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Aunque sólo se trate de un detalle, no está de más señalarlo. Porque para un político no es un detalle de pequeño alcance, al ser un error impropio de un experto en hablar ante la ciudadanía. Y porque tampoco es de poco alcance para el ciudadano que lo ha escuchado y es medianamente sensible a lo que se dicen en la esfera de la cosa pública. Y porque en los medios, con algunas notables excepciones, no ha sido bien visto ni señalado.

Es una simple cuestión de retórica, de saber acerca de las situaciones y procedimientos de discurso público que no es baladí y que -por desgracia- resulta casi desconocida.

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El President Mas, a pocos metros de los restos del Presidente Suárez, ha dicho cosas laudatorias acerca del difunto Presidente Adolfo Suárez que en realidad constituyen un vituperio al actual Presidente y su gobierno de España. Lo primero está muy bien. Lo segundo es -como unos pocos han señalado- una instrumentalización más que deplorable.

La situación de discurso público de tipo epidíctico (cuando no hay ninguna causa en juego, a diferencia de lo que sucede en las situaciones de tipo judicial -al hablar ante un tribunal- o de tipo deliberativo -al hablar ante una asamblea parlamentaria-) implica que lo que se diga no puede ser nunca y no sea considerado bajo ningún aspecto como un discurso de parte. No puede ni debe se un discurso parcial, como son los de los abogados de defensa o acusación ante un tribunal o los discursos políticos ante un parlamento.

La retórica clásica precisamente refiere que el discurso fúnebre es el prototipo de discurso epidíctico, en el que sólo cabe alabar o vituperar al difunto.

El President Mas ha hecho una mezcla que resulta impertinente, disfuncional y molesta. Quizá la ciudadanía (y desde luego, también los medios de comunicación) no han apreciado suficientemente la gaffe política y la falta de respeto al difunto y el mal gusto cívico del señor Mas. A lo mejor esta falta de sensibilidad sólo se debe al partidismo ideológico de algunos ciudadanos y algunos medios. Probablemente también se debe (por eso mismo) a la ignorancia de las reglas retóricas no escritas que rigen para los discursos públicos.

Además, resulta que alabar el espíritu de audacia y conciliación del Presidente Suárez (“la concordia fue posible”, se lee en su tumba), cuando se hace en un discurso que en sí mismo resulta más temerario que audaz, y más disgregador que concordante, es a fin de cuenta, y por sí mismo, una contradicción. Lo dicho con una parte de las palabras como alabanza epidíctica resulta contradictorio con el tono y el tema general que tienen las palabras implícitas de vituperio deliberativo que motiva y condiciona todo el sentido del discurso.

Hay que entender las circunstancias en que se habla.

 

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Lo que Papa Francisco ha dicho en el Ángelus, hoy -entre otras cosas- es esto:

(…) Cuando se dice que una persona tiene la lengua de serpiente, ¿qué quiere decir? Que sus palabras matan. Por lo tanto, no sólo no se debe atentar contra la vida de los demás, sino tampoco derramar sobre él el veneno de la ira y golpearlo con la calumnia. Ni hablar mal de él porque llegamos a las habladurías: los chismes también pueden matar, ¡porque matan la reputación de las personas! (…)

A buen seguro que no estaba pensando directamente en los periodistas y demás profesionales de la comunicación. Pero no sé hasta qué punto están llegando las cosas de las lenguas viperinas, de las medias o enteras palabras en los cuchicheos, en los chismes, y en los dimes y diretes, o en las directas maledicencias calumniosas o en los mentideros aparentemente inocuos o pretendidamente divertidos sobre personas y sobre asuntos en general de la vida pública (también de la vida privada).

¿Está bien visto en periodismo tener una lengua o una pluma viperina?

¿Es eso realmente periodismo o comunicación pública profesional, por mucho que el escándalo logre audiencias e ingresos en caja, y de paso mate socialmente al enemigo (no sólo contrincante)?

 

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Como sé que hay gente interesada en alguno de los capítulos de este libro, aquí va la dirección de la página de la Editorial Comunicación Social, especializada en nuestras lides, en donde (tras la solapa “archivos asociados”) pueden descargarse en .pdf tres documentos: el índice del libro con autores y títulos, interesantísimo; la estupenda presentación de Ruth Gutiérrez, y una entrevista que me hizo Diego Contreras con ocasión del libro.

