FLUJO, de Dave Cooper

La belleza será convulsiva o no será, decía André Bretón.
Es una vía, y desde luego, el sentimiento romántico y decimonónico de que el arte es la búsqueda unilateral de un paradigma de belleza clásico (a relacionar con lo proporcionado, a relacionar con lo ordenado…) es un cliché que hace décadas no tiene sentido.
En esta vía, los profetas de aquello que se dio en llamar «La nueva carne» son buscadores de otra belleza, bretoniana, feroz, apasionada. Convulsiva. Incluso repugnante.

"Flujo", siente la piel...

Bien, puestos en esta tesitura abordamos «Flujo», de Dave Cooper. Prácticamente no me acuerdo de «Escombros», lo único que había leido de Cooper (en su edición en comic books dentro de la línea «brut», de La Cúpula) pero sí recuerdo un mundo cartoon futurista (había mucho allí del Cooper televisivo… el autor andaba metido en la serie «Futurama») para una historia potente. Convulsivaa, quizá.

En todo caso, «Flujo» tiene su propia fuerza (pese a que nos la plantean editorialmente como parte de una trilogía, es autónoma 100%), y no busquen a Matt Groening ni como eco lejano, porque este cómic está libre de referentes ajenos al universo propio y retorcido de Cooper. Porque hay que ser retorcido para crear esto. Y esto es la historia de un artista frustrado (sobrevive ilustrando libros para niños de su completo desagrado) que se sumerge en la búsqueda de una modelo para hacer retratos. Retratos eróticos, sado, perversos, y de sujetos particulares, de su propio gusto estético. Así conoce a Tina, una adolescente desagradablemente fea (Lynchiana, diríamos), y en cuya obesidad encuentra los mares de piel, sudor y carne en los que perderse hasta la obsesión más radical.

Una lectura feroz, dura, desagradable incluso, porque retrata con crudeza y poca piedad los estados alterados de las voluntades sometidas al deseo más impulsivo.  John, el dibujante, cae en un pozo digno de David Cronenberg, pero de una crudeza que ni el director canadiense, me atrevo a decir, ha alcanzado. Eyaculaciones precoces, celos enfermizos, aislacionismo físico y mental, sumisión… todo narrado con un dibujo underground, sin contemplaciones, feista aunque excelente, y en bitonos expresivos (gamas frías y cálidas en permanente contraste).

"Flujo": licúate por ella..

A mayores, redondea su discurso el hecho nada casual de que Cooper retrata (empleando la primera persona del singular) a un artista (no un lavandero o un broker o un químico, un artista), con lo que toda la tesis va más allá de cuestiones éticas, morales o sexuales. El arte mismo es una esclavitud feroz, caprichosa y cruel para con el artista. La obra, como esta chiquilla odiosa y antojadiza, puede ser destructiva para el creador, pero éste sin aquella, sin poder alimentar una necesidad interna, rugiente e insaciable (la del acto de crear), no será nada. La vida del creador es pura dependencia de algo tan caprichoso como la misma creación, depende del trabajo contínuo, la presencia de las musas y el talento personal, pero  aún consagrandolo todo y más a ello, la obra puede esquivarle y destruirlo, sin conseguir jamás alcanzar la plenitud de la satisfacción autoral.

Arortunadamente esto no tiene que ser así, ni respecto a la creación ni al sexo ni al amor ni a la vida. Es solo la tesis que nos espeta «Flujo», una obra convulsiva, ciertamente, diría que hasta niveles que el bueno de Bretón nunca hubiera imaginado…

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3 Comentarios Dejar comentario

  1. octavio #

    ni dándole yo mismo al «me gusta» consigo ver quién demonios pone «me gusta» en Facebook, salvo los amigos de Face, que sí que me aparecen, claro…

    • Aiala #

      Pues yo misma, por ejemplo…!!

  2. Youyo #

    Excelente artículo Octavio!! Gracias!!

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