Aprender a resucitar

Introducción. De la misma manera que dedicamos mucho tiempo a mirar nuestra vida, para captar en qué aspectos necesitamos convertirla, cambiarla, transformarla para salir de las tinieblas al reino de la luz, tenemos que dedicar lo mejor de nuestros esfuerzos a aprender a vivir como hombres y mujeres nuevos. A resucitar se aprende. A que la negatividad deje paso a la alegría se aprende. A que las personas tóxicas, que nos cuestan y que nos enfurecen, dejen de serlo y pasen a ser los hermanos y las hermanas que más nos necesitan, se aprende. A que los ambientes llenos de desánimo, de miedos, de cálculos, pasen a ser ambientes de locura en el Espíritu, llenos de esperanza, de creatividad, de alegría, también se aprende.
Estoy seguro de que Jesús resucitado, saliendo del sepulcro, viendo la piedra movida, lleno de vida renovada, estrenando humanidad resucitada, tuvo que preguntarse: “Y ahora ¿Qué? ¿Hacia dónde dirijo mis pasos?” Y estoy convencido que la respuesta del Padre fue: “Haz lo único que sabes hacer ¡Amarlos!”.
La Cuaresma está llena de actividades, de prácticas, de retiros, de experiencias de desierto, de exámenes de conciencia, en los que nos sentimos agradablemente cómodos reconociendo lo malos que somos y lo pecadores que somos. Es sorprendente la facilidad que tenemos para reconocer nuestros fallos, nuestras heridas, nuestras frustraciones. Y lo que nos cuesta reconocer cuáles son nuestros talentos, nuestras capacidades y habilidades para ponerlas al servicio de los demás. De la misma manera la Iglesia tiene que poder ofrecer caminos, prácticas, especialidades llenas de vida y de creatividad para que comprendamos que todo el esfuerzo que vivió Jesús en su pasión mereció la pena. Fue para algo, para encontrar una novedad hasta ahora desconocida que lo llena todo de novedad. ¡Bienvenidos a la vida nueva!

Lo que Dios nos dice. “De modo que nosotros desde ahora no conocemos a nadie según la carne; si alguna vez conocimos a Cristo según la carne, ahora ya no lo conocemos así. Por tanto, si alguno está en Cristo es una criatura nueva. Lo viejo ha pasado, ha comenzado lo nuevo. Todo procede de Dios, que nos reconcilió consigo por medio de Cristo y que nos encargó el ministerio de la reconciliación. Porque Dios mismo estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo, sin pedirles cuenta de sus pecados, y ha puesto en nosotros el mensaje de la reconciliación. Por eso, nosotros actuamos como enviados de Cristo, y es como si Dios mismo exhortara por medio de nosotros. En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios. Al que no conocía el pecado, lo hizo pecado a favor nuestro, para que nosotros llegáramos a ser justicia de Dios en él”. 2ª Cor 5, 16-21.
Ser criaturas nuevas depende de con quién estamos. No tiene tanto que ver con que cambien mis circunstancias externas, sino con cómo y con quién las vivo. Si estamos con Jesús, el nos regala la novedad que nuestra vida necesita. El hace nuevas todas las cosas. Todas las realidades. Todas las personas. Porque tiene la capacidad de renovar nuestro corazón, quitándole los miedos, los temores, las reservas. Y nos posibilita vivir todo como si estrenáramos la vida.
Jesús lo reconcilia todo, porque Él ya lo ha reconciliado en su interior. Nosotros mantenemos nuestros odios, nuestros rencores, nuestros juicios y nuestras sentencias, porque no somos capaces de reconciliarnos con los demás. Favorecemos lo que nos diferencia y nos separa. Vivimos muy a gusto rodeados de enemigos y de adversarios. Así nos evitamos el continuo trabajo de acercarnos al que es diferente a nosotros en su manera de vivir, de pensar, de actuar. Hacer que el mundo esté lleno de fronteras y de gente no grata, hace que sean menos los esfuerzos que tenemos que hacer por amar.
Por eso el tiempo de Pascua es un tiempo de seguir trabajando, tiempo de seguir en camino. No sería justo que todos nuestros esfuerzos por vivir la conversión, no fueran por lo menos tan intensos como los esfuerzos por vivir la Resurrección. Es tiempo de renovar la mirada, de renovar el corazón, de liberarnos de las miradas que encasillan y que separan a las personas entre buenas y malas. Y es tiempo de ser creativos buscando la reconciliación. El tiempo del encuentro, de despertarnos del sueño, de dejar las actividades de las tinieblas.
“Comportaos así, reconociendo el momento en que vivís, pues ya es hora de despertaros del sueño, porque ahora la salvación está más cerca de nosotros que cuando abrazamos la fe. La noche está avanzada, el día está cerca: dejemos, pues, las obras de las tinieblas y pongámonos las armas de la luz. Andemos como en pleno día, con dignidad”. Rom 13,11-13.