Lo interesante son los 32 estudios o capítulos, así como la introducción y las conclusiones. Y como dice que se trata de un homenaje, entiendo que es de justicia dar públicamente y de corazón, aquí mismo, las gracias a todos los  autores que han publicado y en especial a Ruth Gutiérrez, que ha editado semejante volumen de 402 páginas.

Tengo entendido que pronto se anunciará que está disponible una edición en eBook.

[Actualización: me llega por correo una indicación de José Luis Orihuela, respondiendo a una demanda: El distribuidor en Argentina es 'Librería La Crujía'. Contacto: squel@lacrujia.com.ar // En Paraguay, Librería Intercontinental. Contacto: agatti@libreriaintercontinental.com.py]

En la entrevista Diego me hizo hablar de memorias del pasado, evitando caer en batallitas. Pero también pregunta mirando hacia nuestros días y más allá, aunque no tanto hacia el infinito como diría Buzz Lightyear.

Por esto, y por si a alguien le interesa y le provoca la curiosidad, no tengo reparo en poner a continuación algunos párrafos. No los de tipo histórico, sino más bien los que hablan de posibilidades ante el futuro, sabiendo que debería haber incluido muchos más detalles concretos, muy pegados al suelo como pienso que los tengo, y así no parecer excesivamente idealista o iluso, respondiendo a “¿y qué harías si…? El caso es que aquí hay que atenerse a lo dicho:

(…)

DC -Si tuvieras que empezar hoy una facultad de comunicación…

JJGN -…no sabría qué hacer. Pienso que se parecería más a una escuela socrática de discusión libre y racional de asuntos de la vida pública, con las correspondientes teorías y técnicas añadidas, pero con una finalidad clara: dar a la gente, hacer crecer en cada uno saberes para que puedan tomar libremente decisiones, y no decirles sin más lo que tienen que hacer, como está pasando en buena parte de los medios profesionales y académicos.

Entiendo que una buena Facultad no puede limitarse a preparar gentes para trabajar en un estado de cosas profesional dado. Es decir, dado, pero casi exclusivamente por razones industriales y de poder que no se discuten y se acatan como si fueran inamovibles o fueran otros quienes tuvieran que ocuparse de cambiarlas para mejor. Pienso que una buena Facultad se preocupa y ocupa por hacer que las profesiones de comunicación cambien a mejor en cuanto tales, no sólo se debería ocupar de la eficiencia en la preparación de los futuros profesionales según estén las cosas en un momento dado. Por eso entiendo que un planteamiento de tipo «científico» se queda corto cuando se habla de saber acerca de la comunicación en la medida en que –como bien dice Robert Spaemann, otro de los pensadores a quien sigo- quienes practican las ciencias se limitan a acordar provisionalmente qué se toma como indiscutible, mientras que los filósofos razonan y discuten acerca de los mismos fundamentos de su saber.

Por eso –si tuviera que empezar hoy una facultad de comunicación- insistiría mucho en plantear las cosas desde una perspectiva filosófica, no tanto teórica cuanto filosofía práctica, antes de entrar en cuestiones técnicas o de las llamadas «ciencias sociales». Entiendo que sobre todo hay que razonar (y no necesariamente según el “método del caso”) en torno a cuestiones prácticas de ética y política, de estética, poética y retórica, que son siempre cuestiones racionales arriesgadas. Porque ahí aparece la persona y su libertad y capacidad de hacer justicia a su propia naturaleza, como algo sobre lo que uno puede actuar libremente y que es algo que está como por debajo, sujetando o fundamentando (como pasa con el 90% que no se ve de un iceberg) al personaje profesional que públicamente desempeñemos en cada caso.

Hay que ir al alumno y decirle: a mí lo que me interesa es que aprendas a actuar en conciencia, que tengas la suficiente personalidad para hacer lo que te dé la gana. Estoy aquí para promocionar tu libertad. Pero ten en cuenta el bien común y no solamente vayas a lo tuyo. Está demostrado –en general y en las profesiones de comunicación- que hay más alegría en dar que en recibir. Vamos a ver si nos preparamos para ser donadores de saber desinteresado. Eso supone un planteamiento menos utilitarista, tecnicista, menos legalista y más político, en el sentido de recuperar la vieja noción de política de hacer amable la vida pública, el vivir y crecer juntos en sociedad.

