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He quedado profesional y cívicamente avergonzado por lo sucedido en el Parlamento español y por el tratamiento que la prensa ha dado a lo hecho por el parlamentario Joan Baldoví (Compromís-Equo) al desvestirse en el Congreso para protestar contra la ley anti-desahucios.

De entrada, cívicamente avergonzado. Entiendo que el Parlamento, como su propio nombre indica está para hablar. Para expresar pensamientos, juicios y razones en pro o en contra de algo que tiene que ver con el futuro de una posible norma que afecta a los ciudadanos.

El Parlamento es un lugar donde se razona, un lugar donde los parlamentarios están para hablar, y no para llamar la atención con gestos estrambóticos. En este caso, mientras el señor Joan Baldoví seguía leyendo un folio comenzó su maniobra concebida de antemano y ejecutada con (menos mal) con cierto sentido del ridículo, y que consistió en quitarse la chaqueta, la corbata y abrir la camisa para dejar entrever una camiseta roja que -a fin de cuentas- no se llega a ver. ¿Alguien recordará qué pretendía defender o atacar y qué logró o dejó de lograr el parlamentario Joan Baldoví cuando su foto y el vídeo sigan circulando como curiosidad dentro de unos días por la red?

He quedado por esto mismo también profesionalmente avergonzado al observar la profusión del eco que los medios se han apresurado a dar a este vergonzoso episodio, solo por -de nuevo- llamar la atención con una curiosidad. Y sin mencionar casi ninguno, no sólo lo ridículo, sino lo sencillamente inapropiado del asunto. Porque -de seguir así- pronto el parlamento -ya con minúscula- se convertirá en lugar de excentricidades, más o menos en circo donde se exhiben algunos clownes y algunos augustos, es decir, algunos payasos de circo, para salir en los medios.

¿Dónde queda el respeto por la racionalidad de la retórica parlamentaria? ¿Dónde queda el juicio mediático sobre quienes se saltan esa obligación racional parlamentaria?

En este caso, sólo la ironía final del presidente del Parlamento, referida quizá a las palabras leídas y balbucidas por Joan Baldoví («Gracias, por decir algo») parece haber recordado dónde estábamos.

 

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