Cómo podemos vivirlo. Es propio de la Pascua el activar nuestro dinamismo misionero. Vivir impulsados por una alegría que nace de dentro a vivir como hijos e hijas de Dios. Es tiempo de dejar los miedos, la timidez y la vergüenza, y de poder compartir, sin miedo al rechazo que nuestra fe se fundamenta en la vida de Jesús. Muerto por amor, pero resucitado por el desborde de amor del Padre, que en vez de juzgar y condenar a la humanidad por la dureza de su corazón y por no haber acogido a su Hijo Jesús, nos regala una nueva oportunidad para experimentar qué es la misericordia. Amor desbordado, generoso, incapaz de ser comprendido o analizado, porque supera todo lo que la humanidad es capaz de entender. Amor que devuelve la vida a su Hijo Jesús y que, por él, devuelve la vida a todos los hijos de Adán, a todos los hombres y mujeres, que llenos de miedos, de ruptura y de temores frutos del pecado, son capaces ahora de inaugurar una libertad, una alegría y un amor que ya nadie les podrá quitar.

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¿No era necesario?

Introducción. Reconciliar nuestro pasado es uno de los frutos más claros de la Pascua. Es lo que Jesús busca como una de las principales prioridades después de resucitar. Ir donde están los discípulos, asustados, con miedo, con las puertas cerradas, huyendo hacia el olvido. Con una gran carga de culpabilidad, de queja, de decepción, de sentimientos de fracaso total del proyecto de Jesús, con cierto sabor a engaño, a gran mentira de todo lo soñado, lo ilusionado, lo imaginado. Y, al mismo tiempo, avergonzados de su cobardía y de su respuesta mediocre e inestable frente a las dificultades. Reconociéndose profundamente asalariados y nada buenos pastores.
“Yo soy el Buen Pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas; el asalariado, que no es pastor ni dueño de las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye; y el lobo las roba y las dispersa; y es que a un asalariado no le importan las ovejas. Yo soy el Buen Pastor, que conozco a las mías, y las mías me conocen, igual que el padre me conoce, y yo conozco al Padre; yo doy mi vida por las ovejas”. Jn 10, 11-15.
Como Jesús predijo antes de que ocurriera, la comunidad se fraccionó, se rasgó, se deshizo. Ese es uno de los primeros síntomas que nos anuncia un gran fracaso: la división, el enfrentamiento, la mutua acusación. En el éxito, cuando se gana, cuando se cumplen los objetivos, todo el mundo se une para salir en la foto y para atribuirse parte del éxito logrado. Pero en el fracaso, sea del tipo que sea, por ejemplo electoral dentro de un partido político, o en el mundo del deporte, o en el ámbito familiar (las malas notas de los hijos o la situación crítica en la economía doméstica), lo primero que se despierta es la acusación y la búsqueda de culpables. Adán ve clarísima la culpa de Eva. Eva se justifica con la serpiente. En la cruz de Jesús todos eran cómplices de su muerte y de su abandono. Se focaliza la mirada en Judas, en Herodes, en Pilatos, en Caifás, pero todos, de una manera u otra, aportaron su granito de arena en la consecución del desastre.
A los discípulos les vino grande toda la tormenta de críticas, de juicios, de calumnias, de acusaciones que le sobrevinieron a Jesús. Ni tenían la vida apoyada en una roca suficientemente fuerte, ni sentían un amor tan total, como para permanecer de pie hasta el final. Sólo las mujeres, como María la madre de Jesús, María Magdalena, María la de Cleofás, y Juan apoyado en ellas, estuvieron de pie junto a la cruz. Los demás huyeron despavoridos como niños asustados. Y las cosas mal vividas y mal recordadas, que no se cierran bien, se quedan convertidas en heridas que continuamente nos duelen y vuelven una y otra vez a recordarnos lo terrible que ha sido lo vivido. Por eso es fundamental reconciliar lo vivido, los errores, las meteduras de pata e integrarlas como parte de nuestra historia, como situaciones que nos han ayudado a ser hoy, en nuestro presente, quienes somos.

