Audio-homilía: Recapacitó y fue

Nos tenemos que fijar en la ilusión con la que el Padre llama a sus hijos a colaborar en la viña. Es la llamada universal que Dios hace a todos los bautizados a dar un paso de protagonismo en la tarea evangelizadora de la Iglesia. La salvación que Dios quiere llevar al mundo no la hace Él de forma milagrosa o mágica, sino que pide la colaboración libre, consciente y generosa de la humanidad, para que ese regalo llegue a todos los rincones de la tierra. Como dice San Agustín, “el que nos creó sin contar con nosotros, no nos podrá salvar sin contar con nuestra colaboración”.

La vida, el trabajo, las responsabilidades, los compromisos… los podemos ver desde dos puntos de vista: con una mirada redimida o con una mirada de condena, de obligación, de castigo.

El Espíritu de los salvados, de los Hijos de Dios, nos hace descubrir que podemos ser colaboradores y co-creadores con Él. Dios nos invita a mejorar las parcelas de la vida en las que nos encontramos. Si asumimos esa tarea como un regalo, cambia radicalmente nuestra actitud. Cuando algo nos gusta, no hace falta que nos motiven mucho. Por eso el Señor cuando invita a sus hijos lo hace lleno de ilusión.

Y en la actitud de los hijos vemos dos respuestas cotidianas.

En primer lugar, el hijo que dice sí y no va a trabajar a la vida, refleja a quienes quieren quedar bien pero luego priorizan sus intereses personales, antes que la llamada a una misión que les trasciende. Cuando uno está centrado en uno mismo, no presta atención a los demás: le preocupa quedar bien, pero no le interesa tanto llevar a cabo lo que promete.

En cambio, el segundo hijo abiertamente dice directamente que no quiere. Y el Padre no le insiste. Después de eso, el hijo recapacita, reflexiona lo que ha dicho y cambia de opinión. Actualmente, vivimos muy mediatizados por la inmediated de los acontecimientos y la falta de reflexión no nos permite aprender. Crece espiritualmente el que recuerda (recordar es volver a pasar por el corazón lo que hemos hecho y dicho y pensar cuáles de nuestras decisiones fueron del Espíritu Santo y cuáles fueron fruto de nuestro egoísmo).

Estos dos hijos nos muestran dos alternativas: o me centro en mí o en la llamada de Dios que muchas veces llega a través de los hermanos. Por eso lo importante no es la respuesta primaria, sino los hechos. Que no nos preocupe tanto el aparentar, el quedar bien, la imagen… Nuestra religión no es del aparentar, sino del ser. El Señor no mira las apariencias, sino el corazón. Ojalá que nuestro cristianismo se apoye en lo que somos, en nuestras intenciones, en nuestro deseo de compartir y salir de nosotros mismos, en buscar el bien común y responder generosamente a las llamadas diarias que Dios nos hace.

Evangelio según San Mateo

Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: “¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos y, dirigiéndose al primero, le dijo: ‘Hijo, quiero que hoy vayas a trabajar a mi viña’.
El respondió: ‘No quiero’. Pero después se arrepintió y fue. Dirigiéndose al segundo, le dijo lo mismo y este le respondió: ‘Voy, Señor’, pero no fue. ¿Cuál de los dos cumplió la voluntad de su padre?”. “El primero”, le respondieron. Jesús les dijo: “Os aseguro que los publicanos y las prostitutas llegan antes que vosotros al Reino de Dios. En efecto, Juan vino a vosotros por el camino de la justicia y no creisteis en él; en cambio, los publicanos y las prostitutas creyeron en él. Pero vosotros, ni siquiera al ver este ejemplo, os habéis arrepentido ni habéis creído en él”.

0

votar

El miedo al castigo

Introducción. Cuando Jesús nos habla de una manera clara y contundente denunciando la hipocresía, la ambigüedad de nuestras intenciones, normalmente nos encuentra con escudos, con defensas, justificando nuestra fragilidad, o negando cualquier fallo en nuestra vida. La soberbia actúa de una manera inmediata, negando absolutamente convencidos todo aquello de los que se nos acusa. “A mí eso no me pasa, yo no soy de esos”.
Y si son los hermanos quienes nos corrigen actuamos de la misma manera. “Vale yo he actuado mal, pero tú más”. Dese pequeños nos da pánico reconocer nuestros errores y límites. Si hemos roto un jarrón del salón de nuestra casa y preguntan quién ha sido, pocas veces decimos que hemos sido nosotros. O culpamos a otros, si están cerca, o a una ráfaga de aire que casualmente pasaba por ahí. ¿Qué se esconde detrás de la falta de sinceridad y del reconocimiento humilde de nuestros fallos? La respuesta es clara: el miedo al castigo. Tenemos grabado en lo más profundo de nuestro corazón y de nuestra mente la lógica humana del premio y del castigo. Si obro bien, merezco una recompensa, y si obro mal, la reprimenda, el castigo y el rechazo. Y sutilmente proyectamos esa imagen en Dios. No acabamos de creer que Él nos conoce mucho más que nosotros mismos. E ingenuamente pensamos que a Dios le podemos engañar como a las personas. Nuestra gran preocupación no es ser, sino aparentar, que somos buenos, valiosos, y merecedores de toda confianza. ¡Qué esfuerzos tan titánicos hacemos para no aparecer frágiles o vulnerables! ¡Cuánto nos ocupamos en no mostrar flaquezas, fisuras o debilidades! Y lo más liberador es vivir bajo la mirada permanente de Dios, que es consciente de lo pobres que somos, pero que tiene un compromiso y un amor que no cambia a pesar de nuestro comportamiento.