Hoy, cuando hablas de la conciencia, enseguida alguien piensa que le quieres lavar el cerebro… O la entienden al modo político de las “votaciones en conciencia”, que a lo mejor se mezcla y confunde con el subjetivismo y el relativismo. Ayudar a la gente a tener conciencia es muy distinto de ayudar a la gente a tener éxito. Si la gente trabaja en conciencia, lo más probable es que -de entrada- no tenga éxito, pero que haga mucho por el bien común. Hay que elegir.

El futuro, creo yo, tiene que ver con una comunicación que mire por el bien de todas las personas, por el bien común. Sin los maniqueísmos de buenos y malos, a los que nos han acostumbrado la prensa, la publicidad, la propaganda y la ficción, porque te das cuenta de que el mal está dentro de cada uno de nosotros. Incluyendo desde luego las múltiples opciones y opiniones racionales y respetables de cada cual, en especial en los territorios de la política, que son en los que se supone que se debaten las perspectivas que pretenden el bien común.

DC -¿Qué materia incluirías en los planes de estudio de comunicación?

JJGN -Como premisa, me parece que en las facultades de comunicación hay demasiadas clases en las que habla uno y los demás escuchan. Los alumnos no tienen tiempo de leer, ni de pensar, ni razonar en grupo y en público, de tomar decisiones. Si se supone que, en cierto modo, la enseñanza de la comunicación -que no es solo una profesión técnica sino un saber práctico- tiene que ver con la conciencia, ¿cuándo formo mi propia conciencia? Es necesario hacer crecer la conciencia. Y eso se consigue, por ejemplo, cuando se lee un libro clásico y hay que explicarlo, y para eso no sirve lo que se puede copiar de internet…

Volviendo a la pregunta, pienso que sería muy bueno que en los planes de estudio hubiera una materia que tratara de las «patologías de la comunicación», porque la comunicación no es en principio de suyo buena. Lo mismo le ocurre a la salud, la justicia… La comunicación tiene muchas patologías, no solo tiene personas patológicas sino modos de hacer  y perspectivas de funcionamiento que son patológicas, y por lo tanto dejan de ser, con propiedad, profesionales. Pero las patologías se identifican cuando se sabe para qué sirve la comunicación.

DC -Sería un buen modo de terminar: ¿qué es y para qué sirve la comunicación?

JJGN -Las personas hemos sido definidas como animales racionales o animales políticos o como animales que cuentan historias. Si hablamos de comunicación pública no podemos de entrada perder de vista esa racionalidad, ni el ámbito político ni tampoco esas historias que nos caracterizan. (…)

Si vemos la comunicación pública en términos de relaciones personales, que es de donde a fin de cuentas derivan las perspectivas profesionales, entonces hay que saber que de entrada está en juego «dar de lo que se tiene», en nuestro caso, determinados saberes acerca de la realidad. Esa liberalidad está muy bien, precisamente en un mundo tan lleno de necesidades y sobre todo de semejantes muy necesitados de saber para poder vivir y actuar con libertad.

La liberalidad es el punto de partida necesario en la comunicación pública, pero me parece que la cuestión decisiva se plantea sobre todo cuando se busca el punto clave (…) A veces se habla con naturalidad de «entrega», por ejemplo en el mundo de la asistencia social y en el deportivo y a veces lo mencionamos en algunos ámbitos profesionales sin ser del todo conscientes de lo que significa.(…)

La mejor comunicación pública viene siempre de la mano de una actitud personal e institucional de amistad genuina respecto de los demás. La comunicación pública es un  modo de “dar de sí” en términos de amistad social, un esfuerzo de comprensión por compartir lo que interesa y conviene a los demás, a todos. (…)

¿Qué para qué sirve la comunicación? No sabría decirlo en cada caso concreto y en cada género o profesión específica, pero desde luego –en términos generales- practicar una buena comunicación pública plantea una disyuntiva bastante clara: o bien «sirve» para ser, para crecer o procurar ser libremente mejores ciudadanos y personas, todos los implicados en la comunicación; o «sirve» para que algunos intenten manejar a otros según las propias conveniencias, forzando la libertad de los demás, cosa nada recomendable. No hay mucho término medio cuando se habla de la comunicación pública en términos de «servir» para algo.

