“Me hice amigo de las moscas”
Sergio Fernández Tolosa (Barcelona, 1974) decidió medirse con el desierto, un espacio desnudo en el que la supervivencia depende de reglas tan básicas como duras. Y para eso diseñó un gran viaje: la travesía en bicicleta de Australia, Atacama, Mojave, Namib, Kalahari, Gobi y Sáhara. Entre 2003 y 2007 pedaleó casi 30.000 kilómetros, aprendió a obedecer las leyes de las tierras inhóspitas y volvió a casa admirado por las vidas de sus remotos habitantes. Esas experiencias quedaron recogidas en los textos y las fotos de un libro espectacular: Siete desiertos con un par de ruedas.
También elaboró este documental. Y después os dejo la entrevista que le hice hace tres años para la revista Altaïr.
“En el desierto aprendí a sobrevivir con lo mínimo, como los animales”
-El origen de este proyecto es bastante llamativo: hace siete años usted sufrió una experiencia peligrosa en el desierto, se sintió al borde del abismo… y decidió buscar ese vértigo durante los siguientes años.
-En 2001 me perdí con la bici en el desierto de Túnez. Tomé una pista equivocada, que terminó desapareciendo entre montañas, y pasé tres días sin ver a nadie. Me quedé sin comida y sin bebida. Pero conseguí orientarme, salí a un oasis y allí encontré a un hombre que me ofreció té y me indicó el camino hasta una aldea. Fue una experiencia dura pero a la vez me fascinó. Desde chaval me ha gustado ponerme a prueba, buscar situaciones en las que debo espabilarme y salir adelante por mis propios medios, y en Túnez me di cuenta de que los desiertos son el escenario ideal para retos así: espacios vacíos, con condiciones muy difíciles para la vida, donde resulta casi imposible encontrar ayuda. Quería comprobar si era capaz de atravesarlos por mi cuenta.
-¿Por qué en bicicleta?
-Es el medio con el que más a gusto me muevo. Disfruto con el pedaleo, me siento muy cerca de la naturaleza y de la gente, tengo independencia para ir donde quiera y pararme cuando me apetezca. El ritmo lento, el cansancio o un pinchazo te hacen parar, por ejemplo, en una aldea namibia donde los turistas pasan en todoterreno pero no se detienen. Los niños de aquel pueblo nunca habían visto a un hombre blanco. Yo estuve unas horas con los vecinos, jugando a una especie de ajedrez, charlando, comiendo… El viaje se hace mucho más humano.
-¿También ayuda el hecho de ir solo?
-Sí, porque necesitas comunicarte, acercarte a los demás. Es verdad que viajar en solitario por el desierto obliga a tomar muchas más precauciones, porque cualquier error o accidente puede resultar fatal, pero las decisiones son más fáciles porque las consecuencias sólo las paga uno mismo. De todas maneras, cuando debía tomar una decisión importante, si tirar por aquí o por allá, si continuar o detenerme, me acordaba de algunos amigos y pensaba qué harían ellos. Era una manera de tomar decisiones en grupo estando solo.
-Pero a veces la soledad pesa mucho. En el desierto australiano llegó a agradecer la compañía de una mosca.
-Sí, y le hablaba. Y también le hablaba al viento. Fue por un proceso de adaptación al medio. Me adapté físicamente (fui aprendiendo a soportar el calor, a dosificar la bebida, sabía cuándo convenía avanzar, cuándo ir más lento, cuándo parar…) y también me adapté mentalmente. En un viaje así, durante muchas horas no ocurre absolutamente nada, el paisaje es monótono y el pedaleo se convierte en una especie de meditación. Al final consigues un ritmo interior, una concentración con la que alcanzas momentos de clarividencia, incluso eres capaz de resolver problemas de tu vida que arrastras desde hace años. En otros momentos el cerebro crea fantasías. En un tramo de Australia llevaba los brazos cubiertos por una nube de moscas y hacía un calor horroroso, pero entonces empecé a pensar que las moscas también estarían sofocadas y dije “bueno, que se beban mi sudor, que aprovechen lo que puedan”. Te acabas solidarizando hasta con las moscas. En el fondo es un entretenimiento mental para distraerte del calor, el cansancio y el aburrimiento. Y una estrategia: si no puedes con las moscas, alíate con ellas. Cuando empezaba a soplar el viento en contra, yo le saludaba: “Hombre, ya estás por aquí, has venido otra vez a joderme, ¿eh?”, y me reía. Los problemas te molestan cada vez menos. La otra opción es desesperarse. Y hace falta mucha serenidad para atravesar el desierto.
-En esa adaptación, usted relata que se iba convirtiendo en un animal. Llegó a disputarle una sombra a un camello, y una fuente a una manada de caballos.
-En el desierto todos los seres vivos competimos por lo mismo: sombra y agua. La única diferencia es que los humanos cargamos ropa y comida. Cuando no tienes asegurada la supervivencia más básica, las demás necesidades se simplifican o desaparecen: a mí ya me daba igual comer arroz todos los días, me echaba a dormir en cualquier lado, no me importaba llevar la misma ropa. Sólo obedecía a la ley principal: ahorrar esfuerzos. Como los animales. Y dentro de esa sencillez, cualquier detalle añadido es un lujo. En una aldea africana conseguí una zanahoria y la comida de ese día ya fue especial, porque el arroz sabía un poco distinto. Un día echaba al café más azúcar de lo normal, otro día no le echaba nada, y esos cambios eran todo un acontecimiento.
