Corrientes subterráneas a flor de piel: AUTOBÁN

autoban

Autobán el viernes 8 y el sábado 9 de agosto en A Coruña. No puede ser mejor noticia. Recuerda mucho (me recuerda mucho, digamos) al espíritu del Graf. Una iniciativa que, durante los días del siempre obligado Viñetas desde o Atlántico, reúne paralelamente al festival coruñés el espíritu autoeditor y el ánimo autoral en un espacio cercano. En varios, en realidad, para hacer de buen pulpo gallego: una cabeza grande y vistosa (un lugar para la feria de stands), y brazos: para albergar una “Guerra de dibujantes” (parranda alrededor del dibujo y por lo que vi en la red ciertamente divertida), fiestas de clausura con grupos sorpresa, “Pekakuchas” y mesas redondas a las que asistirán autores tan importantes como Emma Ríos o José Domingo (entre otros). Pero para ver todo el mondongo Autobán (por cierto, cartelazo del mencionado Domingo) mejor pinchas aquí y te informas.
Lo que me interesa ahora no es tanto explicarla…como aplaudir esta iniciativa, porque huele como olía esa energía fluyente, blanca y con ánimo de empujar hacia adelante, que emanaba de cada esquina del Graf (y del GROPO GROPO, evento pontevedrés bianual a atender).
Por allí me perderé el sábado lo que pueda, por allá nos saludaremos. Soy el de la camiseja del ojo del cuco (acompañado de familia, que asistirá asombrada a tan magno evento, sin duda).

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TERRY, vvaa

Publicado en Faro de Vigo.

Terry”, un bufet de canapés de luxe.
La editorial Fulfencio Pinentel brinda un volumen recopilatorio, de intenciones periódicas, con trabajos de la vanguardia artística de la historieta.

Como diría el comandante Bowman (en “2010: Odisea dos”), va a suceder algo maravilloso. En realidad, ya ha sucedido. Se llama “Terry”, tiene una carita preciosa (en su portada, la firman Los Bravú), 192 páginas a todo color, y en la báscula nos ha pesado casi 600 gramos.
“Terry” es un recopilatorio de historias cortas, autoconclusivas (aunque abre un primer capítulo, tiene sus formas bastante cerradas y puede leerse como relato), entre inéditos o trabajos nunca publicados en castellano. Recuerda a aventuras parecidas habidas en nuestro territorio (“Nosotros somos los muertos”, nave-oasis capitaneada por Max en el secarral de los noventa y que navegó hasta el 2007) y en costas extranjeras (“Kramers Ergot” —editada por Sammy Harkham— o la revista de la editorial británica Nobrow). El espíritu de “Terry” es evidente, se trata de editar con gusto (eso siempre, con Fulgencio Pimentel) material de tanteo, de reivindicación y de futuro. Nombres consagrados compartiendo espacio con autores jovencísimos, de todas latitudes, y juntos enarbolando una bandera: la del cómic como arte por encima de todas las cosas.
No se puede entender “Terry” (primer volumen de “Pilón”, colección de libros recopilatorios) sin esta premisa. Aunque podremos entretenernos y divertirnos mucho con sus páginas, estas son ante todo un grito de satisfacción plena, orgullosa, del cómic como salto sin red, un brindis (de un buen brandy de Jerez, claro) por romper, hacer cosas sin mirar atrás ni a los lados, como buena Babieca de la historieta. Por supuesto no todos los nombres pueden cabalgar con el mismo tronío, pero no hay ningún Rocinante rezagado. Jim Woodring, Olivier Schrauwen o el japonés Seiichi Hayashi son el trío mayor, tres autores maestros y en estado de gracia que justifican el desembolso y la apuesta por este tomo. Pero hay más, claro, la juventud es valiente, y Los Bravú preparan algo grande de lo que nos ofrecen un aperitivo (“Porto Louro”), José Ja Ja Ja epata desde su nombre y deja asombrado con sus páginas, más intrincados puzles que narraciones secuenciales. Simon Hanselmann es el autor del momento, el nombre (impronunciable) de moda, y aquí lo tenemos con otra bofetada cruel con forma de telecomedia burra de sus personajes habituales.
Y en fin, hay más autores y propuestas y todos merecen la pena, porque en todos ellos se siente que aquí se le toma el pulso al asunto, al cómic, que es afortunadamente un hervidero de vida, transgresión y energía creativa. ¿Brindamos por ello? ¡Camarero, un Terry!

