Nuestros nombres ya están escritos en el cielo

Introducción.“La fe se fortalece dándola”, decía San Juan Pablo II, y en muchos de los mensajes que recibimos de parte del Señor a través de su palabra se nos invita a formar parte de los trabajadores que van a la viña. La Iglesia insiste en la permanente invitación a que nos sintamos obreros dispuestos a ofrecer lo mejor que tenemos y somos frente a la abundante mies que se presenta delante de nosotros.
Se reconoce por todos lados que hace falta una primavera del laicado en la que vayamos dejando de ser espectadores pasivos, que acuden a la Iglesia a beneficiarse de los servicios que allí se brindan, y pasemos a ser parte integrante de la comunidad, en la que se vive la preocupación y la alegría de lo que ocurre en la familia, de lo que se ríe y de lo que se llora. Se nos pide ser cualificados anunciadores de las maravillas que el Señor obra en medio de nosotros.
No basta acudir a escuchar lo que otros nos cuentan: no somos público, ni clientes, ni consumidores. No estamos en el patio de butacas de un teatro, opinando de si nos gusta la obra o qué nos parece tal o cual actor. Nuestro papel debe ser mucho más protagonista y decisivo. No buscando resultados visibles, o famas, o reconocimientos, pero sí la conciencia de poner lo que cada uno tiene y lo que es al servicio de un proyecto que no es humano, que no depende de estrategias, de planes o de grandes organizaciones, sino que es el Espíritu el que anima y dirige la marcha de la comunidad. Respondemos todos a una llamada que recibimos del mismo Señor; “La mies es abundante y los obreros pocos; rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies. ¡Poneos en camino!”. Lc 10,2-3.

Lo que Dios nos dice. “Los setenta y dos volvieron con alegría, diciendo: ‘Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre’. Él les dijo: ‘Estaba viendo a Satanás caer del cielo como un rayo. Mirad: os he dado el poder de pisotear serpientes y escorpiones y todo poder del enemigo, y nada os hará daño alguno. Sin embargo, no estéis alegres porque se os someten los espíritus; estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo'”. Lc 10,17-20.
Una de las frases que más recuerdo de nuestro fundador Jaime Bonet es que “la vida del apóstol y evangelizador, está generalmente más tiempo en estado de desolación, que de consolación”. Siempre me ha sorprendido esta afirmación, porque, pensando en los discípulos de Jesús, ellos volvían muy contentos de sus acciones misioneras. Llena el corazón de alegría ver que nuestro paso por la vida de las personas deja un sabor agradable, un buen recuerdo. Pero lo que Jesús enseña a los evangelizadores de todos los tiempos es que la motivación para anunciar la palabra de Dios no puede asociarse a los resultados que se obtienen. Porque es cierto que hay jornadas misioneras llenas de aplausos, de valoraciones, de reconocimientos. Pero hay otras llenas de ingratitud, de soledad, de rechazo, de franca oposición o manifiesta hostilidad. Y no por ello debemos dejar de ser palabra que anima, que consuela, que libera. El propio Jesús vivió en sus carnes el fracaso y el rechazo.
“Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo echaron fuera del pueblo y lo llevaron hasta un precipicio del monte sobre el que estaba edificado su pueblo, con intención de despeñarlo. Pero Jesús se abrió paso entre ellos y seguía su camino”. Lc 4,28-30.
Es necesario que los anunciadores encontremos razones más sólidas y más arraigadas en lo profundo del corazón, para asumir con fidelidad la tarea evangelizadora y el compromiso con la fe, que los aplausos, las efímeras euforias contagiosas, los reconocimientos o las alabanzas. Porque puede que hoy estén y mañana no. Porque la opinión de la gente es tan cambiante que se puede pasar del populismo al olvido en muy poco tiempo. Jesús vivió en sus carnes el rechazo de los más cercanos: los vecinos de su querido Nazaret. Una experiencia así de traumática podía haberle hecho olvidar el deseo de anunciar: volverse tímido, callado, silencioso, invisible, herido en su orgullo y en su autoestima, culpando a todo el mundo de su fracaso, victimizado. Pero, al contrario, su reacción fue dejar Nazaret e ir a Cafarnaún y seguir enseñando, convencido de lo que el mismo Pablo decía:
“Por esto, encargados de este ministerio por la misericordia obtenida, no nos acobardamos; al contrario, hemos renunciado a la clandestinidad vergonzante, no actuando con intrigas ni falseando la palabra de Dios; sino que, manifestando la verdad, nos recomendamos a la conciencia de todo el mundo delante de Dios. Y si nuestro Evangelio está velado, lo está entre los que se pierden, los incrédulos, cuyas mentes ha obcecado el dios de este mundo para que no vean el resplandor del Evangelio de la gloria de Cristo, que es imagen de Dios. Porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo como Señor, y a nosotros como siervos vuestros por Jesús. Pues el Dios que dijo: Brille la luz del seno de las tinieblas ha brillado en nuestros corazones, para que resplandezca el conocimiento de la gloria de Dios reflejada en el rostro de Cristo”. 2ª Cor 4,1-6.

