Hermann Tertsch publica en ABC Los devotos odiadores, a propósito de esa especie de profesionales de la obsesión con la iglesia católica, que no han tardado horas en comenzar a sembrar de nuevo semillas de sospecha y odio hacia la Iglesia, ahora con ocasión del nuevo Papa Francisco, bien trayendo a colación no se sabe bien qué cuestiones misóginas o qué alegatos de gestos colaboracionistas con infames gobiernos argentinos.

Es más que probable que hubiera pasado algo semejante si el nuevo Papa hubiera sido italiano, estadounidense, filipino o austríaco. Los profesionales del infundio (Drae: «mentira, patraña o noticia falsa, generalmente tendenciosa») parecen tener reacción preparada (son habitualmente reaccionarios) ante casi todas las circunstancias, incluso con evidencias en contra. Romper vidrieras a pedradas siempre ha sido más fácil, llamativo y espectacular que construir catedrales.

En todo caso, algunos párrafos del artículo de Hermann Tertsch, Los devotos odiadores, permiten recordar esta rémora de las profesiones de comunicación, que siempre encontrarán en la Iglesia, como es práctica habitual cristiana, quienes se acuerden de rezar por ellos:

Ya tenemos Papa. Francisco. A todos ha sorprendido una vez más la Iglesia.

Todas las quinielas, todos los augurios y las deducciones de los ejércitos de vaticanistas se han ido literalmente al garete. Creen que la curia es el comité central del Partido Comunista de la Unión Soviética, el consejo de administración de una multinacional en el Club Bilderberg, la Logia del Gran Oriente o el casino de un pueblo.

Al final resulta que sí, que la iglesia es una organización humana y mundana, llena de pecadores, con juegos de poder, con cálculos e intrigas, lucha de intereses, banderías y trampas. Pero siempre pasan por alto quienes miran desde fuera con frivolidad u hostilidad y conceptos y ritmos propios, que si bien es cierto que en la Iglesia hay todo eso, mucho y en demasía, hay además algo más. Mucho más.

Se les olvida con frecuencia a vaticanistas aficionados como a los enemigos más devotos de la Iglesia, que ahí dentro hay gente, mucha gente, que se cree lo que predica y lo que hace. Y cree en la vida que vive para su fe, para la Iglesia y los demás. (…)

Los devotos odiadores de la Iglesia que tanto interés y tiempo le dedican buscando, con torpes consejos, su debilidad y destrucción son el menor de los problemas de la Iglesia.

Esos devotos enemigos obsesionados por hacer daño tienen mensajes tan perecederos y obsoletos como mil proyectos de redención humana enterrados en estos dos mil años.

Pobre gente, pobre mensaje frente a la humilde grandeza de la esperanza que se despliega ahora en Roma.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *