zz004Hace ya una docena de años que tuvo lugar el terror del 11S. Escribí inmediatamente una página en Nuestro Tiempo, con la foto que aquí puede verse, y con el texto que cinco años después recogí en Scriptor.org (11 Septiembre, Cinco Años Después De Las Torres Gemelas). En otros aniversarios escribí también otros textos.

El caso es que he recordado, hoy, a esta misma hora de aquel horror, al bombero Byrne que subía las escaleras y al entonces funcionario Labriola, fotógrafo amateur que hizo la instantánea y me cedió el derecho de publicarla aquel mismo día…

Mejor no dejar pasar el momento sin un recuerdo para cuantos lo sufrieron en carne propia.

 

++ Papa: atterrato a Ciampino l'aereo di Bergoglio ++

Recibo de Rafael Navarro-Valls el texto que hoy publica en el diario El Mundo, con la idea de que lo reproduzca en este lugar, en el que no pocas cosas de la comunicación pública pueden y deben ser repensadas a partir de lo que tenemos a la vista.

Comparto plenamente la idea y el titular de Rafael Navarro-Valls, “Francisco va en serio”. También, sobre todo, en lo que mira a su relación con la gente a través de los profesionales de la comunicación y con éstos mismos, que no resultan ser “santos de su devoción”, como él mismo dice. Sinceridad mezclada con algo de indudable ironía.

Lo hemos visto en la entrevista concedida a TV Globo (Entrevista De Media Hora Con Papa Francisco En TV Globo (+ Actualización)) y en la rueda de prensa en el avión de vuelta de Río a Roma (Magnífica Síntesis Video (6 Minutos) De La Rueda De Prensa De Papa Francisco En Al Avión De Vuelta A Roma).

El texto me parece ejemplar en el análisis de lo que bien puede suponer, más allá del inicio de una época de cambios, un auténtico cambio de época:

“El viaje a Brasil del Papa Francisco ha colmado todas las expectativas”. Esta frase sería sospechosa de triunfalismo en labios del séquito papal o del Ejecutivo brasileño. No lo es, si la escribe el periodista y rabino judío Gustavo Guershon. Tiene razón. Nunca un viaje papal -salvo el primero del Papa Wojtyla a Polonia- había levantado tantas esperanzas, dentro y fuera de Brasil.

Cuando el Papa Francisco se adentró en la Franja de Gaza brasileña -la favela que visitó en el viaje que acaba de concluir-, no sólo estaban pendientes de su mensaje social las autoridades brasileñas y los fieles de todo el mundo, sino la diplomacia y hasta la inteligencia de USA, China, UE y Cuba, entre otras. También en los ambientes “entre sombras” se esperaba, con curiosidad contenida, la visión que Francisco daría -en el epicentro de la pobreza”- de la doctrina social de la Iglesia, tal y como quiere impulsarla en el segundo decenio del siglo XXI. Alguno dio más de un respingo cuando oyeron decir al risueño papa argentino: “La fe es revolucionaria. Y os pregunto (a los jóvenes): ¿Estáis dispuestos a entrar en la ola de la revolución, de la fe? Sólo entrando en ella tu vida joven tendrá sentido y será fecunda”.Y una cierta tensión se notó en las cúpulas de los ejecutivos mundiales cuando pidió una acción contundente para defender “a los pobres ante intolerables desigualdades sociales y económicas que claman al cielo”.

Y es que una de las expectativas del viaje al Brasil era cómo afrontaría el Papa argentino el dilema de articular unas estructuras económicas equidistantes del turbo-capitalismo, ajeno a la solidaridad, y de un nuevo marxismo vergonzante, alérgico a la libertad. Es decir, qué versión daría el Papa de su “Iglesia de los pobres”. ¿Existía una liaison del mensaje del Papa Francisco con la teología de la liberación, una de cuyas cunas fue Brasil? Con todos mis respetos a los teólogos, después de un atento análisis de las intervenciones del Papa Bergoglio, me temo que esta hipótesis olvida algo importante en el pensamiento y en la acción del Papa argentino: su fuerte conexión con la doctrina social de la Iglesia, anterior en el tiempo a la teología de la liberación.