Cómo podemos vivirlo. No nos predicamos a nosotros mismos, no buscamos promociones, crecimientos personales, admiradores o palmeros. Buscamos, con toda la sinceridad que permite nuestro ambiguo corazón, que las personas se encuentren de forma personal con Aquel que les ha amado primero. Y no desfallecemos en nuestra tarea. Ser misionero no depende de los años que se tengan, ni de las fuerzas, las capacidades o los talentos. No depende de geografías o mapas. Depende de lo agradecidos que estemos de nuestra propia experiencia de sentirnos salvados, redimidos y liberados.

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Audio-homilía: Día del Domund 2014. Pagadle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios

La celebración del Domund es una invitación a que levantemos la mirada de nuestra realidad cotidiana y de nuestros agobios y a que la preocupación que nos invada no sean solo las cosas que nos tocan sino la realidad global del mundo. Se nos llama a ensanchar el corazón y a descubrir que lo que pasa en África con el ébola, en México con las desapariciones de estudiantes, en Oriente Próximo, en China… son cosas que nos afectan a todos. Las situaciones de cada ser humano, por el amor de Dios que nos conecta a todos, también tienen que ver con nosotros.

Tenemos que huir de imágenes tópicas y alejadas de nuestra vida real. Ser misionero no depende tanto de la geografía sino de cuánto me implico con las necesidades de los demás. Se puede ser misionero en medio de nuestra realidad cotidiana, porque ser misionero es no pasar de largo frente al sufrimiento del que tenemos cerca.

Misionero es aquel al que le invade una buena noticia y la quiere compartir con gratuidad. Todos somos misioneros de aquello que nos llena por dentro. Las buenas noticias no se publicitan desde los medios. El poder de convicción más fuerte de la humanidad es la comunicación boca-oreja. Todos podemos elegir ser misioneros de buenas noticias, de amor, de apoyo… o profetas de desgracias, de críticas, de sufrimientos.

El misionero tiene otra mirada: no ve problemas, ve posibilidades; no ve situaciones de alarma, sino ocasiones para que el evangelio cale en los corazones. Podemos empezar por cada uno de nosotros y decidir si queremos ser anunciadores de buenas noticias o transmisores de tristeza.

Los misioneros van a donde Dios le necesita, para con su pobre corazón ser reflejo de la misericordia divina. Y Pasan por lugares que nunca habrían elegido a priori, transformando el dolor en compasión y descubriendo lo que el amor y la compasión pueden hacer, cuando uno hace suyas las calamidades de los demás.

Nuestro mundo está anémico de amor y Dios se encarga de encontrarnos a cada uno de nosotros y salvarnos con su gracia y misericordia. Ojalá que todos, en nuestros ámbitos o fuera de ellos, podamos ser misioneros y hacer lo mismo que Él hace por nosotros con cada uno de nuestros hermanos.

