Sombra, de Brais Rodríguez

Cualquier arte crece y se dinamiza gracias a los pequeños experimentos con gaseosa. Con las aportaciones singulares que generan debate al diluir las fronteras del medio que practican. En ocasiones del laboratorio solo se obtienen singularidades curiosas, pero incluso esos casos de caminos explorados y finalmente impracticables son necesarios. Hay veces que la búsqueda ofrece mayores posibilidades y se convierte en referente para futuros artistas. Se me ocurre citar en este sentido al referente ineludible desde hace 25 años, Chris Ware. Lo que en origen fue una subversión de las formas predominantes hoy es una línea de tendencia.
Todo esto viene a propósito de Sombra, un fanzine creado por Brais Rodríguez, quien puede sonaros por su participación en numerosos fanzines (Barsowia, ARGH!, Fanzine Enfermo, Dos Veces Breve, Usted está aquí …), y por aquel A man do diaño que fue editado por Demo y traducido por Astiberri (La mano del diablo, 2011). La carrera de Rodríguez, desde entonces, ha discurrido por la penumbra de la autoedición (su sello es Carne líquida) y ahí está desarrollando propuestas a vigilar. Entre 2012 y 2013 entregó una singularidad en dos partes titulada La gente del perro, y en 2016 publicó La chica con el sol en la cabeza. Son tebeos donde el todo es el mensaje final. Se trata de obras creadas mediante la técnica del collage, ofreciendo un aspecto de serigrafía decimonónica pasada por la lente disruptora del surrealismo ―con aire de pascín victoriano.
Sin embargo el nuevo trabajo de Brais vuelve al dibujo y a un dibujo que lógicamente nos evoca su estilo en La mano del diablo, entre la línea clara europea y el influjo del alternativo norteamericano. Pero se mantiene, bendito ánimo de ruptura, en las búsquedas.


Sombra no puede definirse por cuestiones argumentales, sin ser un relato abstracto tampoco. Hay unos personajes, un encargo artístico y lo que podría entenderse como situación de bloqueo creativo. Pero la obra parece más interesada en fijarse en “lo que no cuenta” para esa historia: los objetos, los animales, el paso del tiempo muerto. Y al final todo ello sí que tiene su peso en la narración, pero Sombra no busca contarnos una historia del modo, digamos, normativo. Es antes la captura de sensaciones y estados de ánimo a través de una trama que, en otras manos, sería género noir (sí, creedme) y en las de Brais Rodríguez se hermanan, quizá, con el último Andrés Magán. Los cuadros en las paredes, una sombra que evoluciona, un gramófono e incluso los bocadillos se convierten en no-personajes de este cuento breve y enigmático relatado con una economía espartana: páginas de nueve viñetas simétricas encerrando siempre planos generales dibujados desde el punto de vista de un observador, ausencia de diálogos ―que no de bocadillos, insisto―, repeticiones rítmicas.
Dadle una oportunidad al experimento. De esta gaseosa ha salido un ponche rico, y como decía el otro, con fundamento.

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