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Anuarios del cómic (Jot Down y hace muchos años)

Ya se puede gestionar la adquisición, en «precompra» del anuario Cómics esenciales editado Jot Down. La información sobre el tomo la tienes toda aquí. Se trata libro creado por esta cabecera de prensa cultural y con la colaboración de la ACDCómic (sí, colaboro con dos artículos-crítica, que aunque sea participar bajo mínimos cuantitativos, ha sido poniendo toda la carne en el asador en cada crítica, dos tebeos y autores que me ha encantado abordar, con especial ilusión para un proyecto como este).
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La cuestión es que desde que me anunciaron el proyecto, doy vueltas sobre un recuerdo al que guardo enorme cariño: en 1994 la editorial Glenat publicaba 1993. Un año de tebeos, editado por Tino Regueira y con colaboradores como Jordi Sánchez, Pepe Gálvez, Juan Carlos Gómez, Toni Guiral, Josep Rom, Ana Mª Meca, Felipe Hernández Cava, Alfredo Arias, Trajano Bermúdez, Jordi Costa, Juanvi Chuliá, Lorenzo Díaz, Yexus, Andrés Hispano, Alfons Moliné, Francisco Naranjo, Jesús Palacios, Agustín Oliver, Francisco Pérez Navarro, Jesús Palacios, Alvaro Pérez, Carlos Portela, Alex Samaranch, AntonioTrashorras y Enrique Vela.
1993-Un-Año-de-Tebeos
Sus 98 páginas incluían textos genéricos y sectoriales (sobre manga, sobre Ediciones B o sobre el cómic adulto), entrevistas y una selección de cómics destacados del año 1993, cada uno con su correspondiente crítica. Os incluyo capturas fotográficas de un vendedor del libro en Todocolección.
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Y me ha dado por reflexionar en cuánto han cambiado las cosas.
A nivel formato (claramente este anuario emulaba a modo de gancho el formato del álbum europeo), maquetación (bastante austera, por decirlo con suavidad) y recursos (en blanco y negro, supongo que para abaratar el precio final del libro), todo en este libro huele formalmente a crisis de los noventa. El propio Joan Navarro recordaba en un post de su blog en 2012 «Otro maravilloso fracaso de ventas, de estos que trata de ponerte en tu sitio, ante la realidad de nuestro patético mercado». La intención inicial era crear un anuario «de verdad», hacer el año de tebeos 1994, 95… hasta el infinito y más allá. ¿Cuántos ejemplares vendió aquel primer eslabón de una cadena que nunca llegó a ser? Pues pocos, tan pocos que la cosa quedó en aquella circunstancial y elogiable iniciativa.
Hace mucho que no vuelvo a sus páginas, pero mi recuerdo del libro es muy grato, visto en su día como iniciativa necesaria y repleta de las firmas que yo por entonces leía con fruición, en lo que a crítica se refiere. Pero el proyecto se estrelló contra una realidad: en 1994 no existía un tejido capaz de soportar esa propuesta. En plata, había muy pocos lectores de cómics, el famoso boom de los ochenta se había desvanecido y quien atendía a la historieta era un lector «experto», coleccionistas sectoriales (superhéroes, clásicos -los pocos que se publicaban-, europeo etc) a los que empezaba a unirse un nuevo pulmón, los lectores de manga (Dragon Ball se empezó a editar en cuadernillos por Planeta en 1992, para hacernos una idea). Circuitos eléctricos cerrados formados por electrones expertos y coleccionistas, antes de la socialización del término (despectivo o no, pero sociológicamente significativo) de frikis. Esto es, los consumidores de historieta en 1994 eran aficionados acérrimos de visibilidad mediática bajo cero, cuatro gatos que, de lo que consumían, sabían hasta el nombre de las mascotas de los autores y no sentían la necesidad de comprar un tomo orientativo.
