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Javier Fumero dice en su blog-columna que Los estudiantes de periodismo están deprimidos, ante el horizonte profesional que ven por delante. Pero añade, con mucha razón, que los profesionales, auténticos profesionales del periodismo (y desde luego de las restantes profesiones de comunicación pública), son cada vez más necesarios.

Desde luego que el viejo modelo institucional o empresarial del periodismo ya no resulta acorde con los tiempos. Pero no es sólo un asunto de empresas, dineros o rentabilidades económicas. No es sólo asunto de jubilar a los viejos routiers sólo porque cobran más, ni tampoco es sólo asunto de contratar a los recién salidos de la incubadora porque resultan muy baratos.

He pasado años repitiendo en las aulas aquello de que, hoy que vivimos en un mundo regido socialmente por profesionales, y no por clases sociales o por clanes o estamentos, resulta que las profesiones nunca se acaban de definir de una vez por todas. Cierto que los relojeros fabricarán relojes, de todo tipo, según diversos modos y necesidades de medir el tiempo, pero también habrá que marcar las distancias entre esos relojeros y quienes -dedicados profesionalmente, por ejemplo, al lujo- también fabrican objetos lujosos que, de paso, también miden el tiempo. Muchos otros distingos hay acerca del objeto propio del saber de las profesiones que se encuentran en los territorios, por ejemplo, de las ciencias de la salud o de la justicia. Pero ahora estamos con la comunicación pública.

Y habrá que distinguir a los profesionales de la comunicación, y por tanto del periodismo, en función del papel que desempeñan en la sociedad, que básicamente tiene que ver con el saber, mucho antes y mucho más que con el poder. Quizá es que en las Facultades, como en los medios profesionales,  se sigue pensando aún en términos de poder, cuando lo que realmente está en juego con la comunicación pública es asunto de saber. Entre otras cosas, porque distribuir saber implica distribuir poder. Y puestos a hablar de “empoderamiento”, no estaría de más ver de “empoderar” informativamente a las personas y la sociedad según la dignidad nativa que todos tenemos, y no según los intereses de políticos e industriales (también de la comunicación).

En fin, este es el texto de Javier Fumero, motivo de los párrafos anteriores:

Acabo de terminar las clases de este curso académico sobre Periodismo e Internet. Toca hacer balance y admito que me ha dejado impresionado el bajísimo estado de ánimo de los estudiantes, su terror ante el futuro y la angustia vital que tanta incertidumbre les provoca.

Entiendo que no les faltan motivos. En España han perdido su puesto de trabajo 10.000 periodistas en los últimos cuatro años. Sólo en 2012 se han quedado en la calle 4.800 profesionales. Han cerrado 70 medios de comunicación. Son números importantes.

Y no se trata de un problema endémico. En los Estados Unidos el número de periodistas contratados ha bajado un 30% desde 1989. Según la última encuesta del Pew Research Center, ahora trabajan allí a tiempo completo sólo unos 40.000 profesionales de la comunicación.

Pese a todo lo dicho, yo soy optimista. Creo que hay futuro en el periodismo. Precisamente en estos momentos, donde Internet facilita el acceso a múltiples fuentes de información, es más necesario que nunca el concurso de periodistas.

Alguien debe priorizar las cuestiones, ordenar los temas por relevancia y proporción, contrastar los rumores que circulan por las redes sociales, avanzar las claves realmente importantes para la sociedad, captar qué cuestiones resultan vitales para un país y ponerlas en valor, presentar de forma atractiva y honesta esos asuntos…

Todo esto, insisto, es hoy más necesario que nunca. Y no se improvisa. Hay que adquirir formación y trabajar duro para lograr hacerlo con solvencia.

Las conclusiones del informe del Pew Research Center antes citado van en las misma dirección que apunto. La calidad de los medios de comunicación ha empeorado porque los medios adolecen de “falta de personal y falta de preparación para descubrir temas de interés, profundizar en los que surgen o verificar la información que llega a sus manos”.

Pero añado otro dato relevante. Los profesionales que trabajan en departamentos de prensa y gabinetes de comunicación no han sufrido la crisis como los que están al otro lado de la trinchera. Ni mucho menos. En 1980, los periodistas de comunicación institucional registrados en los Estados Unidos eran casi tantos como los que trabajaban en los medios. Hoy son cuatro veces más.