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Rerflexionando la exposición “Do cómic á novela gráfica. A banda deseñada en España no século XXI

Bueno, mañana el Museo de Pontevedra cerrará sus puertas en su horario habitual de domingo, a las 14’00 horas. Y entonces se acabará, fin de la exposición sobre historieta nacional que he comisariado y que el Museo ha tenido a bien montar y promover.

A título personal, diré que fue una experiencia extenuante, apasionante, y de aprendizaje (mi primera expo, chispas) que se salda, entiendo, con un éxito de asistencia (el pasado viernes se habían agotado las entradas impresas, papeleta testimonial de un visita gratuita y libre, pero que sirve, cuanto menos, para censar el evento). El discurso que propuse para la expo (porque toda exposición es un discurso y un trayecto, o así lo entiendo yo) es el de recorrer la magia intangible del proceso creativo. Más que en otras artes, y dado que el cómic es un proceso industrial que deriva en la reproducción masiva para la venta del producto, es fácil disponer de una muestra de las diferentes etapas del camino atístico: bocetos, originales a lápiz, originales a tinta, color… y los cómics editados. Diez obras y diez autores. Originales y reproducciones expuestas en un espacio diáfano (dominando el blanco y los grises), con una holgura entre las obras de unos sesenta centímetros. Evitando el efecto acumulativo y propiciando un tránsito reposado que culminaba en unos bancos donde se pudo leer cada libro del que se exponían originales.

Pero toca dejar las descripciones y hablar del hecho en sí. Es importante en estos tiempos revueltos y, aventuro, de cambio sistémico para el statu quo de la historieta (como industria, como arte, desde la percepción social respecto al cómic…) apostar por los tebeos. Si se tiene la oportunidad, es mejor hacer cosas que no hacerlas. Yo he tenido la suerte y el honor de poder introducir al cómic en un museo, y no uno cualquiera. Hablemos del Museo de Pontevedra.

Hablamos, pues, de un entramado de seis edificios sitos en el casco antiguo de Pontevedra, cinco de ellos expositivos (incluidas las ruinas de la iglesia y entrada al capítulo del convento de Santo Domingo, fundado en torno a 1282). El Sexto Edificio (nombre que me parece muy gracioso, por cierto, y ya icónico) es “el nuevo”, el edificio moderno que atesora tres amplias plantas de exposición permanente (23 salas) y espacios en su planta baja para eventos temporales como el que nos ocupa (bueno, y hay más espacios para temporales, en otros edificios). En esas salas se exponen, generalmente por un mes más o menos, opciones abiertas que escapan al corsé más “decimonónico”: adornos navideños manufacturados en la Europa del Este, retrospectivas a autores consagrados del arte gallego, exposiciónes de nuevos valores, fondos de joyería del propio museo… y cómics del siglo XXI.

Bien, me consta que todas las partes implicadas (Diputación de Pontevedra, dirección del museo, y la persona que apostó por un novato como yo, Fátima Cobo) han tenido un interés sincero por esta exposición. El cómic se ha entendido no simplemente como “una cosa más” para llenar un espacio en una programación anual de exposiciones temporales, sino como algo de gran interés, que es arte y al tiempo algo muy distinto a lo que generalmente atiende el centro. Algo que es popular y puede ser un atractivo para el visitante.

Y eso es importante, pienso. En su escala, claro, pero un signo de que el camino se sigue andando. El camino de llevar a la historieta por nuevas veredas, de, sí, respetabilidad, porque si no hay respeto por algo, no tendrá futuro. Cavernas de autogestión, sí, muy bien, me encantan, pero un futuro airoso precisa de la aceptación y la visibilidad. Si el cómic vive hoy su curva de retorno a otra cosa que ya no podrá ser el ocio mass- media, industrial, “popular” y masivo, deberá ser otra cosa. Y para serlo y no morir en ese contragiro de estos tiempos chungos, deberá ganarse el respeto de la sociedad en términos generales.