En este contexto un anuario comercial y profesional (sin ánimo de ser un voluntarioso fanzine, en definitiva, sino de proporcionar un producto rentable al catálogo general de su editor), con un formato tradicionalmente reservado al cómic, y editado por un editor de cómics fue un suicidio en términos de producto vendible. Tampoco 1994 era un año en que los puntos de venta se hubieran diversificado; las librerías generalistas no eran el de los editores de cómics, que navegaban las aguas cada vez menos plácidas de la librería especializada. Esto es, un artefacto como Un año de tebeos, con una aspiración proselitista, estaba restringido a la pequeña librería especializada, en la que se le reservaba un puesto más o menos secundario en medio del aluvión de novedades mensuales, comic-books sobre todo: recordemos que hablamos de la época de saturaciòn del mercado por parte de Planeta con sus licencias de Marvel y manga, cuestión que el propio anuario hacía visible en sus estadísticas.
Veinte años y pico más tarde las cosas han cambiado. El cómic no campa a sus industriales y capitalistas anchas como el estos días centenario TBO, eso no es el horizonte del medio ya. Pero que un medio diversificación interesante que, al margen de su futuro a medio o largo plazo (sí, la tormenta perfecta llegará, todo es cíclico), se advierte hoy desde el consumo cultural como un producto más, del mismo nivel que la literatura o el cine, o cualquier medio narrativo. No sacaré de nuevo los clichés que creo son grandes verdades, lo que supuso la novela gráfica y el Premio Nacional y todo eso, pero si alguien duda de que el cómic como medio hoy de una visibilidad y un reconocimiento mucho más amplio que el que tenía en los noventa, pensaré que está ciego y sordo, o que quiere mirar a otro lado y considera otro proyecto para el medio, diferente al que hoy vive.
Pues aquí estamos, y en 2017 surge, para mi alegría (independientemente de mi vinculación, modesta pero entusiasta), una nueva iniciativa de formalizar un anuario con intención de continuidad, de primer eslabón de la cadena. Me recuerda mucho al espíritu de aquel «año de tebeos», un montante de reseñas de obras editadas el año pasado, acompañadas de entrevistas y textos de fondo sobre determinados aspectos generales del sector. Pero todo cambia. Esta vez se presenta en un formato de libro (de 19×26 cm.) de 240 páginas a color, y editado por un medio ajeno a la edición de cómics, una revista cultural que se acerca al medio «desde fuera». No es la primera vez, por descontado, que lo hace, no es un «extraño en el paraíso» sino un medio cultural generalista que, por tanto, ocasionalmente atiende a la historieta, y esto me parece que no es excepcional, sino signo de los tiempos y de la «externalización» del cómic.