(…)

 

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Mons. Sebastián habla sobre el aborto

Recomiendo ver en el link de YouTube el breve razonamiento sobre el aborto del recién designado cardenal, Mons. Fernando Sebastián, respondiendo a la pregunta planteada por un periodista en la rueda de prensa celebrada el 13 de enero de 2014.

Entiendo que a todo buen profesional de la comunicación en general y del periodismo en particular y en estos días en España, conviene saber lo que dice. Porque la opinión pública -guste o no- depende en muy buena parte de lo que sepan y luego digan y publiquen estos profesionales.

He publicado algo en este sentido en Scriptor.org (Sr. Monago, lea a Ignacio Aréchaga plantear el mínimo ético para legislar sobre el aborto), y lo copio aquí a continuación, por si se quieren evitar enlaces:

Hace quince días publiqué aquí Quince minutos de fama por decir una simpleza sobre “obligar a ser madre”. Hablaba de una simpleza pronunciada y repetida como latiguillo por el Sr. Monago.

Al leer esa y otras simplezas negativas adjuntas, publiqué un tweet que tuvo algún eco en la red:

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No he encontrado una respuesta a esta simple pregunta, que como tweet no puede entrar en detalles, pero echaba de menos poder hablar un poco más acerca del sentido común ético y las comparaciones sobre este y otros asuntos (la prostitución, los impuestos, etc.) en otros países llamados -según convenga- como “de progreso” o cosas semejantes.

El caso es que hoy veo que el Sr. Monago sigue erre que erre, buscando quizá nuevos y más abundantes minutos de fama con el sinsentido de la frase.

Como entiendo que el asunto supera ampliamente la legalidad y la legitimidad efectivas de que dispone el político Sr. Monago, no entraré en sus derechos inalienables como ciudadano a decir lo que le venga en gana.

Tampoco entraré a considerar los medios que le hacen eco, quizá porque les viene bien para su ideología informativa, quizá porque esperan así ganar algunos lectores y euros en caja o quizá sumarse al viento de la historia que piensan sopla aún en la popa de los partidos abortistas, como el partido socialista español.

Un partido que -de perdidos al río- se apunta, como a un clavo ardiente electoral, al manido slogan de “mi cuerpo es mío” (que bien se podía conjuntar con “mi mente/cerebro es mía/o”) y otros sofismas ya un tanto apolillados… Entre ellos, el del recurso a la comparación abusivamente selectiva -según convenga- con legislaciones de países del entorno europeo.

Habrá que ver cómo le sale el tiro al Sr. Rubalcaba, porque bien pudiera ser que sea por la culata, dado que los vientos (o la historia) ya no son lo que parecía que eran…

Zzz002Escribo lo anterior, porque hoy también, acabo de leer un texto de Ignacio Aréchaga en su blog El Sónar, titulado El mínimo común ético, que recomiendo vivamente a los lectores. Toca todos estos asuntos desde una perspectiva más de fondo, que merece la pena conocer.

Por eso me permito reproducir su argumentación final,

(…) Si en el asunto del aborto nos preocupa la diferencia con legislaciones extranjeras, también nos debería llamar la atención que con la ley vigente el 10% de los abortos que se realizan en España correspondan a europeas, atraídas por la permisividad y la falta de control que han regido hasta ahora aquí.

Pero es que, además, en asuntos distintos del aborto parece que la permisividad extranjera no importa.

Los socialistas franceses, que se manifiestan críticos con la reforma del aborto en España, acaban de aprobar una ley por la que se considera un delito pagar por tener relaciones sexuales, con multas superiores a los 1.500 euros. En este caso la mujer no puede hacer lo que quiera con su cuerpo.

No les ha importado que en países de su entorno, como Alemania y Holanda, la prostitución esté legalizada como un trabajo, ni que en España tampoco esté penalizada.  Ahora los franceses que quieran recurrir a una prostituta tendrán que viajar a Alemania o España, que son mucho más tolerantes en este aspecto, o sumergirse en la compraventa clandestina de servicios sexuales.

