Audio-homilía: Convertíos y creed en el Evangelio

La llamada de Dios siempre es un misterio de confianza y de total misericordia divina que hace sentir al ser humano imprescindible para la salvación. Que Dios nos llame es la mayor valoración que puede hacer a la humanidad. Lo humano para Dios se convierte en algo divino. Y es un misterio de misericordia, no una cuestión de utilidad.

A nosotros, desde los criterios humanos, nos da la impresión de que Dios sólo llama a los cualificados, porque eso es lo que hacemos nosotros. La mirada humana difiere muchísimo de la de Dios. Nosotros nos quedamos en las apariencias, pero Él mira al corazón. Que Dios nos llame significa que valora nuestras capacidades mucho más que nosotros mismos.

Jonás es el ejemplo de la humanidad que se ve indigna frente a los planes de Dios. En su primera llamada, Dios manda a Jonás ir a Nínive y se fue a Tarsis, es decir no respondió a esos planes. Lo más opuesto a lo que Dios nos pide es a veces lo que queremos hacer. En ocasiones, por ignorancia, nos parece que Dios nos llama a renunciar a lo que más nos gusta.

Pero Dios no nos llama a que quitemos, a que dejemos, a que renunciemos, nos llama a potenciar tremendamente los talentos que Él nos ha dado.

No hay sufrimiento mayor que cuando nos resistimos a hacer lo que Dios nos pide. Teresa de Jesús decía “no hay peor cruz que la indecisión ante la cruz”. Todo lo que sea marear la perdiz y evitar los compromisos reales, nos hace vivir en la inquietud y sufrir.

Dios, que no deja de llamarnos, utiliza mil caminos hasta que lleguemos a entender que lo que él nos pide es nuestro bien. Coger la cruz es mucho más fácil de lo que imaginamos. Lo que nos hace sufrir es la resistencia, la negación, no querer vivir lo que nos toca, no aceptarnos como somos.

La primera llamada de Dios es a acoger con alegría quien soy, con mis luces y mis sombras. Si cada uno de nosotros viviera su cotidianidad agradecido de quien es, ya estaría viviendo su vocación. Si no aceptamos nuestro papel, sufriremos. Pero, si nuestra vida la experimentamos con un regalo, seremos felices.

Y, en cuanto a la llamada de los apóstoles, la vocación responde a una historia de amor y se realiza desde la gratuidad. Los apóstoles respondieron con generosidad porque Jesús los amó primero.

Ojalá aceptemos la llamada de Dios a ser quien somos y respondamos alegremente a su misericordia.

Evangelio según San Marcos

Después que Juan fue arrestado, Jesús se dirigió a Galilea. Allí proclamaba la Buena Noticia de Dios, diciendo: “El tiempo se ha cumplido: el Reino de Dios está cerca. Convertíos y creed en la Buena Noticia”.
Mientras iba por la orilla del mar de Galilea, vio a Simón y a su hermano Andrés, que echaban las redes en el agua, porque eran pescadores.
Jesús les dijo: “Seguidme, y yo os haré pescadores de hombres”.
Inmediatamente, ellos dejaron sus redes y lo siguieron.
Y avanzando un poco, vio a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban también en su barca arreglando las redes. En seguida los llamó, y ellos, dejando en la barca a su padre Zebedeo con los jornaleros, lo siguieron.

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Estresados o apasionados

Introducción. Estrenar vida tiene que ver con parar, tomar conciencia de a dónde nos van llevando nuestros pasos y querer darles la dirección que deseamos. Siempre hay circunstancias que nos afectan y nos influyen, pero no nos pueden determinar. Metidos en ambientes hostiles, podemos transformarlos en ocasiones para crecer y para aprender a amar. Se puede amar la luz y las tinieblas. Pero solos no podemos hacerlo, no tenemos ni los recursos, ni las fuerzas, ni la mirada nueva que nos permite ver en medio de lo que vivimos las puertas que se abren a la esperanza y al reino. Todos los finales de año intento hacer un balance. Y, por mucho que intento descubrir los resultados, al final lo que descubro es que lo importante no es lo que yo percibo. Mi subjetividad me juega muy malas pasadas. A veces los sentimientos llenan de una determinada sensación la percepción de la realidad. Paso de ver que todo va bien a que todo es un desastre en muy poco tiempo de diferencia. Si me guío por lo visible, podría estar contento: la parroquia camina a buen ritmo, actividades, gente, proyectos, agradecimientos externos. Pero el valor de nuestras vidas va mucho más allá de lo que producimos o de lo que hacemos. La actividad externa nos oculta lo verdaderamente importante que es el ser. No valgo por lo que hago. Valgo por lo que soy. Por eso, la tentación a la hora de evaluar mi vida descansa más en lo que soy cuando me pongo delante de Dios, en lo secreto, que en lo que los demás juzgan de mí, lo que ven o lo que reciben de mí.