Lo que Dios nos dice. “Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo. Él les dijo: ¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino? Ellos se detuvieron con aire entristecido. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió: ¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha pasado allí estos días? Él les dijo: ¿Qué? Ellos le contestaron: Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió (…) Entonces él les dijo: ¡Qué torpes y necios sois para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrará así en su gloría?… Y, comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las escrituras”. Lc 24, 17-27
Después de haber tenido un accidente de tráfico da pánico volver a conducir. Después de un fracaso en una relación afectiva nos da miedo volver a enamorarnos. Después de lo que vivió Jesús en su Vía Crucis y en su pasión lo lógico hubiera sido alejarse para siempre de ese grupo de ingratos discípulos, que le vendieron, de esas autoridades religiosas judías, que lo calumniaron, torturaron y condenaron a muerte. Alejarse de todo ese ejército romano que le escupió, le azotó y se burló de Él. Pues ocurrió todo lo contrario, Jesús resucitado, vencedor de la muerte y de todas las injusticias que sufrió, renueva toda su capacidad de amar, pone en marcha su capacidad de perdón, y se dedica a reconciliar a todos los que sintiéndose fatal, culpables, despreciables, sin posibilidad de recibir perdón, necesitan de todo su amor y de toda su misericordia.
Ratifica en sus cargos a los apóstoles. No culpa, no denuncia, no corrige, solo se convierte en el portador de la paz, de la vida, del amor. Se dedica a rescatar a la humanidad sumergida en los pozos profundos de la tristeza, del aislamiento, de la culpa.

Cómo podemos vivirlo. Lo que parecía que era el final, los que pensaban que todo estaba perdido, de repente son conscientes de vivir en el principio de algo nuevo. Todo vuelve a hacerse nuevo. El hielo del corazón se descongela y el sol de la vida y de la luz se vuelve claridad, sonrisa. Se dejan las lágrimas y el luto. Vuelven los abrazos y las danzas.
“Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz”. Lc 1,78-79.

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Audio-homilía: II Domingo de Pascua. A los ocho días llegó Jesús

El tiempo pascual lo podemos vivir de forma pasiva: el Señor ha resucitado, lo recibimos y lo acogemos como un regalo y no hacemos nada más, salvo esperar que esa resurrección alcance todos los rincones de nuestra vida.

Sin embargo, este evangelio nos dice que la colaboración humana es imprescindible para que las situaciones cotidianas resuciten también. El Señor ha resucitado. Ahora nos toca a nosotros empezar a ver que nuestro día a día iluminado con la esperanza de la resurrección. Pasar de la tristeza de ser hombre a la alegría de ser hijos de Dios. Ese es el itinerario que hemos de hacer en Pascua.

Celebrar la Pascua no es un recuerdo histórico. En el mundo de hoy sigue habiendo Pasión y muerte. Hay gente que sigue muriendo en el camino de la cruz. Sigue habiendo conflictos, tensiones, guerras, violencia… Y eso nos puede hacer dudar de la resurrección del Señor. ¿De qué sirve celebrar la Vigilia Pascual si en la tierra sigue habiendo sufrimientos?

El Señor nos dice que Pascua no es idealización, sino presencia de Dios que transforma nuestros miedos en alegría. Jesús se presenta a una comunidad encerrada por miedo. Que el Señor resucite no significa la dispersión de todos los sufrimientos. Estamos en la iglesia que trabaja, en la iglesia peregrina, en la iglesia que con todo su esfuerzo va transformando realidades llenas de oscuridad en caminos de luz.

Resucitar significa que mi mirada, acompañada por Cristo resucitado, me hace ver al otro no con la evidencia de mis juicios sino con la misericordia de Dios. Se trata de no juzgar mi mundo con criterios periodísticos, sino implicándome de corazón. De esa forma no veré fracaso sino vida. Jesús no fracasó, Fue consciente de lo que pasaba pero transformó todo lo que hizo por el amor que puso.

Ojalá resucitemos de esa forma. Eso no significará la ausencia de problema, sino que estoy tan lleno de confianza en el Señor que soy capaz de vivir convencido de que Él va a actuar.

Jesús no nos pide una fe a ciegas, sino que la confianza nos inunde tanto que estemos convencidos de que vivamos lo que vivamos lo vamos a hacer con el Señor. Jesús es cercanía. Cristo resucitado se pone en medio de unos apóstoles acobardados y su saludo es “Paz a vosotros”, no reproches.

Somos personas, familias, amigos, comunidades no ideales que trabajan para ser mejores cada día, convencidos de que la última palabra no la tiene el sufrimiento, sino Dios.

Que el entusiasmo de cómo Dios nos mira contagie el nuestro y que podamos hacer las cosas de cada día llenos de ilusión y de ganas, sin quejas, sin perezas, sin reproches. Que el Señor nos toque el corazón, que vivamos iluminados por el Espíritu y que nos apasione este tiempo que el nos regala poder vivir.