Otros franceses, como el actor Gérard Depardieu o Bernard Arnault el propietario del grupo de lujo LVMH, decidieron ya tener su domicilio fiscal en Bélgica para huir del impuesto excepcional del 75% sobre los altos ingresos creado por el gobierno francés, y después trasladado  a las empresas que retribuyen a los millonarios.

Estos exiliados fiscales han sido tratados como renegados. Y es que en materia de impuestos, el criterio nunca ha sido rebajar la presión al nivel de los paraísos fiscales, aunque siempre ha habido nacionales con cuentas ocultas allí.

“Verdad a este lado de los Pirineos, error más allá”, decía Pascal. Pero la justificación de que si no lo hacemos aquí lo harán fuera, nunca ha sido una buena razón a la hora de legislar.

Actualiz: Tampoco está de más leer -como me hace ver Jordi Molas en twitter- lo que escribe José María Ruiz Soroa en El País: ¿Y cómo se hacen las leyes?.

 

Leyendo esto en politicaysociedad, no queda más remedio que reproducirlo:

La polémica se ha desatado en Suecia con la imagen del fotógrafo Paul Hansen, que ha ganado el premio Swedish Picture of the Year Awards 2011, publica Terra de España.

En la foto podemos ver a Fabienne, una joven haitiana de sólo 14 años que fue asesinada por la policía…

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Ahora se sabe que en el momento de la muerte de esta niña había 14 fotoperiodistas presentes, lo que ha desatado las críticas y un debate sobre la ética de los fotógrafos.
La controversia empezó cuando el fotógrafo Nathan Weber publicó una fotografía en la que aparecía la misma imagen que en la foto ganadora pero desde una perspectiva en la que se ve a la niña tendida en el suelo rodeada de fotógrafos.
El debate que se está librando en Suecia gira en torno a la pregunta “¿habrían donado menos para el desastre si esa foto no se hubiese publicado? O ¿se habrían destinado menos recursos y profesionales?”.

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¿La patética belleza estética del horror hubiera sido premiada de conocerse esta vergonzosa segunda fotografía?

¿Está la profesión tan poco informada de sí misma que los carroñeros (no sólo en fotografía, como en este caso: también en el resto de las profesiones de comunicación) pueden tranquilamente hacer su agosto, y recibir y otorgar sus premios sin conciencia ético-política junto a la estética, la retórica y la poética?

 

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Acabo de poner en la red (en Academia.edu) una versión reducida de un estudio -a propósito de la película de M. Mann, El dilema (The Insider, 1999)- sobre la verdad en ficción y realidad, dicho sea así, de plano. El estudio se llama Sobre la verdad práctica y las ficciones poéticas.

El texto se ocupa inicialmente de fundamentar los territorios poéticos y de filosofía práctica (ética, política, estética) necesarios para luego, finalmente, poder sacar a la luz -a propósito de El dilema- esos asuntos implicados en confrontar “realidad y ficción” o “ficción e historia”, o bien hablar de “película histórica”, o bien de “historia basada en hechos reales”, etc.

Sin entrar en detalles técnicos, como lo hace ese estudio, se puede motivar la lectura diciendo que:

… cuando nos enfrentamos a ficciones poéticas genuinas, incluso con referencia a hechos históricos, lo que está en juego es inventar posibilidades que no coinciden necesariamente con ningún hecho histórico, pero que plantean una generalidad o universalidad real en la que esos mismos hechos quedan insertos, cobrando un sentido tendencialmente universal.

Para eso, necesitan resultar convincentes, es decir, gustosos (o –mejor- cautivantes) para cualquier espectador, en este caso: no en razón de lo que atañe a su historicidad, sino precisamente en razón de la universalidad de “lo posible” poéticamente presentado…

El estudio viene a razonar sobre estos asuntos de la universalidad de las historias realmente poéticas y su resultar cautivantes, apoyándose en buena parte en la imagen del actuar humano que simultáneamente se suele dar en este triple orden de rasgos de la libertad, que no coinciden entre sí y que, de menor a mayor realidad, intensidad y compromiso van así:

1) la libertad pragmática según la cual, desde la indeterminación, el hombre domina sobre sus productos y se entiende a sí mismo como producto autónomo, que

2) la libertad moral según la cual desde la estabilidad de la naturaleza se logran las virtudes y la armonía interior humanas, que finalmente

3) la libertad personal de trascenderse y destinarse efusivamente como criatura, sin condiciones previas, más allá del dominio sobre nuestros productos y nuestros actos.

