El principito de don Pedro

Recuerdo perfectamente aquel día en que nos quedamos todos atónitos cuando don Pedro corrigió a Andoni después de que este expusiera una ficha de comprensión lectora de El Principito. La ingenuidad de nuestro compañero de clase, con incipiente melena y pantalones cortos de tergal, se tradujo en un escueto resumen de la percepción que había tenido del libro: “Es la historia de un niño mimado (tener el pelo rizado y rubio era sinónimo de ser un niño mimado) que vive en el espacio, que tiene una rosa, que habla con un zorro y que a veces llora”.

El acuerdo implícito de toda la clase se tradujo en movimientos de asentimiento de nuestras barbillas. A los doce años nada nos hacía pensar que pudiera existir una interpretación del libro más objetiva que la que Andoni había realizado en la tarima frente a todos. La verdad es que por aquel entonces no se podía esperar mucho más de nosotros, como máximo saber exactamente cuándo era “pique” jugando a pelota en las paredes de ladrillo del colegio, cuestión por otro lado cuya dificultad requería a veces la formación de un jurado compuesto por varias personas de distintos cursos que se encontraran como espectadores o como jugadores previamente clasificados para la siguiente ronda, de estos últimos los justos -en el sentido de “pocos” no de practicantes de la virtud de la justicia- pues uno no podía fiarse de que su juicio fuera imparcial sabiendo que podían influir en la clasificación de su próximo rival.

Don Pedro sonrió, se levantó y se quitó la chaqueta de punto que solía ponerse iniciado el curso, ya en pleno otoño. Nuestras miradas se volvieron a concentrar en el mismo lugar de siempre. ¡Qué rico era! Cada día venía con un billete de diez mil pesetas doblado en el bolsillo de la camisa. Jamás llegamos a imaginar que aquel billete siempre era el mismo.

Se acercó a Andoni, le dio un cachete cariñoso y le mandó de vuelta a su pupitre. Nos contó entonces una historia tan distinta de la de nuestro compañero que toda la clase pensó que se había equivocado de libro. Nos habló de un niño que vivía en un mundo creado por él mismo, que descubría el amor, que aprendía en qué consistía la amistad y que a veces sufría.

Dicho esto, volvió a sentarse en la vieja silla de madera junto a la ventana. Las hojas de los árboles se desprendían silenciosamente de los bordes más frágiles de las ramas. Su mirada parecía perdida. Fue entonces cuando Gabi se levantó y le preguntó. “Pero… ¿cómo puede un niño vivir en el espacio sin traje de astronauta?”. La sonrisa de don Pedro volvió a dibujarse en su rostro y sólo entonces comprendió que era demasiado pronto para enseñarnos a leer entre líneas, a encontrar el sentido que tiene un libro. En definitiva… para enseñarnos ese algo que se llama interpretación.

Don Pedro pensaba que los libros son mundos creados por el hombre y que estos mundos se desarrollan en un plano distinto al mundo real. Pero también pensaba que, aunque diferentes, muchas veces se unen gracias a las experiencias con las que los autores construyen sus propias creaciones. Los libros son buques fantasmas que el hombre crea y luego deja abandonados a la deriva. Tiempo después, otros hombres los abordan  y los intentan descifrar e interpretar. La niebla y el oleaje son las vicisitudes de la vida que hacen que este trabajo nunca sea exacto.

Quizá por esta razón alguien dijo alguna vez que todo en este mundo lleva a una cita o a un libro. Quizá por eso mismo don Pedro decidió esperar más tiempo.

NOTA: Este texto es una versión corregida y retocada de un artículo publicado hace años en la revista universitaria Microscopio, fundada por mi gran amigo Gabriel de Pablo en sus tiempos de estudiante en la Universidad de Navarra.

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