Lo que Dios nos dice. “Que la gente solo vea en nosotros servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios. Ahora, lo que se busca en los administradores es que sean fieles. Para mí lo de menos es que me pidáis cuentas vosotros o un tribunal humano; ni siquiera yo me pido cuentas. La conciencia, es verdad, no me remuerde; pero tampoco por eso quedo absuelto: mi juez es el Señor. Así, pues, no juzguéis antes de tiempo, dejad que venga el Señor. El iluminará lo que esconden las tinieblas y pondrá al descubierto los designios del corazón; entonces cada uno recibirá de Dios lo que merece”. 1ª Cor 4, 1-5.
No juzgar antes de tiempo. Eso es algo que debemos aprender a vivir. Nos suele pasar que tenemos la mirada llena de prejuicios, de criterios, de claves para interpretar la vida que muchas veces son totalmente erróneos. Con mucha celeridad definimos lo que es bueno y lo que no lo es. Esto está bien, esto está mal. Esta es una buena persona, esta no lo es. Y casi inmediatamente le colocamos el cartel de apto o no apto a todo lo que se presenta delante de nuestros ojos. Y hay que ser pacientes, porque a la larga todo se puede convertir en ocasión para agradecer, si lo vivimos acompañados por Dios.
“Cuando oréis, no seáis como los hipócritas, a quienes les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para que los vean los hombres. En verdad os digo que ya han recibido su recompensa. Tú, en cambio, cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo recompensará”. Mt 6,5-6.
Otra buena sugerencia que nos hace Jesús: vivir buscando los espacios de soledad y de silencio. Buscar la recompensa de la gente, el querer agradar y recibir consuelo de los demás es muy humano y, al mismo tiempo, muy esclavo. Vivir pendientes de las aprobaciones que vienen de fuera nos hace dejar de ser libres y espontáneos. Tanto nos medimos, buscando lo correcto, lo que se espera de nosotros, guardando difíciles equilibrios, que al final dejamos de ser nosotros.
“Para la libertad nos ha liberado Cristo. Manteneos, pues, firmes, y no dejéis que vuelvan a someteros a yugos de esclavitud”. Gal 5,1.
La libertad no es hacer lo que me dé la gana, pasando de los demás. Eso es egoísmo y centramiento en nosotros mismos. Pero sí que es cierto que a veces nos anulamos y nos reprimimos por los demás y ellos no se dan ni cuenta. ¡Cuántas horas esperando a personas que al final no vienen! ¡Cuántos planes a los que renuncio para optar por otros que priorizo y que, a última hora, se anulan! Y se nos van quedando el corazón frío, la confianza dañada, la ilusión apagada. Por eso es tiempo de volver a decidir por dónde han de caminar nuestros pasos. Por el centramiento en uno mismo, por el repliegue, por la hibernación o por la alegría de ponerlo todo en cada momento. Volver a creer que vale la pena ilusionarse, sonreír, ser generoso, estar disponible. Y, si las cosas no salen, creer profundamente que nunca el tiempo es perdido. Todo lo que hacemos con sinceridad y con amor, aunque no se vea, ni aparezca es amor y gratuidad puestos al servicio de quien las necesite.
“Si hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, pero no tengo amor, no sería más que un metal que resuena o un címbalo que aturde. Si tuviera el don de profecía y conociera todos los secretos y todo el saber; y si tuviera fe como para mover montañas, pero no tengo amor, no sería nada. Y si repartiera todos mis bienes entre los necesitados; y si entregara mi cuerpo a las llamas, pero no tengo amor, de nada me serviría”. 1ª Cor 13,1-3.