Las diversas formas de esta última sacaron precisamente de la doctrina social de la Iglesia la gran mayoría de sus afirmaciones, pero olvidando normalmente su espíritu: la trascendencia. Desde siempre la doctrina social de la Iglesia condenó los abusos, las injusticias y los ataques a la libertad. Es más, anima a luchar “por la defensa y promoción de los derechos del hombre”, de modo que la “opción preferencial por los pobres” es un postulado fundamental -con ese u otro nombre- que recorre las encíclicas sociales de estos dos últimos siglos. Pero el Papa Francisco -basta ver su bagaje teológico- es consciente de que abandonando el ángulo propio del mensaje eclesiástico, el de la teología moral, algunas formas de teología de la liberación “conducen inevitablemente a traicionar la causa de los pobres”, a pesar de su inicial impulso. De algún modo podría decirse que hoy son un “bello cadáver”, porque extrajeron de los mensajes sociales de la Iglesia su cuerpo de doctrina, pero olvidaron el alma que las anima. Sacralizaron la política, intentando captar la religiosidad del pueblo en beneficio de la revolución.

Existe, sin embargo, un problema: que la doctrina social de la Iglesia no solo es un conjunto de principios de reflexión, sino también de directrices de actuación. Lo primero se había acentuado más que lo segundo en los ambientes eclesiásticos de los siglos XIX y XX. El Papa Francisco ha puesto en este viaje el acento en la acción, recordando que los principios, en sí mismos, pueden quedar estériles si no inspiran directrices prácticas. Tal vez por eso el Papa animó a algo que puede parecer sorprendente: “Quiero -decía a los jóvenes- que salgan a la calle a armar lío, quiero lío en las diócesis, quiero que se salga fuera, quiero que la Iglesia salga a la calle, quiero que la Iglesia abandone la mundanidad, la comodidad y el clericalismo, que dejemos de estar encerrados en nosotros mismos”. Si a eso se une el optimismo de Francisco, se entiende enseguida la rápida aceptación que su figura tiene. Repárese, que siempre que lanzó un desafío, lo acompañó de una invitación a la esperanza: “A ustedes y a todos les repito: nunca se desanimen, no pierdan la confianza, no dejen que la esperanza se apague. La realidad puede cambiar, el hombre puede cambiar. No se habitúen al mal, sino a vencerlo”.

La segunda cuestión que este viaje ha despejado es la pregunta latente que sobrevolaba su primera salida fuera del Vaticano: pero este Francisco, ¿va en serio? La duda era si los gestos de austeridad dentro del Vaticano -y lo que significan- se verían reflejados en sus viajes al extranjero, trasladando al ámbito internacional lo que comenzó a vivir en el pequeño hábitat romano. La respuesta ha sido afirmativa. Un ejemplo. El pequeño Fiat gris no blindado con el que recorrió largos trayectos, puso los pelos de punta a las fuerzas de seguridad. Sobre todo cuando el Papa Bergoglio bajó la ventanilla del pequeño vehículo y comenzó a saludar a la multitud. Era todo un espectáculo contemplar la cara risueña del Papa en contraste con la profunda gravedad de los rostros de la escolta. Al parecer, el Papa se tomó en serio lo que el ministro brasileño Gilberto Carvalho dijo cuando, resignado, le trasladaron el mensaje de que el Papa no quería coches blindados ni soldados con fusiles a su alrededor: “Será entonces el pueblo brasileño quien protegerá la vida del Papa Francisco”. Naturalmente, no es una invitación a los líderes mundiales a que bajen la guardia, pero sí un ejemplo de que, a veces, se alejan demasiado de las gentes con sus interminables escoltas de coches y despliegues. La proximidad de Francisco ha sido todo un desafío. Como decía con sentido común una mujer de las favelas: “Si no tiene miedo en El Vaticano, ¿por qué lo va a tener aquí?”.

El viaje a Brasil, desde luego, trasciende sus límites geográficos. En realidad, desde el gigante sudamericano, el Papa argentino ha lanzado a todo el mundo una teología de la inclusión, que evite abandonar a algunos como náufragos en la periferia social. Pero esto no puede dejar en claroscuro un fenómeno estrictamente brasileño del que el Papa Bergoglio era consciente. La proporción de los católicos en Brasil ha bajado en picado del 99,7% en 1872 al 64.4% en 2010. La presión del protestantismo es fuerte. A lo que hay que añadir la fuerte difusión de los cultos sincréticos afrobrasileños en las clases bajas, y de la masonería y el kardecismo -una forma de espiritismo con especial desarrollo en Brasil- en las clases medio altas.