Conclusión: en estos momentos las televisiones, las radios, los periódicos y las webs informativas, mucho más limitadas financieramente que las grandes compañías, pueden acabar convertidas en meros altavoces de fuentes interesadas. Podemos acabar muy mal informados.

Por todo esto digo que no hay espacio para la depresión. Hay futuro para el periodismo. Hacen falta muchos periodistas cualificados. Hay trabajo para todos aquellos que estén dispuestos a tomarse en serio esto de la comunicación.

 

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He quedado profesional y cívicamente avergonzado por lo sucedido en el Parlamento español y por el tratamiento que la prensa ha dado a lo hecho por el parlamentario Joan Baldoví (Compromís-Equo) al desvestirse en el Congreso para protestar contra la ley anti-desahucios.

De entrada, cívicamente avergonzado. Entiendo que el Parlamento, como su propio nombre indica está para hablar. Para expresar pensamientos, juicios y razones en pro o en contra de algo que tiene que ver con el futuro de una posible norma que afecta a los ciudadanos.

El Parlamento es un lugar donde se razona, un lugar donde los parlamentarios están para hablar, y no para llamar la atención con gestos estrambóticos. En este caso, mientras el señor Joan Baldoví seguía leyendo un folio comenzó su maniobra concebida de antemano y ejecutada con (menos mal) con cierto sentido del ridículo, y que consistió en quitarse la chaqueta, la corbata y abrir la camisa para dejar entrever una camiseta roja que -a fin de cuentas- no se llega a ver. ¿Alguien recordará qué pretendía defender o atacar y qué logró o dejó de lograr el parlamentario Joan Baldoví cuando su foto y el vídeo sigan circulando como curiosidad dentro de unos días por la red?

He quedado por esto mismo también profesionalmente avergonzado al observar la profusión del eco que los medios se han apresurado a dar a este vergonzoso episodio, solo por -de nuevo- llamar la atención con una curiosidad. Y sin mencionar casi ninguno, no sólo lo ridículo, sino lo sencillamente inapropiado del asunto. Porque -de seguir así- pronto el parlamento -ya con minúscula- se convertirá en lugar de excentricidades, más o menos en circo donde se exhiben algunos clownes y algunos augustos, es decir, algunos payasos de circo, para salir en los medios.

¿Dónde queda el respeto por la racionalidad de la retórica parlamentaria? ¿Dónde queda el juicio mediático sobre quienes se saltan esa obligación racional parlamentaria?

En este caso, sólo la ironía final del presidente del Parlamento, referida quizá a las palabras leídas y balbucidas por Joan Baldoví («Gracias, por decir algo») parece haber recordado dónde estábamos.

 

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Diego Contreras publica esta vez un texto -como siempre, jugoso y de tres párrafos- en el que asoma el lado oscuro -más bien tenebroso, diría- de la prensa que presuntamente es llamada “de calidad”, o incluso -como hace mi amigo Juan Antonio Giner- prensa o periodismo “caviar”.

Escribe en “Caso Gosnell: cuando la prensa mira hacia otro lado“, acerca del NY Times, a propósito de un caso muy concreto y relevante por el asunto que trata, destacando el igualmente concreto comportamiento del diario:

La idea de que, en el fondo, cada uno ve lo que quiere ver me parece una realidad comprobable empíricamente. El problema se presenta cuando quien mira es un periodista (o un medio): en ese caso, se le pide el esfuerzo profesional para que vea lo que hay, no lo que quiere ver. Lo mismo ocurre con un médico: su misión profesional es ver los síntomas que presenta el enfermo, no los que le gustaría que hubiera. Por desgracia, son numerosos los casos en los que el periodista (o el medio) -como le podría ocurrir al médico- no es capaz de ver lo que hay. O, simplemente, gira la cabeza hacia otro lado.

