Buscando las cosas de arriba

Introducción. Que fácil resultaría nuestra vida si desde el mismo momento de nacer tuviéramos inscrito un código de barras o una etiqueta en la que se definiese cuál es nuestro papel en el mundo, nuestra vocación, nuestra identidad. Vivir felices sería tan fácil como leer la etiqueta y desde niños potenciar y entrenar lo que nos hubiera tocado. Si es jardinero, rodearnos de semillas, de tierra, de herramientas… Si es químico, de un laboratorio. Y si es camarero, de botellas, copas y platitos llenos de cacahuetes y gambas. Nos evitaría esa difícil tarea de construir toda nuestra vida a golpe de decisiones, de elecciones, de fracasos y éxitos, errores y aciertos que nos van definiendo.
Pero lo cierto es que no es así. Nadie nace determinado, predestinado o diseñado para ser tal o cual cosa. Nuestra vida es el regalo increíble, único, irrepetible, al que tenemos que prestar atención para desarrollar todas las capacidades que nos han sido dadas. De los millones de personas que han recorrido nuestro mundo nunca nos vamos a encontrar con una como nosotros. Podemos tener ciertos parecidos, sintonía, química, llevarnos bien, pero nunca vivimos las mismas circunstancias, las mismas familias de origen o no afrontamos de la misma manera las alegrías o las tristezas.
Tenemos por delante una tarea inevitable, que no podemos aplazar, y es la de descubrir cuáles son los talentos que hemos recibido, y cuáles son las mejores circunstancias para ser dichosos, para rendir al máximo nuestros talentos y capacidades al servicio de los demás. La fe nos ayuda muchísimo para encontrar respuestas a esas preguntas ineludibles a lo largo de la vida. Nos vamos construyendo a golpes de libertad, de decisiones, de riesgos. Con todos los aciertos y los errores propios de nuestra libertad. Sería mucho más fácil reproducir en nuestras vidas los comportamientos heredados, sin preguntarnos, sin cuestionarnos, pero nuestra personalidad se niega a ser una copia, un clon, sin opinión, sin criterios propios. Y ahí es donde aparece la maravillosa individualidad. Ahí es donde aparece el misterio de la libertad y del amor acompañado de Nuestro Dios.

Lo que Dios nos dice. “Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrieron los cielos y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una voz de los cielos que decía: Este es mi hijo amado, en quien me complazco”. Mt 3,16-17. Jesús también fue recorriendo el camino de ir descubriendo progresivamente cuál era su identidad, como nosotros hasta llegar a vivir con la identidad nueva que Dios le regaló: ser hijo amado. “Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y una voz desde la nube decía: Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo”. Mt 17,5. Es el Espíritu el que nos desvela la verdad más profunda sobre nosotros mismos, sobre Dios, sobre el futuro sobre todo lo que a nosotros se nos vuelve misterio, difícil de entender. Es el Espíritu el que lo traduce de forma comprensible y clara. “Del mismo modo, el Espíritu acude en ayuda de nuestra debilidad, pues nosotros no sabemos pedir como conviene; pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables. Y el que escruta los corazones sabe cuál es el deseo del Espíritu, y que su intercesión por los santos es según Dios. Por otra parte, sabemos que a los que aman a Dios todo les sirve para el bien; a los cuales ha llamado conforme a su designio”. Rom 8,26-28. Esa confianza hace que nos podamos desplegar de una manera insólita, sin miedos ni temores. Saber quién soy, hijo amado y deseado de Dios, ayuda mucho en los discernimientos de nuestra vida. Nos aleja de las orfandades, de las soledades, de los complejos, de las faltas de autoestima. Porque las decisiones que tomamos nunca son neutrales: o nos hacen crecer en unos frutos de vida y de dicha o nos hieren y nos meten en círculos destructivos que nos entristecen y afean.
“Entrad por la puerta estrecha. Porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos entran por ella. ¡Qué estrecha es la puerta y qué angosto el camino que lleva a la vida! Y pocos dan con él. Cuidado con los profetas falsos; se acercan con piel de oveja, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se cosechan uvas de las zarzas o higos de los cardos? Así, todo árbol sano da frutos buenos; pero el árbol dañado da frutos malos. Un árbol sano no puede dar frutos malos, ni un árbol dañado dar frutos buenos. Por sus frutos los conoceréis”. Mt 7, 13-20. Los frutos son lo más auténtico que damos las personas y que sembramos en los corazones. Los frutos no son la apariencia, no son los títulos, los logros, la imagen externa que proyectamos. Jesús habla de lobos con piel de oveja. Personas que se esfuerzan por aparentar una cosa y en lo profundo son otra. Sepulcros blanqueados que llevan herrumbre en lo más profundo aunque están cargadas de buenas y bonitas palabras. “En verdad os digo que los publicanos y las prostitutas van por delante de vosotros en el reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia y no le creísteis; en cambio, los publicanos y prostitutas le creyeron. Y, aun después de ver esto, vosotros no os arrepentisteis ni le creísteis”. Mt 21,31-32.