Evangelio según San Mateo

Los fariseos se reunieron entonces para sorprender a Jesús en alguna de sus afirmaciones. Y le enviaron a varios discípulos con unos herodianos, para decirle: “Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas con toda fidelidad el camino de Dios, sin tener en cuenta la condición de las personas, porque tú no te fijas en la categoría de nadie. Dinos qué te parece: ¿Está permitido pagar el impuesto al César o no?”.
Pero Jesús, conociendo su malicia, les dijo: “Hipócritas, ¿por qué me tendéis una trampa? Mostradme la moneda con que pagáis el impuesto”. Ellos le presentaron un denario. Y él les preguntó: “¿De quién es esta figura y esta inscripción?”. Le respondieron: “Del César”. Jesús les dijo: “Dad al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios”.

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Aprender a despedirse

Introducción. He estado en poco tiempo en varias despedidas. La de Antonio María Rouco despidiéndose de nuestra vicaría. La de Rafa el misionero destinado a Venezuela después de haber estado estos últimos cuatro años compartiendo con nosotros en Madrid. La de Carlos Osoro, ex arzobispo de Valencia, y nuevo arzobispo de Madrid, despidiéndose de Valencia. La de Kelly y Dinora misioneras que se van a Guatemala y Perú respectivamente.
Siempre dan mucha pena las despedidas, porque se mezclan y se confunden las emociones y los sentimientos. Por un lado, la tristeza de dejar un lugar que se ama mucho, a unas personas que forman parte de la propia vida. Por otro lado, la esperanza de que los cambios supongan nuevos retos, nuevos aprendizajes, tanto para el que se va como para los que nos quedamos. Nuevas personas a las que conocer, que aparecen en el camino de nuestras vidas y que nos enriquecen y nos aportan. Las despedidas nos presentan una tensión entre el deseo de quedarse y la atracción que ejerce sobre nosotros lo nuevo y desconocido. Como el temor de un bebé en el vientre de su madre, al que le ha llegado la hora de nacer. Por una parte, el deseo de quedarse cómodo en lo conocido. Por otra, la fuerza de la vida que nos hace nacer siempre de nuevo.
Dejar un lugar, las personas, los espacios es un ejercicio continuado a lo largo de una vida, y que conviene aprender a integrar, hasta que forme parte de nuestra propia vida. No hay otra forma de aprender a vivir ligeros de equipaje, experimentando siempre con novedad los continuos regalos que la vida nos presenta.
Por muy bonito que sea lo que estamos viviendo, si la vida nos cambia, nos desinstala, nos remueve, es porque algo nuevo y diferente nos espera. Y nuestra mente y nuestro corazón tienen que aprender a vivir de forma liberada y desapegada, con los brazos extendidos, dispuestos a acoger y a abrazar los nuevos caminos por los que Dios nos va llevando. Si queremos sentir la novedad, la ilusión y el aire limpio golpeando nuestra cara, tenemos que abrir las ventanas, que salga el aire enrarecido y cerrado, y dejar nuestra comodidad y seguridad, lanzándonos a caminar por terrenos nuevos, desconocidos, pero confiados en que nos acompaña quien más nos ama.