Cómo podemos vivirlo. Lo que nos tiene que ocupar mirando el año que acabamos de empezar es cómo queremos vivir cada uno de los días que se nos ofrecen como regalo. Una agenda repleta de algo que no nos gusta se llama estrés. Una agenda repleta de algo que hacemos llenos de amor, se llama pasión. Nosotros decidimos qué y cómo queremos vivir: en el estrés o en la pasión.

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Audio-homilía: La llamada. Vieron donde vivía y se quedaron con Él

Estamos al inicio de la vida pública de Jesús y vemos que lo primero que hace es llamar a sus discípulos.

La llamada de Dios es algo permanente a lo largo de toda la historia que en este 2015 continúa formando parte del dinamismo propio de Dios. Él sigue llamando, pero llama a personas ocupadas, intrépidas, apasionadas, que están en camino y haciendo algo. Dios no llama a los que están permanentemente sentados en el sofá viendo pasar la vida, ni a los que entierran talentos, ni a los que no están dispuestos a ser fieles a lo que entienden en cada momento de su vida.

La llamada que Dios hace a la humanidad, desde el más pequeño al más grande, es a potenciar y llevar a plenitud los deseos más profundos que cada uno tiene en el corazón. Dios no viene a cambiar, a quitar, a modificar, sino a llevar a la máxima expresión lo que Él mismo que ha puesto en nuestro corazón.

La llamada coincide con el deseo humano y con el de Dios. Dios llama a quien desea vivir apasionadamente. Vemos en las llamadas a los apóstoles y seguidores de Jesús que era gente fiel a la luz que tenía.

Como decimos muchas veces “Dios no llama a los capaces, sino que capacita a los que llama”. Dios no nos llama a ser mediocres o tibios. Nos quiere fríos o calientes.

Tenemos la oportunidad en este 2015 para no hacer que la vida nos lleve a la inercia de los acontecimientos, sino a ser protagonistas del tipo de existencia que queremos construir.

En este fragmento del evangelio también destaca la generosidad de Juan Bautista que con toda sinceridad dice a sus discípulos que no es el Mesías y señala a Jesús como “Cordero de Dios”, una expresión que refleja una ternura total. Jesús no viene a tierra con la fuerza o la imposición, sino con la atracción y la invitación.

La llamada de Dios en la actualidad tiene muchas imágenes. Lo vemos en Samuel. Hay personas con inquietudes que oyen llamadas en lo profundo del corazón y no saben dónde ni cómo responder. Pero la llamada de Dios es insistente e irreversible.

Ojalá nos ayudemos a escuchar la llamada de Dios: en la inquietud en el corazón, en el deseo a actuar ante las injusticias, en la atracción que produce ser amado (cuando nos dejamos amar por la misericordia de Dios, es imposible que no nos salga una respuesta de gratitud).

Ojalá que nos dejemos amar mucho por Dios y nos despierte las ganas de responder con gratitud a todo su amor.

Evangelio según San Juan

Estaba Juan Bautista otra vez allí con dos de sus discípulos y, mirando a Jesús que pasaba, dijo: “Este es el Cordero de Dios”.
Los dos discípulos, al oírlo hablar así, siguieron a Jesús. El se dio vuelta y, viendo que lo seguían, les preguntó: “¿Qué queréis?”. Ellos le respondieron: “Rabbí -que traducido significa Maestro- ¿dónde vives?”. “Venid y lo veréis”, les dijo. Fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él ese día. Era alrededor de las cuatro de la tarde.
Uno de los dos que oyeron las palabras de Juan y siguieron a Jesús era Andrés, el hermano de Simón Pedro.
Al primero que encontró fue a su propio hermano Simón, y le dijo: “Hemos encontrado al Mesías”, que traducido significa Cristo. Entonces lo llevó a donde estaba Jesús. Jesús lo miró y le dijo: “Tú eres Simón, el hijo de Juan: tú te llamarás Cefas”, que traducido significa Pedro.