Lo que Dios nos dice. “El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia. No está siempre acusando ni guarda rencor perpetuo; no nos trata como merecen nuestros pecados ni nos paga según nuestras culpas. Como se levanta el cielo sobre la tierra, se levanta su bondad sobre los que le temen; como dista el oriente del ocaso, así aleja de nosotros nuestros delitos. Como un padre siente ternura por sus hijos, siente el Señor ternura por los que lo temen; porque él conoce nuestra masa, se acuerda de que somos barro”. Sal 103,8-14.
Hemos de tener la seguridad de que a Dios no le engañamos, ni le sorprende de qué estamos hechos. Si somos obras de sus manos. Si él ha modelado cada corazón y comprende todas sus acciones. Si Jesús era consciente de la fragilidad de Pedro y le confío ser la roca en la que se apoya la naciente Iglesia. Si sabía todo de la mujer adúltera, de la samaritana, de Zaqueo… Pero él mira el corazón, no se queda entristecido por las apariencias. Por eso esa mirada esperanzada, que no juzga, que no machaca la fragilidad, sino que la asume y se encarga, dentro de las posibilidades, de sanarla y repararla. Imaginaos al Buen Samaritano acercándose el hombre tirado al borde del camino, herido, apaleado, diciendo: “¡Qué despojo de hombre! seguro que es un borracho, un drogado, un maleante, o peor aún, está haciendo comedia para robarme”. Todas las desconfianzas y los juicios nos alejan de Dios y de los hermanos.
“Dijo también esta parábola a algunos que confiaban en sí mismos por considerarse justos y despreciaban a los demás: Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: ¡Oh Dios!, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo. El publicano, en cambio, quedándose atrás, no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: ¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador. Os digo que este bajó a su casa justificado, y aquel no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido”. Lc 18,9-14.
Es una gran liberación ponerse delante de Dios como somos. Sin maquillajes ni disimulos. Sabemos como somos, las carencias que tenemos, los miedos, los orgullos. Pero esa miseria, tocada por el corazón de Dios es motivo de más amor, de más confianza, olvidando el castigo, abrazarnos con más fuerza a esa mano que nos levanta, que nos renueva, que nos sana.

Cómo podemos vivirlo. Toda la vida de Jesús es un camino de ir levantado a la humanidad rota que se va encontrando día tras día. No gasta ni una gota en preguntar por el pasado. Ni culpabiliza, ni ejemplifica, ni castiga, ni se alegra de los sufrimientos de los demás. Solo acoge lo que hay, lo asume, lo hace suyo, lo abraza, lo besa, lo ama. Y esa es la misión de nuestra Iglesia en el siglo XXI. Acoger sin preguntar. Abrazar sin temores, miedos o reservas. Todo lo creemos, todo lo esperamos, todo lo amamos. No somos ni censores, ni jueces, ni pesados consejeros que velan tanto por la vida recta de los demás que se olvidan de recorrer su propio camino. Ojalá que inauguremos una nueva forma de relacionarnos, donde sabiendo todos que compartimos un destino común, nos ayudemos con todo nuestro ser a caminar a pesar de las dificultades. No exigiendo unas extrañas perfecciones, sino poniendo en común lo que tenemos. Luchas y derrotas. Virtudes y talentos. Sin pretender dar una imagen de equilibrio y perfección que en el fondo esconde un miedo terrible a vernos descubiertos en nuestra fragilidad. Somos una comunidad de pecadores que bajo la misericordia de Dios y su gracia, nos vemos capaces de acompañar a la humanidad sin avergonzarnos de ella.

0

votar

Conociendo (y amando) los defectos de Jesús

El domingo pasado la Palabra de Dios nos sorprendía con la parábola de los obreros llamados a trabajar en la viña a diferentes horas y que luego recibieron el mismo salario.

