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Aunque sólo se trate de un detalle, no está de más señalarlo. Porque para un político no es un detalle de pequeño alcance, al ser un error impropio de un experto en hablar ante la ciudadanía. Y porque tampoco es de poco alcance para el ciudadano que lo ha escuchado y es medianamente sensible a lo que se dicen en la esfera de la cosa pública. Y porque en los medios, con algunas notables excepciones, no ha sido bien visto ni señalado.

Es una simple cuestión de retórica, de saber acerca de las situaciones y procedimientos de discurso público que no es baladí y que -por desgracia- resulta casi desconocida.

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El President Mas, a pocos metros de los restos del Presidente Suárez, ha dicho cosas laudatorias acerca del difunto Presidente Adolfo Suárez que en realidad constituyen un vituperio al actual Presidente y su gobierno de España. Lo primero está muy bien. Lo segundo es -como unos pocos han señalado- una instrumentalización más que deplorable.

La situación de discurso público de tipo epidíctico (cuando no hay ninguna causa en juego, a diferencia de lo que sucede en las situaciones de tipo judicial -al hablar ante un tribunal- o de tipo deliberativo -al hablar ante una asamblea parlamentaria-) implica que lo que se diga no puede ser nunca y no sea considerado bajo ningún aspecto como un discurso de parte. No puede ni debe se un discurso parcial, como son los de los abogados de defensa o acusación ante un tribunal o los discursos políticos ante un parlamento.

La retórica clásica precisamente refiere que el discurso fúnebre es el prototipo de discurso epidíctico, en el que sólo cabe alabar o vituperar al difunto.

El President Mas ha hecho una mezcla que resulta impertinente, disfuncional y molesta. Quizá la ciudadanía (y desde luego, también los medios de comunicación) no han apreciado suficientemente la gaffe política y la falta de respeto al difunto y el mal gusto cívico del señor Mas. A lo mejor esta falta de sensibilidad sólo se debe al partidismo ideológico de algunos ciudadanos y algunos medios. Probablemente también se debe (por eso mismo) a la ignorancia de las reglas retóricas no escritas que rigen para los discursos públicos.

Además, resulta que alabar el espíritu de audacia y conciliación del Presidente Suárez (“la concordia fue posible”, se lee en su tumba), cuando se hace en un discurso que en sí mismo resulta más temerario que audaz, y más disgregador que concordante, es a fin de cuenta, y por sí mismo, una contradicción. Lo dicho con una parte de las palabras como alabanza epidíctica resulta contradictorio con el tono y el tema general que tienen las palabras implícitas de vituperio deliberativo que motiva y condiciona todo el sentido del discurso.

Hay que entender las circunstancias en que se habla.

 

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