EL HOMBRE QUE SE DEJÓ CRECER LA BARBA, de Olivier Schrauwen

Artículo publicado en Faro de Vigo el 11 de Mayo de 2012.

La historieta como “art brut”.

Olivier Schrauwen desafía los prejuicios ante los tebeos con una obra “artie”, que va más allá del querer contarnos una historia para proponer una experiencia sensorial e intelectual.

 

En estos tiempos maravillosos para un arte en continuo crecimiento como es el cómic, encontrarse con un trabajo como el inclasificable “El hombre que se dejó crecer la barba”, de Olivier Schrauwen, es un nuevo motivo para admirar más y más al medio. La historieta hoy vive un despegue radical, libertario y gozoso. Nunca antes los autores gozaban de un marco de libertad tan grande como el presente, en que los editores (algunos) no solo persiguen blockbusters a relacionar con la muy noble industria del entretenimiento, sino que más que nunca se buscan autores que plantean su trabajo como arte. Libre y osado, vanguardista, hermoso, experimental, divertido, excitante. ¿Raro?

Olivier Schrauwen es un autor joven y con poca obra (menos aún publicada en España, donde se ha podido leer “Mi pequeño”) y que investiga las raíces y la naturaleza de la historieta para llevarla un pasito más allá como arte. Sí, arte, repetimos, porque basta con abrir al azar este libro (por cierto, exquisito, algo que debemos agradecer a la mimosa editorial Fulgencio Pimentel) para comprender que una cosa son los tebeos de la Marvel y otra la propuesta estética de Schrauwen. El autor belga abreva de las vanguardias artísticas del pasado siglo, de los Fauves y el expresionismo alemán, del surrealismo y el modernismo, o de la vanguardia cinematográfica (sus delirios formales pueden recordarnos a los primeros René Clair o Jean Coctaeau). Pero también de la tradición de la propia historia del cómic, por supuesto, de Sterret a Tardí (autor al que admira, según declaraciones propias).

Viñetartie

“El hombre que se dejó crecer la barba” recopila varias historias cortas de escaso nexo común más allá del espíritu vanguardista y la excelencia visual. Son protagonizadas por hombres barbudos, suelen tratar realidades paralelas, y están todas alumbradas por un refinado humor de fuerte importa surreal. No consiste su lectura, por tanto, en “entender” qué diablos nos relata Schrauwen sino de dejarse llevar por el caudal fantasioso, irreverente y gamberro, ácido.

En las historias que reúne el álbum caben parodias del colonialismo en África, una crítica al sistema educativo, la locura, el deseo sexual, las religiones atávicas y primitivas, o un punzante retrato de la enfermedad. Ideas que no se nos presentan como “mensaje”, sino como sensaciones borrosas en la maraña traslúcida del todo que es este libro: color, humor, surrealismo, arte, mala baba y narración gráfica (sobre todo, por supuesto, narración gráfica… pese a lo delirante de la obra Schrauwen jamás pierde el norte ni olvida que estamos hablando de historieta).

Reflexión final: ¿libro para minorías? Evidentemente Fulgencio Pimentel no es DC cómics, sino una apuesta por otro tipo de tebeo, de un calado diferente y de una exigencia determinada. Sin embargo, si al lector de estas líneas le atrae la pintura del siglo XX o el cine inaprensible del mejor Lynch, sin duda sentirá la misma sensación de plenitud al leer a Schrauwen. Además, aquí hay mucha coña marinera, aunque sea un humor más cercano al meta humor de Miguel Noguera o Muchachada Nui que a “La hora de José Mota”.

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