Evangelio según San Juan 20,19-31

Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: «La paz con vosotros». Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús les dijo otra vez: «La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío». Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor». Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré».

Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro y Tomás con ellos. Se presentó Jesús en medio estando las puertas cerradas, y dijo: «La paz con vosotros». Luego dice a Tomás: «Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente». Tomás le contestó: «Señor mío y Dios mío». Le dice Jesús: «Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído».

Jesús realizó en presencia de los discípulos otras muchas señales que no están escritas en este libro. Éstas han sido escritas para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre.

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Testigos de la Resurrección

Introducción. El camino de fe que vamos recorriendo con más o menos fidelidad nos va mostrando cómo nuestra vida no sigue unos ideales, unas normas, unos valores o un código moral, sino a una persona viva, que ilusiona, que propone, que acompaña, que compromete, que ama, que enseña, que corrige, que advierte… Mi vida no la he entregado a una institución religiosa, ni a una congregación, ni a un proyecto humano. Mi vida se va desgastando día a día, año tras año, siguiendo los pasos del que ha vencido a la muerte y le ha abierto una puerta, para siempre, al resto de la humanidad.
“De esa manera vuestra conducta será digna del Señor, agradándole en todo; fructificando en toda obra buena, y creciendo en el conocimiento de Dios, fortalecidos plenamente según el poder de su gloria para soportar todo con paciencia y magnanimidad, con alegría, dando gracias a Dios Padre, que os ha hecho capaces de compartir la herencia del pueblo santo en la luz. Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas y nos ha trasladado al reino del Hijo de su amor, por cuya sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados”. Col 1,10-14.
Esta palabra ilumina lo que para mí es fundamental del tiempo de Pascua, del espíritu del resucitado habitando en nuestros corazones. Es tiempo de dar frutos, de mirar hacia atrás en nuestras vidas y reconocer que el camino está bien trazado, bien recorrido, acompañados por el Buen Jesús, vencedor de la muerte y del dolor. Es tiempo de crecer, de sentir que no estamos ni quietos ni estancados. Es tiempo de sentirnos más libres, más alegres, más perdonados, más capaces de amar, de perdonar, de compartir nuestro corazón misericordioso. Y sobre todo ser testigos del resucitado, por la alegría que permanece en nuestros rostros y en nuestro corazón. Es tiempo de mirar de frente todas las dificultades de nuestras vidas y reconocer con ánimo que todas están vencidas. “Os he hablado de esto, par que encontréis la paz en mí. En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo”. Jn 16,33.
Se ha convertido para mí en una ilusión diaria, en una compañía. La resurrección de Jesús es lo único que justifica nuestro compromiso personal y comunitario. Porque Él vive, porque Él habla, porque nos ama, porque nos llama, porque nos invita a seguirle, por eso hay Iglesia, por eso hay sacramentos, por eso durante veintiún siglos, al soplo del Espíritu, se ha ido reinventando sin traicionarse este mensaje que es sencillo y, al mismo tiempo, profundamente misterioso.

Lo que Dios nos dice. El amor es más fuerte que la muerte. Y no sólo la muerte física, sino todas las muertes que nos van acompañando a lo largo de nuestras vidas.
“Pues si los muertos no resucitan, tampoco Cristo ha resucitado; y, si Cristo no ha resucitado, vuestra fe no tiene sentido, seguís estando en vuestros pecados; de modo que incluso los que murieron en Cristo han perecido. Si hemos puesto nuestra esperanza en Cristo sólo en esta vida, somos los más desgraciados de toda la humanidad. Pero Cristo ha resucitado de entre los muertos y es primicia de los que han muerto. Si por un hombre vino la muerte, por un hombre vino la resurrección”. 1ª Cor 15, 16-21.
Si el final de todas nuestras ilusiones, de todos nuestros sueños, de todas nuestras aspiraciones, es el fracaso, la destrucción y la pérdida de todo y de todos a los que amamos, estaríamos mal hechos de origen. Sería penoso y cruel que Dios nos pusiera la zanahoria apetecible delante de los ojos y que nunca pudiéramos alcanzarla y comérnosla. Presos de una contradicción fundamental. Tenemos aspiraciones de vida eterna, infinita, que no termine todo aquello que valoramos, que el tiempo no pase, que se detenga. Por eso fotografiamos medio mundo, media vida, por eso grabamos en vídeo, por eso se ha pintado, se ha esculpido, se ha cantado, se ha compuesto poesía a lo largo de los siglos. Todas las manifestaciones artísticas tienen que ver con el deseo de trascendencia, de dejar a las futuras generaciones las maravillas de las que por suerte, por regalo, hemos sido testigos. Nadie es amigo del final, de la muerte, de las pérdidas o de las despedidas. ¡Cómo nos duelen los aeropuertos, las estaciones de tren, los finales de las vacaciones! ¡Cómo duele dejarnos ir, la desesperación del que se queda sólo, dejando que su amor y su vida se vayan! Pues Dios no es diferente. También experimenta la ruptura y el dolor. Jesús y Lázaro nos muestran una de las escenas más conmovedoras de todo el evangelio.
“Cuando llegó María adonde estaba Jesús, al verlo se echó a sus pies diciéndole: Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Jesús, viéndola llorar a ella y viendo llorar a los judíos que la acompañaban, se conmovió en su espíritu, se estremeció y preguntó: ¿Dónde lo habéis enterrado? Le contestaron: Señor ven a verlo. Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban: ¡Cómo lo quería! Pero algunos dijeron: Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que este muriera? Jesús, conmovido de nuevo en su interior, llegó a la tumba y dijo: Quitad la losa”. Jn 11,32-39.

