Audio-homilía: Domingo de Ramos 2014

La lectura de la Pasión de Jesús nos mueve a pedir que ojalá que nos unamos afectivamente a la figura de Cristo, porque si no la Semana Santa la podemos vivir como meros espectadores.

La intención del Señor al vivir y sufrir todo esto que hemos leído es acercarse profundamente a la humanidad que sigue experimentando muchas de las cosas que el sufrió. Todos tenemos experiencias de cruz, de fragilidad en las diferentes etapas de nuestra vida. Cruz es todo aquello que nos recuerda que somos limitados y que no somos autosuficientes, lo que nos provoca inseguridad, lo que nos recuerda que no somos fuertes, el camino del empobrecimiento.

Jesús entra muy rico en Jerusalen, aclamado por las multitudes, e inicia un paulatino y total proceso de empobrecimiento. Primero pierde a todos esos seguidores que pasan de jalearle a pedir su crucifixión, luego pierde a sus amigos que le niegan o le abandonan, después pierde salud física y dignidad humana y acaba perdiendo hasta la vida. Todo eso era evitable, pero el Señor no lo evitó para unirse a los hombres en nuestras pérdidas y en nuestras cruces.

El Camino de la Semana Santa es reconocer que Dios a ese hombre aparentemente fracasado le da la dignidad más grande del mundo: ser señor de las naciones.

Ojalá que vivamos y acojamos todas las buenas nuevas que la Semana Santa nos trae: que el jueves celebremos la alegría del pan que se parte, que el viernes adoremos la cruz, que en la Vigilia Pascual y el domingo de Resurrección disfrutemos de la victoria de Jesús sobre la muerte. Y ojalá que seamos una comunidad resucitada y resucitadora que pretende cambiar las soledades por alegría y los lutos por danzas.