Lo que Dios nos dice. “El Señor me dirigió la palabra: Grita y que te oiga todo Jerusalén: Esto dice el Señor: Recuerdo tu cariño juvenil, el amor que me tenías de novia, cuando ibas tras de mí por el desierto, por tierra que nadie sembraba”. Jr 2,1-2.
Es el reclamo que nos hace muchas veces el Señor, sobre todo a ciertas edades, en las que hemos sustituido la emoción por vivir, por la seguridad, la placidez, el control, evitando sobresaltos y preocupaciones. El gran ídolo de nuestros tiempos es la seguridad, y lo cierto es que es utópica. Las circunstancias, la salud, la economía, las decisiones de los demás, nos recuerdan que vivimos permanentemente en la provisionalidad. Somos peregrinos desde el mismo momento en que nacemos.
“Comprendió Jesús que querían preguntarle y le dijo: ¿Estáis discutiendo de eso que os he dicho: Dentro de poco ya no veréis, pero dentro de poco me volveréis a ver? En verdad, en verdad os digo: vosotros lloraréis y os lamentaréis, mientras el mundo estará alegre; vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría. La mujer, cuando va a dar a luz, siente tristeza, porque ha llegado su hora; pero, en cuanto da a luz al niño, ni se acuerda del apuro, por la alegría de que al mundo le ha nacido un hombre. También vosotros ahora sentís tristeza; pero volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestra alegría”. Jn 16,19-22.
Jesús fue preparando su despedida con sus discípulos. En numerosas ocasiones les prevenía de lo que le iba a pasar en Jerusalén, y no lo hacía para entristecerlos o asustarlos, sino para hacerles conscientes de la realidad. La vida es una continua adquisición y una permanente pérdida. Nos va capacitando y regalando ciertas capacidades, y vamos dejando marchar otras. Y no es motivo de agobio o angustia. Es aprender a reconocer que el origen de todos los regalos es el mismo: el Dios amigo de la vida, que en todo momento nos acompaña y ayuda a reconocer que todo es don, todo es gracia, todo es ocasión y oportunidad de dejarnos amar por su amor. Hay veces en que es muy fácil reconocerlo. Otras veces, la oscuridad, la tiniebla, el dolor y el miedo nos dificultan mucho la comprensión de porqué nuestras vidas se tienen que acercar tanto al misterio de la cruz, del dolor, del sufrimiento. Pero, tanto en la luz como en las tinieblas, nuestra vida está acompañada y cuidada.
Aprender a despedirnos es también aprender a soltar, a cerrar páginas, a no ir cargados toda la vida con el lastre de nuestros errores, y de nuestros fallos.
“Hermanos, yo no pienso haber conseguido el premio. Solo busco una cosa: olvidándome de lo que queda atrás y lanzándome hacia lo que está por delante, corro hacia la meta, hacia el premio, al cual me llama Dios desde arriba en Cristo Jesús”. Fil 3,13-14.

Cómo podemos vivirlo. Si a lo largo de una vida hemos ido aprendiendo a despedirnos seguro que aprovechamos mucho el tiempo, las personas, los lugares. Todo el tiempo que le dedicamos a un mal amor, a la nostalgia, a los recuerdos, se lo estamos quitando al buen amor del presente. A lo que hoy se me brinda como oportunidad. A la gente viva que hoy tengo a mi lado. Llorando las pérdidas, nos olvidamos de los que nos necesitan aquí y ahora.

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Audio-homilía: A todos los que encontréis invitadlos a la boda

Este evangelio habla de muchas cosas que nos pasan a nosotros y traduce lo que Dios vive con la humanidad.

Y lo primero que vive es una ilusión muy grande por hacer de nuestra vida una fiesta. Se nos plantea si vivimos la religión como una oferta de fiesta o como una carga, como un cumplimiento. Para el Señor vivir el seguimiento de Cristo tendría que suponer para nosotros lo que vivimos cuando vamos a un banquete.

En esta parábola, también se ve la ilusión con la que el Padre monta el banquete: la boda de su Hijo con la humanidad. Y, tras la preparación no ocurre lo que Él había imaginado. Los invitados no hacen caso a su invitación. Es increíble ver cómo la humanidad desoye una y otra vez el regalo de Dios para vivir como hermanos en una permanente fiesta y, en cambio, convertimos el mundo en una batalla campal, en un arrojarnos culpas unos a otros, resolviendo los conflictos a dentelladas, sin arrimar el hombro por el objetivo común.

En el evangelio, ante la realidad del rechazo de sus invitados se decepciona y monta en cólera, pero su segundo pensamiento es invitar a otra gente, facilitanto el acceso a todos: “invitad a los que os encontréis”. Se pasa del merito y del esfuerzo, a la gratuidad. Gracias a eso, se llena el banquete. Eso pasa con nosotros: ninguno de nosotros hemos accedido a la fe por mérito, sino por gracia.