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Dejar de esperar

Introducción. Después de la intensidad de estos días de fiesta volvemos a la normalidad, al lugar en el que Dios nos espera. Recogidos ya todos los elementos que nos recuerdan lo festivo y lo navideño estrenamos año con la seguridad de que el Emmanuel, el Dios con nosotros, nos va a acompañar todos los días de nuestro año. Y nosotros tenemos que estrenar ese acercamiento a la realidad que nos descubre lo precioso, lo maravilloso que es este regalo, que es la vida acompañada, convivida y entregada, a través de todas las circunstancias y las personas con las que nos encontramos. Vivir es fácil con los ojos abiertos a la realidad que es mucho más rica e interesante, más sorprendente y dichosa de lo que muchas veces somos capaces de reconocer.
Lo grande, lo espectacular, lo ruidoso y extraordinario forma parte de nuestra vida. Estrenar, descubrir lugares nuevos, visitar lo que no conocíamos, experimentar sabores y texturas, sonidos y paisajes, la aparición de nuevas personas en nuestra vida, presentarnos y acoger novedades es excitante. Pero convivir con los de siempre, ir a los lugares de siempre, y hacer lo que hacemos la mayor parte de nuestro año es para estar profundamente agradecidos, por lo que somos y por lo que vivimos. La mayor parte del tiempo transcurre entre cotidianidad y costumbres rutinarias y conocidas. Volver a horarios, a prácticas habituales no tiene por qué bajar la intensidad de lo que vivimos. La realidad que se presenta delante de nuestros ojos es tan rica y tan apasionante como las sorpresas y los nuevos espacios que recorremos. Y hay que entrenar la mirada y la confianza para vivir a pleno pulmón lo que cada, día, cada hora, y cada minuto de este año se nos presenta como regalo, sin despreciar nada, ni a nadie, por ser poco interesante o poco atractivo. Es irreversible el paso del tiempo. O lo gozo o lo pierdo. Nuestros encuentros con las personas pueden dejarnos huellas imborrables en el corazón o pasar de forma indiferente por tantas vidas valiosísimas que ya no volverán a brindarnos la oportunidad de conocerlas y de quererlas.
El reto es dejar de ser jueces exigentes que acogemos a despreciamos a las personas o los acontecimientos con unos criterios basados en el interés o el egoísmo, y abrirnos a una nueva forma de mirar y de acoger, aprendiendo de nuestro Dios.

Lo que Dios nos dice. “Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos. Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y, si saludáis solo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo los gentiles? Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto”. Mt 5, 43-48.
La vida no es tan simple como para diferenciarla entre bueno y malo, negro o blanco, error o acierto. Todo forma parte de la misma realidad. Se puede amar la luz y las tiniebla. Todo es vivible y de todo se aprende dependiendo de con quién vivo las cosas.
“Tú siempre puedes desplegar tu gran poder. ¿Quién puede resistir la fuerza de tu brazo? Porque el mundo entero es ante ti como un gramo en la balanza, como gota de rocío mañanero sobre la tierra. Pero te compadeces de todos, porque todo lo puedes y pasas por alto los pecados de los hombres para que se arrepientan. Amas a todos los seres y no aborreces nada de lo que hiciste; pues, si odiaras algo, no lo habrías creado. ¿Cómo subsistiría algo, si tú no lo quisieras? o ¿cómo se conservaría, si tú no lo hubieras llamado? Pero tú eres indulgente con todas las cosas, porque todas son tuyas, Señor amigo de la vida”. Sab 11,21-26.
Es tiempo de abrir los ojos y el corazón para no despreciar la cantidad de riqueza que brota de lo normal y de lo pequeño. De lo conocido que siempre sorprende. Nunca se agota la vida, ni lo que conocemos de las personas, porque todo se renueva día a día. Año nuevo, vida nueva, personas nuevas con capacidad de sorprendernos, de alegrarnos. Por muchas cosas y personas que conozca, nunca puedo decir que ya no me aportan. El tesoro está escondido, pero esperando ser descubierto y es ahí donde aparece nuestra responsabilidad. Nuestro trabajo es quitarle el envoltorio, el papel al regalo y disfrutarlo.