Cómo podemos vivirlo. La muerte es una de las causas principales de la tristeza en la historia de la humanidad. ¡Cuánto misterio en torno a ella, cuánta impotencia, cuánta energía se consume por el rechazo a frontal a una de las certezas de nuestra vida! Como nacemos pasando de la placidez del seno materno, a lo desconocido del mundo exterior, del mismo modo la muerte nos comunica de esta vida histórica, afectada por la fragilidad y el sufrimiento, a las manos del Dios que nos ha creado y que nos ama eternamente. Ojalá aprendamos a vivir sin miedos.

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Audio-homilía: Domingo de Ramos 2015

Escuchar una vez al año el relato de la Pasión nos ilumina de la potencia que tiene esta historia, de lo grande que es lo vivió Jesús, porque pasa por todo lo profundo que la humanidad es capaz de vivir.

Si uno medita la Pasión y pone nombre a actitudes que aparecen en los personajes de la Pasión, reconoce cómo se describe todo lo que es la humanidad. Ve el miedo en unos apóstoles, que se sienten atraídos por el Jesús triunfador del Domingo de Ramos pero que, según van viendo la peligrosidad de la situación, van alejándose. Reconoce cómo aparecen la negación y la cobardía en un Pedro que es capaz de negar por tres veces al Maestro. Se contemplan la ambición, la ambigüedad, la crueldad, la hipocresía de los fariseos…

Pero, sobre todo, el relato de la Pasión es una invitación a que fijemos la mirada en Jesús: ese hombre que, en medio de un escenario de miseria humana, es capaz de pasar por medio del valle de los huesos, los corazones y la humanidad secos y ser como el agua que brota sanando a esa humanidad. La Pasión es el reflejo de cómo la gracia, el amor, la esperanza y la misericordia de Dios son capaces de transformar el desierto en un vergel.

La Pasión tiene mucho que ver con la situación actual que vive hoy nuestro mundo. Este relato no es una escena de una obra teatral. Lo que pasa en el evangelio sucede en la humanidad en la actualidad: hay juicios, hay inocentes que mueren víctimas del sinsentido… Estos días estamos consternados al descubrir que las vidas de 150 personas pueden depender de la salud mental de una persona. Pero, no es sólo eso: también en mi día a día, si yo estoy mal, más de 150 personas sufren mi malestar.

La Pasión del Señor nos invita a decidir qué personaje queremos ser y cuánto de lejos o de cerca del Señor queremos ir.

Jesús no fue una persona que estaba en el lugar y en el momento adecuado, sino que representa la conciencia de que Él vino para esto… y eso se refleja en Getsemaní. Allí, Jesús demuestra humanidad (reflejada en sus temores y dudas), pero también claridad y luminosidad (reconociendo que en la muerte hay vida, siendo consciente de que su vida ha estado siempre en manos de un Dios que ni siquiera en ese momento le va a abandonar).

Todos hemos vivido situaciones humanas de cruz: muertes, abandonos, traiciones, miedo, soledad. Pero Jesús nos dice que el amor es más fuerte que la muerte, nos pide que no frenemos nuestros sueños, que aceleremos en el amor y que experimentemos la resurrección.

Dediquemos un tiempo diario en esta Semana Santa para conectar con ese Jesús que nos invita a no tener miedo, a reconocer que en Getsemaní el Padre expulsa el temor de Jesús: el amor expulsa el temor. Y el Jesús que va hasta el extremo es el que vive libre: ya no hay barro, sólo hay tesoro. El Dios que devuelve a la vida a Jesús se la devuelve a toda la humanidad.