Y en la boda se experimenta el ambiente festivo. Pero el Rey se da cuenta de que uno no está en ambiente de fiesta. Este personaje es como el hermano mayor de la parábola del hijo pródigo, alguien tibio que no vibra con el regalo la fe, alguien que no vive el gozo de estar en el banquete. Y Dios le dice que a su casa se entra desde la libertad no desde la obligación o la tibieza. La Iglesia de hoy necesita opciones personales para entrar a formar parte de esta familia.

Ojalá que sintamos que estamos aquí porque el Señor nos ha invitado a una fiesta y porque hemos respondido libre y voluntariamente a este regalo de su misericordia.

Evangelio según San Mateo

Jesús habló en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, diciendo: “El Reino de los Cielos se parece a un rey que celebraba las bodas de su hijo.
Envió entonces a sus servidores para avisar a los invitados, pero estos se negaron a ir. De nuevo envió a otros servidores con el encargo de decir a los invitados: ‘Mi banquete está preparado; ya han sido matados mis terneros y mis mejores animales, y todo está a punto: Venid a las bodas’. Pero ellos no tuvieron en cuenta la invitación, y se fueron, uno a su campo, otro a su negocio; y los demás se apoderaron de los servidores, los maltrataron y los mataron.
Al enterarse, el rey se indignó y envió a sus tropas para que acabaran con aquellos homicidas e incendiaran su ciudad. Luego dijo a sus servidores: ‘El banquete nupcial está preparado, pero los invitados no eran dignos de él. Salid a los cruces de los caminos e inviten a todos los que encuentréis’.
Los servidores salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, buenos y malos, y la sala nupcial se llenó de convidados.
Cuando el rey entró para ver a los comensales, encontró a un hombre que no tenía el traje de fiesta.
‘Amigo, le dijo, ¿cómo has entrado aquí sin el traje de fiesta?’. El otro permaneció en silencio.
Entonces el rey dijo a los guardias: ‘Atadnlo de pies y manos, y arrojadlo afuera, a las tinieblas. Allí habrá llanto y rechinar de dientes’. Porque muchos son llamados, pero pocos son elegidos”

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El poder del querer

Introducción. Octubre es un mes muy misionero, y creo que recibimos una invitación permanente de parte del Señor a compartir las buenas noticias, sencillas, que de forma gratuita Él nos regala. Es el tiempo en que se nos invita a dar un paso adelante y sentirnos cada vez más protagonistas en la misión evangelizadora de la Iglesia. La fe no es patrimonio del clero, de la jerarquía, de los religiosos, de los teólogos, sino que es una experiencia que nos llena de alegría y de razones para la esperanza. No se anuncia ni se comparte la alegría por un encargo o por una obligación, sino que la condición necesaria es tener en el corazón razones y motivos para estar alegre. ¡Cuántas iniciativas verdaderamente llenas de Espíritu nacen de los corazones intrépidos y de la ilusión y de la valentía que regala el Señor resucitado al corazón que se deja tocar por él!
“Cuantos se dejan llevar por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios. Pues no habéis recibido un espíritu de esclavitud, para recaer en el temor, sino que habéis recibido un Espíritu de hijos de adopción, en el que clamamos: Abba, Padre. Ese mismo Espíritu da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios; y, si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo; de modo que, si sufrimos con él, seremos también glorificados con él”. Rom 8,14-17.
Y todos somos invitados a esta creatividad y a esta acción entusiasta de contagiar las cosas buenas que Dios hace en la pequeñez de su pueblo. Nadie nos tiene que pedir celebrar un triunfo deportivo de uno de nuestros equipos. Nadie tiene que animarnos desde fuera para saltar y disfrutar de un concierto de música. Un corazón enamorado lo expresa mucho más allá de si se le propone o no, sale espontáneo, casi sin querer. Pues ese estado de ánimo es el que tiene que acompañar la vida de la Iglesia. Mucho más flexible, entusiasta, con arrebatos de locura espontánea y no atrapado en las viejas formas, ritos, tradiciones: odres viejos que no responden a las necesidades, ni al lenguaje que necesitan comprender los hombres y las mujeres de hoy.