Cómo podemos vivirlo. “Si habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra. Porque habéis muerto; y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios”. Col 3,1-3. Se termina el tiempo de Pascua, recibimos al Espíritu en Pentecostés, para no vivir ya como esclavos o como hijos pródigos fuera del hogar, sino como hijos muy amados, muy cuidados, muy acompañados por el amor de Dios del que nadie nos puede separar.

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Audio-homilía: Festividad de San Isidro Labrador. Patrón de Madrid

San Isidro Labrador es el patrón de los labradores y de aquellos que en la cotidianeidad y en la rutina encuentran la novedad. San Isidro fue grande porque descubría, con la mirada de la fe, como lo más sencillo y más cotidiano se convierte en un milagro. Y es que la fe lo ilumnina todo con una nueva luz.

La historia de San Isidro refleja que, si te unes al Señor no te evades de la responsabilidad en la tierra, sino que perfeccionas esa responsabilidad. Cuanto más nos unimos al verdadero Dios, nos implicamos con más intensidad en los conflictos que hay alrededor. La religión no es un opio del pueblo, sino lo que nos abre la conciencia de nuestra implicación en que la gente que nos rodea viva mejor. Dios nos da mucho amor, para meternos en los problemas y llevarlos hasta el final.

San Isidro también nos hace reflexionar sobre ¿a quién acudimos cuando tenemos un problema? ¿Quién acude al Señor en primer lugar cuando necesita la salvación?.

En nuestras días pasan muchas cosas cotidianas que espectaculares. En nuestras vidas hay más normalidad que efervescencia. Pero nuestra felicidad no está en lo que hacemos, sino en lo que Dios dice de nosotros, en la mirada que Dios tiene sobre nosotros. La fuente de nuestras alegrías no está en nuestra eficacia, nuestros resultados, nuestra influencia… Valemos por lo que somos y para Dios somos hijos muy amados.

Pidamos a Dios de que, por mediación de San Isidro, patrón humilde y discreto, encontremos los caminos secretos que nos llevan a la vida.

Audio-homilía: Festividad de San Isidro Labrador. Patrón de Madrid

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¡¡¡ Sí quiero !!!

El pasado sábado acudía a la ceremonia de graduación de una de mis sobrinas. Y el sacerdote, que oficiaba la eucaristía, dijo una frase durante su magnífica homilía que me resonó profundamente: “Ser cristiano es enamorarse del sueño de Dios”.

Nunca lo había visto de esa manera…

Desde que volví del Camino de Santiago (tras vivir una experiencia tremendamente catequética que compartí con vosotros hace unos días), siento por fin a Dios como alguien cercano. Llevaba mucho tiempo buscándole sin hallarle… Evidentemente, no buscaba donde debía…

La catarsis de la peregrinación (ese profundo viaje interior) me ha devuelto a la vida como hija amada en quien Dios se complace, como hija pródiga que regresa al hogar… Y, ante ese milagro, ante semejante derroche de cuidados, de mimos, de regalos… la respuesta no puede ser otra que el agradecimiento infinito y el seguimiento.

Como dice Antoine de Saint-Exupéry en “El Principito”, las personas mayores tendemos a buscar explicaciones a todo, nunca comprendemos las cosas por sí solas y es fastidioso tener que darnos continuamente explicaciones. Complicamos en exceso las cosas: la vida, las relaciones, la toma de decisiones, la vivencia de la fe…
Y el evangelio de hoy lo deja bien clarito: (“Amaos los unos a los otros: esto es lo que os mando” Juan 15,17).