Las solapas del libro de Glenat abrían con un texto firmado por Joan Navarro que comenzaba sin rodeos: «El mundo de los tebeos no suele tomarse en serio a sí mismo. Y en general nadie nos hace caso». 1993. ¿Abriría hoy alguna introducción al medio con una frase semejante?
En cierto modo han sido necesarios casi cinco lustros para que el panorama cultural y editorial pueda asumir un anuario como este, destinado a lectores de cómic, sí, pero también a lectores circunstanciales de novela gráfica, por ejemplo. Todo ha cambiado en veinte primaveras: el target, los editores, los puntos de venta (el anuario se puede reservar ya on line, por supuesto) y hasta la reverberación de un artefacto como este en la prensa diaria.
Viva y bravo.

Dios ha muerto, de Irkus (M) Zeberio.

Del pelotón de autores abonados a este excitante caldo de cultivo de firmas de la vanguardia, que aglutina a nombres como Begoña García-Alén, Gabriel Corbera, Julia Huete, Martín López Lam o José Ja Ja Ja, ha destacado en 2016 uno: Irkus (M) Zeberio. Más que nada por la osadía, la extensión y el formato de su última propuesta.

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Frente al océano inabarcable de minicómics, autoediciones y micro editoriales que abona la actual catarsis de historieta de vanguardia, Dios ha muerto es un grueso libro en tapa dura (edita Bang), 208 páginas para destilar ideas provocadas por la lectura de Así habló Zaratrusta en el autor. Combinando historieta silente de regusto risográfico con textos escogidos de Friedrich Nietzsche, este cómic marca el punto de inflexión en que debería mirarse “el mundillo” (sé que a todos os gusta esa palabra). Porque no abundan artefactos de este palo más allá de la voluntad de las firmas más consolidadas de la novela gráfica. Y dentro de esa novela gráfica sí que hemos visto casos de obras extensas y ambiciosas. Nadar se estrenó con Papel estrujado, se me ocurre en caliente: una novela gráfica, autoral, con un contenido entre el costumbrismo generacional y la crítica social que asombró por su ambición en volumen (casi 400 páginas) y lo sólido de sus resultados. Pero su estética, su temática y sus intenciones sintonizaban con una generación de «novelagrafistas» en la que podríamos meter a Álvaro Ortiz, Pablo Ríos, Paco Roca o Santiago García: crear con libertad un tipo de cómic transgeneracional, una lectura madura que puede atraer a lectores no habituales a esto de «los tebeos». Zeberio juega otra liga, diferente, que no mejor o peor. Él plantea su trabajo como reto a los límites y a los márgenes del cómic.

Dios ha muerto es la mezcla de ambición y resultados más potente  del momento, un tour de force que mezcla la tradición y la renovación. Un salto sin red que termina entre aplausos y éxito rotundo. Cada párrafo de Nietzche escogido tiene un reflejo, o mejor decir un eco libre, en las páginas dimámicas, aparentemente espontáneas y repletas de sinergia que dibuja Zeberio. No se trata de transcribir contenidos, sino de plasmar el impacto que la obra original supone en el cerebro y el corazón y las tripas de Irkus, creando así un relato de primitivismo cósmico surreal, mántrico como una danza febril y ritualística, libre de ataduras y expresiva como un tam-tam en una invocación bajo la tormenta eléctrica, en un futuro apocalíptico.

Dios ha muerto podría leerse con la última encarnación de los Swans de fondo, uno de esos temas chamánicos y volcánicos que Michael Gira y su banda extienden durante decenas de minutos. La experiencia será duplicada por el apocalipsis sonoro.

Imagen de previsualización de YouTube

CUADERNOS JAPONESES, de Igort

Una de las novelas gráficas del año, en mi opinión. La verdad, para elaborar este texto toda la parte biográfica me la auto-fusilé de este texto propio, publicado en CuCo, Cuadernos de cómic, la revista que codirijo con Gerardo Vilches y en la que podéis leer más textos míos (y de muchos otros compañeros)
Lo demás en esta crítica, claro, es todo nuevecito, y como suelo hacer para el diario es más introductoria y contextualizadora que severamente analítica.
Clic para leer mi crítica en Faro de Vigo:

_ Visado _ Igort

Las cosas tras Entrecomics.

Hoy cierra Entrecomics y por eso debemos mirar hacia el futuro.
Para lágrimas, El Secreto de Puente Viejo.

Pero para mirar el futuro mejor conocer e pasado y el presente, y en ambos está Entrecomics (última reseña, publicada hace un rato, calentita, léela). La realidad es que internet ha supuesto un antes y un después para la información relativa a la historieta. Un antes y un después al menos para el usuario. Si hasta hace unos quince años para estar informado tenías que comprar Volumen, o U, o antes El Maquinista Mensual, o el Krazy o lo que fuera, con internet y a un gratuito clic, podías entrar en varias páginas, blogs personales o comunitarios, donde se subían las noticias que los editores mandaban a esos «medios» o que el gestor del blog leía en webs de las editoriales (del mundo entero) u otros blogs. Además, los gestores de las bitácoras publicaban críticas de opinión (y las publican, claro, debería decirlo todo en tiempo presente, sigue habiendo blogs). Podías encontrar a un plumilla de gustos afines de quien «fiarte» o al menos a quien leer para conocer la oferta de actualidad. Y leerlo gratis.

