UNA COLMENA EN CONSTRUCCIÓN, de Luis Durán

Artíuclo publicado el 27 de Julio de 2012 en Faro de Vigo.

Los mundos propios de Luis Durán.

Hay autores, sean de literatura, cine, o por supuesto historieta, que poseen un universo propio, único e intransferible. “Una colmena en construcción” es otro planeta en el “firmamento Durán”.

Luis Durán comenzó a publicar en los primeros noventa en revistas como la celebérrima “Makoki” o creando personajes bien conocidos en el underground (“Perry Masón”, para la revista TEMEO), pero su verdadera fama posiblemente venga por sus novelas gráficas, libros auto conclusivos de estilo muy característico, que le han convertido en uno de los autores más reconocidos del nuevo siglo. Desde entonces comenzó una carrera de trabajo duro y reconocimiento mediático. A razón de al menos un cómic por año (y hablamos de novelas gráficas, cómics rayanos en el centenar de páginas o más), fue construyendo un microcosmos lírico, de “tempos” sostenidos y tramas de desarrollo meticuloso. Abundan sus historias en hurgar en el pasado desde el filtro de la mítica, acercando sus protagonistas de almas tristes y espíritus en búsqueda constante al lejano oeste, al medievo, o a un presente donde los personajes viven más de recuerdos e ideales atemporales que en la realidad circundante.
El misterio, lo extraño, la mirada a través del espejo, la soledad, la búsqueda de la felicidad acaso imposible, la necesidad de comunicarnos y cuán difícil resulta hacerlo en ocasiones… son las puertas constantes que nos introducen a su obra. La última (por cierto, tras cuatro años sin publicar nada, algo insólito y que dice mucho de la importancia de este trabajo) es “Una colmena en construcción” y quizá sea su trabajo más maduro.

Tenemos aquí una familia que permanece alejada, una madre apicultora, un hijo de gris oficio que refugia su mente en las novelitas del oeste o en melodías recordadas de la radio de infancia. Y hay dos gemelas que se esconden tras caretas siniestras. Y hombres que construyen catedrales tras resucitar. “Exincastillos”, el Nautilus, y abejas que vuelan y observan y trazan senderos invisibles en su zigzag aéreo. Estamos, pues, en los territorios más propios de Luis Durán. Pero mejor, más afinados los instrumentos de su narración.

Luis Durán, la suave cadencia de un misterio

Porque para empezar, el apartado gráfico (que siempre, obra a obra, ha ido mejorando) es ahora excepcional, sobre todo en la mayor limpieza de su trazo y en el empleo del color, expresivo, de una paleta reducida pero completamente intencionada. Y porque en sus páginas siempre elegantes (en las que los vacíos son tan importantes como esas otras ocasiones de gusto abigarrado) ha conseguido mitigar sus mayores peros, como cierta retórica innecesaria en los diálogos. No es que prescinda de esa verborrea abundante, explicativa en exceso, sino que sabe injertarla allí donde mejor procede: hay en este relato confesiones en el diván de un psiquiatra, y hay también sueños donde los protagonistas disertan a su antojo. Se encuadra pues lo que fue un vicio en un espacio donde la verborrea es natural o posible, antes que en una realidad (digamos, la vida cotidiana y mundana de sus personajes) donde Durán se ha mostrado aquí capaz de manejar silencios, miradas y omisiones.
¿Recomendable lectura? Mágica, más afinada que en otras obras del autor, bella y absorbente. Diría, por tanto, que sí, mucho.

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