Esta exposición ha sido aceptada, se ha abrazado a un museo que expone tímpanos góticos y originales de Castelao, algún Tapies y retablos renacentistas, porcelana China y petroglifos de la prehistoria de Galicia. Y se ha codeado con otras exposiciones temporales radicalmente distintas al mundo “tebeil” (en estos días, con una asombrosa muestra de arte egipcio, procedente de Florencia). Y creo que esto es muy bueno. Porque todo ello, además, es de acceso libre, gratuito. Así que quien entre para ver sarcófagos con miles de años provenientes de la ciudad de los Médici, posiblemente se pasee ocasionalmente por entre las páginas de Max, Roca, Valenzuela, Kim, Domingo, Rubín, Prado o Zapico (y la ideas de Altarriba y García).

Y esto es bueno, y en su pequeña escala, hasta importante, pienso. Y es lo que más me ha gustado de todo, hacer interactuar al cómic con otras artes en un espacio de arte de los más reseñables de Galicia (y España, en serio, visita obligada), y ver que mi idea de proponer las novelas gráficas para su lectura en la sala no ha caído en saco roto, (todo o contrario, nunca he paseado por las salas sin que alguien estuviera sentado leyendo alguna obra).

Pero todo esto, ¿sabes? no sería posible sin un eslabón: autores. Diez, con ocho he mantenido contacto permanente para conseguir obras, los he sumergido en la burocracia ineludible, han sufrido mis titubeos de novato y sobre todo, me han ofrecido 26 originales y 18 reproducciones de color informático alucinantes, arte puro, noveno, radiante y vivo, de una excepcionalidad técnica colosal (la limpieza del trazo, el concepto depurado, la absoluta belleza de cada original… esto prácticamente ya se ha acabado, ya hablo como fan, no como comisario: estas obras son la hostia). Si el cómic es arte no lo será porque lo griten los fans o lo expliquen los libros, sino porque los autores y la historia del medio lo demuestran con su trabajo. Yo solo puedo intentar convencer a quien no lo vea, y espero que con esta exposición más de un visitante lo haya comprendido.

Mañana se cierran las puertas.

Mañana se apaga la luz.

Fin de una exposición sobre historieta.

Gracias a los que han venido.

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CULTO CHARLES de José Ja Ja Ja.

cultocharles_portadaJosé Ja Ja Ja. Vale. Pues empezamos bien. ¿Quién es el loco que se bautiza artísticamente “Ja Ja Ja”?. Ni Alan Moore en medio de un sortilegio y bien puesto de LSD tiene los huevos.
En realidad es el mejor nombre posible para esconderse del mundo y crear uno a tu propia imagen y semejanza. José Quintanar ha decidido emplear el cómic para crear el suyo y enmascararse con un alias jocoso, pero su trabajo no es ninguna broma. Es algo muy serio.
Aunque fogueado en fanzines varios y en el en el colectivo Ultrarradio, yo lo conocí en “Terry”, esa mina de la que hablaremos pronto (porque hablé en prensa, y eso ya se sabe, es volcado en este blog vago) y allí ya me impresionó mucho. Me dejó con la risa tonta, ja ja ja.
Y claro, me faltó tiempo para hacerme con Culto Charles, su primera obra larga para Fulgencio Pimentel a la que espero sigan como diez mil más. Porque con su marchamo bien rotundo de excepcionalidad y casi de marcianada, yo ya encajo este cómic en lo mejor de 2014.
Para empezar, goza de todo el atractivo editor de Fulgencio Pimentel, que se responsabilizan de este artefacto en comandita con el susodicho Ja Ja Ja (y podría ser que tras beberse unas buenas cervezas Salvaje, marca que el propio José Quintanar produce y distribuye junto con sus hermanos -los “Ja Ja Ja bros.”, entonces-). La editorial describe el libro como “parcialmente intonso, con pliegue superior dentado y marcas de corte”. Lo cual ya es una pirada de cuidado, pero que, seré caprichoso, yo veo totalmente lógica y en cierto modo como parte del discurso de Culto Charles. Porque este cómic que desafía a la historia de los cómics te pide un esfuerzo para asimilarlo. Qué digo para asimilarlo, ya simplemente para entrar en él. He aquí la enorme diferencia de la hisotrieta y, por ejemplo, la ilustración. Cada plancha de José es, como mera ilustración, un portento, embriaga o como dice la muchachada, mola. Pero leer esa página, ah, amigo… eso es otra cosa. Porque no viene con manual de istrucciones, y porque es algo (al menos en mi empírica experiecnia de lector de tebeos) muy novedoso o cuanto menos inusual.