Buena lectura.

 

Entiendo que la oferta de Ramón a los profesionales del periodismo y de la comunicación pública en general es muy digna de ser tenida en cuenta.

Así lo ofrece él mismo:

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Cuenta toda la prensa (y este párrafo lo tomo de El País) que El papa Francisco tiene coche nuevo: un Renault 4 de color blanco, fabricado en 1984 y con 300.000 kilómetros de experiencia, regalo de don Renzo Zocca, un cura de Verona a punto de cumplir los 70 años, que le escribió una carta al Papa. Le decía que se sentiría honrado si él, un Papa humilde, aceptara ese regalo de un viejo cura de barrio obrero.

zz002Hoy leo en la Voz de Galicia un breve y gran reportaje, muy bien pensado, hecho con finura y gran sobriedad, en el que surge el lema que figura como titular “Yo también tengo un papamóvil“. Genial asociación.

Así se ve el arranque:

zz001Muy prometedor. No defrauda. Buen periodismo.

Además, imagino, los de Renault, frotándose las manos…

 

 

 

zz004Hace ya una docena de años que tuvo lugar el terror del 11S. Escribí inmediatamente una página en Nuestro Tiempo, con la foto que aquí puede verse, y con el texto que cinco años después recogí en Scriptor.org (11 Septiembre, Cinco Años Después De Las Torres Gemelas). En otros aniversarios escribí también otros textos.

El caso es que he recordado, hoy, a esta misma hora de aquel horror, al bombero Byrne que subía las escaleras y al entonces funcionario Labriola, fotógrafo amateur que hizo la instantánea y me cedió el derecho de publicarla aquel mismo día…

Mejor no dejar pasar el momento sin un recuerdo para cuantos lo sufrieron en carne propia.

 

++ Papa: atterrato a Ciampino l'aereo di Bergoglio ++

Recibo de Rafael Navarro-Valls el texto que hoy publica en el diario El Mundo, con la idea de que lo reproduzca en este lugar, en el que no pocas cosas de la comunicación pública pueden y deben ser repensadas a partir de lo que tenemos a la vista.

Comparto plenamente la idea y el titular de Rafael Navarro-Valls, “Francisco va en serio”. También, sobre todo, en lo que mira a su relación con la gente a través de los profesionales de la comunicación y con éstos mismos, que no resultan ser “santos de su devoción”, como él mismo dice. Sinceridad mezclada con algo de indudable ironía.

Lo hemos visto en la entrevista concedida a TV Globo (Entrevista De Media Hora Con Papa Francisco En TV Globo (+ Actualización)) y en la rueda de prensa en el avión de vuelta de Río a Roma (Magnífica Síntesis Video (6 Minutos) De La Rueda De Prensa De Papa Francisco En Al Avión De Vuelta A Roma).

El texto me parece ejemplar en el análisis de lo que bien puede suponer, más allá del inicio de una época de cambios, un auténtico cambio de época:

“El viaje a Brasil del Papa Francisco ha colmado todas las expectativas”. Esta frase sería sospechosa de triunfalismo en labios del séquito papal o del Ejecutivo brasileño. No lo es, si la escribe el periodista y rabino judío Gustavo Guershon. Tiene razón. Nunca un viaje papal -salvo el primero del Papa Wojtyla a Polonia- había levantado tantas esperanzas, dentro y fuera de Brasil.

Cuando el Papa Francisco se adentró en la Franja de Gaza brasileña -la favela que visitó en el viaje que acaba de concluir-, no sólo estaban pendientes de su mensaje social las autoridades brasileñas y los fieles de todo el mundo, sino la diplomacia y hasta la inteligencia de USA, China, UE y Cuba, entre otras. También en los ambientes “entre sombras” se esperaba, con curiosidad contenida, la visión que Francisco daría -en el epicentro de la pobreza”- de la doctrina social de la Iglesia, tal y como quiere impulsarla en el segundo decenio del siglo XXI. Alguno dio más de un respingo cuando oyeron decir al risueño papa argentino: “La fe es revolucionaria. Y os pregunto (a los jóvenes): ¿Estáis dispuestos a entrar en la ola de la revolución, de la fe? Sólo entrando en ella tu vida joven tendrá sentido y será fecunda”.Y una cierta tensión se notó en las cúpulas de los ejecutivos mundiales cuando pidió una acción contundente para defender “a los pobres ante intolerables desigualdades sociales y económicas que claman al cielo”.