Audio-homilía: Domingo de Ramos 2014

Pasión de Jesucristo según San Mateo

Unos días antes de la fiesta de Pascua, los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo se reunieron en el palacio del Sumo Sacerdote, llamado Caifás, y se pusieron de acuerdo para detener a Jesús con astucia y darle muerte. Pero decían: “No lo hagamos durante la fiesta, para que no se produzca un tumulto en el pueblo”.
Entonces uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a ver a los sumos sacerdotes y les dijo: “¿Cuánto me daréis si se lo entrego?”. Y resolvieron darle treinta monedas de plata.
Desde ese momento, Judas buscaba una ocasión favorable para entregarlo.
El primer día de los Acimos, los discípulos fueron a preguntar a Jesús: “¿Dónde quieres que te preparemos la comida pascual?”.
El respondió: “Id a la ciudad, a la casa de tal persona, y díganle: ‘El Maestro dice: Se acerca mi hora, voy a celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos’”. Ellos hicieron como Jesús les había ordenado y prepararon la Pascua.
Al atardecer, estaba a la mesa con los Doce y, mientras comían, Jesús les dijo: “Os aseguro que uno de vosotros me entregará”.
Profundamente apenados, ellos empezaron a preguntarle uno por uno: “¿Seré yo, Señor?”. El respondió: “El que acaba de servirse de la misma fuente que yo, ese me va a entregar. El Hijo del hombre se va, como está escrito de él, pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre será entregado: más le valdría no haber nacido!”.
Judas, el que lo iba a entregar, le preguntó: “¿Seré yo, maestro?”. “Tú lo has dicho”, le respondió Jesús.
Mientras comían, Jesús tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: “Tomad y comed, esto es mi Cuerpo”. Después tomó una copa, dio gracias y se la entregó, diciendo: “Bebed todos de ella, porque esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos para la remisión de los pecados. Os aseguro que desde ahora no beberé más de este fruto de la vid, hasta el día en que beba con vosotros el vino nuevo en el Reino de mi Padre”. Después del canto de los Salmos, salieron hacia el monte de los Olivos.
Entonces Jesús les dijo: “Esta misma noche, os váis a escandalizar a causa de mí. Porque dice la Escritura: Heriré al pastor, y se dispersarán las ovejas del rebaño. Pero después que yo resucite, iré antes que vosotros a Galilea”. Pedro, tomando la palabra, le dijo: “Aunque todos se escandalicen por tu causa, yo no me escandalizaré jamás”. Jesús le respondió: “Te aseguro que esta misma noche, antes que cante el gallo, me habrás negado tres veces”. Pedro le dijo: “Aunque tenga que morir contigo, jamás te negaré”. Y todos los discípulos dijeron lo mismo.
Cuando Jesús llegó con sus discípulos a una propiedad llamada Getsemaní, les dijo: “Quedaos aquí, mientras yo voy allí a orar”.
Y llevando con él a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, comenzó a entristecerse y a angustiarse. Entonces les dijo: “Mi alma siente una tristeza de muerte. Quedaos aquí, velando conmigo”.
Y adelantándose un poco, cayó con el rostro en tierra, orando así: “Padre mío, si es posible, que pase lejos de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya”.
Después volvió junto a sus discípulos y los encontró durmiendo. Jesús dijo a Pedro: “¿Es posible que no hayáis podido quedaros despiertos conmigo, ni siquiera una hora? Estad prevenidos y orad para no caer en la tentación, porque el espíritu está dispuesto, pero la carne es débil”.
Se alejó por segunda vez y suplicó: “Padre mío, si no puede pasar este cáliz sin que yo lo beba, que se haga tu voluntad”.
Al regresar los encontró otra vez durmiendo, porque sus ojos se cerraban de sueño. Nuevamente se alejó de ellos y oró por tercera vez, repitiendo las mismas palabras.
Luego volvió junto a sus discípulos y les dijo: “Ahora podéis dormir y descansar: ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levantaos! ¡Vamos! Ya se acerca el que me va a entregar”.
Jesús estaba hablando todavía, cuando llegó Judas, uno de los Doce, acompañado de una multitud con espadas y palos, enviada por los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo.
El traidor les había dado esta señal: “Es aquel a quien voy a besar. Detenedlo”. Inmediatamente se acercó a Jesús, diciéndole: “Salud, Maestro”, y lo besó.
Jesús le dijo: “Amigo, ¡cumple tu cometido!”. Entonces se abalanzaron sobre él y lo detuvieron. Uno de los que estaban con Jesús sacó su espada e hirió al servidor del Sumo Sacerdote, cortándole la oreja.
Jesús le dijo: “Guarda tu espada, porque el que a hierro mata a hierro muere. ¿O piensas que no puedo recurrir a mi Padre? El pondría inmediatamente a mi disposición más de doce legiones de ángeles. Pero entonces, ¿cómo se cumplirían las Escrituras, según las cuales debe suceder así?”.
Y en ese momento dijo Jesús a la multitud: “¿Soy acaso un ladrón, para que salgáis a arrestarme con espadas y palos? Todos los días me sentaba a enseñar en el Templo, y no me detuvisteis”.
Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que escribieron los profetas. Entonces todos los discípulos lo abandonaron y huyeron.
Los que habían arrestado a Jesús lo condujeron a la casa del Sumo Sacerdote Caifás, donde se habían reunido los escribas y los ancianos. Pedro lo seguía de lejos hasta el palacio del Sumo Sacerdote; entró y se sentó con los servidores, para ver cómo terminaba todo.
Los sumos sacerdotes y todo el Sanedrín buscaban un falso testimonio contra Jesús para poder condenarlo a muerte; pero no lo encontraron, a pesar de haberse presentado numerosos testigos falsos. Finalmente, se presentaron dos que declararon: “Este hombre dijo: ‘Yo puedo destruir el Templo de Dios y reconstruirlo en tres días’”. El Sumo Sacerdote, poniéndose de pie, dijo a Jesús: “¿No respondes nada? ¿Qué es lo que estos declaran contra ti?”. Pero Jesús callaba.
El Sumo Sacerdote insistió: “Te conjuro por el Dios vivo a que me digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios”.
Jesús le respondió: “Tú lo has dicho. Además, os aseguro que de ahora en adelante veréis al Hijo del hombre sentarse a la derecha del Todopoderoso y venir sobre las nubes del cielo”.
Entonces el Sumo Sacerdote rasgó sus vestiduras, diciendo: “Ha blasfemado, ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Vosotros acabáis de oír la blasfemia. ¿Qué os parece?”. Ellos respondieron: “Merece la muerte”. Luego lo escupieron en la cara y lo abofetearon. Otros lo golpeaban, diciéndole: “Tú, que eres el Mesías, profetiza, dinos quién te golpeó”.
Mientras tanto, Pedro estaba sentado afuera, en el patio. Una sirvienta se acercó y le dijo: “Tú también estabas con Jesús, el Galileo”. Pero él lo negó delante de todos, diciendo: “No sé lo que quieres decir”. Al retirarse hacia la puerta, lo vio otra sirvienta y dijo a los que estaban allí: “Este es uno de los que acompañaban a Jesús, el Nazareno”. Y nuevamente Pedro negó con juramento: “Yo no conozco a ese hombre”. Un poco más tarde, los que estaban allí se acercaron a Pedro y le dijeron: “Seguro que tú también eres uno de ellos; hasta tu acento te traiciona”. Entonces Pedro se puso a maldecir y a jurar que no conocía a ese hombre. En seguida cantó el gallo y Pedro recordó las palabras que Jesús había dicho: “Antes que cante el gallo, me negarás tres veces”. Y saliendo, lloró amargamente.