José Ja Ja ja gusta de páginas orgánicas, enormes ilustraciones que escapan del modelo de viñetas para ofrecer un mural con reminiscencias al arte arqueológico (y seguramente a novísimos artistas…bueno, Picasso ya se miraba en el arte africano).

Culto versus Sumeria

El culto hoy, y el culto en Sumeria.

Escenas de espíritu mural, que se miran en la narratividad ancestral que impregna al arte en su historia, pero que no renuncian a ser cómic. Por eso no solo hay que poner en valor el discurso de la propia edición como ya hacemos arriba, sino que dentro del libro tenemos “páginas-tímpano” alucinantes, celosías de viñetas apelmazadas y escenas en clara secuencia temporal. Eso sí, todo atado con el espíritu libre de una ruptura radical y muy gozosa. Por otro lado no es una elección ociosa, la retícula y el orden obedecen a un estado (por lo general, de trauma), las escenas más alucinadas, a otro (de viaje, de trascendencia y delirio).

Una ruptura brutal que casi se escapa del corazón narrativo que le suponemos a los tebeos y sin embargo Culto Charles se lee, es narración, argumento, nos cuenta algo y ese algo no es nada baladí. Aunque nos lo cuente en… inglés. Nadie se asuste a estas alturas: asumamos su vocación internacional de producto de vanguardia y  avisemos de que emplea textos concisos (salvo la portada, que tampoco es ningún exceso), frases breves de lenguaje directo y sencillo. ¿Y además de epatar por cada esquina, qué nos cuenta el libro? Pues lo que cuenta es de traca. El culto Charles fue (o así nos lo cuela José, cual verdad verdadera) una secta fundada por el poeta A. S. Brandon en los años sesenta, que aseguraba la existencia de una pararrealidad superior a la que todos accedemos en ese instante en que antes de morir estamos entre la vida y su fin. Blanco y en botella, un brindis al suicidio.

Por tanto de lo que se habla es de la vida trascendente, de otra realidad posible, a medio camino del misterio de toda religión, la charlatanería sectaria y el discurso tácito sobre la sociedad que hemos creado, mediocre y escapista, con ansias de encontrar esa trascendencia que la vida real le ha escatimado. Todo muy de fondo, porque en primer plano solo tenemos hechos, muertes y ese tránsito en medio, alucinante, mural, cargado de humor (más o menos ácido) y de signos y símbolos. Se podría al respecto escribir mucho, pero solo quiero enumerar algunas imágenes que se me han clavado, y que el lector concluya qué demonios significan: muchos hombres obesos, cuerpos cortados en dos, jardines mozárabes, Cristos crucificados decapitados, barbas, batallas, peleas y deportes de grupo. Todo esto aparece en el delirium Charles, en las breves historias de diversos individuos que, poco antes de morir, acceden a esa otra realidad trascendente.

Mucho discurso, y contado con un estilo de línea clarísima, entre la cartografía y el proyecto arquitectónico que puede recordar a Miguel Calatayud o incluso a John Swarte y al loco de Shintaro Kago, si nos empecinamos en buscar referentes para asir algo. Yo solo diré a modo de cierre que si a alguien me recuerda, y como sucede con los autores poderosamente personales yúnicos, es a otro creador libre muy diferente (o no tanto, bueno…) a José Ja ja Ja: Gabriel Corbera. Espíritus inquietos de arte insobornable. Comprad su obra, hacedles ricos, se lo merecen.