La ‘Reorganización’ de esta especie de mercado de la fe, con una Iglesia católica con baja cotización y unos movimientos no católicos en alza, requería una brusca sacudida. La persona del Papa Francisco, su mensaje sencillo y socialmente exigente, su desprecio de lo políticamente correcto y su cercanía, ha despertado una atención inusitada por la Iglesia católica. Lo cual no quiere decir que el Papa haya pedido un trato especial. Al contrario, ha insistido en una laicidad positiva del Estado, “que, sin asumir como propia ninguna posición confesional, respeta y valora la presencia del factor religioso en la sociedad, favoreciendo sus expresiones concretas”.

El Wall Street Journal acaba de definir a Bergoglio como “un verdadero animal político”, ayudado por un formidable “púlpito mundial”. La revista Time, al dedicar su portada al Papa argentino, lo califica como “El Papa del pueblo”, y Vanity Fair lo ha proclamado el “hombre del año”. Por otra parte, medios italianos vaticinan una suerte de Vatican sunset, una especie de atardecer para algunos de los viejos esquemas, con una Iglesia de los pobres y una teología del trabajo en el centro de la escena. Los jóvenes se entusiasman con él. Incluso los italianos lo prefieren -¡nada menos!- a sus dos monstruos sagrados Valentino Rossi y Mario Balotelli. El fervor de los tres millones de jóvenes situados a lo largo y ancho de la playa Copacabana no dejaba lugar a dudas.

Ajeno a estos calificativos, el Papa Francisco es evidente que ha vuelto rejuvenecido de este baño de multitudes. En el viaje de ida hacia Río manifestó que no concedía entrevistas a la prensa: “Para mí es algo difícil. Los periodistas no sois santos de mi devoción”, dijo con su habitual franqueza. A la vuelta, se ha ofrecido con una inédita desenvoltura a someterse a todo tipo de preguntas durante hora y media. Sobre Vatileaks es interesante su declaración de que ni Benedicto XVI ni él se asustaron especialmente por los resultados de las investigaciones. Y es natural, nadie desconoce que en la Iglesia hay de todo. Es como la Humanidad misma, que recuerda los dramas de Shakespeare: un tropel de gentes en los que se mezclan buenos y malos, santos y pecadores, avaros y menesterosos. Basta pensar en que la sociedad más civilizada, la europea, produjo en cuatro décadas dos guerras mundiales, tres sistemas totalitarios y montañas de cadáveres. Nadie puede asustarse de que también en la Iglesia se den contrastes que puedan escandalizar a algunos. Como dijo el propio Francisco: “Hace más ruido un árbol que cae que un bosque que crece”. En efecto, hacer crecer el bosque es el gran desafío que le espera en Roma.

 

 

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Me viene a la memoria este conocido trío de afirmaciones contradictorias que se leen en el 1984 de George Orwell, en el momento de enterarme de la petición de asilo en Rusia por parte de Snowden, cuando estaba comentando aquí el escrito de Salvador Bernal acerca del imperialismo estadounidense que más abajo reproduzco en parte.

Escribe Salvador Bernal, agudo observador de cuestiones sociopolíticas y culturales, una “tribuna libre” en El Confidencial Digital, titulada Del imperialismo estadounidense a los absolutismos del sur, muy recomendable de leer. Sobre todo en lo que mira a la primera parte, acerca del imperialismo estadounidense, dado que los absolutismos del sur suelen aparecer en los medios con más frecuencia como tales.

Entiendo que coloque el rasero de la hipocresía de Washington en los límites jurídicos. En estos tiempos de  cientifismo post-ilustrado parecería quizá menos serio hablar directamente de los límites de decencia cívica que pide la razón política y la ética en términos de búsqueda del bien común.

Porque lo que -al parecer- cuenta es el peso del poder del más fuerte (en términos militares, tecnológicos, de presión económica, etc.) que es quien fabrica y aplica la ley según sus intereses y conveniencias circunstanciales. Y, en este sentido, caemos en la cuenta de que lo escrito por Salvador Bernal acerca del imperialismo estadounidense tiene harto sentido.