Si partimos de la base de que Dios es Amor (“El que no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor” 1 Jn 4,8), el mensaje está claro y me lleva de nuevo a la reflexión con la iniciaba este post: “Ser cristiano es enamorarse del sueño de Dios”.

Los cristianos no estamos llamados a otra cosa que no sea comprometernos con el proyecto de amor que Dios tiene para todos sus hijos en las circunstancias en las que cada uno vive (en la vida consagrada, como laicos, como hijos, con nuestra pareja, como padres, en nuestro trabajo…). Es convertirnos en herederos y continuadores de su obra, de su sueño…

Más allá de grandes filosofías, ser cristiano no es otra cosa que amar como Dios ama (o, al menos, intentarlo). Cuando amamos (pensemos en lo que sienten unos padres por su hijo o unos enamorados), todo se transforma a nuestro alrededor: vemos todo más bonito, estamos de mejor humor, derrochamos cariño con todos, gozamos más de cualquier pequeño detalle, nos sentimos más vivos… Parecemos personas nuevas, iluminadas… Si eso nos sucede con esos amores humanos que por definición son limitados, ¿qué sucedería si experimentáramos el infinito amor de Dios?…

(“Aspirad a los dones de Dios más excelentes. Voy a mostraros el camino mejor de todos. Aunque hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo amor, no soy más que bronce que resuena o platillos que aturden. Aunque tuviera el don de profecía, penetrara todos los misterios, poseyera toda la ciencia y mi fe fuera tan grande como para cambiar de sitio las montañas, si no tengo amor, nada soy. Aunque repartiera en limosnas todos mis bienes y aunque me dejara quemar vivo, si no tengo amor, de nada me sirve. El amor es comprensivo, el amor es servicial y no tiene envidia; el amor no es presumido ni se envanece; no es mal educado ni egoísta; no se irrita ni guarda rencor; no se alegra con la injusticia, sino que goza con la verdad. Disculpa sin límites, cree sin límites, espera sin límites, soporta sin límites. El amor no pasará jamás” I Corintios, 12,31-13,8) San Pablo también lo deja claro. El camino es aspirar a los mejores dones de Dios. Y el principal es el amor.

Como hijos amados de Dios y herederos de su proyecto y de su obra. estamos llamados todos (no sólo los curas, las monjas o los misioneros) a continuar con el “negocio familiar”, que no es otro que hacer de este mundo un espacio en el que reine el amor. ¡Ese es el proyecto de nuestro Padre! Y, además, nos ha dejado como herencia no sólo esa capacidad de amar sin límites, sino también la fuerza del Espíritu Santo.

¿Estás dispuesto a ser digno hijo de tu Padre? ¿Estás dispuesto a comprometerte con ese proyecto de siembra de amor en la tierra? ¿Estás dispuesto a ser instrumento del amor de Dios en medio de este mundo?…

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Audio-homilía: Solemnidad de la Ascensión 2013

La Fiesta de la Ascensión nos recuerda cuál es el destino definitivo de nuestra existencia. Muchas veces, cuando perdemos la dirección en la que queremos ir en la vida, nos enredamos y confundimos lo definitivo y lo accidental.

Jesús sube al cielo para recordarnos que lo definitivo de nuestra vida no son estos años que estamos aquí. Claro que son importantes y trascendentales, pero no son lo más importante. Es como si un feto pensara que su vida no va a ir más allá del vientre de su madre. Son nueve meses imprescindibles y necesarios, pero no definitivos.

La fiesta de hoy refleja nuestro deseo de crecer.

Las ascensiones buscan recordarnos que no debemos anclarnos, que no echemos raíces, que no seamos posesivos… que no nos convirtamos en árboles, cuando estamos llamados a ser ángeles. Despleguemos las alas que Dios nos ha dado y dejemos de fijar nuestra mirada hacia abajo, hacia nosotros mismos, hacia nuestros problemas. Si vivimos mirándonos el ombligo, no percibimos a los demás, no apreciamos los regalos de la vida y, por supuesto, no descubrimos a Dios. ¡Cuánta gente pasa sus años sin descubrir los múltiples e infinitos regalos, providencias y cuidados del Dios que nos cuida y que nos ama!