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TOREROMAUS, de Los Bravú

cubierta_dospags.inddEl caso de Los Bravú es una de esas cosas que pasan pocas veces, y merece la pena ser disfrutado: un work in progress que parten con muchísimo potencial. Son una pareja artística muy joven, que realmente están empezando, pero que lo hacen demostrando pasión y, lo mejor, un talento bruto y en bruto fascinante.
Si su anterior trabajo, un primerizo pero deslumbrante “Presentación, nudo, desenlace”, en realidad se quedaba en “Presentación”, con su búsqueda de estilos gráficos acuciante, pero también asombrosamente polimórfica y constatando un dominio técnico claro (procedente de las bellas artes pero muy consciente del medio cómic), ahora se adentran con Toreromaus en su propio “Nudo”.
Y los nudos son muy fastidiosos, cuidado. Lazadas intrincadas que a menudo resultan imposibles de desatar, y atenazan. Pero no creo que sea el caso, porque Toreromaus es un paso significativo en esta búsqueda, ya que, aunque se sigue teniendo la sensación al leerlo de que Los Bravú siguen buscando antes que encontrándose, la verdad es que este camino de crecimiento es necesario en todo artista. Y en muy pocas obras (añadiremos Porto Louro con un primer capítulo avanzado en el recopilatorio “Terry”, y un trabajo que está en la sala de montaje ahora mismo) esta búsqueda autoral ya ha demostrado lo más importante: personalidad.
El bagaje lo da la insistencia, el trabajo, la autocrítica constante. Y mientras, mola ver que entregan gansadas como esta curda fabulosa (o fabulesca), con meada al pie de estatua, cigarróns y “esqueletes” trasuntos de la misma Muerte. Es un universo quizá algo disclocado, con peligro de amaneramiento pero que nunca cae en él (espíritu cafre, ese invento), y que abreva de la tradición literaria gallega (en gallego y en castellano, hay tanto de A esmorga como del esperpento valleinclanesco, y mucho Castelao también, en estas páginas) y que tantea su propia voz. Pelea con los diálogos para conseguir cierto lirismo sin renunciar al acervo bandarra del borracho de tasca de “zona vella”. Y divaga. Pero se le perdona a la obra si alguna vez te has agarrado una merluza del diez, estado en el que lo lineal es una quimera imposible.

Entre birli birloques en las soluciones gráficas y momentos de contención mínimal elogiables, este Toreromaus no es perfecto, ni de coña: se advierte ese sentido de práctica de campo, de algo inconcluso. Pero supongo que tambén la Sixtina tuvo que ser cimientos en origen…

Así que más allá de la boutade exagerada de mencionar a Buonarotti, significo que hay que seguir con mucha fe a Los Bravú, porque siendo unos recién llegados, viajar a su lado (al lado de su obra) me produce más excitación que recalar en muchas firmas que se dicen consolidadas y resultan lecturas aburridas.

Además han tendido la bendición del apadrinamiento más exquisito, una casa, Fulfgencio Pimentel, que cuida el detalle como nadie.

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LA ENTREVISTA, de Manuele Fior

Rescato una critiquilla que había olvidado colgar en el blog. Originalmente apareció en Faro de Vigo, hace semanas ya

“La entrevista”, el futuro cercano y los OVNIS.

Manuelle Fior plantea una distopía de efectivas tonalidades grises, sobre el mundo que vivirán nuestros hijos.