Y es que una de las expectativas del viaje al Brasil era cómo afrontaría el Papa argentino el dilema de articular unas estructuras económicas equidistantes del turbo-capitalismo, ajeno a la solidaridad, y de un nuevo marxismo vergonzante, alérgico a la libertad. Es decir, qué versión daría el Papa de su “Iglesia de los pobres”. ¿Existía una liaison del mensaje del Papa Francisco con la teología de la liberación, una de cuyas cunas fue Brasil? Con todos mis respetos a los teólogos, después de un atento análisis de las intervenciones del Papa Bergoglio, me temo que esta hipótesis olvida algo importante en el pensamiento y en la acción del Papa argentino: su fuerte conexión con la doctrina social de la Iglesia, anterior en el tiempo a la teología de la liberación.

Las diversas formas de esta última sacaron precisamente de la doctrina social de la Iglesia la gran mayoría de sus afirmaciones, pero olvidando normalmente su espíritu: la trascendencia. Desde siempre la doctrina social de la Iglesia condenó los abusos, las injusticias y los ataques a la libertad. Es más, anima a luchar “por la defensa y promoción de los derechos del hombre”, de modo que la “opción preferencial por los pobres” es un postulado fundamental -con ese u otro nombre- que recorre las encíclicas sociales de estos dos últimos siglos. Pero el Papa Francisco -basta ver su bagaje teológico- es consciente de que abandonando el ángulo propio del mensaje eclesiástico, el de la teología moral, algunas formas de teología de la liberación “conducen inevitablemente a traicionar la causa de los pobres”, a pesar de su inicial impulso. De algún modo podría decirse que hoy son un “bello cadáver”, porque extrajeron de los mensajes sociales de la Iglesia su cuerpo de doctrina, pero olvidaron el alma que las anima. Sacralizaron la política, intentando captar la religiosidad del pueblo en beneficio de la revolución.

Existe, sin embargo, un problema: que la doctrina social de la Iglesia no solo es un conjunto de principios de reflexión, sino también de directrices de actuación. Lo primero se había acentuado más que lo segundo en los ambientes eclesiásticos de los siglos XIX y XX. El Papa Francisco ha puesto en este viaje el acento en la acción, recordando que los principios, en sí mismos, pueden quedar estériles si no inspiran directrices prácticas. Tal vez por eso el Papa animó a algo que puede parecer sorprendente: “Quiero -decía a los jóvenes- que salgan a la calle a armar lío, quiero lío en las diócesis, quiero que se salga fuera, quiero que la Iglesia salga a la calle, quiero que la Iglesia abandone la mundanidad, la comodidad y el clericalismo, que dejemos de estar encerrados en nosotros mismos”. Si a eso se une el optimismo de Francisco, se entiende enseguida la rápida aceptación que su figura tiene. Repárese, que siempre que lanzó un desafío, lo acompañó de una invitación a la esperanza: “A ustedes y a todos les repito: nunca se desanimen, no pierdan la confianza, no dejen que la esperanza se apague. La realidad puede cambiar, el hombre puede cambiar. No se habitúen al mal, sino a vencerlo”.