Sin embargo todos esos sitios han adolecido de una característica. No son profesionales, la publicación suele ser arbitraria, y más bien libre y sin poda o ponderación de un consejo editorial o siquiera una segunda opinión. Y de existir esta en los blogs de autoría global, evidentemente no hay contratos de por medio, ni siquiera facturas por publicar en esa bitácora, donde todos arrimaban o arriman el hombro por satisfacción personal y poco más (a veces, por proyectarse en el paisaje laboral de los editores españoles, lo cual me parece lícito, por supuesto, y más en un mercado donde no podías demostrar de otro modo tu profesionalidad). La blogosfera, en fin, mira al cómic atendido y mimado como acto de amor, circunstancia que también hay que poner en valor y que personalmente sigo practicando. Pero cuando las cosas se hacen por amor cuando ya no hay mojo simplemente lo dejas. Es lo lógico. Y el mojo, es obvio, acaba flojeando con los años. Es evidente que mi relación con este Serie de Viñetas hoy no es la misma, ni de similar intensidad, a la que tenía cuando nació. Tranquilos, mis cuatro lectores, yo no cierro. Pero esto es distinto, es un poco mi casa, como en El Octavio Pasajero hago lo que me place dentro de un orden (porque el blog pertenece a un grupo de información generalista, pero vamos, aquí hago y deshago a mi sensato antojo). Si hablamos de algo como Entrecomics, hablamos de una estructura de varios integrantes a los que sus tareas «reales» en primer lugar pudiera estar impidiendo mantener una periodicidad que es clave. Se acabó la era de definir los blogs como diarios, eso es evidente, para los de matiz personal. Pero una bitácora creada por un equipo, que no es la voz personal de un firmante único, sí requiere, pienso, cierta cualidad de periodicidad, secciones… un aire, en fin, de revista. O la operación no tiene sentido, pienso.
Que todo (TODO) en  Entrecomics nazca de la pasión por el medio y se mantuviese diez años a base de voluntad y nuevas incorporaciones siempre primando la calidad de los nuevos miembros del asunto, da fe del mucho amor por el medio de los cuatro (cinco en origen) miembros «clásicos» del blog, a los que se uniría esa vela-broma de cumpleaños que soplas, se apaga y enciende de nuevo sin desfallecer que responde al nombre de Gerardo Vilches. Pero hasta esas velas se dan cuenta de que ya ha pasado el momento de arder. Al menos, de arder en
Entrecomics. Mejor soplar una última vez que resistir siendo solo cera.

¿Qué es lo mejor que puede decirse de un momento triste como este? En estos diez años Mar, Fer, Iñaki y Berni, Big Man Berni, con el concurso extra(ordinario) y posterior de Gerardo Vilches (permitidme que al resto os considere colaboradores externos, notables, pero externos) han crecido con el medio pero no han mostrado ni una cana en el blog: Entrecomics se ha mantenido fiel a los tiempos que le tocó vivir respetando siempre el legado del pasado, comprendiendo el presente y aspirando a un futuro desde un hoy que no sea trasnochado. Y eso es importante. Además, siempre desde la transversalidad y sin despreciar ninguna escuela, género, latitud o tendencia. Solo regidos por el gusto crítico, uno en mi opinión exageradamente bueno.

Pero bien, dice el dicho aquello de «a rey muerto, rey puesto», y ciertamente es una inercia. De momento ya parece que nos estamos empezando a dar cuenta de que Facebook o Twitter no tienen nada que ver con todo esto, las redes sociales son petardazos que se pierden como lágrimas en las viñetas de Geoff Darrow. No garantizan permanencia, no se puede recuperar un tuitt o cuesta dios y ayuda. Las rrss son solo un cacareo ruidoso en una cámara anecónica.

