¿me amas? Él le contesta: Sí, Señor, tú sabes que te quiero. Él le dice: Pastorea mis ovejas. Por tercera vez le pregunta: Simón, hijo de Juan, ¿me quieres? Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez: ¿Me quieres? y le contestó: Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero. Jesús le dice: Apacienta mis ovejas. En verdad, en verdad te digo: cuando eras joven tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero, cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará a donde no quieras. Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios. Dicho esto, añadió: Sígueme”. Jn 21,15-19.
Dependiendo de dónde pongamos la atención, nuestra vida se puede construir desde la sinceridad, desde las raíces, desde el interior. O por el contrario buscar la apariencia, la aprobación, la recompensa que viene desde fuera. Son dos tipos muy diferentes de personas los que construyen su casa sobre arena o sobre roca firme. La arena es lo más superficial de nosotros mismos: el éxito, los aplausos, las felicitaciones, los resultados aparentes. Eso nos encanta, el vernos rodeados de opiniones positivas de nosotros mismos. Como las notas del colegio llenas de sobresalientes. Pero todo esto puede hacernos un daño muy grande si nos aleja de nuestra realidad y nos hace olvidar lo frágiles y limitados que somos. La arrogancia y la estupidez están muy asociadas a la superficialidad.
Pero lo que de verdad es roca en la que edificar una vida no son los halagos y los golpes de espalda sino la verdadera opinión de las pocas personas que de verdad nos conocen. No las que están un ratito con nosotros y luego se van, sino las que permanecen a lo largo de una vida. Aquellas a la que no se les engaña ni se les deslumbra con fogonazos de genialidad, sino que nos conocen en los buenos y en los malos momentos, que nos aceptan, nos cuidan y no nos juzgan ni se espantan de nuestras fragilidades. Esas personas reflejan en su existencia la bondad y la misericordia de Dios.
“Al llegar a la región de Cesárea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: «¿Qué dice la gente sobre el Hijo del hombre? ¿Quién dicen que es?». Ellos le respondieron: «Unos dicen que es Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías o alguno de los profetas». «Y vosotros, les preguntó, ¿quién decís que soy?». Tomando la palabra, Simón Pedro respondió: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo». Y Jesús le dijo: «Feliz tú, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo. Y yo te digo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder de la Muerte no prevalecerá contra ella. Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos. Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo». Entonces ordenó severamente a sus discípulos que no dijeran a nadie que él era el Mesías” Mt 16,13-19.

Cómo podemos vivirlo. Jesús no vivía de los milagros que hacía o de lo famoso que se volvía. Su intención no era deslumbrar a las masas, sino estar seguro de que sus más íntimos reconocían que venía de Dios y que a Dios volvía. Que era su Mesías, su hijo amado. Lo demás ya no dependía de él, ni las calumnias, las burlas, los insultos o las manifestaciones llenas de euforia o admiración. Nosotros tenemos que buscar lo mismo. Que las personas que Dios ha asociado a nuestra vida, familia, amigos, hermanos y hermanas de comunidad reciban de nosotros el testimonio de una vida que busca hacer su voluntad. Lo demás ya no depende de nosotros.

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Audio-homilía: Has sido fiel en lo poco, pasa al banquete de tu Señor

Este evangelio nos puede generar incomprensión ante la dureza que se muestra con el que tiene sólo un talento.

En primer lugar, esta parábola nos hace ver que la diferencia es querida por Dios. No nos da a todos los mismos talentos de partida, ni nos quiere iguales o uniformados. Reparte sus dones como quiere y nosotros no seríamos sencillos si como barro le cuestionáramos al alfarero cómo nos está haciendo. Si sentimos que nuestra vida es todo regalo, no tenemos que cuestionar a Dios cómo queremos que nos haga.

Y eso nos pasa continuamente. Nos gusta lo que no tenemos y deseamos lo que no está a nuestro alcance. Esa inquietud radical nos amarga continuamente la existencia, cuando nuestra actitud debería ser vivir en la permanente gratitud de lo que tenemos.

El perfume tiene su realización cuando da aroma a los demás en pequeñas cantidades. El camión cisterna tiene su sentido cuando lleva agua en grandes cantidades a lugares distantes. Y los hombres a veces tendemos a premiar algunos talentos y despreciar otros.

En el mundo no sobra ningún ser humano. Puede que aún no haya descubierto el talento que tiene para poner al servicio de los demás. Cada persona que viene a este mundo viene a enriquecerlo y hay que estar atento para ver de qué forma. Todo es talento: el panadero, el enólogo, el músico, los corredores de maratón…

El problema que nos presenta el evangelio viene ante los que por miedo a negociar, a compartir o a mostrarse esconden sus talentos. Da igual los talentos que tengamos, porque el Señor nos va a pedir según nos a dado.

El gran pecado de los talentos es cuando las capacidades que Dios me ha dado para que yo las haga crecer al servicio de los demás las entierro por miedo o me las apropio por egoísmo.

¿Nos hemos preguntado cada uno qué talentos tenemos, en qué podemos ayudar? Todos tenemos la responsabilidad de implicarnos, de mostrarnos. Podemos elegir pasar por la vida de forma profiláctica, sin contaminarnos y protegiéndonos, o darnos, entregarnos, estar disponibles y hacer que nuestras agendas estén permanentemente desordenadas por las necesidades de los demás. Acabar los días agotados por lo mucho que hemos amado.

