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Pablo Pardo, corresponsal de El Mundo en Washington acaba de publicar en su blog Espíritus animales una entrada titulada Resulta que en el burdel había prostitutas.

Tras este sugerente y singular título, cuenta la fragua de la legislación que ahora permite en Estados Unidos la legalidad de la inmoralidad denunciada por Edward Snowden acerca del espionaje de los ciudadanos. Y lo que queda claro es que en los momentos en que esa legislación llegaba a su destino, la prensa estadounidense -ejemplarizada en el escrito de Pablo Pardo con en NY Times– estaba atenta y ocupada con otras cosas.

No se trata de sacar conclusiones, pero salta a la vista que la prensa, distraída y bajando a segunda división, como ayer decía Paco Sánchez, no está a la altura de las circunstancias. Y las empresas digitales que ahora sabemos que facilitan y permiten el espionaje, tampoco.

Quizá los ciudadanos tampoco estamos a la altura de lo que se nos hace, porque quizá nosotros mismos no hacemos demasiado por saber qué es lo que realmente sucede. Perdidos en nuestra atención informativa entre los deportes, la series y los grandes hermanos de ficción, aceptando como servicio gratuito lo que en realidad de algún modo sabemos de sobra que no lo puede ser y no lo es, preferimos eso a pagar por una información fiable, un entretenimiento digno y por unas herramientas, plataformas e instrumentos de comunicación presuntamente gratuitos en las que -literalmente- vendemos, entre otras cosas, nuestra privacidad y abrimos lo dicho y escrito y lo navegado y lo comprado con tarjetas a la curiosidad estatal o gubernamental… A otro nivel, el viejo asunto de la primogenitura y el plato de lentejas.

Quizá por eso escribe Pablo Pardo lo que sigue, diciendo que resulta que en el burdel había prostitutas:

El 28 de diciembre, viernes, el Senado de Estados Unidos encontró un rato libre para aprobar, por 73 votos a favor y 23 en contra, la ley que permite el espionaje indiscriminado de las telecomunicaciones en EEUU y en el mundo. Sólo votaron en contra 21 demócratas y 2 republicanos. Enseptiembre, la Cámara de Representantes también había aprobado la renovación con el respaldo republicano y el rechazo demócrata.

A nadie le importó lo más mínimo. El 29 de diciembre, la primera página de The New York Times incluía, entre otras noticias, que el Valle de la Muerte californiano acababa de batir el récord del desierto de Libia y ya era oficialmente el lugar más caluroso de la Tierra; las negociaciones para evitar el ‘abismo fiscal’; y la caída de la tasa de homicidios en Nueva York. La sección de Opinión estaba dominada por el artículo ‘El tabú de la menstruación’, y en Internacional destacaba ‘China refuerza el control de Internet’.

En pleno puente de fin de año, nadie estaba preocupado por la privacidad en Internet. Así que el 30 de diciembre, domingo, a las 6 y 10 de la tarde, la Casa Blanca informaba de que Barack Obama había ratificado la propuesta del Senado.

el 26 de febrero, finalmente, el Tribunal Supremo de EEUU decidía (con 5 votos favorables, todos de republicanos, y 4 en contra, todos de demócratas) que no existe ninguna base legal para cuestionar esa Ley.

Ahora, las revelaciones de que esa norma está siendo aplicada ha causado consternación. Qué ha cambiado con respecto a diciembre es algo que se le escapa al autor de estas líneas.

La cuestión, sin embargo, es si a la opinión pública le importa lo más mínimo esta intrusión de las empresas privadas y, a través de ellas, del Gobierno, en su intimidad. Los usuarios de Internet no han hecho un trueque de privacidad a cambio seguridad; han hecho un trueque de privacidad a cambio de comodidad.

Cada vez que hacemos ‘click’ en me gusta en Facebook, o en Amazon, le estamos dando datos a esas empresas. Igual que cada vez que dejamos que el ordenador, el teléfono o la tableta recuerden la contraseña de un sitio web en el que entramos. Ya sabemos que los periodistas de Bloomberg acceden a los datos de los usuarios de las pantallas de esa empresa. Y en diciembre, Google sacará un teléfono móvil que predecirá, en función de nuestro comportamiento pasado, lo siguiente que vamos a hacer con él.

Todo esto se resume en una pregunta: ¿de qué nos indignamos?

En 2003, los españoles vivíamos endeudándonos. Y en 2004. Y en 2005. Y en 2006. Y en 2007. Y en 2008. Y en 2009. En 2010 descubrimos el capitalismo salvaje, la tiranía de los mercados, la conspiración anglosajona (ésta se cayó por su propio peso poco después) cuando nos dimos cuenta de algo tan inaudito como que cuando alguien te presta dinero, tienes que devolverlo con intereses.

Algún día nos daremos cuenta de que en 2013 seguíamos dando las llaves de nuestra casa a empresas que, a su vez, hacían copias que les pasaban al Gobierno. Hemos construido un burdel. Y, ahora, nos ha dejado alucinados saber que en él trabajan prostitutas.

 

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