Lo que Dios nos dice. “Como los discípulos de Juan y los fariseos estaban ayunando, vinieron unos y le preguntaron a Jesús: Los discípulos de los fariseos ayunan. ¿Por qué los tuyos no? Jesús les contesta: ¿Es que pueden ayunar los amigos del esposo, mientras el esposo está con ellos? Mientras el esposo está con ellos, no pueden ayunar. Llegarán días en que les será arrebatado el esposo; aquel día sí que ayunarán. Nadie echa un remiendo de paño sin remojar a un manto pasado, porque la pieza tira del manto -lo nuevo de lo viejo- y deja un roto peor. Tampoco se echa vino nuevo en odres viejos; porque el vino revienta los odres, y se pierde el vino y los odres; a vino nuevo, odres nuevos”. Mc 2,18-22.
Se acercan a Jesús pidiéndole explicaciones y casi con exigencias. ¿Por qué no vives la religión como siempre la hemos vivido poniendo los medios de piedad que nos hacen justos, el ayuno, las purificaciones, las leyes? Y la respuesta de Jesús, es muy iluminadora. No es lo que yo os traigo una religión de normas, sino de corazón, de amistad, de amor. La alegría del vino nuevo, de la vida nueva, del Dios nuevo, del mundo nuevo, no cabe en los viejos moldes, las viejas estructuras, los viejos temores y enjuiciamientos. Hay miedo a lo nuevo, a los cambios, cuando se tiene puesta la confianza en las estructuras, en la aparente inmovilidad de lo tradicional, en la seguridad que ofrece lo conocido. Pero Jesús viene a renovarlo todo, al ritmo de Dios, y de su Espíritu, que no sabemos de dónde viene, ni a donde va. Pero que lo llena todo de su ímpetu, de su suave brisa, de sus vientos de cambio.
“En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles: “ld y proclamad que el reino de los cielos está cerca. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios. Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis. No llevéis en la faja oro, plata ni calderilla; ni tampoco alforja para el camino, ni túnica de repuesto, ni sandalias, ni bastón; bien merece el obrero su sustento. Cuando entréis en un pueblo o aldea, averiguad quién hay allí de confianza y quedaos en su casa hasta que os vayáis. Al entrar en una casa, saludad; si la casa se lo merece, la paz que le deseáis vendrá a ella. Si no se lo merece, la paz volverá a vosotros. Si alguno no os recibe o no os escucha, al salir de su casa o del pueblo, sacudid el polvo de los pies. Os aseguro que el día del juicio les será más llevadero a Sodoma y Gomorra que a aquel pueblo”. Mt 10,7-15.

Cómo podemos vivirlo. Ojalá comencemos este curso con la ilusión de quien nos ha asociado en este momento de nuestras vidas. No sabemos cómo será el futuro ni qué nos tiene preparada la providencia. Pero hoy estamos cerca y nos toca responder a las necesidades de nuestro mundo cercano, de nuestros metros cuadrados de influencia. En mi casa, en mi trabajo, en mi familia, yo soy el misionero y la misionera. Yo soy en cada momento (con mis hijos, con mis amigos…) el portador de luz, de vida nueva, de sorpresas, de creatividad. No estamos llamados a ayunar, a vivir con penitencias, sino a crear ambientes de reino, de paz, de fiesta, como el banquete al que Dios nos ha invitado desde antes de la creación del mundo. Y en lo que podamos ayudarnos se nos invita a escucharnos, a sumar, a proyectar, a soñar, que la paz de Dios toca todos los rincones y a todos los que habitamos este lugar llamado mundo.

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