Cuando amaneció, todos los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo deliberaron sobre la manera de hacer ejecutar a Jesús. Después de haberlo atado, lo llevaron ante Pilato, el gobernador, y se lo entregaron.
Judas, el que lo entregó, viendo que Jesús había sido condenado, lleno de remordimiento, devolvió las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y a los ancianos, diciendo: “He pecado, entregando sangre inocente”. Ellos respondieron: “¿Qué nos importa? Es asunto tuyo”. Entonces él, arrojando las monedas en el Templo, salió y se ahorcó.
Los sumos sacerdotes, juntando el dinero, dijeron: “No está permitido ponerlo en el tesoro, porque es precio de sangre”.
Después de deliberar, compraron con él un campo, llamado “del alfarero”, para sepultar a los extranjeros. Por esta razón se lo llama hasta el día de hoy “Campo de sangre”. Así se cumplió lo anunciado por el profeta Jeremías: Y ellos recogieron las treinta monedas de plata, cantidad en que fue tasado aquel a quien pusieron precio los israelitas. Con el dinero se compró el “Campo del alfarero”, como el Señor me lo había ordenado.
Jesús compareció ante el gobernador, y este le preguntó: “¿Tú eres el rey de los judíos?”. El respondió: “Tú lo dices”.
Al ser acusado por los sumos sacerdotes y los ancianos, no respondió nada. Pilato le dijo: “¿No oyes todo lo que declaran contra ti?”. Jesús no respondió a ninguna de sus preguntas, y esto dejó muy admirado al gobernador.
En cada Fiesta, el gobernador acostumbraba a poner en libertad a un preso, a elección del pueblo. Había entonces uno famoso, llamado Barrabás. Pilato preguntó al pueblo que estaba reunido: “¿A quién queréis que ponga en libertad, a Barrabás o a Jesús, llamado el Mesías?”. El sabía bien que lo habían entregado por envidia. Mientras estaba sentado en el tribunal, su mujer le mandó decir: “No te mezcles en el asunto de ese justo, porque hoy, por su causa, tuve un sueño que me hizo sufrir mucho”.
Mientras tanto, los sumos sacerdotes y los ancianos convencieron a la multitud que pidiera la libertad de Barrabás y la muerte de Jesús. Tomando de nuevo la palabra, el gobernador les preguntó: “¿A cuál de los dos queréis que ponga en libertad?”. Ellos respondieron: “A Barrabás”. Pilato continuó: “¿Y qué haré con Jesús, llamado el Mesías?”. Todos respondieron: “¡Que sea crucificado!”. El insistió: “¿Qué mal ha hecho?”. Pero ellos gritaban cada vez más fuerte: “¡Que sea crucificado!”. Al ver que no se llegaba a nada, sino que aumentaba el tumulto, Pilato hizo traer agua y se lavó las manos delante de la multitud, diciendo: “Yo soy inocente de esta sangre. Es asunto vuestro”. Y todo el pueblo respondió: “Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos”. Entonces, Pilato puso en libertad a Barrabás; y a Jesús, después de haberlo hecho azotar, lo entregó para que fuera crucificado.
Los soldados del gobernador llevaron a Jesús al pretorio y reunieron a toda la guardia alrededor de él. Entonces lo desvistieron y le pusieron un manto rojo. Luego tejieron una corona de espinas y la colocaron sobre su cabeza, pusieron una caña en su mano derecha y, doblando la rodilla delante de él, se burlaban, diciendo: “Salud, rey de los judíos”. Y escupiéndolo, le quitaron la caña y con ella le golpeaban la cabeza.
Después de haberse burlado de él, le quitaron el manto, le pusieron de nuevo sus vestiduras y lo llevaron a crucificar. Al salir, se encontraron con un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo obligaron a llevar la cruz. Cuando llegaron al lugar llamado Gólgota, que significa “lugar del Cráneo”, le dieron de beber vino con hiel. El lo probó, pero no quiso tomarlo.
Después de crucificarlo, los soldados sortearon sus vestiduras y se las repartieron; y sentándose allí, se quedaron para custodiarlo. Colocaron sobre su cabeza una inscripción con el motivo de su condena: “Este es Jesús, el rey de los judíos”.
Al mismo tiempo, fueron crucificados con él dos ladrones, uno a su derecha y el otro a su izquierda.
Los que pasaban, lo insultaban y, moviendo la cabeza,
decían: “Tú, que destruyes el Templo y en tres días lo vuelves a edificar, ¡sálvate a ti mismo, si eres Hijo de Dios, y baja de la cruz!”. De la misma manera, los sumos sacerdotes, junto con los escribas y los ancianos, se burlaban, diciendo: “¡Ha salvado a otros y no puede salvarse a sí mismo! Es rey de Israel: que baje ahora de la cruz y creeremos en él. Ha confiado en Dios; que él lo libre ahora si lo ama, ya que él dijo: “Yo soy Hijo de Dios”.
También lo insultaban los ladrones crucificados con él.
Desde el mediodía hasta las tres de la tarde, las tinieblas cubrieron toda la región. Hacia las tres de la tarde, Jesús exclamó en alta voz: “Elí, Elí, lemá sabactani”, que significa: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”.
Algunos de los que se encontraban allí, al oírlo, dijeron: “Está llamando a Elías”.
En seguida, uno de ellos corrió a tomar una esponja, la empapó en vinagre y, poniéndola en la punta de una caña, le dio de beber.
Pero los otros le decían: “Espera, veamos si Elías viene a salvarlo”.
Entonces Jesús, clamando otra vez con voz potente, entregó su espíritu.
Inmediatamente, el velo del Templo se rasgó en dos, de arriba abajo, la tierra tembló, las rocas se partieron y las tumbas se abrieron. Muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron
y, saliendo de las tumbas después que Jesús resucitó, entraron en la Ciudad santa y se aparecieron a mucha gente.
El centurión y los hombres que custodiaban a Jesús, al ver el terremoto y todo lo que pasaba, se llenaron de miedo y dijeron: “¡Verdaderamente, este era el Hijo de Dios!”.
Había allí muchas mujeres que miraban de lejos: eran las mismas que habían seguido a Jesús desde Galilea para servirlo.
Entre ellas estaban María Magdalena, María -la madre de Santiago y de José- y la madre de los hijos de Zebedeo.
Al atardecer, llegó un hombre rico de Arimatea, llamado José, que también se había hecho discípulo de Jesús, y fue a ver a Pilato para pedirle el cuerpo de Jesús. Pilato ordenó que se lo entregaran. Entonces José tomó el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia y lo depositó en un sepulcro nuevo que se había hecho cavar en la roca. Después hizo rodar una gran piedra a la entrada del sepulcro, y se fue. María Magdalena y la otra María estaban sentadas frente al sepulcro.
A la mañana siguiente, es decir, después del día de la Preparación, los sumos sacerdotes y los fariseos se reunieron y se presentaron ante Pilato, diciéndole: “Señor, nosotros nos hemos acordado de que ese impostor, cuando aún vivía, dijo: ‘A los tres días resucitaré’. Ordena que el sepulcro sea custodiado hasta el tercer día, no sea que sus discípulos roben el cuerpo y luego digan al pueblo: ‘¡Ha resucitado!’. Este último engaño sería peor que el primero”. Pilato les respondió: “Ahí teneís la guardia, id y asegurad la vigilancia como lo creáis conveniente”.
Ellos fueron y aseguraron la vigilancia del sepulcro, sellando la piedra y dejando allí la guardia.