Evangelio según San Marcos

Faltaban dos días para la fiesta de la Pascua y de los panes ácimos. Los sumos sacerdotes y los escribas buscaban la manera de arrestar a Jesús con astucia, para darle muerte. Porque decían: “No lo hagamos durante la fiesta, para que no se produzca un tumulto en el pueblo”.
Mientras Jesús estaba en Betania, comiendo en casa de Simón el leproso, llegó una mujer con un frasco lleno de un valioso perfume de nardo puro, y rompiendo el frasco, derramó el perfume sobre la cabeza de Jesús.
Entonces algunos de los que estaban allí se indignaron y comentaban entre sí: “¿Para qué este derroche de perfume? Se hubiera podido vender por más de trescientos denarios para repartir el dinero entre los pobres”. Y la criticaban.
Pero Jesús dijo: “Dejadla, ¿por qué la molestáis? Ha hecho una buena obra conmigo. A los pobres los tendréis siempre con ustedes y podéis hacerles bien cuando quieran, pero a mí no me tendréis siempre.
Ella hizo lo que podía; ungió mi cuerpo anticipadamente para la sepultura. Os aseguro que allí donde se proclame la Buena Noticia, en todo el mundo, se contará también en su memoria lo que ella ha hecho”.
Judas Iscariote, uno de los Doce, fue a ver a los sumos sacerdotes para entregarles a Jesús. Al oírlo, ellos se alegraron y prometieron darle dinero. Y Judas buscaba una ocasión propicia para entregarlo.
El primer día de la fiesta de los panes ácimos, cuando se inmolaba la víctima pascual, los discípulos dijeron a Jesús: “¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la comida pascual?”.
El envió a dos de sus discípulos, diciéndoles: “Id a la ciudad; allí os encontraréis con un hombre que lleva un cántaro de agua. Seguidlo y decidle al dueño de la casa donde entre: El Maestro dice: ‘¿Dónde está mi sala, en la que voy a comer el cordero pascual con mis discípulos?’. El os mostrará en el piso alto una pieza grande, arreglada con almohadones y ya dispuesta; preparad allí lo necesario”.
Los discípulos partieron y, al llegar a la ciudad, encontraron todo como Jesús les había dicho y prepararon la Pascua.
Al atardecer, Jesús llegó con los Doce.
Y mientras estaban comiendo, dijo: “Os aseguro que uno de vosotros me entregará, uno que come conmigo”.
Ellos se entristecieron y comenzaron a preguntarle, uno tras otro: “¿Seré yo?”.
El les respondió: “Es uno de los Doce, uno que se sirve de la misma fuente que yo. El Hijo del hombre se va, como está escrito de él, pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre será entregado: más le valdría no haber nacido!”.
Mientras comían, Jesús tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: “Tomad, esto es mi Cuerpo”. Después tomó una copa, dio gracias y se la entregó, y todos bebieron de ella. Y les dijo: “Esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos.
Os aseguro que no beberé más del fruto de la vid hasta el día en que beba el vino nuevo en el Reino de Dios”.
Después del canto de los Salmos, salieron hacia el monte de los Olivos. Y Jesús les dijo: “Todos vosotros os vais a escandalizar, porque dice la Escritura: Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas.
Pero después que yo resucite, iré antes que vosotros a Galilea”.
Pedro le dijo: “Aunque todos se escandalicen, yo no me escandalizaré”.
Jesús le respondió: “Te aseguro que hoy, esta misma noche, antes que cante el gallo por segunda vez, me habrás negado tres veces”.
Pero él insistía: “Aunque tenga que morir contigo, jamás te negaré”. Y todos decían lo mismo.
Llegaron a una propiedad llamada Getsemaní, y Jesús dijo a sus discípulos: “Quedaos aquí, mientras yo voy a orar”.
Después llevó con él a Pedro, Santiago y Juan, y comenzó a sentir temor y a angustiarse.
Entonces les dijo: “Mi alma siente una tristeza de muerte. Quedaos aquí velando”.
Y adelantándose un poco, se postró en tierra y rogaba que, de ser posible, no tuviera que pasar por esa hora.
Y decía: “Abba -Padre- todo te es posible: aleja de mí este cáliz, pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya”.
Después volvió y encontró a sus discípulos dormidos. Y Jesús dijo a Pedro: “Simón, ¿duermes? ¿No has podido quedarte despierto ni siquiera una hora? Permaneced despiertos y orad para no caer en la tentación, porque el espíritu está dispuesto, pero la carne es débil”.
Luego se alejó nuevamente y oró, repitiendo las mismas palabras.
Al regresar, los encontró otra vez dormidos, porque sus ojos se cerraban de sueño, y no sabían qué responderle.
Volvió por tercera vez y les dijo: “Ahora podéis dormir y descansar. Esto se acabó. Ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levantaos! ¡Vamos! Ya se acerca el que me va a entregar”.
Jesús estaba hablando todavía, cuando se presentó Judas, uno de los Doce, acompañado de un grupo con espadas y palos, enviado por los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos.
El traidor les había dado esta señal: “Es aquel a quien voy a besar. Detenedle y llevadle bien custodiado”.
Apenas llegó, se le acercó y le dijo: “Maestro”, y lo besó.
Los otros se abalanzaron sobre él y lo arrestaron. Uno de los que estaban allí sacó la espada e hirió al servidor del Sumo Sacerdote, cortándole la oreja.