Por otro lado, yo y Geraddo Vilches ya hemos recibido algún mensaje proclamando CuCo, Cuadernos de cómic como «el sustituto» de Entrecomics. Y no, NO LO ES. Porque además es otra cosa. De hecho me atrevo a decir que en un aspecto es mucho más profesional que Entrecomics, en tanto que su crédito académico es efectivo, y esa es la meta de los cuadernos, y no la divulgativa (presente en una sección de crítica, de acuerdo, pero no de estricta actualidad). Y qu eesa profesionalidad (no de lo remunerado, si no d elo reconocido) nos “obliga” a mantener en una determinada vía al proyecto, sin dedicarnos a experimentos con gaseosa. CuCO existe porque no hay dos como él, creemos, y por tanto, porque era necesario y pertinente. No nació para sustituir nada. Tampoco estoy por la labor (ni creo que Gerardo) de convertir nuestro blog, un discreto y tranquilo medio de avanzar asuntos del proyecto nada más, en un confeti de noticias y novedades. No verás eso en El nido del CuCo, me temo.
Otros blogs del palo entrecomiquero (de grupo, vamos) persisten con energía, pero carecen de la transversalidad de Entrecomics. Son, por así decirlo, sectoriales.
Pero ¿porqué en todas estas ecuaciones la parte débil es la palabra «profesional»? Este es el futuro que tenemos que tratar. Qué ha pasado lo sabemos: muchos fans han montado pequeños milagros que han servido, en parte, para lograr levantar un paisaje, el de la historieta, que languidecía.
La cárcel de papel (blog personal de Álvaro Pons que alcanzó cotas de popularidad intuyo que difícilmente soportables por un único par de hombros) traspasó las fronteras del fandom un par de veces. Entrecomics se convirtió en referente para los editores, hasta yo recibo mails de editoriales que desconozco y que se aproximan por mis labores como divulgador. Pero quizá el fin de Entrecomics pueda servir para plantear un escenario nuevo. ¿Es eso posible? Si nos vamos dando cuenta d eque se están perdiendo sitios de referencia con información, divulgación y crítica que no sean volátiles, ¿puede pasar «algo» para cambiar esto? Por ejemplo: si hay un tejido de críticos interesantes que pueden aspirar a profesionalizarse, esto es, cobrar por su trabajo :O, y si los editores ven a ese círculo de firmas como un sustancioso activo para la promoción de su oferta editorial, quizá habrá que plantearse algo. No sé, ¿La ACDCómic, se ha apuntado ya? Difícil porque caeríamos otra vez en el «dejar hacer dejar pasar» como táctica editorial y porqu ela misión de la asociación no pasa por facturar colaboraciones. Pero sí a lo mejor los propios editores pueden ser un nuevo motor. Creación de una plataforma común que centralize un servicio de novedades, y que gestione un cuadro crítico, pero al tiempo pienso que debería de tratarse de una plataforma que garantice la libertad del crítico, claro, para trascender lo meramente publicitario. Si no son los editores como conjunto o colegio, uno de ellos con arrestos (después de todo, El País tiene Babelia, referente de crítica y actualidad al que podemos poner peros, pero que ahí está, marcando e influyendo, y dinamizando el sector).

¿Sería una vía? La veo tan atractiva como peligrosa, tan posible como imposible. No pretendo haber analizado la realidad y encontrado las soluciones en Diez Recetas Místicas, son solo ideas que se me ocurren como posibilidad evolutiva. Pueden ser otras. Pero es o eso, mover ficha, o seguir viendo cómo la gente se cansa y cierra sus proyectos altruistas en beneficio del twitt rápido.
El peligro es quién tiene el caudal y los recursos para crear ese medio  y qué supondrá una plataforma semejante para los editores independientes, los micro editores y la amplísima oferta de la autoedición en nuestro país. 
Puede que ahí jugase un papel activo el compromiso de los críticos dentro de esa Gran Plataforma, pero no lo sé. Creo sinceramente que no tantos plumillas se fijan en mucho más que lo que publican cuatro editores cañón y tres curiosas editoriales literarias que se han arrimado (benditas sean) a la novela gráfica. El equilibrio para ser justos tiene que ser absoluto. No creo que Gran Danés, de Julia Huete, merezca menos atención hoy que Cuaderons Japoneses de Igort o Chiisakobe de Mochizuki, y mucho menos porque unos los edite un editor «potente» y otra un francotirador «micro». El peligro de un gigante divulgativo pasa por el peligro de toda corporación capitalista en bruto, y eso NO me gustaría.

Pero pase lo que pase, me parece que el momento es interesante, respecto a la divulgación de cómics. Y el cierre de Entrecomics merece la pena ser contemplado no como un cierre abrupto y un vacío a rellenar rápidamente con algo parecido (pero peor, ni lo dudes, peor), si no como un signo del aquí/ahora. Si todos analizamos estos tiempos (lectores, críticos, editores y autores) puede que saquemos algo más interesante que un llenahuecos, y el cierre de Entrecomics habrá servido para algo de un modo que ni sus patronos sospechaban.

Los medios y el cómic.