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¿Por qué murio Jesús en la cruz?

Introducción. Un año más se acerca la fiesta de la Pascua, un año más volveremos a escuchar relatos de Pasión, de un hombre adentrándose solo y voluntariamente a una experiencia tan dura, tan inhumana, de tanto dolor y violencia y de tanto fracaso, que XXI siglos después continúa siendo una fuente inagotable de sensaciones, de emociones encontradas… De ojos llenos de lágrimas, de corazones que se sienten ingratos y mezquinos… De culpabilidad, de compasión, de deseos de ayudar a llevar la cruz, a recorrer juntos ese Vía Crucis que fue historia y que se sigue repitiendo y actualizando en el mundo de hoy. Millones de personas en todo el mundo siguen fijando su mirada en ese hombre que, cargando la cruz, consciente de su inminente final, sigue haciendo del Amor, de la compasión, de la vida llena de sentido el fundamento de su existir.
Sobre la cruz y sobre la pasión, se han escrito, reflexionado, predicado y creado infinidad de obras. Desde el famoso Cristo de Velázquez, de Goya, de Dalí, hasta la Pietá de Miguel Ángel, los pasos de Semana Santa o la camiseta que Axel Rose lucía de un Cristo coronado de espinas en la que se leía la frase “Kill your Idols”.
Nadie permanece indiferente frente al crucificado. O se le adora o se le odia, o provoca burlas o se conmueven las personas y se despiertan las vocaciones. Es un momento cumbre en la historia de la humanidad.
Aquí pretendo contaros lo que a mí me enseña mirar a Jesús en la cruz. No pretendo hacer un tratado de teología soteriológica, ni agotar las diferentes interpretaciones. Es la mía, la que me lleva a invertir mi vida para seguir a este Jesús al que le doy todo lo que tengo y lo que soy. Y la que he aprendido a los pies de las cruces que me ha tocado vivir en mi vida y acompañando a la de los hermanos.

Lo que Dios nos dice. “Por tanto, lo mismo que los hijos participan de la carne y de la sangre, así también participó Jesús de nuestra carne y sangre, para aniquilar mediante la muerte al señor de la muerte, es decir, al diablo, y liberar a cuantos, por miedo a la muerte, pasaban la vida entera como esclavos. Notad que tiende una mano a los hijos de Abrahán, no a los ángeles. Por eso tenía que parecerse en todo a sus hermanos, para ser sumo sacerdote misericordioso y fiel en lo que a Dios se refiere y expiar los pecados del pueblo. Pues, por el hecho de haber padecido sufriendo la tentación, puede auxiliar a los que son tentados”. Heb 2,14-18.
Cuando desde pequeños nos han dicho que Jesús murió por nosotros yo no sé cómo lo habéis entendido o asimilado. A mí siempre me ha provocado cierto rechazo esa afirmación, porque era como cargar con un sentimiento de culpabilidad. Si yo nunca se lo he pedido, ¿qué tengo yo que ver con su muerte? Habrán sido los romanos o los judíos. Yo no estaba allí y no tengo nada que ver. Hay interpretaciones muy místicas y espirituales que nos vinculan con el pecado. Y lo tenemos que aceptar pero con ciertas reservas y en el fondo sin entender muy bien la relación que yo tengo con aquellos hechos históricos.
Yo descubro en la intencionalidad de Jesús un camino, una enseñanza, algo que sirve, si lo entendemos bien, para todas las situaciones de cruz que a lo largo de toda vida se nos presentan.
“Jesús les contestó: Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre. En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, quede infecundo; pero si muere, da mucho fruto. El que se ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna. El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo honrará. Ahora mi alma está agitada, y ¿qué diré?: Padre, líbrame de esta hora. Pero, si por esto he venido, para esta hora: Padre, glorifica a tu nombre. Entonces vino una voz del cielo. Lo he glorificado y volveré a glorificarlo”. Jn 12, 20-28.
A Jesús el camino de la cruz le costó. Como a todos nosotros nos cuestan las situaciones difíciles de la vida: todo lo que conlleva sufrimiento, lo que nos recuerda nuestra indefensión, nuestra fragilidad, nuestra falta de recursos. Pero ese sentimiento de no controlar nos puede sumergir en la depresión y en la tristeza o puede despertar la confianza absoluta en quien nos ama del todo. A Jesús mirar de cara la hostilidad con la que le trataban los fariseos, la sospecha de los romanos, el miedo de los apóstoles, la callada y esperanzada actitud de María su madre, le llevó a dar un paso al frente. A no huir, a afrontar todo lo que le venía por delante, pero con el amor y la seguridad de que sólo el amor devuelve el sentido, sana, cura y libera el corazón empequeñecido por el miedo. Jesús abraza y carga con las circunstancias que a nosotros nos provocan rechazo, de las que huimos, las que nos quitan la vida. El las carga sobre sí para enseñarnos lo que hay al otro lado de la entrega. No es perder, es ganar. No es morir, es resucitar. No es quedar en el olvido, ser último, fracasado… Es ser hijo en plenitud, es no tener más amor que dar. Es la extenuación gozosa de quien lo recibe todo, hasta la vida, para seguir amando.