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El protagonista de La entrevista (Editorial Salamandra) alude en determinado momento a su padre. Comentó el autor, Manuele Fior, que en esa figura (ausente ya de la novela gráfica) el propio autor se piensa más o menos a sí mismo. Estamos por tanto ante un relato de ciencia ficción cercana, la de la próxima generación, y una que plantea las preocupaciones de Fior por el mundo que dejaremos a quienes nos sucedan.
En este cuento de futurismo próximo y contactos con civilizaciones extraterrestres no vamos a encontrar pues atisbo alguno de “space-opera” ni de Nueva Era, sino una especulación sobre personas que viven un momento bisagra, entre el pasado que es nuestro presente y una nueva sociedad. Una que automatiza la vida y esteriliza las emociones. Una que, a su vez, asiste al advenimiento de una nueva juventud liberada de los modos de su tiempo, que vive en comunas de sexualidad, sinceridad y libertad extremadas.
La idea de momento clave es importante en este relato, refleja tanto un futuro incierto como, quizá, nuestro presente en crisis (de economía, de valores) y ahí radica la fuerza del relato, por lo demás, andamiado con ideas muy recurrentes (pareja madura en crisis, irrupción de una jovencita que ofrece la sabiduría de la vida futura, crítica a la sociedad como algo alienante…) y ribeteado con un fuego de artificio, la presencia de entidades extraterrestres sobre los cielos que hace de elemento detonador sin ser nada más que eso, el gatillazo final, algo accesorio en el fondo.
Y si la historia es una mezcla de temas típicos con la mirada personal del autor como su mejor apunte, gráficamente resulta indudablemente un trabajo atractivo y poderosamente esteticista. Los grises, en una paleta amplísima pero siempre de blanquinegros, se apoderan de las páginas, desdibujan las realidades representadas y logran un todo meditativo y otoñal, absolutamente necesario para sumar puntos y convertir la lectura, finalmente, en algo bastante disfrutable, que entretiene por su trama y nos deja pensando en el mundo que vivimos (y en el que viviremos) por sus temas.

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EL FIN DEL MUNDO, de Santiago García y Javier Peinado

findelmundoMenuda mentira nos cuelan Santiago García y Javier Peinado en El Fin del Mundo… desde el semblante biográfico de los autores (al menos el de García, “uno de los muchos seudónimos del crítico de cómics Trajano Bermúdez”) al mensaje de contraportada, pasando por la imagen de saurios antropomórficos (por cierto, al verla no pude evitar acordarme de “Dinosaurios“, aquella teleserie surgida al rebufo de los Simpsons en los noventa). El jugar con la verdad es un concepto medular de este cómic, un cómic que se autodefine como la obra realizada por el protagonista para narrarnos los hechos que estamos leyendo… una matriuska en formato grapa, vamos, o una cinta de moebius, o algo así. Da igual, todo es mentira. O todo es verdad.

Visualmente se retrata la vida cotidiana de un urbanita vulgar, “A day in the life” en una suave caída a submundos de selva asfaltada. Si nos fijamos en la historia que nos muestran las imágenes, se avanza de una normalidad apática de un tipo solitario (despertar, desayunar, visitar a la madre) hacia un fin de jornada de subsuelo, putas feas y hurtos chuscos, con final de vomitona en callejones oscuros incluido. No arroja una imagen demasiado optimista de nuestro entorno, no estoy seguro de si hay lectura de una crisis actual o si directamente el tebeo entra en la pura misantropía atemporal.

Mientras tanto, tenemos la narración en primera persona, que se articula con un recurso potente: en vez de emplear cartelas y separar discursos, García opta por hacer platicar a su antihéroe la perorata en primera persona saltándose en su monólogo su realidad cotidiana (con la cual sin embargo, y mediante el ardid, irremediablemente se imbrica). Mientras pide un café gestualmente y le contesta el camarero con una línea de diálogo (“¡Marchando!”), el personaje sigue con su cháchara, un discurso sobre un apocalipsis ya sucedido que no conviene desvelar. Un discurso/tesis que avanza a su ritmo saltándose las elipsis y la historia visual que nos cuenta el tebeo.

Entonces, ¿si el fin del mundo ya a sido qué está ocurriendo?¿la vida es sueño, rollo Calderón de la Lancha Motorizada? Hay paralelismos con The Sandman (muy concretamente con aquel pequeño desafío al estatus de la realidad que fue “Sueño de un millar de gatos”), pero donde Gaiman puede caer en la delectación del narcisismo, García aplica una idea narrativa potentísima, jugando con expectativas, bordando un ejercicio de lenguaje con el contraste como motor, y llegando a un final que nos retrotrae a una de las más celebradas capacidades del guionista (que practicó con enorme fortuna ya en el primer volumen de El vecino, mano a mano con el dibujante Pepo Pérez): bordar finales “WTF!“. Pero mejor que entonces, con un propósito rupturista de intensidad dramática y que redondea los ejercicios formales que El fin del mundo ha bordado. Porque la última página rompe la línea de lo narrado con una conclusión que el lector puede vincular a la línea argumental de lo vivido gráficamente (en un llanto final de un Juan Nadie desesperado) o al discurso dinosáurico (a lo conspiranoia… ¡el Profesor Doménikus aportaría entonces a la causa, no cabe duda!)