Jesús les dijo: “Como si fuera un bandido, habéis salido a arrestarme con espadas y palos. Todos los días estaba entre vosotros enseñando en el Templo y no me arrestaron. Pero esto sucede para que se cumplan las Escrituras”.
Entonces todos lo abandonaron y huyeron.
Lo seguía un joven, envuelto solamente con una sábana, y lo sujetaron; pero él, dejando la sábana, se escapó desnudo.
Llevaron a Jesús ante el Sumo Sacerdote, y allí se reunieron todos los sumos sacerdotes, los ancianos y los escribas.
Pedro lo había seguido de lejos hasta el interior del palacio del Sumo Sacerdote y estaba sentado con los servidores, calentándose junto al fuego.
Los sumos sacerdotes y todo el Sanedrín buscaban un testimonio contra Jesús, para poder condenarlo a muerte, pero no lo encontraban.
Porque se presentaron muchos con falsas acusaciones contra él, pero sus testimonios no concordaban.
Algunos declaraban falsamente contra Jesús:
“Nosotros lo hemos oído decir: ‘Yo destruiré este Templo hecho por la mano del hombre, y en tres días volveré a construir otro que no será hecho por la mano del hombre'”.
Pero tampoco en esto concordaban sus declaraciones.
El Sumo Sacerdote, poniéndose de pie ante la asamblea, interrogó a Jesús: “¿No respondes nada a lo que estos atestiguan contra ti?”.
El permanecía en silencio y no respondía nada. El Sumo Sacerdote lo interrogó nuevamente: “¿Eres el Mesías, el Hijo de Dios bendito?”.
Jesús respondió: “Sí, yo lo soy: y veréis al Hijo del hombre sentarse a la derecha del Todopoderoso y venir entre las nubes del cielo”.
Entonces el Sumo Sacerdote rasgó sus vestiduras y exclamó: “¿Qué necesidad tenemos ya de testigos?
Acabáis de oír la blasfemia. ¿Qué les parece?”. Y todos sentenciaron que merecía la muerte.
Después algunos comenzaron a escupirlo y, tapándole el rostro, lo golpeaban, mientras le decían: “¡Profetiza!”. Y también los servidores le daban bofetadas.
Mientras Pedro estaba abajo, en el patio, llegó una de las sirvientas del Sumo Sacerdote
y, al ver a Pedro junto al fuego, lo miró fijamente y le dijo: “Tú también estabas con Jesús, el Nazareno”.
El lo negó, diciendo: “No sé nada; no entiendo de qué estás hablando”. Luego salió al vestíbulo.
La sirvienta, al verlo, volvió a decir a los presentes: “Este es uno de ellos”.
Pero él lo negó nuevamente. Un poco más tarde, los que estaban allí dijeron a Pedro: “Seguro que eres uno de ellos, porque tú también eres galileo”.
Entonces él se puso a maldecir y a jurar que no conocía a ese hombre del que estaban hablando.
En seguida cantó el gallo por segunda vez. Pedro recordó las palabras que Jesús le había dicho: “Antes que cante el gallo por segunda vez, tú me habrás negado tres veces”. Y se puso a llorar.
En cuanto amaneció, los sumos sacerdotes se reunieron en Consejo con los ancianos, los escribas y todo el Sanedrín. Y después de atar a Jesús, lo llevaron y lo entregaron a Pilato.
Este lo interrogó: “¿Tú eres el rey de los judíos?”. Jesús le respondió: “Tú lo dices”.
Los sumos sacerdotes multiplicaban las acusaciones contra él.
Pilato lo interrogó nuevamente: “¿No respondes nada? ¡Mira de todo lo que te acusan!”.
Pero Jesús ya no respondió a nada más, y esto dejó muy admirado a Pilato.
En cada Fiesta, Pilato ponía en libertad a un preso, a elección del pueblo. Había en la cárcel uno llamado Barrabás, arrestado con otros revoltosos que habían cometido un homicidio durante la sedición. La multitud subió y comenzó a pedir el indulto acostumbrado.
Pilato les dijo: “¿Quieren que os ponga en libertad al rey de los judíos?”.
El sabía, en efecto, que los sumos sacerdotes lo habían entregado por envidia.
Pero los sumos sacerdotes incitaron a la multitud a pedir la libertad de Barrabás.
Pilato continuó diciendo: “¿Qué debo hacer, entonces, con el que llamáis rey de los judíos?”.
Ellos gritaron de nuevo: “¡Crucifícalo!”.
Pilato les dijo: “¿Qué mal ha hecho?”. Pero ellos gritaban cada vez más fuerte: “¡Crucifícalo!”.
Pilato, para contentar a la multitud, les puso en libertad a Barrabás; y a Jesús, después de haberlo hecho azotar, lo entregó para que fuera crucificado.
Los soldados lo llevaron dentro del palacio, al pretorio, y convocaron a toda la guardia.
Lo vistieron con un manto de púrpura, hicieron una corona de espinas y se la colocaron.
Y comenzaron a saludarlo: “¡Salud, rey de los judíos!”.
Y le golpeaban la cabeza con una caña, le escupían y, doblando la rodilla, le rendían homenaje.
Después de haberse burlado de él, le quitaron el manto de púrpura y le pusieron de nuevo sus vestiduras. Luego lo hicieron salir para crucificarlo.
Como pasaba por allí Simón de Cirene, padre de Alejandro y de Rufo, que regresaba del campo, lo obligaron a llevar la cruz de Jesús.
Y condujeron a Jesús a un lugar llamado Gólgota, que significa: “lugar del Cráneo”.
Le ofrecieron vino mezclado con mirra, pero él no lo tomó. Después lo crucificaron. Los soldados se repartieron sus vestiduras, sorteándolas para ver qué le tocaba a cada uno. Ya mediaba la mañana cuando lo crucificaron. La inscripción que indicaba la causa de su condena decía: “El rey de los judíos”. Con él crucificaron a dos ladrones, uno a su derecha y el otro a su izquierda.