Cómo podemos vivirlo. “Nadie me quita la vida, sino que yo la entrego libremente. Tengo poder para entregarla y tengo poder para recuperarla: este mandato he recibido de mi Padre”. Jn 10,18. “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos”. Jn 15,13.
Jesús frente a los sufrimientos que acompañan la existencia de la humanidad no se detiene a preguntarse el origen, o quién es el responsable o a quién hay que echarle las culpas. Abraza al que sufre, se sitúa en el dolor de quien le rodea, busca calmar el dolor de María su madre, de Juan su amigo, hasta del buen ladrón a quien no conoce de nada. “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”. Lc 23, 43.

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Audio-homilía: Yo soy la resurrección y la vida

Este evangelio nos presenta la Resurrección de Lázaro y nos transmite que la fe no es algo para el final de nuestra historia, ni un concepto o un credo, sino que es algo muy concreto que responde a situaciones reales de la vida. No se trata de tener una fe teórica, sino una fe práctica.

Las resurrecciones se dan aquí y ahora, en momentos concretos de nuestra vida: cuando el miedo nos invade en todos los ámbitos y el diálogo con Dios nos devuelve el ánimo y la esperanza para el aquí y el ahora. Todo sirve para que se manifieste la gloria de Dios, en lo que necesita realmente la humanidad.

El miedo a la muerte nos tiene asustados, el miedo a nuestros límites nos pesa en las espaldas… el hombre es frágil y eso no hace infelices. Pero, si somos conscientes de que en nuestra pequeñez somos muy amados, la pequeñez se transforma en motivo de alegría.

Los límites humanos provocan depresión o espabilamiento. La enfermedad sirve para recordarnos que no somos autosuficientes, que somos frágiles, que tenemos límites.

El evangelio es el diálogo de Dios con una humanidad humilde. Y, mientras no haya humildad, no habrá diálogo. Se vivimos la alegría de nuestra pequeñez abrimos el camino de la fe.

El sufrimiento humano a Dios no le resbala. Jesús mismo lo vive, Él mismo llora y solloza de forma conmovedora, pero sin lamentarse, sino cambiando la situación. Y también reconoce que Dios le escucha siempre, como hace con nosotros.

Ojalá construyamos toda nuestra vida en las manos de Dios que siempre, desde nuestra pequeñez, nos levanta y nos devuelve la vida.