Un caso clamoroso de no ver lo que hay se está viviendo en estos días en Estados Unidos. El 18 de marzo comenzó en Filadelfia el proceso a Kermit Gosnell, un médico propietario de una clínica de abortos, acusado de ocho homicidios. Aparte de las acusaciones por esas muertes, el caso tiene todos los ingredientes de relevancia pública nacional: la clínica era una verdadera asquerosidad desde el punto de vista sanitario; carecía de permisos y de personal cualificado; efectuaba abortos fuera de la ley (con edad superior a las 24,5 semanas y con un método particularmente cruel, descrito por antiguos colaboradores de Gosnell); se encontraron restos humanos; la autoridad sanitaria visitó la clínica por última vez en 1993 y desde entonces no hizo nada para inspeccionarla, a pesar de hacer recibido tres denuncias relevantes (dos de ellas, de muertes); se sospecha, por tanto, corrupción en la administración pública…

A pesar de todo, la noticia apenas ha trascendido en los medios de referencia de Estados Unidos. El New York Times le dedicó una columna al día siguiente del inicio del proceso (en página A17); concediendo espacio a la tesis del abogado defensor de Gosnell, según el cual le atacan porque es negro. El diario no recuerda que entre los primeros en manifestarse ante la clínica se encontraba precisamente un grupo pro-life integrado por negros (ver este documental sobre el caso, en inglés, de 21 minutos y con imágenes fuertes). En otros medios, el silencio ha sido total. Blogs y redes sociales tocaron la alarma, llegaron algunas autocríticas y ahora se discute sobre las razones de este auténtico “cover-up” (“encubrimiento”, una palabra que tanto indigna a cierta prensa cuando quien lo hace son otras instituciones).

 

 

zz003En la Universidad Internacional de la Rioja, Congreso Online, 17-19 de abril 2013: Comunicación y sociedad digital.

La Universidad Internacional de la Rioja (UNIR) y en concreto el Grupo de Investigación“Comunicación y sociedad digital” convoca este congreso que aspira ser un punto de encuentro de los principales académicos e investigadores interesados por abordar las múltiples facetas de este fenómeno.

El congreso pretende organizarse en torno –pero no limitado- a los siguientes ejes temáticos:

  • Redes sociales y comunicación

  • Nuevas estrategias de persuasión en la red: marketing y publicidad online

  • Nuevos formatos de entretenimiento

  • La comunicación interactiva: de los videojuegos al newsgaming o el advergaming

  • Comunicación móvil

  • Web 2.0 y web 3.0

  • Supervivencia de los medios tradicionales en el entorno digital

 

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Montse Doval tiene -entre otras- la cualidad de poner el dedo en la llaga a tiempo y sin presionar -como algunos medios y presuntos colegas hacen no pocas veces- para hacer daño. Más bien lo suele poner para que no salga más sangre por esa herida.

Esta vez ha recordado que -si de periodistas y periodismo se trata- no es baladí la importancia de verificar, comprobar o simplemente referirse a hechos reales. Lo dice con delicadeza rayana en la ironía académica: Comprobar los hechos, una rutina que conviene incorporar.

Podría haber dicho que se trata de algo que conviene reincorporar, en la medida en que se trata de una rutina para algunos perdida de vista. Pero como es delicada y académica, dice que se trata, sin más, de incorporar esa rutina de la verificación de los hechos que los periodistas y los medios convierten -o tratan de convertir- en acontecimientos sociales.

Buena lección de teoría de la comunicación, que a buen seguro vendrá bien a las nuevas generaciones de profesionales. Este es su texto en Internet Política:

Con el uso de los medios sociales, se acelera la difusión de datos, pero no se asegura que esos datos sean verdad. Convendría que incorporáramos los hábitos de la prudencia y la comprobación de hechos, antes de dar por buenos los datos que recibimos.

Éste es un caso que se dio con el Papa Francisco, pero que se da con bastante frecuencia en muchos temas, se muestra un hecho -a veces acompañado de una foto que parece darle fiabilidad o un vídeo- y no se aportan pruebas de la veracidad. Se comparte, se enciende la viralidad de las redes sociales y, al final, era una moneda falsa.

¿Cuánta gente comprobó la veracidad de lo retuiteado o difundido en Facebook? No lo sabemos. ¿Cuánta gente se habrá quedado con la versión falsa? Tampoco lo sabemos.

MediaShift . Fact-Checking Social Media: The Case of the Pope and the Dictator | PBS.

Aunque sea un instante, mejor pensar en lo que aquí dice Montse.