Sobre todo, en este momento en que acabamos de saber que el ciudadano estadounidense Edward Snowden ha pedido asilo político en Rusia: “Sí, ha pedido asilo en Rusia. Quiere quedarse aquí (en Rusia) hasta que pueda volar a América Latina“, reveló la vicedirectora de la ONG Human Rights Watch, Tatiana Lókshina, a la agencia Interfax.

Es tremendo comprobar la distancia que media entre unos USA presentados como promotores de los derechos humanos y unos USA que comprobadamente los viola de muy variados modos, bien conocidos y que no son del caso, y ahora son acusados por una organización de derechos humanos desde Moscú, respecto a Edward Snowden y sus acciones.

Y es precisamente Snowden quien -con todo derecho, por otra parte- cuenta las circunstancias de su decisión y sitúa su fundamento en explícitos términos morales: “That moral decision to tell the public about spying that affects all of us has been costly, but it was the right thing to do and I have no regrets.”

Imperialismo estadounidense, por tanto, en cuestión. Dice Salvador Bernal, sin referirse a la noticia de Snowden desde Moscú:

Me llama la atención la hipocresía de Washington, que desea seguir mandando en el mundo por encima de límites jurídicos.

En estos días se van aclarando las causas que impidieron al avión de Evo Morales sobrevolar el espacio aéreo de algunos países europeos. Así, en su edición del 7 de julio, Le Monde señala con nombre y apellidos a la directora adjunta del gabinete del primer ministro Jean-Marc Ayrault. El Gobierno francés pensaba que el estadounidense Edward Snowden, que había hecho público el gigantesco sistema de espionaje de EEUU, iba a bordo del avión del presidente de  Bolivia. Como se sabe, tuvo que esperar en Viena, hasta que se aclaró el carácter de la aeronave y recibió autorización para sobrevolar Francia, aunque acabaría repostando en Canarias. El caso constituye uno de los embrollos diplomáticos más llamativos de los últimos tiempos.

Personalmente, y al margen de los diversos detalles, el caso me ha hecho reflexionar sobre la deficiencia del orden internacional.

Ante todo, me llama la atención la hipocresía de Washington, que desea seguir mandando en el mundo por encima de límites jurídicos. En este punto, la desfachatez de Barack Obama supera a la de George Bush, más comprensible tras el shock del 11-9. Sólo cuestiones de imagen impiden quizá que la prensa occidental relate las incidencias con relativa sordina. No sé qué es peor: Guantánamo, el sistema de espionaje, la búsqueda y captura de Edward Snowden, el intento de impedir su extradición. Todo, en nombre de una legalidad internacional, que EEUU desconoce radicalmente: basta pensar que sigue sin firmar el tratado de Roma que instituyó en el ya lejano 1998 el Tribunal Penal Internacional, con sede en La Haya.

(Leer más …)

 

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Pablo Pardo, corresponsal de El Mundo en Washington acaba de publicar en su blog Espíritus animales una entrada titulada Resulta que en el burdel había prostitutas.

Tras este sugerente y singular título, cuenta la fragua de la legislación que ahora permite en Estados Unidos la legalidad de la inmoralidad denunciada por Edward Snowden acerca del espionaje de los ciudadanos. Y lo que queda claro es que en los momentos en que esa legislación llegaba a su destino, la prensa estadounidense -ejemplarizada en el escrito de Pablo Pardo con en NY Times– estaba atenta y ocupada con otras cosas.

No se trata de sacar conclusiones, pero salta a la vista que la prensa, distraída y bajando a segunda división, como ayer decía Paco Sánchez, no está a la altura de las circunstancias. Y las empresas digitales que ahora sabemos que facilitan y permiten el espionaje, tampoco.