Según nuestros criterios de mérito, los trabajadores que dieron más horas y soportaron el calor, habrían merecido un salario mayor. Entonces recordé algo que leí y me conmovió.

Se trata de un texto del Cardenal vietnamita Francois-Xavier Nguyen van Thuan, un hombre que estuvo prisionero durante trece años.

Los carceleros y los compañeros prisioneros le preguntaban: “¿Por qué usted lo ha abandonado todo: familia, poder, riqueza para seguir a Jesús?, debe haber un motivo muy especial”. El Cardenal les decía: “Lo he abandonado todo para seguir a Jesús porque amo sus defectos”.

Este cardenal que celebraba la eucaristía en prisión haciendo de su mano el cáliz sobre la cual mezclaba tres gotas de vino y una de agua, nos hace caer en la cuenta de cómo debemos amar a Jesús y esperar en él por encima de las dificultades.

Y ahora podemos leer su texto sobre los maravillosos cinco defectos de Jesús:

1.- JESUS NO TIENE BUENA MEMORIA

En la cruz, durante su agonía, Jesús oyó la voz del ladrón de su derecha: “Jesús, acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino”; Jesús le dice: “Te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso”. Él olvida todos los pecados de aquel hombre.
Algo semejante ocurre con la pecadora que derramó perfume en sus pies: Jesús no le pregunta nada sobre su pecado escandaloso, sino que dice simplemente: “Quedan perdonados sus muchos pecados porque ha mostrado mucho amor”.
Jesús no tiene memoria para recordar los pecados de nadie, perdona a todos e incluso se olvida que ha perdonado.

2.- JESUS NO SABE MATEMATICAS

Esto lo demuestra en la parábola de la oveja perdida. Un pastor tenía cien ovejas, una de ellas se pierde, y él, inmediatamente, va a buscarla dejando las otras noventa y nueve en el redil. Cuando la encuentra la carga sobre sus hombros.
Para Jesús, uno equivale a noventa y nueve, y quizá incluso más. ¿Quién puede aceptar esto? Pero su misericordia desborda todo cálculo cuando se trata de salvar una oveja descarriada.
Tampoco cuando Jesús se sienta junto a la samaritana en el pozo; o cuando se detiene a comer en la casa de Zaqueo no mide, no calcula, solamente ama.

3.- JESUS NO SABE DE LOGICA

Jesús pone como ejemplo para sus seguidores a una mujer que tiene diez dracmas y pierde una. Entonces enciende la lámpara para buscarla. Cuando la encuentra, invita a sus vecinas y les dice: “Alegraos conmigo, porque he hallado la dracma que había perdido”.
No parece muy lógico gastar más del valor de la dracma para invitar a las vecinas. Pero Jesús, con esta parábola nos desvela la extraña lógica de su corazón: “Os digo que, del mismo modo, hay alegría entre los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta”.

4.- JESUS ES UN AVENTURERO

El que hace publicidad o el que se presenta como candidato a las elecciones prepara un programa detallado, con muchas promesas.
Nada semejante en Jesús: Él promete a quienes lo siguen procesos y persecuciones.
A sus discípulos, que lo han dejado todo por él, no les asegura ni la comida ni el alojamiento, sino sólo compartir su mismo modo de vida.
Las bienaventuranzas es el discurso del aventurero del amor del Padre. Este discurso es de principio a fin una paradoja: Bienaventurados los pobres de espíritu. Bienaventurados los que lloran
Pero los discípulos confiaban en aquel aventurero. Desde hace dos mil años y hasta el fin del mundo no se agota el grupo de “aventureros” que han seguido a Jesús. Basta mirar a los santos de todos los tiempos.

5.- JESUS NO ENTIENDE NI DE FINANZAS NI DE ECONOMIA

Así se ve en la parábola de los obreros de la viña: el Reino de los Cielos es semejante a un propietario que salió a primera hora de la mañana a contratar obreros para su viña. Salió luego hacia las nueve y hacia mediodía y hacia las tres y hacia las cinco, y los envió a sus viñas. Al atardecer empezando por los últimos y acabando por los primeros, pagó un denario a cada uno.
¿Cómo es posible pagar a quien empieza a trabajar a la cinco de la tarde un salario igual al de quien trabaja desde el alba? ¿Se trata de un despiste, o Jesús ha hecho mal las cuentas? No. Lo hace a propósito, porque Jesús es AMOR. Y el amor auténtico no razona, no mide, no levanta barreras, no calcula, no recuerda las ofensas y no pone condiciones.

De esta forma explicó el Cardenal Van Thuan su opción incondicional por Cristo, y terminó diciendo: amo los defectos de Jesús y gracias a Dios son incorregibles.

Me gustan los defectos de Jesús, su amor sin medida ni límite. Por eso cuando escucho esta sorprendente parábola, la oigo con la alegría de saber que Jesús valora mi seguimiento aunque sea muy pobre.