Hay más chicha, como una mirada irónica hacia el ejercicio de autor de cómics que abreva del Daniel Clowes más vitriólico o incluso de Chris Ware, muy dado a repartir estopa contra sí mismo y contra su propio oficio. No es una idea superficial desde el momento que lo que leemos se supone que es el artefacto en forma de cómic que el ciudadano protagonista ha creado, además. De hecho nada es superficial aquí.  Son 24 páginas sin duda bien aprovechadas, cargadas de ideas y juegos formales… en los que no debemos olvidarnos, claro, del ilustrador.

Javier Peinado sencillamente lo borda con un estilo línea clara franco belga de corte realista, que puede recordarnos a Julliard o incluso a Paco Roca (desprovisto del elemento caricatura, tan de Roca, en beneficio de un realismo sucio que da tono a la obra). Y sobre todo con una planificación perfecta del tebeo. Su propuesta es la invisibilidad, opta (optan los dos creadores, vamos) por una  paginación cerrada de seis viñetas (2×3 invariable). Potencia el juego de planos cambiantes: primerísimos, generales, picados, contrapicados (a menudo en viñetas contiguas). Colorea pensando en la narración (aunque me sobran algunos toques relamidos muy puntuales, como un cierto gusto por las texturas) y sobre todo se encariña con los detalles. Me encanta en este sentido cómo en su dibujo realista usa ardides casi cómicos, por ejemplo líneas cinéticas que salen de los cráneos (ya en la segunda página, para expresar esa sensación de despertar malamente), o empleando bocadillos tan incongruentes como hacer que un bote de café emita una interrogación. Y además creo que no es ocioso, es lógico en la narración. Abundan al inicio del relato, predisponiendo al lector a cierta relajación pese a lo tremebundo del mensaje de arranque (pequeño spoiler: el discurso del protagonista se dirige directamente al lector, en un ejercicio muy Grant Morrison de ruptura de la cuarta pared, la quinta y la que haga falta, y nos habla del título del cómic, algo nada “cómico”, claro).

Ya he dicho todo lo bueno que le he visto a este cómic, que es mucho, y lo malo, que es casi nada. Ahora, te lo compras aquí (también Tengo Hambre, del que hablé hace bien poco)

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Yo La Tengo

Estaba yo mirando unos you tubes de una de mis bandas de cabecera, Yo La Tengo, disfrutando sus lives, y me encuentro un primer plano del bajista, James McNew, donde luce un tatuaje que me gusta. Me gusta mucho.

Yo la Tengo Woodring

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TENGO HAMBRE, de Santiago García y Manel Fontdevila

hambreTengo hambe es una historia-bofetón que tiene algo de juego travieso. Tengo hambe es un pixie que encierra un mensaje pesimista y duro. Qué difícil es hablar de este tebeo, porque siendo un objeto consagrado a la concisión, todo en él es materia y “chicha”. Pero es imprescindible enfrentarse a sus 28 pequeñas páginas (cuento con portada y contra) desde la inocencia del que no sabe nada.

¿Qué destacar entonces de esta obra de la que es mejor guardar los datos argumentales para la lectura? En primer lugar, la opción del guionista Santiago García. En la brevedad ya señalada, García crea un relato de denuncia (fobia racial, ruptura del estado de bienestar, deriva grotesca de las clases dominantes -el patrón-), y lo menea que da gusto: arranca con un tono de triller costumbrista, lo lleva al amaneramiento exagerado, lo acelera llevándolo al terror (psicológico, también gore), lo abduce en un ambiente pesadillesco con ribetes de una especie de Berlanga sumido en un mal viaje drogota (ese humor gruesísimo, cafre), y lo remata con aires de la añeja EC.