-¿Esas experiencias le han hecho más austero también en la vida cotidiana?
-A veces echo de menos vivir sólo con una mochila. Es muy difícil llevar una vida tan básica como la del desierto, pero sí que procuro simplificar las cosas. Los viajes ayudan a relativizar los problemas y las necesidades, a valorar lo básico. La verdadera lección me la dieron los habitantes del desierto, que tienen poquísimas cosas y se apañan con ellas. Por supuesto que les gustaría disponer de frigoríficos, latas y agua embotellada, pero no pueden. A una familia de nómadas mongoles le basta con el pasto, el ganado y agua. Se alimentan con té, leche, pan, queso, carne y poco más. Sólo consumen lo que tienen a mano, en la naturaleza, y eso puede ser más incómodo pero también más equilibrado. El único residuo que vi en la llanura fue una botella de vodka. Y eso me choca con la vida que llevamos nosotros, con miles de camiones transportando productos de una punta a otra, con tantos envases sobrantes…
-En el libro subraya el carácter hospitalario de esas gentes del desierto.
-Me invitaron a sus casas, me ofrecieron comida y techo, me aconsejaron, incluso me cuidaron en momentos de apuro (cuando sufrí un golpe de calor en Mauritania o durante una tormenta en Mongolia). También es un intercambio. No porque quisieran mi dinero –me ocurrió pocas veces- sino porque tenían mucha curiosidad por mí y les apetecía acogerme. En sitios tan solitarios la llegada de un extranjero es una gran novedad. Pero en sitios más frecuentados no ocurre lo mismo. Durante las primeras etapas por Marruecos dormí siempre en hostales, hasta que llegué a una aldea donde unos albañiles me invitaron a dormir en su casa y me prepararon un cuscús con verduras y carne. Me di cuenta de que ya había dejado atrás las rutas turísticas.
-¿Cómo se distingue un turista de un viajero?
-En algunas situaciones yo era turista, en otras viajero, en otras aventurero… Depende de cómo te reciba la gente del lugar: si sólo quieren venderte una alfombra, eres un turista; si te acogen en su casa, te preguntan por tu vida y tu país, entonces eres un viajero aunque vayas en un viaje organizado. Ellos definen lo que eres. Pero lo más importante no es ser turista o ser viajero, sino actuar de una manera responsable. Debemos ser muy respetuosos y entrar con mucho tacto en las vidas de los demás.
-Usted lo hizo por ejemplo en Walata, una ciudad legendaria del desierto mauritano: pasó una semana donde los turistas sólo se quedan una noche.
-Quizá haya viajeros más extrovertidos, más lanzados, pero yo necesito tiempo. Paseaba por las calles y sacaba fotos, pero no se las hacía directamente a las personas, por respeto. No me gusta robar fotos. Cuando ya llevaba varios días allí, me conocía el panadero, la señora que me servía el desayuno, el de la tienda de la esquina… Me saludaban, charlábamos, se iba creando confianza. Al final fueron ellos quienes me pidieron que les sacara fotos, me invitaron a sus casas y conocí un poco de sus vidas. Esas imágenes son las más valiosas para mí, porque sé que con las personas compartí algo más que una foto.
Siete desiertos, siete lecciones
Australia: “Aprendí a pedalear en el desierto: cómo soportar el calor, cómo beber, cómo dosificarme, cómo aguantar la monotonía… Comprobé que era capaz de cruzar un desierto en bici”.
Atacama: “El primer gran viaje de mi vida. Ignoré el cuentakilómetros y el calendario, aprendí a perderme y a encontrarme, hablé mucho con la gente… Una inmersión de cuatro meses y medio en la que casi me olvidé de todo lo demás”.
Mojave: “Solemos tener prejuicios contra los estadounidenses, pero conocí a muchos que nos dan mil vueltas en respeto, hospitalidad, cultura y hasta gastronomía”.
Namib: “Los elefantes de la sabana destruyen los árboles cuando se alimentan. Los del desierto sólo comen los alimentos maduros y se comportan con más calma, con la misma parsimonia que las personas de esas regiones. El medio influye mucho en el carácter”.
Kalahari: “Un viaje con prisas, por miedo a las fieras. Descubrí las diferencias entre el respeto, el miedo y el pánico (cuando una noche se me aparecieron dos cobras)”.
Gobi: “Paisajes extensos sin rastro de infraestructuras (ni carreteras, ni puentes ni nada): no estropean las vistas… pero tampoco las disfrutas. Fue una experiencia muy humana, pasé muchos días con los nómadas mongoles”.
Sáhara: “Yo ya no necesitaba hacer ese viaje y además me sentía cansado. Pero al mismo tiempo me empujaba la curiosidad por saber qué hay más allá del horizonte”.
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¡Qué bueno!
No os aburriríais en una sobremesa, Sergio y tú, incluso aunque no hubiera moscas.