Me he encontrado este artículo en un diario de papel. Muy interesante, leedlo, por favor, antes de seguir con mi post:

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Vale, sí, es una broma, lo he escrito yo. ¿Pero a que leer ese razonamiento nos resulta a todos disparatado? Nadie en su sano juicio y moderada capacidad cultural, intelectual, dudaría de que a través de la literatura se puede tratar cualquier tema que un escritor se proponga. Como lenguaje no presenta trabas para el artista, en ese sentido. En realidad esta máxima se debe aplicar a cualquier disciplina narrativa: literatura, cine, teatro…. cómic, pues claro. Solo son medios distintos de contar historias. Y cualquier tipo de historia.
Somos conscientes en esta casa, sin embargo, de que pese a la formidable capacidad del lenguaje historietístico como arma narrativa, ha habido condicionantes, de tipo industrial, que prácticamente imposibilitaron durante muchos años la proliferación en el mercado de un espectro amplio y sin trabas, respecto a temas y tonos. Más aún en España. Además no nos engañemos: cuando un medio crece voluntariamente maniatado por sus mecenas (para el caso: las empresas editoras, los autores que gustan del marco de trabajo que tienen, y los lectores que quieren eso exactamente), los artistas no se mueven en el campo más óptimo para el crecimiento.

Pero creo que nadie con un poco de inquietud pone en duda hoy porhoy, en 2016, digo, que al menos desde que Maus abrió una determinada espita en los setenta, el cómic puede tratar cualquier tema y de hecho, hay ejemplos de ello. Por eso andamos todos los amantes de la historieta loquísimos con este artículo del áspero e insigne ABC (clic en la propia imagen para leerlo entero):

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La cuestión no es la mera denuncia del hecho puntual. Hay que pensar que en fin, es verdad que a nivel mediático se ha abierto una vía ancha que hasta el presente siglo no había. No la de las ventas o la consideración del cómic como producto con capacidad de enganche, si no la de la empatía con una nueva tendencia: cada vez hay más lectores de cómics, de novelas gráficas, que no tienen una cultura previa en lectura de cómic, que han accedido al medio ya adultos. Y en general, lo hacen gracias a la labor de los medios generalistas, que también han evolucionado.
Pero no tanto, en casos, como nos gustaría a algunos. Aún reverbera en mi cabeza, profundo pero insistente, Carles Francino cuando hace años, tras hablar de «36/39, malos tiempos» de Carlos Giménez, dio paso a otro tema diciendo (más o menos) «y ahora vamos a seguir con literatura, pero de la seria, de la de enjundia». Ojo, despachaba así una obra sobre recuerdos personales de la guerra civil…

Quiero decir: no pasa nada. Seguro que Francino no lee un cómic desde que usaba pantalones cortos, y no creo que fuese ni de Giménez y su producción infantil. Su criterio me importa y afecta tan poco como el del Pozí, respecto al medio. Pero la cuestión es que Hoy Por Hoy mueve miles de oyentes. Y el ABC también. Y los medios, en fin, deberían ser conscientes del papel vertebrador de lo cultural en una sociedad. El cómic es cultura, una pequeña parcela, pero debería cuidarse. Hay medios que no dejan el tema a cualquiera. Que requieren a periodistas expertos para hablar de historieta cuando creen que procede. Mientras esto no suceda en todos los periódicos, revistas, espacios radiofónicos y mass media en general, mientras los divulgadores no nos hagamos valer y protestemos (sorda protesta, pero bueno) cada vez que detectamos una barbaridad como el titular capturado, creo que aún hay camino que recorrer. Y francamente, yo quiero recorrerlo,ver que el camino hacia la respetabilidad emprendido por Art Spiegelman, Marjane Satrapi o Paco Roca conquista el universo.
Es bueno para todo el medio, de quien quiere publicar en DC a quien camina la senda autoeditora, pasando por la teoría profesionalizada, claro, porque el texto de portada/entradilla del ABC es cualquier cosa menos eso, crítica profesional.
Me ha espantado TANTO leerlo que me he largado corriendo al terminarlo:

Master Race, de Albert Feldstein y Bernard Krigstein ( revista Impact # 01 de marzo-abril del año 1955, EC Comics)