Audio-homilía: Yo soy la resurrección y la vida

Evangelio según San Juan 11,1-45

Había un hombre enfermo, Lázaro de Betania, del pueblo de María y de su hermana Marta. María era la misma que derramó perfume sobre el Señor y le secó los pies con sus cabellos. Su hermano Lázaro era el que estaba enfermo.
Las hermanas enviaron a decir a Jesús: “Señor, el que tú amas, está enfermo”.
Al oír esto, Jesús dijo: “Esta enfermedad no es mortal; es para gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella”.
Jesús quería mucho a Marta, a su hermana y a Lázaro. Sin embargo, cuando oyó que este se encontraba enfermo, se quedó dos días más en el lugar donde estaba. Después dijo a sus discípulos: “Volvamos a Judea”.
Los discípulos le dijeron: “Maestro, hace poco los judíos querían apedrearte, ¿quieres volver allá?”.
Jesús les respondió: “¿Acaso no son doce las horas del día? El que camina de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo;
en cambio, el que camina de noche tropieza, porque la luz no está en él”.
Después agregó: “Nuestro amigo Lázaro duerme, pero yo voy a despertarlo”.
Sus discípulos le dijeron: “Señor, si duerme, se curará”.
Ellos pensaban que hablaba del sueño, pero Jesús se refería a la muerte. Entonces les dijo abiertamente: “Lázaro ha muerto,
y me alegro por vosotros de no haber estado allí, a fin de que creáis. Vayamos a verlo”.
Tomás, llamado el Mellizo, dijo a los otros discípulos: “Vayamos también nosotros a morir con él”.
Cuando Jesús llegó, se encontró con que Lázaro estaba sepultado desde hacía cuatro días. Betania distaba de Jerusalén sólo unos tres kilómetros.
Muchos judíos habían ido a consolar a Marta y a María, por la muerte de su hermano. Al enterarse de que Jesús llegaba, Marta salió a su encuentro, mientras María permanecía en la casa.
Marta dijo a Jesús: “Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto. Pero yo sé que aun ahora, Dios te concederá todo lo que le pidas”.
Jesús le dijo: “Tu hermano resucitará”.
Marta le respondió: “Sé que resucitará en la resurrección del último día”.
Jesús le dijo: “Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?”.
Ella le respondió: “Sí, Señor, creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que debía venir al mundo”.
Después fue a llamar a María, su hermana, y le dijo en voz baja: “El Maestro está aquí y te llama”.
Al oír esto, ella se levantó rápidamente y fue a su encuentro.
Jesús no había llegado todavía al pueblo, sino que estaba en el mismo sitio donde Marta lo había encontrado.
Los judíos que estaban en la casa consolando a María, al ver que esta se levantaba de repente y salía, la siguieron, pensando que iba al sepulcro para llorar allí.
María llegó a donde estaba Jesús y, al verlo, se postró a sus pies y le dijo: “Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto”.
Jesús, al verla llorar a ella, y también a los judíos que la acompañaban, conmovido y turbado, preguntó: “¿Dónde lo pusistéis?”. Le respondieron: “Ven, Señor, y lo verás”. Y Jesús lloró. Los judíos dijeron: “¡Cómo lo amaba!”.
Pero algunos decían: “Este que abrió los ojos del ciego de nacimiento, ¿no podría impedir que Lázaro muriera?”.
Jesús, conmoviéndose nuevamente, llegó al sepulcro, que era una cueva con una piedra encima, y dijo: “Quitad la piedra”.
Marta, la hermana del difunto, le respondió: “Señor, huele mal; ya hace cuatro días que está muerto”.
Jesús le dijo: “¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?”.
Entonces quitaron la piedra, y Jesús, levantando los ojos al cielo, dijo: “Padre, te doy gracias porque me has escuchado.
Yo sé que siempre me escuchas, pero lo he dicho por esta gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado”.
Después de decir esto, gritó con voz fuerte: “¡Lázaro, ven afuera!”.
El muerto salió con los pies y las manos atados con vendas, y el rostro envuelto en un sudario. Jesús les dijo: “Desatadlo para que pueda caminar”.
Al ver lo que hizo Jesús, muchos de los judíos que habían ido a casa de María creyeron en él.

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Razón y fe

Introducción. Nuestra vida se construye envuelta en la tensión entre la razón y la fe, entre lo pasional y emotivo y lo conveniente, calculado y reflexionado mil veces. Nos constituyen diferentes dimensiones en nuestra forma de actuar, de pensar, de vivir. No somos fríos robots programados, previsibles, repetitivos. Somos una combinación muy complicada de locura y de racionalidad, del deber y de las obligaciones y del desparrame, lo espontáneo y lo irracional. Somos contención y tsunami, respeto e irreverencia, pacificadores y alteradores del orden público.
Una parte de nosotros es más racional, reflexiva, calculadora, busca permanentemente seguridad, el beneficio, no equivocarse, acertar. Y otra parte es más intuitiva, más emocional, sin atender a razones descubre lo que de verdad le gusta y le atrae, lo que despierta la confianza y la apertura radical de nuestra vida. Lo que deseamos y soñamos, los lugares y las personas, las actividades a las que se nos va la imaginación.
La fe es la respuesta total, confiada, a la persona de Jesús, que es capaz de despertar en nosotros la certeza de que somos totalmente amados, y que nuestra vida está totalmente en sus manos. Y la fe es tan válida para el reflexivo y pensador, como para el lunático, irreflexivo y pasional. La persona de Jesús atrae tanto por su mensaje, su programa vital y la convicción y la autoridad de sus palabras, como la invitación al abandono, a la confianza, por sus gestos que son nuevos, que se salen de lo común. Como abrazar a un leproso, dejarse besar por una mujer pecadora, comer con Zaqueo o montar un lío en el templo de Jerusalem. Bogar mar adentro sin quedarse en la orillita, dejarlo todo y seguirle hasta la cruz.