 

Hace algo más de un año, las cosas estaban así, según alt1040.com:

La decisión de Google de compartir información de sus usuarios de manera horizontal entre todos sus productos genera fricciones entre la compañía y la Unión Europea, que además de generar críticas, sería objetivo de acciones legales por parte de la Unión Europea.

Llega el momento de las acciones legales, en vista de que Google no cumple con la Directiva 95/46/CE (ver síntesis) del Parlamento Europeo y del Consejo, de 24 de octubre de 1995, relativa a la protección de las personas físicas en lo que respecta al tratamiento de datos personales y a la libre circulación de estos datos.

En estos momentos y en primera posición se encuentra Francia, seguida de Holanda, España, Alemania y algunas organizaciones inglesas. Más adelante seguirán, muy probablemente, los demás estados miembros. Lo refiere la agencia Efe y lo recoge la prensa internacional:

Seis organismos europeos de protección de datos emprenderán acciones contra Google por no haber respondido a su exigencia de modificar las reglas de confidencialidad, informó la Comisión Nacional francesa de Informática y Libertades (CNIL).

Las autoridades nacionales de protección de datos dieron a Google a finales de octubre un plazo de cuatro meses para que actuara conforme a la normativa europea.

Los países europeos habían pedido a Google que facilitara información clara y completa sobre los datos recabados, que precisara la duración máxima de conservación o su finalidad, o que mostrara su compromiso de respetar las exigencias de la directiva europea de protección de datos.

Los organismos en cuestión, según el comunicado de la Comisión Nacional francesa de Informática y Libertades (CNIL), son los correspondientes a Alemania, España, Francia, Italia, Holanda y Reino Unido, que recibieron a representantes de Google el pasado 19 de marzo.

Acabada esa reunión, no se ha puesto en marcha ningún cambio,” destaca el CNIL, según el cual le corresponde a cada autoridad nacional proseguir las investigaciones pertinentes a su normativa nacional.

(…)

Veremos en qué acaba este pulso sobre el uso de los datos personales de la ciudadanía, y no solo de los consumidores.

 

Justino Sinova escribe en su blog, dentro del Observatorio de la Libertad de expresión, acerca de “El caudillo y la ceguera”. El caudillo es Hugo Chávez, con el antecedente franquista con que arranca esta magnífica entrada del blog, y la ceguera es la de algunos medios españoles.

Entiendo que conviene leer completo el razonamiento del texto de Justino, no porque se trate de un viejo amigo y colega, sino porque lo que dice tiene mucho sentido  profesional. Dice así:

No hay que extrañarse de los llantos que el venezolano medio vierte por Hugo Chávez en medio de la pasión popular provocada por una impetuosa propaganda sentimental. Así, a un caudillo se le llora después de su agonía. Hace 37 años, decenas de miles de españoles desfilaban ante el cadáver de Francisco Francotras aguardar durante horas en una cola bien nutrida de cientos de metros de longitud. Sólo un año y un mes después, los españoles aplaudían (94 % de síes en referéndum) la ley que cancelaba el franquismo y abría la puerta a la democracia. A un caudillo se le llora y, si hay posibilidad de decidir en libertad, se le olvida. Si los venezolanos gozaran de la libertad que se les ha negado, los herederos de Chávez se iban a enterar de lo que vale un voto.

Sí hay razones para alarmarse, en cambio, de la ceguera con que muchos han juzgado el mandato de Chávez sobre el país potencialmente más rico  de Latinoamérica, que deja sumido en unos niveles impropios de pobreza después de 13 años de gestión en los que prometió y presumió de progreso y bienestar. Se trata de una ceguera ideológica, una turbación que hace el efecto de una niebla que altera los contornos de la realidad. Porque otra razón no hay para explicarse la alucinación de gente que se supone informada.

Quien ha seguido atentamente el desarrollo de la enfermedad del caudillo bolivariano, desde las primeras noticias de su indisposición hace catorce o quince meses hasta la psicosis de masas urgida tras su fallecimiento, ha podido leer algunos textos y escuchar algunas oratorias que laudaban la gestión chavista como un éxito indiscutible. Es verdad que Chavez llegó al poder tras el desastre de varios gobiernos supuestamente liberales, pero el resultado de su tarea está lleno de puntos negros que no se pueden ignorar ni ocultar, y menos cuando el caudillo y sus adeptos presumen de comportamientos legítimos y democráticos.