Los que pasaban lo insultaban, movían la cabeza y decían: “¡Eh, tú, que destruyes el Templo y en tres días lo vuelves a edificar, sálvate a ti mismo y baja de la cruz!”.
De la misma manera, los sumos sacerdotes y los escribas se burlaban y decían entre sí: “¡Ha salvado a otros y no puede salvarse a sí mismo! Es el Mesías, el rey de Israel, ¡que baje ahora de la cruz, para que veamos y creamos!”. También lo insultaban los que habían sido crucificados con él.
Al mediodía, se oscureció toda la tierra hasta las tres de la tarde;
y a esa hora, Jesús exclamó en alta voz: “Eloi, Eloi, lamá sabactani”, que significa: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”.
Algunos de los que se encontraban allí, al oírlo, dijeron: “Está llamando a Elías”.
Uno corrió a mojar una esponja en vinagre y, poniéndola en la punta de una caña le dio de beber, diciendo: “Vamos a ver si Elías viene a bajarlo”.
Entonces Jesús, dando un gran grito, expiró.
El velo del Templo se rasgó en dos, de arriba abajo.
Al verlo expirar así, el centurión que estaba frente a él, exclamó: “¡Verdaderamente, este hombre era Hijo de Dios!”.
Había también allí algunas mujeres que miraban de lejos. Entre ellas estaban María Magdalena, María, la madre de Santiago el menor y de José, y Salomé, que seguían a Jesús y lo habían servido cuando estaba en Galilea; y muchas otras que habían subido con él a Jerusalén.
Era día de Preparación, es decir, víspera de sábado. Por eso, al atardecer, José de Arimatea -miembro notable del Sanedrín, que también esperaba el Reino de Dios- tuvo la audacia de presentarse ante Pilato para pedirle el cuerpo de Jesús.
Pilato se asombró de que ya hubiera muerto; hizo llamar al centurión y le preguntó si hacía mucho que había muerto. Informado por el centurión, entregó el cadáver a José.
Este compró una sábana, bajó el cuerpo de Jesús, lo envolvió en ella y lo depositó en un sepulcro cavado en la roca. Después, hizo rodar una piedra a la entrada del sepulcro.
María Magdalena y María, la madre de José, miraban dónde lo habían puesto.

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