Quizá los ciudadanos tampoco estamos a la altura de lo que se nos hace, porque quizá nosotros mismos no hacemos demasiado por saber qué es lo que realmente sucede. Perdidos en nuestra atención informativa entre los deportes, la series y los grandes hermanos de ficción, aceptando como servicio gratuito lo que en realidad de algún modo sabemos de sobra que no lo puede ser y no lo es, preferimos eso a pagar por una información fiable, un entretenimiento digno y por unas herramientas, plataformas e instrumentos de comunicación presuntamente gratuitos en las que -literalmente- vendemos, entre otras cosas, nuestra privacidad y abrimos lo dicho y escrito y lo navegado y lo comprado con tarjetas a la curiosidad estatal o gubernamental… A otro nivel, el viejo asunto de la primogenitura y el plato de lentejas.

Quizá por eso escribe Pablo Pardo lo que sigue, diciendo que resulta que en el burdel había prostitutas:

El 28 de diciembre, viernes, el Senado de Estados Unidos encontró un rato libre para aprobar, por 73 votos a favor y 23 en contra, la ley que permite el espionaje indiscriminado de las telecomunicaciones en EEUU y en el mundo. Sólo votaron en contra 21 demócratas y 2 republicanos. Enseptiembre, la Cámara de Representantes también había aprobado la renovación con el respaldo republicano y el rechazo demócrata.

A nadie le importó lo más mínimo. El 29 de diciembre, la primera página de The New York Times incluía, entre otras noticias, que el Valle de la Muerte californiano acababa de batir el récord del desierto de Libia y ya era oficialmente el lugar más caluroso de la Tierra; las negociaciones para evitar el ‘abismo fiscal’; y la caída de la tasa de homicidios en Nueva York. La sección de Opinión estaba dominada por el artículo ‘El tabú de la menstruación’, y en Internacional destacaba ‘China refuerza el control de Internet’.

En pleno puente de fin de año, nadie estaba preocupado por la privacidad en Internet. Así que el 30 de diciembre, domingo, a las 6 y 10 de la tarde, la Casa Blanca informaba de que Barack Obama había ratificado la propuesta del Senado.

el 26 de febrero, finalmente, el Tribunal Supremo de EEUU decidía (con 5 votos favorables, todos de republicanos, y 4 en contra, todos de demócratas) que no existe ninguna base legal para cuestionar esa Ley.

Ahora, las revelaciones de que esa norma está siendo aplicada ha causado consternación. Qué ha cambiado con respecto a diciembre es algo que se le escapa al autor de estas líneas.

La cuestión, sin embargo, es si a la opinión pública le importa lo más mínimo esta intrusión de las empresas privadas y, a través de ellas, del Gobierno, en su intimidad. Los usuarios de Internet no han hecho un trueque de privacidad a cambio seguridad; han hecho un trueque de privacidad a cambio de comodidad.

Cada vez que hacemos ‘click’ en me gusta en Facebook, o en Amazon, le estamos dando datos a esas empresas. Igual que cada vez que dejamos que el ordenador, el teléfono o la tableta recuerden la contraseña de un sitio web en el que entramos. Ya sabemos que los periodistas de Bloomberg acceden a los datos de los usuarios de las pantallas de esa empresa. Y en diciembre, Google sacará un teléfono móvil que predecirá, en función de nuestro comportamiento pasado, lo siguiente que vamos a hacer con él.

Todo esto se resume en una pregunta: ¿de qué nos indignamos?

En 2003, los españoles vivíamos endeudándonos. Y en 2004. Y en 2005. Y en 2006. Y en 2007. Y en 2008. Y en 2009. En 2010 descubrimos el capitalismo salvaje, la tiranía de los mercados, la conspiración anglosajona (ésta se cayó por su propio peso poco después) cuando nos dimos cuenta de algo tan inaudito como que cuando alguien te presta dinero, tienes que devolverlo con intereses.

Algún día nos daremos cuenta de que en 2013 seguíamos dando las llaves de nuestra casa a empresas que, a su vez, hacían copias que les pasaban al Gobierno. Hemos construido un burdel. Y, ahora, nos ha dejado alucinados saber que en él trabajan prostitutas.

 

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Escribe Paco Sánchez su columna en La Voz de Galicia diciendo que observa Cosas Raras. En concreto, en el periodismo, en los periódicos, y con un descaro que escandaliza. Me parece que a muchos nos pasa o nos puede pasar algo semejante. Y no sólo porque se despidan viejas y costosas glorias y se contraten (es un decir) eventuales baratos, recién salidos del cascarón académico.