Cómo podemos vivirlo. Imaginaros a los niños en la mañana del día de Reyes Magos, con un montón de paquetes, de regalos y que no hicieran nada. Que estuvieran esperando otros regalos y no los que les esperan debajo del árbol. Les animaríamos insistentemente a que se quitaran la pereza y a que los abrieran, los disfrutaran y los gozaran. ¡Qué grande sería nuestra decepción si no se movieran, si nos le brillaran los ojos con la ilusión y la alegría! De la misma manera está Dios con nosotros. Esperando con gran expectación que reconozcamos el cariño y la ternura que ha puesto en cada una de nuestras vidas. Cada día de este año que estrenamos es un regalo, cada encuentro con cada persona que nos cruzamos, cada actividad, cada oportunidad de sabernos amados y protegidos con un amor eterno destinado para cada uno de nosotros. Ayudémonos a no vivir con la venda puesta, con el corazón encogido, sino convencidos de que cada una de nuestras vidas merece la pena ser vivida, porque está regalada para que seamos dichosos y felices.

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Audio-homilía: Tu eres mi Hijo amado, mi predilecto. Bautismo de Jesús

En este evangelio vemos la primera acción apostólica de Jesús y esta escena del Bautismo nos muestra lo que para Jesús son las prioridades de nuestra misión como cristianos.

Tras una semana muy convulsa, podemos preguntarnos ¿para qué sirve ser creyente?.

El Bautismo de Jesús es tan integrador y tan magnífico que nos ofrece ocasión de replantearnos lo que hace Él y lo que hacemos nosotros.

En primer lugar, Jesús va a una humanidad rota y necesitada. Podría haber elegido otros escenarios, pero con este gesto nos muestra que lo divino aterrizado en lo humano se convierte en compasión y amor. En esa orilla del Jordán, Juan recibía afectividades destrozadas, moralidades rotas, personas que habían tocado fondo.

Debemos reconocer con humildad que solos no podemos llevar las riendas de nuestras vidas. Si nos sentimos capaces, si pensamos que controlamos y que podemos sólo con nuestras fuerzas, nos sentimos “ricos”, porque creemos que no necesitamos a los demás. Y, sin embargo, la condición básica para la conversión es lo opuesto: es reconocer que estamos agotados y que nos sabemos llevar las riendas de nuestra vida y, en consecuencia, pedir ayuda. Hasta que no reconozcamos que “solos no podemos más”, seguiremos manejando nuestra vida desde una falsa autosuficiencia.

Y ¿qué hace Jesús en esa cola de gente acabada, si Él era el hijo de Dios y estaba lleno del Espíritu Santo?… Le dice a la humanidad que no debemos asustarnos y escandalizarnos ante la fragilidad humana, porque ahí es donde más se manifiesta el Amor de Dios. Jesús en el Jordán nos dice que Dios se manifiesta salvando y abrazando, identificándose con el que más necesita. ¿Y nuestra Iglesia qué persigue? ¿A los ricos, a las élites, a los listos? Si vamos por ahí, nos estamos olvidando de lo que Jesús hizo en el Jordán.

También destaca en este evangelio la humildad de Jesús al reconocer la autoridad de Juan Bautista y quitarse protagonismo sobre Él mismo. Es una actitud muy diferente a la nuestra. Nosotros estamos muy acostumbrados a hacer tabla rasa sobre lo anterior y a sentirnos los salvadores de las situaciones.

Por último, conviene que nos paremos también en la actitud del Padre. Dios podría hacer dicho “este es mi Hijo muy querido” en otros momentos de la historia de Jesús, pero elige únicamente dos ocasiones en el evangelio: cuando Jesús se identifica con la humanidad necesitada y cuando se integra con Moisés y Elías en el Monte Tabor para dar continuidad a la historia de la salvación.

Ojalá que ninguno nos sintamos mesías, sino que seamos conscientes de que formamos parte de una historia muy rica y muy larga. Somos herederos de una gran nube de testigos y ojalá que nuestro testimonio muestre claramente lo que es el evangelio de Jesús.

Evangelio según San Marcos

Juan predicaba, diciendo: “Detrás de mí vendrá el que es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de ponerme a sus pies para desatar la correa de sus sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con el Espíritu Santo”.
En aquellos días, Jesús llegó desde Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán.
Y al salir del agua, vio que los cielos se abrían y que el Espíritu Santo descendía sobre él como una paloma; y una voz desde el cielo dijo: “Tú eres mi Hijo muy querido, en ti tengo puesta toda mi predilección.”

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