war is peace1

Me viene a la memoria este conocido trío de afirmaciones contradictorias que se leen en el 1984 de George Orwell, en el momento de enterarme de la petición de asilo en Rusia por parte de Snowden, cuando estaba comentando aquí el escrito de Salvador Bernal acerca del imperialismo estadounidense que más abajo reproduzco en parte.

Escribe Salvador Bernal, agudo observador de cuestiones sociopolíticas y culturales, una “tribuna libre” en El Confidencial Digital, titulada Del imperialismo estadounidense a los absolutismos del sur, muy recomendable de leer. Sobre todo en lo que mira a la primera parte, acerca del imperialismo estadounidense, dado que los absolutismos del sur suelen aparecer en los medios con más frecuencia como tales.

Entiendo que coloque el rasero de la hipocresía de Washington en los límites jurídicos. En estos tiempos de  cientifismo post-ilustrado parecería quizá menos serio hablar directamente de los límites de decencia cívica que pide la razón política y la ética en términos de búsqueda del bien común.

Porque lo que -al parecer- cuenta es el peso del poder del más fuerte (en términos militares, tecnológicos, de presión económica, etc.) que es quien fabrica y aplica la ley según sus intereses y conveniencias circunstanciales. Y, en este sentido, caemos en la cuenta de que lo escrito por Salvador Bernal acerca del imperialismo estadounidense tiene harto sentido.

Sobre todo, en este momento en que acabamos de saber que el ciudadano estadounidense Edward Snowden ha pedido asilo político en Rusia: “Sí, ha pedido asilo en Rusia. Quiere quedarse aquí (en Rusia) hasta que pueda volar a América Latina“, reveló la vicedirectora de la ONG Human Rights Watch, Tatiana Lókshina, a la agencia Interfax.

Es tremendo comprobar la distancia que media entre unos USA presentados como promotores de los derechos humanos y unos USA que comprobadamente los viola de muy variados modos, bien conocidos y que no son del caso, y ahora son acusados por una organización de derechos humanos desde Moscú, respecto a Edward Snowden y sus acciones.

Y es precisamente Snowden quien -con todo derecho, por otra parte- cuenta las circunstancias de su decisión y sitúa su fundamento en explícitos términos morales: “That moral decision to tell the public about spying that affects all of us has been costly, but it was the right thing to do and I have no regrets.”

Imperialismo estadounidense, por tanto, en cuestión. Dice Salvador Bernal, sin referirse a la noticia de Snowden desde Moscú:

Me llama la atención la hipocresía de Washington, que desea seguir mandando en el mundo por encima de límites jurídicos.

En estos días se van aclarando las causas que impidieron al avión de Evo Morales sobrevolar el espacio aéreo de algunos países europeos. Así, en su edición del 7 de julio, Le Monde señala con nombre y apellidos a la directora adjunta del gabinete del primer ministro Jean-Marc Ayrault. El Gobierno francés pensaba que el estadounidense Edward Snowden, que había hecho público el gigantesco sistema de espionaje de EEUU, iba a bordo del avión del presidente de  Bolivia. Como se sabe, tuvo que esperar en Viena, hasta que se aclaró el carácter de la aeronave y recibió autorización para sobrevolar Francia, aunque acabaría repostando en Canarias. El caso constituye uno de los embrollos diplomáticos más llamativos de los últimos tiempos.

Personalmente, y al margen de los diversos detalles, el caso me ha hecho reflexionar sobre la deficiencia del orden internacional.

Ante todo, me llama la atención la hipocresía de Washington, que desea seguir mandando en el mundo por encima de límites jurídicos. En este punto, la desfachatez de Barack Obama supera a la de George Bush, más comprensible tras el shock del 11-9. Sólo cuestiones de imagen impiden quizá que la prensa occidental relate las incidencias con relativa sordina. No sé qué es peor: Guantánamo, el sistema de espionaje, la búsqueda y captura de Edward Snowden, el intento de impedir su extradición. Todo, en nombre de una legalidad internacional, que EEUU desconoce radicalmente: basta pensar que sigue sin firmar el tratado de Roma que instituyó en el ya lejano 1998 el Tribunal Penal Internacional, con sede en La Haya.

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