 

El camino hacia adelante

Refexión tras leer ayer Dios ha muerto de Irkus (M) Zebeiro y Gran bola de helado de Conxita Herrero. No es este post un análisis ni una crítica (ambos me gustaron, uno por sus destellos increíbles, otro por su monumental ambición y resultado).Pero lo primero que pensé es que al cómic ya no lo conoce ni la madre que lo parió (cita de un político de la transición) y que mejor así, y que si mandaran los rancios por doquier no tendríamos los discos de Aries o el cine de Carlos Vermut, por ejemplo. Y que todo sería Capitán América Civil War (peli que me gustó, con lo cual esto no es un ataque a la convención, digamos, si no una defensa de la ruptura, que no es lo mismo).

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Páginas de irkus (M) Zebeiro y Conxita Herrero, respectivamente.

Darwyn Cooke

Toca hablar de Darwyn Cooke (Toronto, Ontario, 16 de noviembre de 1962–Florida, 14 de mayo de 2016), cuya muerte ayer, triste e injusta, noticiamos estos días. Su carrera es vasta y enmarcada en las más grandes editoriales de cómic del mundo: DC, Marvel. Además ha creado Parker, un poco lo que sería su proyecto personal al margen de la «industria».
Se posicionó con fuerza a partir de su colaboración con Bruce Timm en las series de animación de Batman y Superman, éxitos catódicos que le abrieron las puertas a DC Comics. Su relación con las grandes editoriales fue intensa (con obras del calado de New Frontier, posiblemente su obra más exitosa) pero no por ello acrítica. De DC llegaría a decir que “solo me llama cuando quiere hacer algo divertido. Soy algo específico para ellos.»

No soy un gran seguidor de la obra de Cooke, pero reconozco sus virtudes. Con su dolorosa y temprana muerte perdemos un gran dibujante de cómics, dueño indudablemente de un dibujo fabuloso donde, prevaleciendo por encima de modas generales del maistream más hueco, siempre se ha mostrado estilizadamente exquisito y elegante:

BatmanSuperman

SPIDERWOMAN, de Dennis Hopeless y Javier Rodríguez

Reconozco que lo que me interesaba de esta Spiderwoman, a priori, era el trabajo de Javier Rodríguez, que sí, se posiciona definitivamente con la mujer araña como uno de los más importantes dibujantes de superhéroes actuales. Pero la realidad me ha ofrecido un tebeo además muy, muy entretenido argumentalmente. Sin romper patrones y con referentes clarísimos en la historia de la casa Marvel, entrega una historia con sublecturas enriquecedoras y una trama de intriga muy bien hilvanada, que nos hace, sencillamente, seguir para ver qué está pasando o como decía aquel, «quién lo hizo».

Muy notable, y sin duda la serie, a la luz d elo que vamos viendo, va a más. Este es el tebeo Marvel, ahora que Ojo de Halcón (el de Aja y Fraction) ha concluido.
El texto, como siempre, una crítica para Faro de Vigo

: Visado : Página 6

Darías y el descrédito.

Manuel Darías es uno de los más notorios críticos de cómic del panorama nacional: su carrera es la de cuatro décadas de constancia, desde las páginas del Diario de Avisos, promocionando la historieta y ejerciendo la crítica del medio.
Eso hay que reconocérselo. Y respetarlo y hasta agradecerlo.
Pero últimamente está derivando hacia opiniones que no siempre me han resultado cómodas. Sin embargo el pasado seis de marzo, y en un texto centrado en la autora Mamen Moreu, escribe lo siguiente:

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No hay nada que añadir, solo sentir vergüenza ajena y decir desde este blog que personalmente siento que el descrédito más absoluto ha caído sobre Darías. En tan solo 33 palabras ha sepultado todo atisbo de credibilidad en su firma, a día de hoy.
No se puede obviar el papel casi fundacional de Manuel Darías en la crítica de cómics en prensa, sí, pero personalmente no puedo creer que alguien tan condicionado por un prejuicio machista tan salvaje (y gratuito, por cierto) pueda ser una fuente objetiva de crítica de medio alguno, sea cómic, literatura, cine o danza contemporánea.