Desde luego que el asunto es más complicado que reducirlo a dinero y experiencia. Pero la ideologización partidista más o menos empresarial del periodismo es realmente una cosa rara que está cobrando creciente intensidad e inusitado descaro.

Esto dice Paco Sánchez:

En los últimos meses no hacen más que pasarme cosas raras que atribuía a un suceso de salud acontecido en enero. Pero continúan, y resulta cada vez más complicado vincularlas con la cardiología. La última consiste en que he dejado de entender los periódicos. Literalmente. Salvo este en el que escribo, no sé de qué van. Hablan para otros, sobre cosas que me importan un bledo. Y si hablan para mí, me toman por tonto.

No es del todo nuevo. Siempre me ha sucedido en alguna medida. Lo nuevo es el descaro y la chapuza. Por ejemplo, un diario de derechas dice que en la asignatura alternativa a Religión se impartirán los valores de las víctimas del terrorismo. Me asusto. Leo la noticia como un bobo y no hay más que aire, la nada a doble página.

Cojo el flamante periódico de izquierdas, tan serio él, y leo en otra doble página un titulillo sobre el Gobierno Obama, según el cual, textualmente, este Gabinete prima las libertades individuales sobre el uso de la fuerza.

Y en la página de al lado, a cinco columnas, con tono de escándalo: «Espionaje telefónico masivo en EE.UU.». Ordenado por el Gobierno, claro. No sé si incluían ahí los pinchazos a periodistas descubiertos hace semanas. Si añadimos la cosita esa de los drones, en la que Obama es campeón, porque el nobel de la paz ha aprobado más misiones asesinas que ningún otro presidente…

En fin, casi prefiero el periódico de Lendoiro, en el que el Deportivo ni siquiera ha bajado del todo a Segunda. Quien parece haber bajado a Segunda es el periodismo, me temo.

 

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Congreso sobre cambio climático y comunicación periodística:

CICOM 2013. Comunicar el cambio climático: de la agenda global a la representación mediática. Reunión de científicos, periodistas y académicos ante un asunto crucial

 

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Javier Fumero dice en su blog-columna que Los estudiantes de periodismo están deprimidos, ante el horizonte profesional que ven por delante. Pero añade, con mucha razón, que los profesionales, auténticos profesionales del periodismo (y desde luego de las restantes profesiones de comunicación pública), son cada vez más necesarios.

Desde luego que el viejo modelo institucional o empresarial del periodismo ya no resulta acorde con los tiempos. Pero no es sólo un asunto de empresas, dineros o rentabilidades económicas. No es sólo asunto de jubilar a los viejos routiers sólo porque cobran más, ni tampoco es sólo asunto de contratar a los recién salidos de la incubadora porque resultan muy baratos.

He pasado años repitiendo en las aulas aquello de que, hoy que vivimos en un mundo regido socialmente por profesionales, y no por clases sociales o por clanes o estamentos, resulta que las profesiones nunca se acaban de definir de una vez por todas. Cierto que los relojeros fabricarán relojes, de todo tipo, según diversos modos y necesidades de medir el tiempo, pero también habrá que marcar las distancias entre esos relojeros y quienes -dedicados profesionalmente, por ejemplo, al lujo- también fabrican objetos lujosos que, de paso, también miden el tiempo. Muchos otros distingos hay acerca del objeto propio del saber de las profesiones que se encuentran en los territorios, por ejemplo, de las ciencias de la salud o de la justicia. Pero ahora estamos con la comunicación pública.

Y habrá que distinguir a los profesionales de la comunicación, y por tanto del periodismo, en función del papel que desempeñan en la sociedad, que básicamente tiene que ver con el saber, mucho antes y mucho más que con el poder. Quizá es que en las Facultades, como en los medios profesionales,  se sigue pensando aún en términos de poder, cuando lo que realmente está en juego con la comunicación pública es asunto de saber. Entre otras cosas, porque distribuir saber implica distribuir poder. Y puestos a hablar de “empoderamiento”, no estaría de más ver de “empoderar” informativamente a las personas y la sociedad según la dignidad nativa que todos tenemos, y no según los intereses de políticos e industriales (también de la comunicación).