0

votar

Audio-homilía: Festividad de la Exaltación de la Cruz

Nos pasa con la cruz lo que nos pasa con muchas cosas de nuesta vida: al acostumbrarnos a ellas perdemos la nitidez y la profundidad del mensaje que nos transmiten. Cuando una cosa la vivimos muchas veces, pierde emoción. Con la cruz, nos pasa eso. Ahora mismo, la cruz se ha convertido en un elemento decorativo y cotidiano de nuestra cultura.

Tenemos que renovar, redescubrir y volver a los orígenes de lo que significan las cosas, porque la inercia y el uso erosionan y desgastan. Hay que renovarse y sorprenderse de nuevo.

La exaltación de la cruz traducida en lenguaje actual sería ver si hemos aprendido a integrar lo negativo en nuestras vidas. Porque a lo positivo nos acostumbramos siempre, pero las dificultades no nos gustan.

El Señor nos ha hecho listos y no estamos diseñados para sufrir por sufrir. Sufrir de forma inútil es una enfermedad. Además, nuestra programación más básica nos hace huir del sufrimiento.

Y, en este contexto, viene el Señor y nos pide que le acompañemos a la cruz. Pero es que hay cosas de nuestra trayectoria personal que sólo se dan a través de la cruz. Al igual que el mármol, para convertirse en una escultura maravillosa, ha de sufrir necesariamente los golpes del tallado, si no hay cruces cotidianas, nuestra capacidad de amar no aumenta y no maduramos. En nuestro día a día hay mucho de cruz, pero los frutos de una vida tienen mucha relación con la raíz hundida en el suelo.

La exaltación de la cruz no es masoquismo. Es integrar el sufrimiento en un proyecto de vida.

Ojalá que abracemos nuestras cruces, pero no quedándonos en el sufrimiento sino en lo que genera abrazar la cruz por amor a los demás.

Evangelio según San Juan

Jesús dijo a Nicodemo: «Nadie ha subido al cielo, sino el que descendió del cielo, el Hijo del hombre que está en el cielo. De la misma manera que Moisés levantó en alto la serpiente en el desierto, también es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto, para que todos los que creen en él tengan Vida eterna. Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.»

0

votar

Audio-homilía: Si te hace caso, has salvado a tu hermano

Este evangelio nos dice que cada uno de nosotros podemos convertirnos en canal de verdad y de amor para que todos nos encontremos con el Señor.

Muchas veces nuestra búsqueda espiritual es tremendamente individualista. Y este evangelio nos recuerda que, según como nos tratamos las personas, así tratamos a Dios. Jesús nos pide que nos tomemos mucho más en serio la vida de los que están a nuestro alrededor.

La corrección fraterna tiene que nacer del amor. Hay mucha diferencia entre corregir y criticar, entre implicarme con el otro para que crezca y recordarle permanentemente lo que hace mal de forma machacona.

Este evangelio no nos dice que seamos jueces de los demás o que nos pongamos a meterle el dedo en el ojo al otro. Lo que dice es que el amor nos lleva a querer y aceptar al otro con sus límites, sin evaluarlo. Nos hace quererle, desear que crezca e intentar ayudarle y corregirle desde la humildad.

Jesús está convencido de que su amor y su gracia pasa por que nos ayudemos unos a otros. Muchas veces, en las comunidades humanas, hay mucho postureo y mucha aparencia. El día que aprendamos a hablar de nuestras necesidades y de nuestras debilidades cambiará la historia.

El evangelio termina diciendo que a Dios le gusta que nos pongamos de acuerdo y le pidamos algo en comunión. Él valora que estemos juntos y que le pidamos desde el corazón. Donde hay amor ahí está Dios. Cuando el amor es real, ni la distancia, ni las opiniones diferentes pesan. El amor verdadero, el amor de Dios, vence todas esas dificultades.

Ojalá que nuestro reto más sincero en este inicio de curso sea recibir y acoger lo que de Dios viene a través de los que nos rodean y que seamos conscientes de que Dios nos habla a través de todos ellos.

Evangelio según San Mateo

Jesús dijo a sus discipulos: Si tu hermano peca, ve y corrígelo en privado. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Si no te escucha, busca una o dos personas más, para que el asunto se decida por la declaración de dos o tres testigos. Si se niega a hacerles caso, dilo a la comunidad. Y si tampoco quiere escuchar a la comunidad, considéralo como pagano o publicano. Os aseguro que todo lo que atéis en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desatéis en la tierra, quedará desatado en el cielo. También os aseguro que si dos de vosotros os unis en la tierra para pedir algo, mi Padre que está en el cielo os lo concederá. Porque donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos.

0

votar