Lo que Dios nos dice. “Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo: ¿Crees tú en el Hijo del Hombre? Él contestó: Y ¿quién es, Señor, para que crea en él? Jesús le dijo: Lo estás viendo: el que te está hablando, ese es. El dijo: Creo, Señor. Y se postró ante él”. Jn 9, 35-38.
El encuentro con Jesús, con la fe, con la experiencia de diálogo, de abrir nuestra existencia a alguien más allá de nosotros mismos, nos devuelve a la pequeñez y a la fragilidad de los niños. Cuando somos pequeños vivimos con la certeza de que estamos acompañados y protegidos por los mayores. Nuestros padres se convierten en nuestra seguridad, en nuestra fortaleza. Pero, según vamos creciendo y vamos reconociendo los defectos, las lagunas y los límites de nuestros padres, nos vamos alejando de la imagen idealizada que de ellos tenemos y vamos dejando paso a la dolorosa realidad, en la que descubrimos que son frágiles y que tienen defectos. Al mismo tiempo que vivimos la decepción y el fracaso de saber en quién tenemos puesta nuestra confianza surge la necesidad de autoafirmarnos, de buscar en nosotros la seguridad que otros no nos pueden dar. Nos volvernos autosuficientes, duros, fuertes y creemos que con nuestras fuerzas, con nuestros talentos, podemos sostener nuestra existencia. Y esa experiencia también se vuelve decepción. No podemos, o no sabemos, o la incoherencia nos come.
“En efecto, no entiendo mi comportamiento, pues no hago lo que quiero, sino que hago lo que aborrezco; y si hago lo que no quiero, estoy de acuerdo con que la ley es buena. Ahora bien, no soy yo quien lo hace, sino el pecado que habita en mí. Pues sé que lo bueno no habita en mí, es decir, en mi carne; en efecto, querer el bien está a mi alcance, pero realizarlo, no. Pues no hago lo bueno que deseo, sino que obro lo malo que no deseo”. Rom 7, 15-20.
Aparece en nuestra vida la pregunta sobre en quién podemos confiar de vedad, si todo el mundo nos falla y nuestros pies, nuestra historia se tambalean ante la falta de cimientos, ante las arenas movedizas en las que construimos nuestra vida. De nuestros sentimientos cambiantes, de nuestra debilitada voluntad, ante la falta de compromiso de las personas que igual que me ofrecen su afecto y su amistad, me lo quitan, me lo niegan, me abandonan.
“Esto dice el Señor: Maldito quien confía en el hombre, y busca el apoyo de las criaturas, apartando su corazón del Señor. Será como cardo en la estepa, que nunca recibe la lluvia; habitará en un árido desierto, tierra salobre e inhóspita. Bendito quien confía en el Señor y pone en el Señor su confianza. Será un árbol plantado junto al agua, que alarga a la corriente sus raíces; no teme la llegada del estío, su follaje siempre está verde; en año de sequía no se inquieta, ni dejará por eso de dar fruto”. Jr 17,5-8.

Cómo podemos vivirlo. La vida en el Espíritu, salir de la miseria espiritual en la que vivimos, donde sólo se valora lo material, lo económico, lo palpable y medible, lo calculable en euros, pasa por inaugurar libre y voluntariamente una vida confiada y puesta en las manos de otro. Dejar el control y el volante de nuestra vida en las manos de aquel que sabemos que nos ama y disfrutar de extender los brazos y que sea otro quien nos lleve. A lo mejor a vivir experiencias que no nos gustan, que son dolorosas y difíciles, como la enfermedad, la vejez, el fracaso, la soledad. Pero todas ellas se van a convertir en lugares donde vamos a conocer con total claridad las obras del amor de Dios.
“Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu es Espíritu. No te extrañes de que te haya dicho: Tenéis que nacer de nuevo; el viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni adónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu” Jn 3,6-8

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Audio-homilía: Fue, se lavó y volvió con vista

Comienza este evangelio con una pregunta que todos nos hemos hecho muchas veces: cuál es el origen del mal, del sufrimiento, de los límites, de la fragilidad humana.

Para los judios la enfermedad estaba muy relacionada con el comportamiento moral y entendían aquella como un castigo por no portarse bien. Para ellos enfermo y pecador eran lo mismo.

Y la respuesta de Jesús sorprende: hay mal el mundo pero no tiene nada que ver con responsabilidades y culpa, sino que está para que en las situaciones de sufrimiento se manifiesten las obras y el amor de Dios. Esa respuesta ilumina todas las situaciones que vivimos en nuestra vida.

El hombre se siente limitado para que se dé cuenta de que Dios se acerca a la humanidad complementando todo que no puede ni sabe buscar por sí mismo. Cuando buscamos saciar nuestro corazón con nuestras fuerzas siempre volvemos a tener sed. La soledad, el sufrimiento, la tristeza nos acercan más al amor de Dios. Cuando menos méritos tenemos para ser amados es cuando más confortados nos sentimos.

El amor de Dios, la misericordia de Dios, las buenas obras en situaciones de dolor… son claras manifestaciones del amor de Dios.

¡Cuánto consuelo somos capaces de percibir cuando tocamos fondo! No entenderíamos la luz si no hubiera oscuridad. Todo vale para todo. Los límites de la humanidad forman parte de la vida y nos dan un punto de humildad. Es magnífico reconocer que somos humildes y limitados.

El ciego de nacimiento se nos muestra como icono de que no hace falta mucha formación para creer en el Hijo del Hombre. Este hombre no sabe nada de catequesis, pero reconoce que Jesús le está amando. En cambio, los fariseos se saben la doctrina y no se alegran de que el ciego esté sanado.