En fin, este es el texto de Javier Fumero, motivo de los párrafos anteriores:

Acabo de terminar las clases de este curso académico sobre Periodismo e Internet. Toca hacer balance y admito que me ha dejado impresionado el bajísimo estado de ánimo de los estudiantes, su terror ante el futuro y la angustia vital que tanta incertidumbre les provoca.

Entiendo que no les faltan motivos. En España han perdido su puesto de trabajo 10.000 periodistas en los últimos cuatro años. Sólo en 2012 se han quedado en la calle 4.800 profesionales. Han cerrado 70 medios de comunicación. Son números importantes.

Y no se trata de un problema endémico. En los Estados Unidos el número de periodistas contratados ha bajado un 30% desde 1989. Según la última encuesta del Pew Research Center, ahora trabajan allí a tiempo completo sólo unos 40.000 profesionales de la comunicación.

Pese a todo lo dicho, yo soy optimista. Creo que hay futuro en el periodismo. Precisamente en estos momentos, donde Internet facilita el acceso a múltiples fuentes de información, es más necesario que nunca el concurso de periodistas.

Alguien debe priorizar las cuestiones, ordenar los temas por relevancia y proporción, contrastar los rumores que circulan por las redes sociales, avanzar las claves realmente importantes para la sociedad, captar qué cuestiones resultan vitales para un país y ponerlas en valor, presentar de forma atractiva y honesta esos asuntos…

Todo esto, insisto, es hoy más necesario que nunca. Y no se improvisa. Hay que adquirir formación y trabajar duro para lograr hacerlo con solvencia.

Las conclusiones del informe del Pew Research Center antes citado van en las misma dirección que apunto. La calidad de los medios de comunicación ha empeorado porque los medios adolecen de “falta de personal y falta de preparación para descubrir temas de interés, profundizar en los que surgen o verificar la información que llega a sus manos”.

Pero añado otro dato relevante. Los profesionales que trabajan en departamentos de prensa y gabinetes de comunicación no han sufrido la crisis como los que están al otro lado de la trinchera. Ni mucho menos. En 1980, los periodistas de comunicación institucional registrados en los Estados Unidos eran casi tantos como los que trabajaban en los medios. Hoy son cuatro veces más.

Conclusión: en estos momentos las televisiones, las radios, los periódicos y las webs informativas, mucho más limitadas financieramente que las grandes compañías, pueden acabar convertidas en meros altavoces de fuentes interesadas. Podemos acabar muy mal informados.

Por todo esto digo que no hay espacio para la depresión. Hay futuro para el periodismo. Hacen falta muchos periodistas cualificados. Hay trabajo para todos aquellos que estén dispuestos a tomarse en serio esto de la comunicación.

 

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He quedado profesional y cívicamente avergonzado por lo sucedido en el Parlamento español y por el tratamiento que la prensa ha dado a lo hecho por el parlamentario Joan Baldoví (Compromís-Equo) al desvestirse en el Congreso para protestar contra la ley anti-desahucios.

De entrada, cívicamente avergonzado. Entiendo que el Parlamento, como su propio nombre indica está para hablar. Para expresar pensamientos, juicios y razones en pro o en contra de algo que tiene que ver con el futuro de una posible norma que afecta a los ciudadanos.

El Parlamento es un lugar donde se razona, un lugar donde los parlamentarios están para hablar, y no para llamar la atención con gestos estrambóticos. En este caso, mientras el señor Joan Baldoví seguía leyendo un folio comenzó su maniobra concebida de antemano y ejecutada con (menos mal) con cierto sentido del ridículo, y que consistió en quitarse la chaqueta, la corbata y abrir la camisa para dejar entrever una camiseta roja que -a fin de cuentas- no se llega a ver. ¿Alguien recordará qué pretendía defender o atacar y qué logró o dejó de lograr el parlamentario Joan Baldoví cuando su foto y el vídeo sigan circulando como curiosidad dentro de unos días por la red?

He quedado por esto mismo también profesionalmente avergonzado al observar la profusión del eco que los medios se han apresurado a dar a este vergonzoso episodio, solo por -de nuevo- llamar la atención con una curiosidad. Y sin mencionar casi ninguno, no sólo lo ridículo, sino lo sencillamente inapropiado del asunto. Porque -de seguir así- pronto el parlamento -ya con minúscula- se convertirá en lugar de excentricidades, más o menos en circo donde se exhiben algunos clownes y algunos augustos, es decir, algunos payasos de circo, para salir en los medios.