Porque, vamos a ver: cómo se puede celebrar la actividad económica de Venezuela cuando tiene que importar casi todo; cómo se puede considerar un éxito las nacionalizaciones que han desmantelado la industria propia; cómo se puede justificar que el 95 % de sus exportaciones gire en torno al petróleo; cómo se puede admitir que el maná del petróleo no haya sacado a la nación de la pobreza; cómo se puede elogiar el sistema sanitario cuando su jefe máximo se va fuera del país a encontrar solución a sus problemas de salud; cómo se puede encubrir lainflación galopante que maltrata sobre todo a las clases más necesitadas; cómo se puede aceptar sin un reproche la cadena interminable de mentiras con que el régimen ha ocultado y desfigurado la enfermedad de Chaves, cuya gravedad se conocía en cualquier país occidental y no en la propia Venezuela…

Y, sobre todo, cómo desde territorios periodísticos se puede aplicar paños calientes a las agresiones chavistas a las libertades de información y de expresión. Cualquiera de los atentados más leves dirigidos contra periodistas y medios de comunicación habrían motivado en España la lógica e indignada protesta, además de un aluvión de reproches al Gobierno de turno por la quiebra del respeto al derecho fundamental a la información. No es de recibo, por ejemplo, señalar lagunas de la ley de Transparencia que elabora el Congreso aquí y recuperar al mismo tiempo la ceguera sobre la absoluta falta de transparencia de la gestión de Chaves y quienes le han acompañado, que además violan su propia Constitución, en medio de tantos silencios cómplices, para seguir ocupando el poder.

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Hermann Tertsch publica en ABC Los devotos odiadores, a propósito de esa especie de profesionales de la obsesión con la iglesia católica, que no han tardado horas en comenzar a sembrar de nuevo semillas de sospecha y odio hacia la Iglesia, ahora con ocasión del nuevo Papa Francisco, bien trayendo a colación no se sabe bien qué cuestiones misóginas o qué alegatos de gestos colaboracionistas con infames gobiernos argentinos.

Es más que probable que hubiera pasado algo semejante si el nuevo Papa hubiera sido italiano, estadounidense, filipino o austríaco. Los profesionales del infundio (Drae: “mentira, patraña o noticia falsa, generalmente tendenciosa”) parecen tener reacción preparada (son habitualmente reaccionarios) ante casi todas las circunstancias, incluso con evidencias en contra. Romper vidrieras a pedradas siempre ha sido más fácil, llamativo y espectacular que construir catedrales.

En todo caso, algunos párrafos del artículo de Hermann Tertsch, Los devotos odiadores, permiten recordar esta rémora de las profesiones de comunicación, que siempre encontrarán en la Iglesia, como es práctica habitual cristiana, quienes se acuerden de rezar por ellos:

Ya tenemos Papa. Francisco. A todos ha sorprendido una vez más la Iglesia.

Todas las quinielas, todos los augurios y las deducciones de los ejércitos de vaticanistas se han ido literalmente al garete. Creen que la curia es el comité central del Partido Comunista de la Unión Soviética, el consejo de administración de una multinacional en el Club Bilderberg, la Logia del Gran Oriente o el casino de un pueblo.

Al final resulta que sí, que la iglesia es una organización humana y mundana, llena de pecadores, con juegos de poder, con cálculos e intrigas, lucha de intereses, banderías y trampas. Pero siempre pasan por alto quienes miran desde fuera con frivolidad u hostilidad y conceptos y ritmos propios, que si bien es cierto que en la Iglesia hay todo eso, mucho y en demasía, hay además algo más. Mucho más.

Se les olvida con frecuencia a vaticanistas aficionados como a los enemigos más devotos de la Iglesia, que ahí dentro hay gente, mucha gente, que se cree lo que predica y lo que hace. Y cree en la vida que vive para su fe, para la Iglesia y los demás. (…)

Los devotos odiadores de la Iglesia que tanto interés y tiempo le dedican buscando, con torpes consejos, su debilidad y destrucción son el menor de los problemas de la Iglesia.

Esos devotos enemigos obsesionados por hacer daño tienen mensajes tan perecederos y obsoletos como mil proyectos de redención humana enterrados en estos dos mil años.