Nos cuesta entender en este evangelio porqué al que sólo tiene un talento se le quita y porqué Dios dice que al que tiene se le dará y al que no tiene se le quitará todo. Nuestra mentalidad humana reclama que al que no tiene se le dé más. Pero tiene su explicación: al que tiene amor, pese que tenga muchas actividades en la agenda, siempre dirá que sí a entregarse más. Al generoso se le puede pedir más esfuerzo, porque lo hará. Pero, al que no tiene ganas de amar ni de compartir, al que está encerrado en sí mismo, pídele lo más pequeño que no te lo hará.

Ojalá que el Señor nos recupere el deseo de la entrega y nos libre de esa vida encapsulada en sí misma que no es capaz de reconocer las necesidades de los demás.

Evangelio según San Mateo

Jesús dijo a sus discípulos esta parábola:
El Reino de los Cielos es también como un hombre que, al salir de viaje, llamó a sus servidores y les confió sus bienes. A uno le dio cinco talentos, a otro dos, y uno solo a un tercero, a cada uno según su capacidad; y después partió. En seguida, el que había recibido cinco talentos, fue a negociar con ellos y ganó otros cinco. De la misma manera, el que recibió dos, ganó otros dos, pero el que recibió uno solo, hizo un pozo y enterró el dinero de su señor.
Después de un largo tiempo, llegó el señor y arregló las cuentas con sus servidores. El que había recibido los cinco talentos se adelantó y le presentó otros cinco. ‘Señor, le dijo, me has confiado cinco talentos: aquí están los otros cinco que he ganado’. ‘Está bien, servidor bueno y fiel, le dijo su señor, ya que respondiste fielmente en lo poco, te encargaré de mucho más: entra a participar del gozo de tu señor’.
Llegó luego el que había recibido dos talentos y le dijo: ‘Señor, me has confiado dos talentos: aquí están los otros dos que he ganado’. ‘Está bien, servidor bueno y fiel, ya que respondiste fielmente en lo poco, te encargaré de mucho más: entra a participar del gozo de tu señor’.
Llegó luego el que había recibido un solo talento. ‘Señor, le dijo, sé que eres un hombre exigente: cosechas donde no has sembrado y recoges donde no has esparcido. Por eso tuve miedo y fui a enterrar tu talento: ¡aquí tienes lo tuyo!’. Pero el señor le respondió: ‘Servidor malo y perezoso, si sabías que cosecho donde no he sembrado y recojo donde no he esparcido, tendrías que haber colocado el dinero en el banco, y así, a mi regreso, lo hubiera recuperado con intereses. Quitadle el talento para dárselo al que tiene diez, porque a quien tiene, se le dará y tendrá de más, pero al que no tiene, se le quitará aun lo que tiene. Echad afuera, a las tinieblas, a este servidor inútil; allí habrá llanto y rechinar de dientes’.

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Audio-homilía: Fiesta de la Virgen de la Almudena 2014

Esta Virgen de la Almudena tiene mucho que enseñarnos, porque es una derribadora de muros, como su propia historia nos indica. Curiosamente, tal día como hoy, un 9 de noviembre de hace 25 años se derribó el Muro de Berlín. Pues bien, esta Virgen viene a derribar muros físicos y psicológicos, barreras, prejuicios y miedos que nos separan de los demás.

Los hombres con mucha facilidad hacemos bandos y generamos confrontaciones territoriales, ideológicas, políticas, de sexo… Y buscamos que la política resuelva lo que está en nuestras manos modificar: lo que cambia al mundo es la conversión personal de cada corazón, el cambio concreto de cada uno de nosotros hacia el amor.

Derribemos conscientemente los muros que nos alejan de los demás. Que la política, que el deporte, que los territorios, que las creencias religiosas, etc. no sean muros que nos separen… No nos dejemos llevar por encasillamientos y prejuicios. Los muros se levantan desde el temor y se derriban cuando miramos con confianza que el Padre que nos protege es más fuerte de todas las divisiones.

La imagen de María tiene mucho que enseñarnos: ella permanece al pie de la cruz porque sabe que el dolor que vive su hijo no es definitivo. María es integradora, eucarística, es la sacerdotisa que nos ofrece a su hijo amado para la salvación del mundo, es fuerte porque está convencida de que las promesas de Dios no le van a defraudar. Su fe le hace reconocer que la última palabra no la tienen la maldad del hombre, el dolor o la muerte, sino la misericordia.

Por eso, las mujeres, desde nuestra capacidad integradora, tenemos un papel fundamental en el mundo actual, derribando muros. Y en nuestro Madrid tan incendiado y bullicioso.

Ojalá que todos, como María, tengamos la fe, la confianza y la certeza de que las promesas de Dios se cumplen para evangelizar nuestro Madrid y nuestros entornos.

Evangelio según San Juan

Se acercaba la Pascua de los judíos. Jesús subió a Jerusalén y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas y a los cambistas sentados delante de sus mesas. Hizo un látigo de cuerdas y los echó a todos del Templo, junto con sus ovejas y sus bueyes; desparramó las monedas de los cambistas, derribó sus mesas y dijo a los vendedores de palomas: “Sacad esto de aquí y no hagáis de la casa de mi Padre una casa de comercio”.
Y sus discípulos recordaron las palabras de la Escritura: El celo por tu Casa me consumirá.
Entonces los judíos le preguntaron: “¿Qué signo nos das para obrar así?”.
Jesús les respondió: “Destruid este templo y en tres días lo volveré a levantar”.
Los judíos le dijeron: “Han sido necesarios cuarenta y seis años para construir este Templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?”.
Pero él se refería al templo de su cuerpo.
Por eso, cuando Jesús resucitó, sus discípulos recordaron que él había dicho esto, y creyeron en la Escritura y en la palabra que había pronunciado.

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