Es un paseo con mucho cómic, claro. Es un artilugio que evoca el costumbrismo de Carpanta (el hambre insaciable) en su cara oscura, que se mira en la obligada concisión de los relatos conclusivos de revista ochentera (El Vívora más social reverbera aquí) y que juega con su formato, comic-book, con inteligencia.

Pero creo que si bien la historia es potente y muy bien armada, donde hay que quitarse el sombrero es en lo gráfico, ante un Manel Fontdevila inmenso, tremendo y casi hasta inesperado. A ver, esto no es un pulso, evidentemente los logros de un tebeo son los de una inercia, una sinergia y un fluir de ideas y voces. Pero lo de Manel desborda.

Acostumbrados a su varita mágica de parir chistes sociopolíticos, de su mirada cómica al entorno social (La Parejita), a su, en fin, veta coñera sabrosona, ácida y aparentemente sin fin, he alucinado con este cambio tonal. El motetista nos ha entregado una fuga, y es una pieza perfecta. Fontdevila ensaya un tono seco, oscuro y cortante. Lo impregna todo de negritud, llevando sus exploraciones a nuevas cotas, muy expresionistas (de expresionismo alemán pictórico, digo). Además entrega soluciones de puesta de página tan brillantes como variadas, que van de contrapicados radicales a la irrupción pesadillesca del color gris, pasando por dobles páginas que acojonan en el momento preciso, empleo de cartografías… Un ejercicio de maestría y olé.

Ah, y por supuesto, el tebeo tiene una de las portadas del año, maliciosa, oscura y enigmática como un disco de Slint. Je, creo que alguna canción de los de  Louisville podría ser la banda sonora de este tebeo.

 

Y mañana, más Santiago García (un mañana literario… cuando lo escriba, digo, pero lo póximo por este blog), un individuo que en 2013 debió levantarse un día y se dijo, “me arremango y cierro proyectos de una vez” Y vaya si los está cerrando.

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23 FOTOGRAMAS POR SEGUNDO, de Albert Monteys

23_fotogramas_por_segundo___Portada“23 fotogramas por segundo” de Monteys (Ed. ¡Caramba!) es una recopilación de chistes intuyo que bastante “inencontrables”, que ofreció el creador de Calavera Lunar en El 50, el diario del Festival Internacional de Cine de Gijón. Hechas las aburridas presentaciones procedamos con lo divertido, su lectura.
Monteys es un animal del humor, alguien que vive la primera línea del francotiro satírico. Este libro se centra, claro, en el cine. Es un compendio de chistes sobre el séptimo arte que, siempre con un gesto amable, no deja títere con cabeza. Cada página del cuadernillo (que se abre y lee horizontalmente, algo que me recuerda, no sé porqué, a una claqueta) explora una cuestión, responde a una pregunta en una serie de viñetas agudas. La crítica “cinéfala” (que diría Rappel), los trailers, los espectadores… todo es mirado y todo es objeto de chiste.
No hay alardes formales de puesta de págna (delata así con este pragmatismo “ecénico”, quizá, su procedencia original), sino ristras de viñetas bien prietas, de acabado sencillo para hacer la lectura ligera, y cargadas de dibujos simpatiquísimos (el más, su autorretrato, me pierde su autorretrato).
23fNi le pido ni me ofrece una Obra Definitiva que Revoluciona el Panorama, sino que 23 Fotogramas por segundo es lo que es, un refresco para la cabeza del lector sobre un tema lateral en nuestras vidas (a mí los entresijos del cine y sus grietas, vamos, me importan lo justo, que es muy poco), con ironía, guasa y observaciones alrededor de esa mitología kitch contemporánea que es el celuloide. Como tal, refresca más que diez quilos de fantasmikos, así que objetivo cumplido.

 

PD, una chorrada, al guardar imágenes para ilustrar este valiosísimo texto me di cuenta de que, resumiendo, el cómic puede acabar referido como 23 F, tomad parida.

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