Pobre gente, pobre mensaje frente a la humilde grandeza de la esperanza que se despliega ahora en Roma.

 

Se entiende el enfado monumental de Enrique Dans con el próximo cierre de Google Reader. Un enfado que muchos compartimos, profundamente enfadados ante la prepotencia y la falta de lealtad con sus usuarios.

Así comienza el texto de Enrique Dans, Google y el desprecio a sus usuarios: el cierre de Google Reader:

Google decide, en una de sus temidas “limpiezas de primavera“, anuncia la retirada de Google Reader, la herramienta en la que muchos no solo leemos las noticias, sino que también las almacenamos, gestionamos o compartimos por correo electrónico. Una herramienta que caracteriza, precisamente, a un segmento de usuarios que tiende a la sistematización de la absorción de información, al análisis, a la lectura eficiente de titulares, a la gestión de repositorios… sin duda la herramienta que más utilizo a lo largo de mi día, mucho más que el buscador o que cualquier red social. Mucho más que una herramienta de lectura, Reader es una herramienta de investigación: a donde vas para rebuscar entre las noticias que leíste en los últimos tiempos, para encontrar aquello que marcaste con estrella, para llevar un registro ordenado de tus fuentes de información… una herramienta, a día de hoy, completamente insustituible.

Google Reader es el lector de feeds más popular del mercado. Su aparición en 2005 supuso la migración de muchos miles de usuarios desde lectores como Bloglines y otros: en muy poco tiempo, Reader obtuvo el claro liderazgo en un segmento que, a pesar de no tener una popularidad muy elevada por caracterizar a un usuario de nivel avanzado en su relación con la información, sí genera una gran fidelidad a muchos niveles. Los lectores RSS no son para todo el mundo, no son un producto mayoritario, pero sí son excepcionalmente útiles para aquellos que sabemos sacarles partido.

Para los que tenemos un blog, la eliminación de Reader es un auténtico disparo en la línea de flotación: Reader es la manera en la que muchos de nuestros usuarios más fieles reciben puntualmente la información, uno de los sitios en los que mostramos publicidad, en donde nos enfrentamos a la lectura de fuentes en un formato cómodo que facilita el escaneo rápido de titulares, o donde almacenamos aquello que nos pareció interesante y sobre lo que pensamos escribir posteriormente. Una herramienta que tiendes a mantener abierta en tu navegador en todo momento, que te sirve para ver de un vistazo si tienes poco o mucho por leer, que se introduce en tu rutina diaria y te ayuda a organizar muchísimas cosas.

(sigue)

Posible solución: feedly

 

Reproduzco a continuación la excelente información que aparece en la entrevista que Diego Contreras concedió a la DPA y que publica El Universal:

En las ruedas de prensa oficiales era el que respondía a las preguntas más molestas. Otros cardenales, con mucha diplomacia, despejaban balones o te daban una contestación que en el fondo no era una respuesta”, explica Diego Contreras, quien asegura que Ratzinger organizaba también encuentros “off the record” con periodistas en los que se tomaba horas para discutir cuestiones controvertidas.

El final del pontificado de Benedicto XVI se ha visto ensombrecido por versiones sobre luchas de poder y corrupción en la Curia romana y por el retrato de un Papa débil que acabó dimitiendo al no poder gobernar a los suyos. Un panorama marcado por la crisis y escándalos, y transmitido a nivel mundial.

Para Diego Contreras, profesor de la Facultad de Comunicación de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz de Roma y presidente de la agencia televisiva Rome Reports, especializada en temas vaticanos, el Pontificado del ahora papa emérito no fue necesariamente más turbulento que el de su predecesor, pero coincidió con un cambio en la cultura informativa en la que irrumpieron con fuerza los medios digitales y las redes sociales y su consiguiente efecto amplificador, resaltó DPA.

Juan Pablo II ha tenido problemas a veces más grandes que los de Benedicto XVI. Lo que ha faltado ha sido ese eco mediático mundial, quizá porque estaba tapado por la figura carismática del Papa“, afirma este español residente en Roma desde hace más de dos décadas y autor de un blog sobre la Iglesia católica en los medios de comunicación (dpaq.de/VfqEd).