¿Dónde queda el respeto por la racionalidad de la retórica parlamentaria? ¿Dónde queda el juicio mediático sobre quienes se saltan esa obligación racional parlamentaria?

En este caso, sólo la ironía final del presidente del Parlamento, referida quizá a las palabras leídas y balbucidas por Joan Baldoví («Gracias, por decir algo») parece haber recordado dónde estábamos.

 

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Diego Contreras publica esta vez un texto -como siempre, jugoso y de tres párrafos- en el que asoma el lado oscuro -más bien tenebroso, diría- de la prensa que presuntamente es llamada “de calidad”, o incluso -como hace mi amigo Juan Antonio Giner- prensa o periodismo “caviar”.

Escribe en “Caso Gosnell: cuando la prensa mira hacia otro lado“, acerca del NY Times, a propósito de un caso muy concreto y relevante por el asunto que trata, destacando el igualmente concreto comportamiento del diario:

La idea de que, en el fondo, cada uno ve lo que quiere ver me parece una realidad comprobable empíricamente. El problema se presenta cuando quien mira es un periodista (o un medio): en ese caso, se le pide el esfuerzo profesional para que vea lo que hay, no lo que quiere ver. Lo mismo ocurre con un médico: su misión profesional es ver los síntomas que presenta el enfermo, no los que le gustaría que hubiera. Por desgracia, son numerosos los casos en los que el periodista (o el medio) -como le podría ocurrir al médico- no es capaz de ver lo que hay. O, simplemente, gira la cabeza hacia otro lado.

Un caso clamoroso de no ver lo que hay se está viviendo en estos días en Estados Unidos. El 18 de marzo comenzó en Filadelfia el proceso a Kermit Gosnell, un médico propietario de una clínica de abortos, acusado de ocho homicidios. Aparte de las acusaciones por esas muertes, el caso tiene todos los ingredientes de relevancia pública nacional: la clínica era una verdadera asquerosidad desde el punto de vista sanitario; carecía de permisos y de personal cualificado; efectuaba abortos fuera de la ley (con edad superior a las 24,5 semanas y con un método particularmente cruel, descrito por antiguos colaboradores de Gosnell); se encontraron restos humanos; la autoridad sanitaria visitó la clínica por última vez en 1993 y desde entonces no hizo nada para inspeccionarla, a pesar de hacer recibido tres denuncias relevantes (dos de ellas, de muertes); se sospecha, por tanto, corrupción en la administración pública…

A pesar de todo, la noticia apenas ha trascendido en los medios de referencia de Estados Unidos. El New York Times le dedicó una columna al día siguiente del inicio del proceso (en página A17); concediendo espacio a la tesis del abogado defensor de Gosnell, según el cual le atacan porque es negro. El diario no recuerda que entre los primeros en manifestarse ante la clínica se encontraba precisamente un grupo pro-life integrado por negros (ver este documental sobre el caso, en inglés, de 21 minutos y con imágenes fuertes). En otros medios, el silencio ha sido total. Blogs y redes sociales tocaron la alarma, llegaron algunas autocríticas y ahora se discute sobre las razones de este auténtico “cover-up” (“encubrimiento”, una palabra que tanto indigna a cierta prensa cuando quien lo hace son otras instituciones).

 

 

zz003En la Universidad Internacional de la Rioja, Congreso Online, 17-19 de abril 2013: Comunicación y sociedad digital.

La Universidad Internacional de la Rioja (UNIR) y en concreto el Grupo de Investigación“Comunicación y sociedad digital” convoca este congreso que aspira ser un punto de encuentro de los principales académicos e investigadores interesados por abordar las múltiples facetas de este fenómeno.

El congreso pretende organizarse en torno –pero no limitado- a los siguientes ejes temáticos:

  • Redes sociales y comunicación

  • Nuevas estrategias de persuasión en la red: marketing y publicidad online

  • Nuevos formatos de entretenimiento

  • La comunicación interactiva: de los videojuegos al newsgaming o el advergaming

  • Comunicación móvil

  • Web 2.0 y web 3.0

  • Supervivencia de los medios tradicionales en el entorno digital