La segunda cuestión que este viaje ha despejado es la pregunta latente que sobrevolaba su primera salida fuera del Vaticano: pero este Francisco, ¿va en serio? La duda era si los gestos de austeridad dentro del Vaticano -y lo que significan- se verían reflejados en sus viajes al extranjero, trasladando al ámbito internacional lo que comenzó a vivir en el pequeño hábitat romano. La respuesta ha sido afirmativa. Un ejemplo. El pequeño Fiat gris no blindado con el que recorrió largos trayectos, puso los pelos de punta a las fuerzas de seguridad. Sobre todo cuando el Papa Bergoglio bajó la ventanilla del pequeño vehículo y comenzó a saludar a la multitud. Era todo un espectáculo contemplar la cara risueña del Papa en contraste con la profunda gravedad de los rostros de la escolta. Al parecer, el Papa se tomó en serio lo que el ministro brasileño Gilberto Carvalho dijo cuando, resignado, le trasladaron el mensaje de que el Papa no quería coches blindados ni soldados con fusiles a su alrededor: “Será entonces el pueblo brasileño quien protegerá la vida del Papa Francisco”. Naturalmente, no es una invitación a los líderes mundiales a que bajen la guardia, pero sí un ejemplo de que, a veces, se alejan demasiado de las gentes con sus interminables escoltas de coches y despliegues. La proximidad de Francisco ha sido todo un desafío. Como decía con sentido común una mujer de las favelas: “Si no tiene miedo en El Vaticano, ¿por qué lo va a tener aquí?”.

El viaje a Brasil, desde luego, trasciende sus límites geográficos. En realidad, desde el gigante sudamericano, el Papa argentino ha lanzado a todo el mundo una teología de la inclusión, que evite abandonar a algunos como náufragos en la periferia social. Pero esto no puede dejar en claroscuro un fenómeno estrictamente brasileño del que el Papa Bergoglio era consciente. La proporción de los católicos en Brasil ha bajado en picado del 99,7% en 1872 al 64.4% en 2010. La presión del protestantismo es fuerte. A lo que hay que añadir la fuerte difusión de los cultos sincréticos afrobrasileños en las clases bajas, y de la masonería y el kardecismo -una forma de espiritismo con especial desarrollo en Brasil- en las clases medio altas.

La ‘Reorganización’ de esta especie de mercado de la fe, con una Iglesia católica con baja cotización y unos movimientos no católicos en alza, requería una brusca sacudida. La persona del Papa Francisco, su mensaje sencillo y socialmente exigente, su desprecio de lo políticamente correcto y su cercanía, ha despertado una atención inusitada por la Iglesia católica. Lo cual no quiere decir que el Papa haya pedido un trato especial. Al contrario, ha insistido en una laicidad positiva del Estado, “que, sin asumir como propia ninguna posición confesional, respeta y valora la presencia del factor religioso en la sociedad, favoreciendo sus expresiones concretas”.

El Wall Street Journal acaba de definir a Bergoglio como “un verdadero animal político”, ayudado por un formidable “púlpito mundial”. La revista Time, al dedicar su portada al Papa argentino, lo califica como “El Papa del pueblo”, y Vanity Fair lo ha proclamado el “hombre del año”. Por otra parte, medios italianos vaticinan una suerte de Vatican sunset, una especie de atardecer para algunos de los viejos esquemas, con una Iglesia de los pobres y una teología del trabajo en el centro de la escena. Los jóvenes se entusiasman con él. Incluso los italianos lo prefieren -¡nada menos!- a sus dos monstruos sagrados Valentino Rossi y Mario Balotelli. El fervor de los tres millones de jóvenes situados a lo largo y ancho de la playa Copacabana no dejaba lugar a dudas.

Ajeno a estos calificativos, el Papa Francisco es evidente que ha vuelto rejuvenecido de este baño de multitudes. En el viaje de ida hacia Río manifestó que no concedía entrevistas a la prensa: “Para mí es algo difícil. Los periodistas no sois santos de mi devoción”, dijo con su habitual franqueza. A la vuelta, se ha ofrecido con una inédita desenvoltura a someterse a todo tipo de preguntas durante hora y media. Sobre Vatileaks es interesante su declaración de que ni Benedicto XVI ni él se asustaron especialmente por los resultados de las investigaciones. Y es natural, nadie desconoce que en la Iglesia hay de todo. Es como la Humanidad misma, que recuerda los dramas de Shakespeare: un tropel de gentes en los que se mezclan buenos y malos, santos y pecadores, avaros y menesterosos. Basta pensar en que la sociedad más civilizada, la europea, produjo en cuatro décadas dos guerras mundiales, tres sistemas totalitarios y montañas de cadáveres. Nadie puede asustarse de que también en la Iglesia se den contrastes que puedan escandalizar a algunos. Como dijo el propio Francisco: “Hace más ruido un árbol que cae que un bosque que crece”. En efecto, hacer crecer el bosque es el gran desafío que le espera en Roma.