Jesús se acerca a las miserias de la humanidad para liberar, sanar, curar, quitar el pecado del mundo.

Todos nosotros arrastramos muchas cegueras: tristezas crónicas, miedos, sensación de fracaso, miradas duras… Y Jesús nos las quita sin miedos, sin barreras… pero nos pide que pongamos de nuestra parte para que haya cambios, que nos comprometamos.

Ojalá nos pongamos en pie y dejemos que Dios sane nuestras heridas.

Audio-homilía: Fue, se lavó y volvió con vista

Evangelio según San Juan

Jesús, al pasar, vio a un hombre ciego de nacimiento. Sus discípulos le preguntaron: “Maestro, ¿quién ha pecado, él o sus padres, para que haya nacido ciego?”.
“Ni él ni sus padres han pecado, respondió Jesús; nació así para que se manifiesten en él las obras de Dios. Debemos trabajar en las obras de aquel que me envió, mientras es de día; llega la noche, cuando nadie puede trabajar. Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo”.
Después que dijo esto, escupió en la tierra, hizo barro con la saliva y lo puso sobre los ojos del ciego, diciéndole: “Ve a lavarte a la piscina de Siloé”, que significa “Enviado”. El ciego fue, se lavó y, al regresar, ya veía.
Los vecinos y los que antes lo habían visto mendigar, se preguntaban: “¿No es este el que se sentaba a pedir limosna?”.
Unos opinaban: “Es el mismo”. “No, respondían otros, es uno que se le parece”. El decía: “Soy realmente yo”.
Ellos le dijeron: “¿Cómo se te han abierto los ojos?”.
El respondió: “Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, lo puso sobre mis ojos y me dijo: ‘Ve a lavarte a Siloé’. Yo fui, me lavé y vi”.
Ellos le preguntaron: “¿Dónde está?”. El respondió: “No lo sé”.
El que había sido ciego fue llevado ante los fariseos. Era sábado cuando Jesús hizo barro y le abrió los ojos. Los fariseos, a su vez, le preguntaron cómo había llegado a ver. El les respondió: “Me puso barro sobre los ojos, me lavé y veo”.
Algunos fariseos decían: “Ese hombre no viene de Dios, porque no observa el sábado”. Otros replicaban: “¿Cómo un pecador puede hacer semejantes signos?”. Y se produjo una división entre ellos.
Entonces dijeron nuevamente al ciego: “Y tú, ¿qué dices del que te abrió los ojos?”. El hombre respondió: “Es un profeta”.
Sin embargo, los judíos no querían creer que ese hombre había sido ciego y que había llegado a ver, hasta que llamaron a sus padres y les preguntaron: “¿Es este el hijo de ustedes, el que dicen que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?”.
Sus padres respondieron: “Sabemos que es nuestro hijo y que nació ciego, pero cómo es que ahora ve y quién le abrió los ojos, no lo sabemos. Pregúntenle a él: tiene edad para responder por su cuenta”.
Sus padres dijeron esto por temor a los judíos, que ya se habían puesto de acuerdo para excluir de la sinagoga al que reconociera a Jesús como Mesías.
Por esta razón dijeron: “Tiene bastante edad, pregúntenle a él”.
Los judíos llamaron por segunda vez al que había sido ciego y le dijeron: “Glorifica a Dios. Nosotros sabemos que ese hombre es un pecador”.
“Yo no sé si es un pecador, respondió; lo que sé es que antes yo era ciego y ahora veo”.
Ellos le preguntaron: “¿Qué te ha hecho? ¿Cómo te abrió los ojos?”.
El les respondió: “Ya se lo dije y ustedes no me han escuchado. ¿Por qué quieren oírlo de nuevo? ¿También ustedes quieren hacerse discípulos suyos?”.
Ellos lo injuriaron y le dijeron: “¡Tú serás discípulo de ese hombre; nosotros somos discípulos de Moisés! Sabemos que Dios habló a Moisés, pero no sabemos de donde es este”.
El hombre les respondió: “Esto es lo asombroso: que ustedes no sepan de dónde es, a pesar de que me ha abierto los ojos.
Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, pero sí al que lo honra y cumple su voluntad. Nunca se oyó decir que alguien haya abierto los ojos a un ciego de nacimiento. Si este hombre no viniera de Dios, no podría hacer nada”.
Ellos le respondieron: “Tú naciste lleno de pecado, y ¿quieres darnos lecciones?”. Y lo echaron.
Jesús se enteró de que lo habían echado y, al encontrarlo, le preguntó: “¿Crees en el Hijo del hombre?”.
El respondió: “¿Quién es, Señor, para que crea en él?”.
Jesús le dijo: “Tú lo has visto: es el que te está hablando”.
Entonces él exclamó: “Creo, Señor”, y se postró ante él.
Después Jesús agregó: “He venido a este mundo para un juicio: Para que vean los que no ven y queden ciegos los que ven”.
Los fariseos que estaban con él oyeron esto y le dijeron: “¿Acaso también nosotros somos ciegos?”.
Jesús les respondió: “Si fueseis ciegos, no tendriais pecado, pero como decís: ‘Vemos’, vuestro pecado permanece”.

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