El texto completo, lo buscas por ahí, no quiero capturarlo y alojarlo, ni enlazarlo tampoco.

 

Frank Miller en mi casa

Con dieciséis años ya eres todo un hombre hecho y derecho, por eso decidí, zas, dejar de leer tebeos de superhéroes.
Pero Miller me gustaba tanto…
Claro que yo ya tenía todo aquello de Daredevil, ya tenía Miller de sobra, así que sí, eran tiempos para cambiar de aires y leer cosas de mayores. Hasta había comprado Ronin, que era un Miller mazo raro pero seguía molando, porque además no era de supertipos pegándose. Era más disparatado, pero había coartada.
Así que Miller decidió desde su casa, allá en Estados Unidos, que me iba a voltear la cabeza como si fuera un trompo para dejarme descompuesto, y creó una nueva obra sobre, uf, Batman. Ah, no, superhéroes va a ser que no.
No piqué, porque ya era un tío maduro. Pero caramba, ese formato (aquello sí lo era, un formato, unas características físicas féreas como soporte de la obra) me impresionaba. «Prestige», lo que quieras, un cómic con su lomo, con unos colores (lo ojeaba en el quiosco) «buenos», no de puntitos…
Cuando salió al mercado el segundo tomo de la serie leí esta página, también en el quiosco:

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Y Miller se lanzó unas buenas risas, imagino, desde el otro lado del charco viendo cómo mi cabeza volteaba sin control. Lo compré.
Dark Knight no se parecía a nada previo porque no había nada como aquello (al menos, en mi universo de lecturas y conocimiento sparciales del medio). Ni en forma ni en tema: nada de continuidades y universos ficticios, esto era un «What if» que devolvía un Batman más real que el de todas las colecciones de la época dedicadas al hombre murciélago juntas. Tampoco había compacación posible en formato, ni en nada. No era europeo pero no era mainstream americano, ni underground.
¡El Milleranissssmo va a llegar! que diría el escritor borracho: no, ya estaba aquí. Una prosa dura, cortante, un dibujo extraño, feísta, un color radiactivo, unas páginas que llevaban los experimentos previos de Miller un paso o dos más allá. Unos enemigos loquisimos pero que eran como la destilación en forma de cuento de hadas de una crítica a la sociedad de su presente (los ochenta, chungo, chungo). Mutantes que nada tenían que ver con los de la X, pandillas callejeras, amoralidad, brutalidad, heroísmo y justicia, un ritmo endiablado, un color de Lynn Varley tremendo.

No era solo que aquello «no era para niños» (qué porras, yo era un mocoso, qué estupidez de razonamiento), se trataba de la capacidad de Miller para romper moldes, llevar el pastel a un extremo nunca cocinado y brindarnos un plato que excede la excelencia.

El cómic, vi entonces, con 16 o 17 años, era un arte poderoso, vibrante y que excede las bondades del dibujo (algo que siempre me gusrta, contemplar un buen dibujo, sea de José Domingo o de Tiziano) o del mero relato de hechos (¿ganará Batman o Superman?), porque es un arte narrativo que debe jugar con sus normas gráficas para hacer algo que, además resulta de una belleza visual bestial.
Así es Miller, brutalmente bello, cuando no patina (e incluso cuando lo hace, tiene el fulgor de los verdaderos colosos, es inevitable).
¿Qué habría sido de mí sin aquella lectura estremecida en la barra del quiosco? ¿Sin esa página podría haber sido yo el adulto come-viñetas en que me he convertido?

Dicen que la vida se debe a procesos, no a hechos puntuales. También que una mariposa aleteando puede provocar un huracán en el otro extremo del mundo. Frank Miller es el proceso de mi mariposa.

En estos tiempos, en estos lustros y hasta décadas en que cíclicamente algún listo se ríe del «decadente» Miller, conviene recordar que hablamos de un gigante que lo es desde hace treinta años, con muchas páginas alucinantes en su carrera, alguna muy reciente, y que aún levanta polvaredas con cada nuevo proyecto.
Un genio. No abundan.
Feliz cumpleaños, Miller.
En esta casa te queremos.