El desarrollo de las redes sociales, la inmediatez en la información y la globalización en un modo como no se conocía antes han llevado a que episodios quizá menores que en otra época hubieran pasado casi desapercibidos han tenido ahora relevancia internacional“, explica Contreras, nacido en Granada hace 52 años y quien considera que el Vaticano debe realizar mayores esfuerzos en planificar su trabajo de comunicación.

Es genial que el Papa esté en Twitter, pero muchos de los problemas consisten en cómo contextualizar algunas decisiones, algunas motivaciones, en un contexto precisamente que no tiene las categorías cristianas para entenderlo. Esto exige un esfuerzo intelectual para elaborar el mensaje de un modo que responda a lo que se pretende, de un modo más incisivo”.

El escándalo que más ha marcado la fase final del pontificado ha sido el llamado caso “VatiLeaks”, cuyo principal implicado, el ex mayordomo de Benedicto XVI Paolo Gabriele, fue condenado y luego absuelto por sustraer documentos confidenciales de los aposentos del papa. Documentos que hablan de luchas dentro de la curia romana, corrupción y escándalos financieros.

Joseph Ratzinger encargó a tres cardenales encabezados por el español Julián Herranz, del Opus Dei, un informe sobre el caso, que sólo se mostrará al próximo papa, según decisión de Benedicto XVI. El diario La Repubblica asegura que el papa tomó la decisión de dimitir al leer dicho informe, algo que Contreras pone en duda.

Quizá le ha desgastado físicamente, pero no creo que haya sido un golpe psicológico tan grande como para llevarle a acelerar la renuncia“, afirma el experto en temas vaticanos. “No puede haberle hundido en la depresión, sobre todo habiendo sido más de 20 años prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, cuando a su mesa llegaban a diario dossieres sin duda mucho más deprimentes”.

El profesor español considera “innegable” que ha habido problemas en la curia, tales como “falta de coordinación o visiones divergentes entre sus miembros”, pero no “cuchilladas” ni “agresiones”, como se plantea en el marco del escándalo “VatiLeaks”. Contreras cree no obstante que los colaboradores de Benedicto XVI no estuvieron “a la altura” del ahora papa emérito.

A Benedicto le ha faltado un Ratzinger. Juan Pablo II tenía un Ratzinger que le daba seguridad, apoyo y solidez cuando era cardenal prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Por lo que podemos juzgar externamente, es lícito decir que la curia romana no ha estado a la altura de lo que se esperaba, al nivel del papa. El magisterio del papa ha sido extraordinario y creo que todavía tendremos que asimilarlo durante muchos años. La gestión de gobierno que corresponde a sus colaboradores no ha sido extraordinaria”.

Como no sabemos qué contiene el informe de ‘Vatileaks’, podemos hacer del informe una especie de entidad que lo resuelve todo o que lo contiene todo“, afirma el profesor español, quien considera que la decisión de Benedicto XVI de no publicar el documento debe interpretarse más bien como “una delicadeza con su sucesor” o “una medida de prudencia” en lugar de un intento de tapar lo ocurrido.

El tema de la verdad para Ratzinger es esencial en su predicación como papa y en su investigación como teólogo, y también eso se ha demostrado en la transparencia. Creo que el tema más duro que ha tenido que afrontar es el de los abusos. El que ha marcado la pauta de transparencia ha sido el papa”, afirma, señalando que Ratzinger en sus tiempos de cardenal en la curia no se echaba atrás a la hora de abordar cuestiones difíciles.

“En las ruedas de prensa oficiales era el que respondía a las preguntas más molestas. Otros cardenales, con mucha diplomacia, despejaban balones o te daban una contestación que en el fondo no era una respuesta”, explica Contreras, quien asegura que Ratzinger organizaba también encuentros “off the record” con periodistas en los que se tomaba horas para discutir cuestiones controvertidas.

Su disponibilidad para atender a la prensa era llamativa, sobre todo si se piensa en el estereotipo que existe de él, de persona cerrada. El hecho de que haya publicado tres libros-entrevista, cuatro contando con el último cuando ya era papa con el periodista Peter Seewald, es una realidad que hay que tener en cuenta y que a veces también se olvida. Es muy, muy abierto a la comunicación”, concluyó.