Jesús nos propone que miremos hacia arriba. Nuestro día a día es complejo, pero no nos podemos quedar atrapados con la mirada hacia abajo. El Señor nos indica el camino y la meta. Él es la punta de lanza.

Nuestro destino definitivo es la eternidad, la casa del Padre… Nuestra estancia en la tierra es una peregrinación libre y voluntaria hacia la casa del Padre. Es como el Camino de Santiago: una invitación a la que cada cual acude de forma libre y personal.

Como cristianos no se trata de que impongamos a nadie que vaya a la casa del Padre, pero sí podemos exponer lo que experimentamos: que el camino que nos lleva a la casa de Dios le da sentido a nuestra vida, a nuestros éxitos y a nuestros fracasos…

Y, como en el Camino de Santiago, no sólo es importante la meta: las etapas y la propia peregrinación son en sí mismas maravillosas y enriquecedoras.

Que nuestro destino sea el cielo no resta valor al presente, significa que lo vivo todo con mucha más intensidad y con más atención… El cielo no quita la importancia y el sentido de lo que vivimos en la tierra. Igual que la llegada a la Plaza del Obradoiro no resta valor a las etapas recorridas y a lo vivido en la peregrinación a Santiago.

Otra enseñanza relevante de esta fiesta es la importancia de aprender a retirarse a tiempo. Jesús, ascendiendo al cielo, promociona de forma tremenda a sus apóstoles, les hace crecer extraordinariamente. Es muy importante que no nos sintamos imprescindibles, que demos un paso atrás para que los demás crezcan.

Acordémonos diariamente de si nuestros pasos siguen en el Camino y aprendamos a retirarnos a tiempo para que los demás crezcan y nosotros disminuyamos.

Audio-homilía: Solemnidad de la Ascensión 2013

Evangelio según San Lucas

Jesús dijo a sus discípulos: «Todo esto estaba escrito: los padecimientos del Mesías y su resurrección de entre los muertos al tercer día. Luego debe proclamarse en su nombre el arrepentimiento y el perdón de los pecados, comenzando por Jerusalén, y yendo después a todas las naciones, invitándolas a que se conviertan. Vosotros sois testigos de todo esto. Ahora yo voy a enviar sobre vosotros lo que mi Padre prometió. Permaneced, pues, en la ciudad hasta que seáis revestidos de la fuerza que viene de arriba.»
Jesús los llevó hasta cerca de Betania y, levantando las manos, los bendijo.
Y mientras los bendecía, se separó de ellos (y fue llevado al cielo.
Ellos se postraron ante él.) Después volvieron llenos de gozo a Jerusalén, y continuamente estaban en el Templo alabando a Dios.

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Haremos morada en él

Introducción. Cuando se nos plantea qué hacer con unos días libres uno enseguida escucha al corazón y percibe la ilusión que le hace invertir el tiempo en lo que más necesita o en lo que más le apetece o, en el común de los casos, en lo que mejor se pueda según las posibilidades de cada uno. Yo casi nunca puedo disponer de tiempo para mí mismo. Así que frente al puente de primero de mayo no tenía ni muchas expectativas ni muchos planes. Pero yo siento que mi vida la cuida y la protege el que más me quiere y la verdad es que me ha preparado un puente espectacular: rodeado de gente buena con la que compartir, con la que reír, con la que sincerarse, a la que uno siente parte fundamental del camino de la vida. Tiempo de compartir con las personas, eso es lo más valioso que se puede hacer. Amigos nuevos que no conocía y que me han acogido de una manera desproporcionada. Y amigos de toda la vida, de los de mil batallas vividas, con solera. Con alegrías desbordantes y con lágrimas compartidas.
Pero eso es la vida, valorar continuamente todo el amor que recibimos de Dios a través de las personas. Y eso mismo dice Dios de cada uno de nosotros. “Mis delicias están con los hijos de los hombres”. Prov 8,31. Me encanta reconocer que nuestra relación con Dios es recíproca. Nosotros le necesitamos a El. Separados de la fuente somos unos sedientos, unos hambrientos, unos pobres. “Porque tú dices: Yo soy rico, me he enriquecido, y no tengo necesidad de nada; y no sabes que tú eres desgraciado, digno de lástima, pobre, ciego, y desnudo. Te aconsejo que me compres oro acrisolado al fuego para que te enriquezcas; y vestiduras blancas para que te vistas y no aparezca la vergüenza de tu desnudez; y colirio para untarte los ojos a fin de que veas. Yo, a cuantos amo, reprendo y corrijo; ten pues celo y conviértete”. Ap 3,17-19. Pero él también nos necesita a nosotros. El deseo de Dios es que sus hijos vivamos y lo hagamos en abundancia. La vida no es sólo acumular días, meses, años, subsistiendo. “Alégrate hija de Sión, grita de gozo Israel, regocíjate y disfruta con todo tu ser, hija de Jerusalén. El Señor ha revocado tu sentencia, ha expulsado a tu enemigo. El rey de Israel, el Señor, está en medio de ti, no temas mal alguno. Aquel día se dirá a Jerusalén: ¡No temas! ¡Sión, no desfallezcas! El Señor tu Dios está en medio de ti, valiente y salvador; se alegra y goza contigo, te renueva con su amor; exulta y se alegra contigo como en un día de fiesta. Acabé con tu mal, con el peso de tu oprobio.” Sof 3,14-18. Es descubrir el regalo enorme que supone el amor de Dios que nos rescata y nos salva, y nos regala la amistad, el amor, la acogida, la gratuidad.
“No te hablé a escondidas, en un país tenebroso, no dije a la estirpe de Jacob: Buscadme en el vacío”. Is 45,19. No juegas al escondite con la humanidad. No nos regalas la vida, para luego arrojarnos en el sinsentido, en la duda y en la oscuridad. Por eso cuando encuentro signos de resurrección, de vida, de plasmaciones reales de la voluntad de Dios en nuestra tierra me alegro tanto, y agradezco las oportunidades que la vida me brinda, de reconocerlos, de vivirlos, de compartirlos.

Lo que Dios nos dice. “Comportaos así, reconociendo el momento en que vivís, pues ya es hora de despertaros del sueño, porque ahora la salvación está más cerca de nosotros que cuando abrazamos la fe. La noche está avanzada, el día está cerca: dejemos, pues, las obras de las tinieblas y pongámonos las armas de la luz. Andemos como en pleno día, con dignidad”. Rom 13,11-13. Estamos más cerca de la salvación porque cada vez tenemos más motivos para la gratitud y la alegría. Cada nuevo día que pasa es un motivo más para confiar en el Señor, que nos cuida, que nos rodea de las personas y de las circunstancias que nos hacen falta. Nos sobran los motivos para la sorpresa, para la confianza, para la esperanza, si reconocemos que hay muchísimas personas que amanecen cada día con el firme propósito de vivir acompañados, amando, sirviendo, escuchando. Reconocer supone un esfuerzo por prestar atención a lo que nos ocurre. Si vivo despistado, disperso, adormecido, se me escapan los signos visibles y palpables del amor que nos rodea.
“En verdad, en verdad os digo: vosotros lloraréis y os lamentaréis, mientras el mundo estará alegre; vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría. La mujer, cuando va a dar a luz, siente tristeza, porque ha llegado su hora; pero, en cuanto da a luz al niño, ni se acuerda del apuro, por la alegría de que al mundo le ha nacido un hombre. También vosotros ahora sentís tristeza; pero volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestra alegría”. Jn 16.20-22.

Cómo podemos vivirlo. Estos días he sido testigo de cómo pueden convivir personas súper diferentes de edad, de gustos, de ideologías, miles de jóvenes llenos de vitalidad, y paisanos manchegos tranquilos, serenos, observando, sin miedos, sin prejuicios. Donde lo que se mira no es la imagen, las pintas, los pelos, sino la sonrisa y el color de los ojos. He visto ganas de vivir. He visto alegría, compromiso, humor, danza, ritmo, crítica y deseo de cambio. Organización, excesos, cansancio y suciedad. Pero todo eso que es la vida, construido por miles de personas anónimas que han comprometido su tiempo, su esfuerzo, su dinero en poder crear algo que no estaba. Y estoy firmemente convencido de que el mundo se despierta cada mañana con millones de corazones que viven para el amor, para la ayuda, para superar juntos las dificultades que nos trae la vida. Por eso que nunca el desaliento nos quite la fuerza y el ánimo de creer en la resurrección.

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